Y además, el monasterio

(Artículo publicado en ABC en 1.963)

“El Escorial es un pueblo español. Está situado en la ladera de una montaña cubierta en su mayor parte por pinos. Las cimas suelen nevarse temprano, allá para mediados de octubre o primeros de noviembre. A cuarenta y cinco kilómetros teóricos de Madrid, hacia el Norte, está formado por dos núcleos urbanos bien definidos: Escorial de Abajo y de Arriba. En medio de ambos queda la línea férrea. Aunque montado ya sobre el alto de Galapagar, el Escorial de Abajo es aún terreno llano. Esa llanura se quiebra frente a la entrada del parque de la Casita del Príncipe e iniciase la serpenteante carretera que nos conduce a El Escorial de Arriba, toda ella repleta de hotelitos con cierto aire de “cottage”. La llegada a una plazoleta nos pone en atención de que acabamos-como quien dice- de arribar al “centre-ville” del pueblo. En la plazoleta, un jardín de recreo con música y bolera, el remate de la carretera de Guadarrama, el descenso de Terreros y el ascenso al pueblo por dos grandes calles: Floridablanca y General Sanjurjo. Estas dos calles resumen la vida de El Escorial. La primera es algo así como la calle elegante, el Salón del Prado de este Real Sitio. Hay un cine, varios hoteles, la iglesia parroquial, los servicios de Correos y Telégrafos; una confitería. Y muchos árboles. En verano los árboles están cuajados de hojas y desde la plazoleta, mientras subimos, Floridablanca parece la calle de una ciudad con balneario. A mí me recuerda un poco a Aix-les Bains, si no fuera porque la ciudad francesa es tristísima. General Sanjurjo – por el contrario- es la calle del pueblo, donde está el Casino, donde se encuentran los comercios y adonde afluyen desde la derecha las callecicas que ya empiezan a trepar el monte. Hay tiendas de comestibles perfectamente surtidas, almacenes, farmacias, estanco y un par de librerías donde es posible encontrar las últimas publicaciones. General Sanjurjo y Floridablanca se comunican por dos plazas. La elegante, en tres terrazas, cuajada de niños como los árboles de hojas, y la popular, más arriba, un poco seca, circundada de bares y tiendas. En esta última se haya enclavado el Ayuntamiento.

Más allá, El Escorial se pierde en tres direcciones, el camino a Robledo, la subida al monte Abantos y la bajada a los prados de la Herrería. Todo ello o casi todo jalonado de residencias veraniegas. El aire es especialmente limpio, trasparente y renovado. Sopla con frecuencia desde la montaña y se cuela por las dos calles como un torrente. Tan serena es la atmósfera, que en El Escorial se produce ese fenómeno casi mágico de escuchar el silencio. Yo he oído un silencio tremendo en los días de invierno, cuando el sol está pálido y El Escorial parece un pueblecito suizo. Hay poca gente por la calle, cuando llega noviembre, y todos o casi todos nos conocemos. Los turistas cada vez más numerosos, empiezan a llegar por la mañana, comen en los lujosos hoteles y hacen su visita al lugar. Se marchan pronto.

A partir de las cinco de la tarde El Escorial se queda mudo, como una caja de música cerrada. Los escurialenses- que se dicen gurriatos porque hay mucho gorrión desde Terreros a la Primera Horizontal- son gente fiable, discreta, de un formidable carácter liberal. Trabajan duro sin darle importancia. Tiene que aprovechar la fiebre de verano para soportar la parálisis de invierno. En general son una comunidad que se lleva bien y que están conscientes de sus propios problemas. Les inquieta el agua, que debería ser más abundante, y sobre todo la emigración. Creo que año pasado abandonaron la villa más de doscientas personas y en el actual, el problema se agudiza por la psicosis de emigración que sacude a toda España. La cuestión es dar vida al invierno escurialense. Cuando en un bar, en una taberna, en una tienda de comestibles se han debatido ante mí los problemas urgentes que El Escorial tenía planteados, todos los hombres de esta sobria comunidad castellana, convenían en que era preciso rehabilitar el invierno de El Escorial. Dotar de pulso, latido y vibración a los seis meses fríos del Real Sitio. No basta la industria hotelera- con ser mucho- para detener a los gurriatos más jóvenes en su instinto de abandonar el pueblo. Hay que convertir el pueblo en el invernadero de la capital. Cuando charlábamos, los escurialenses me decían que tienen teléfono directo con Madrid, hoteles de lujo, una carretera aceptable que podía mejorarse. Para interesar al gurriato nómada en su pueblo es necesario mostrarle un porvenir, ofrecerle una lucha fecunda. Yo pienso que El Escorial está vivo, que en él habitan muchos seres humanos con esperanzas, ambiciones, deseos. Y esto es lo que más me importa del Real Sitio. Tras su silencio, escucharle, palpitando.

¡Ah! Este formidable pueblo con sus problemas, sus ansias actuales, vivido por gente de nuestro tiempo, tiene a su costado, en una gran planicie, un Monasterio maravilloso que Felipe II mandó construir ahora hace cuatrocientos año”.

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Este artículo de Alfonso Paso lo publicó en el ABC en 1.963 y lo recoge el libro “Los Pasos Perdidos” recopilación de artículos escritos por el autor teatral. Sin despreciar la gran obra de Felipe II centra el artículo en lo que le parece el pueblo, sus  problemas, sus hombres y sus latidos. Para él es lo más importante y además un monasterio.

Lo que he querido reproducir, con el permiso de su hija Almudena, para recordar su figura y su amor por El Escorial y recordar el homenaje que se le dedicará el próximo día 8 de agosto organizado por el Ateneo Escurialense en la Casa de Cultura de San Lorenzo del Escorial a las 7 de la tarde. El homenaje será moderado por el escritor Javier Santamarta y en él intervendrán: Rafael Rodrigo Fernández, licenciado en Geografía e Historia por la UAM, Doctor en Historia Contemporánea y escritor y Almudena Paso hija del autor teatral.

Los que amamos a El Escorial y disfrutamos con el autor y su obra estaremos allí.

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