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Tribulaciones de un ex confinado por ahora.- 84

Tribulaciones de un ex confinado por ahora.- 84

Paso la mañana en El Escorial. El día es precioso pues el calor parece que ha tomado vacaciones aunque seguro que pronto volverá. El pueblo de Abajo, la Villa, la veo muy desangelada con poca gente por la calle y con bares cerrados. Son la 12 de la mañana y una señora, y no es broma, me pregunta donde puede comprar unos calzoncillos, me figuro que para su marido. Lo siento, señora- la contesto. El único sitio que podía comprar esa prenda, ha cerrado. Tiene que subir a San Lorenzo o darse una vuelta por Villalba. Siendo agosto un mes de veraneo con mucha población hay tiendas que sólo abren por la mañana.

Pregunto por la pandemia y evalúan en más de 100 muertos en la Villa y quizás 120 en San Lorenzo. Muchos mayores de las residencias. No me lo figuraba aunque algún amigo sé que nos ha dejado por el virus asesino.

Siguen abriendo locales de hostelería. Paco Pastel abre en la Casita del Príncipe un local para desayunar, comer o merendar, que habrá que conocer. Antes fue regentado por Felipe el micólogo y se comían magníficos platos de setas.

El Albergue  juvenil del San Lorenzo ha vuelto a funcionar después de la reforma que la Comunidad ha realizado por valor de un millón de euros.

Robledo de Chavela se ha incendiado. Más de 1.000 hectáreas han ardido y algunas viviendas han tenido que ser desalojadas por culpa de un accidente de moto que parece que fue la causa del inicio del incendio. El humo se veía desde la carretera de Robledo a la salida del Paseo Carlos III.

En muchos medios y la propaganda oficial llama a Villalba la capital de la Sierra. ¡Qué error! La capital de la Sierra ha sido y sigue siendo El Escorial, sus dos pueblos y toda la cultura que encierra. Cursos de verano, baile flamenco en el Real Coliseo Carlos III, conciertos de la Orquesta de Madrid en el Monasterio, Exposición de Alvaro Selles en la Casa de la Cultura con la serie L@s Pintor@s, Conciertos en el Parque, Fondos y amigos del Ateneo, Programa de verano en el Auditorio y un largo etc. que además de otras muchas cosas proclama a San Lorenzo como la capital de la Sierra. Un programa de verano sin Fiestas Patronales ni Romería de la Virgen de Gracia. Estaremos con Ella de todas las maneras porque el virus no lo va a impedir. A pesar del COVID se presenta un verano cutralmente interesante.

 

El Cafetín Croché.-7 (continuación)

El Cafetín Croché.- 7 (continuación )

En mi recorrido por los cafés que hoy nos quedan de aquellos del XIX o principios del XX, que los otros ya murieron, recalo en el Gijón, entre las calles de Prim y Almirante, en el que aunque he entrado muchas veces, hoy, recién entrada la primavera, he querido hacerle una visita de cortesía a mi antiguo amigo y ya con 122 años como tiene el Gran Café del Gijón. Hoy no se parece en nada a las otras veces quizás porque antes entraba a otras horas.  Son las cuatro y media de la tarde de un jueves soleado y primaveral y la terraza, oasis en el desierto madrileño en los días calurosos, está llena de ejecutivos, turistas y algún que otro nostálgico. Dentro, mas ejecutivos, funcionarios de alto copete u oficinistas de buen sueldo, están todavía comiendo en sus mesas de mármol veteado y sentados en las sillas típicas de café vienés, de madera con asientos redondos, pero eso sí tapizadas en rojo como los bancos corridos que parecen almidonados en terciopelo. Las tres ventanas- no es la hora de las tertulias- ocupadas por gente desconocida. Un extranjero y su mujer, en la que normalmente ocupa la tertulia de Manolo Vicent, él con el pelo de nieve blanquísima y ella portadora de una juventud exultante.

La magia del Café Gijón

Cuento hasta quince camareros con impoluta chaquetilla blanca, botonadura dorada y charreteras rojas en las hombreras. Encargados, jefes y maitres vigilan con su chaqueta azul y su pantalón de media etiqueta que todo esté en perfecto orden. No veo poetas, artistas, pintores, ni a Camilo José Cela ni a Umbral pero si veo como los tiempos cambian y oigo un ruido de platos y cucharillas que quieren entonar algún aria verdiana pero que están un poco desafinados y nada conjuntados. La terraza asentada sobre el paseo, se sirve desde dentro y es un placer ver a los camareros sorteando los caballos mecánicos con una habilidad que parecen patinadores en el paseo del Prado. La barra que es larga y parece un buque de madera con la proa hacia el paseo de Recoletos, está en estos momentos llena de cafetistas. En una mesa dos mariquitas buscan en el “segundamano” quizás su nido de amor o un pisito para una tía de Valladolid que va a venir a verlos.

El Café de Gijón, Bien de Interés Cultural en la categoría de hecho  cultural | Madrid | elmundo.es

El Café Gijón era el sueño de su primer dueño, D. Gumersindo García- gijonés de pro-, que después de hacer las américas quiso instalarse en la capital de España, para dar él también respuesta a la moda cafeteril del Madrid del XIX, abriendo un local en el año 1.898 en el Paseo de Recoletos y que hoy ya ha caminado por tres siglos. Pasó, eso si, sudores fríos para sacar adelante un café de nuevos modos, alejado del centro neurálgico de los cafés tertulianos de Sol y sus alrededores mas próximos. Pero el café Gijón, poco a poco fue siendo conocido por su tranquilidad y por que por allí se acercaban nombres tan famosos como José Canalejas, Ramón y Cajal, Benito Pérez Galdós, Valle Inclán y los pintores, Romero de Torres y Anselmo Miguel Nieto. Habituales, también, fueron Vicente Pastor y los hermanos Machado.

Cuando se enciende la mecha de la Guerra Civil, en el año 1.936, el Café Gijón, también sufre lo de las dos Españas y pone a unos contertulios frente a otros, antes buenos amigos y hoy enfrentados políticamente por odio, unos, y por envidia los demás. Las noticias de asesinatos y fusilamientos de unos y otros acompañados por el toque de silencio que se imponía en las tertulias, llevó al Gijón a languidecer y casi morir de inanición poética y literaria. La guerra no estaba para poesías y se fue llenando de milicianos con sus uniformes populistas, que no eran mas que un mono de trabajo azul o gris oscuro que había ascendido a traje de guerra.

Los triunfadores, unos años después, lo convierten en el establecimiento de comidas de los militares del Cuartel del Ejército de Cibeles y el rojo y gualda empieza a inundar sus mesas, teñidas de morado republicano durante tres largos e interminables años. Y a partir de aquí el Gijón será el lugar de la concordia, de la vuelta al hermanamiento y de la reconciliación nacional para ser en los años cincuenta, el café cinco estrellas de los cafés bullangueros y tertulianos, quizás porque muchos de éstos habían desaparecido.

Hasta los años sesenta aguantaron las tertulias del Gijón, hoy casi en la penumbra de su desaparición, que languidecen  y son sustituidas por jóvenes donjuanescos, que buscan y, como es natural, no encuentran, una doña Inés que llevarse a la boca.

Miles de personajes famosos han pasado por el café Gijón; muchas son las tertulias que aquí nacieron y cientos las anécdotas que se han contado, siendo unas verdad y otras trasladadas del lugar imaginario donde no ocurrieron, al café del Paseo Recoletos. También se han escrito varios libros sobre el Gran Café, como “El Café Gijón” de Mariano Tudela, Julián Marcos y José Esteban; “La noche que llegué al Café Gijón” visión personal de Paco Umbral o aquel primer libro, que tantos problemas suscitó “Crónica del Café Gijón” de Marino Gómez Santos. Ante los insultos que decía que dedicaba en su libro a Juan Pérez Creus, este le envió el siguiente Epigrama:

¿De quién es el destino? / De Marino.

Con cara de piedra pómez/ Gómez.

Quiere causarme quebrantos/ Santos.

Pues hoy, a tantos de tantos,con decisión absoluta

/me cago en la cagarruta/ de Marino Gómez Santos.

(continuará)

El Cafetín Croché.- 5

Capítulo II

Aquellos que lo fueron y todavía hoy son.

Madrid tiene un barrio, triángulo casi perfecto, en el que uno de sus lados mira a la calle de Atocha, el otro a la Carrera de San Jerónimo y el tercero lo forma la calle Medinaceli, y todos, como nacidos de la plaza de Benavente. Es el barrio de los Literatos, de las Musas o el Parnaso, en donde vio la luz, por primera vez, en  letras de molde, el primer Quijote y donde había que estar para estrenar una obra, pues allí vivían representantes de artistas, empresarios y autores todos mezclados en una amalgama traviesa y necesaria para poder sobrevivir en este Madrid del siglo XVII y XVIII. Aquí, en el XIX se mantiene su aire de farándula tertuliana, y aquí se ubican los principales cafés, librerías y locales variopintos y bohemios, guiados, como el faro a los barcos en la noches frías matritenses, por el Teatro Príncipe, hoy Teatro Español y su pedestal que es la Plaza de Santa Ana.

Si en este barrio vivieron Lope, Quevedo o Tirso de Molina en el siglo XVII, aquí nacieron y vivieron Zorrilla, Echegaray, Esproceda o Jacinto Banavente en el siglo XIX y en los albores del XX. Era un Parnaso terrenal donde los poetas buscaban a sus musas y los literatos el pan nuestro de cada día.

He recorrido este barrio en búsqueda de los cafés de antaño y conocer los que hoy son. Subo la calle Prado, desde la plaza de Las Cortes y comienzo mi paseo entre tiendas de antigüedades, como la de Romero junto al edificio del Ateneo, estrecho edificio de 7 metros de fachada y una balconada que coronan los relieves de Velázquez, Alfonso X y Cervantes. Un edificio, al lado, quiere que el Ateneo no muera e intenta su ampliación, dirigida por el Arquitecto don Santiago González de dimensiones parecidas. Llego a la calle Ventura de la Vega en cuya esquina con la calle del Prado, todavía podemos leer: “Casa Soto. Grabador”. El bar Fin de siglo con fachada muy de tal; Vinos Casa Ramón con antiguos azulejos en su fachada y que todavía se llama “casa de comidas y licores”. El restaurante Luarqués te invita a sus cenas musicales; Los Gabrieles a su “cocina vasca y española”. Existe en esta calle un restaurante bilbaino, uno peruano, el Inti de Oro y otro argentino la Cabaña. No falta uno erótico llamado La almeja picante cuyo escaparate -mejor es no verlo-, anuncia sus “exquisitos platos” a base de grandes, desproporcionados y fuera de toda realidad, aparatos del amor.

 

El decorado de esta calle del Prado lo forman casas, todas ellas “aseguradas de incendios”, de tres o cuatro plantas, en cuyos bajos se asientan tiendas de antigüedades, librerías o un restaurante cubano el Tacomaro poco imbricado en el esquema mental que te haces cuando recorres este barrio. El Salón del Prado, café concierto, esquina a la calle Echegaray y junto al magnifico restaurador gastronómico que es el Cenador del Prado.

Dos esquinas, bien guardadas, por centinelas con uniformes de gala, casi recién estrenados, que son la Taberna del Príncipe, hoy de tapas, y un reciente Café-Bar llamado Miau donde estuvo hasta el pasado año una tienda o boutique de ropa de caballero, que tiene un ojo puesto en el teatro Español y otro a la  Plaza de Santa Ana. Las otras seis lentes dan a la calle del Príncipe.

En esta calle, en el número 23, se me aparece el Parnasillo del Príncipe que se dice fundado en 1.830, según reza una placa en la puerta del local y que se encuentra en la entrada de la calle Huertas. Portada azulejada, muy de la época, con medallones en relieve de Galdós, Espronceda, Oscar Wilde y Larra, que tanto criticó a los cafés y frente a la magnífica portada barroca de Pedro de Ribera en granito y ejecutada en 1.734 durante el reinado de Felipe V. Una puerta de caoba maciza, del tallista Laorga, da entrada lateral al edificio de la Cámara del Comercio y la Industria, tras la que se esconde la escalera de gala y que fue entrada de carruajes, que tiene su puerta principal por la calle Huertas. Palacio que pasó por varios propietarios y estilos, y que en 1.993 un sobrino de las últimas propietarias, las Saint Aubin, lo vendió a la Cámara Oficial de Industria de Madrid.

Entro en el local. Eran las cinco de la tarde, hora taurina y en su albero de tablas de madera antiguas que se me apetecen de la época, pocas personas, algunas mirando el fútbol en sus dos televisiones y otra leyendo poesía en la barra de antigua madera incrustada de placas de carros, bicicletas, de publicidad o las redondas de guardarropas. Una del Ayuntamiento de Madrid para un carro de mano, duerme junto a la de “Funestería Iberia” de la calle Ventura de la Vega y algunas extranjeras. Una me llama la atención y reza así: “Oreja del toro ABRILEÑO de B. Quirós concedida al diestro RAFAELILLO en Madrid el día 9 de Abril de 1.944”. En el aseo de caballeros, que no se si en el de señoras también, una máquina expendedora de preservativos, a cien pesetas la unidad. Aparador antiguo junto a la entrada y junto a él, relojes que andan con las horas de Madrid, New York, Moscú, Dublín y Sydney y hasta un reloj de“sombra” pues en su interior no luce el sol. Una gran mesa central con cristal que actúa de vitrina de los muchos billetes de banco de todos los países y un solo quinqué en el centro. Al fondo un altillo con cuatro mesas románticas y decorado su frente con 3 alegorías- en azulejos pintados- de Mayo, Julio y Octubre que vigilan una máquina de escribir muy antigua. Sillas de madera de la época, mostradores de madera también, para tomar una copa de pié y altos veladores rematan el hueco de la entrada. Ahora ya no se sirve horchata, café o limón granizado, se sirven “Guinness”, café irlandés y mucha marca extranjera. Camareras inglesas en camiseta blanca decorada con “San Patrik days 17 de marzo del 2.001”, es decir el día de autos en que yo me encontraba allí, que nos anuncia su llegada en los pechos de las camareras inglesas o quizás escocesas, que te atienden. ¿Qué pasará esta noche en este café-cervecería-pub inglés de la calle del Príncipe?.

A pesar de las televisiones, la máquina de tabaco y la música de “alto nivel”, el local es agradable y hasta me parece que tiene duende. Pero no pidas un diario español; sólo hay en lengua inglesa. Un fresco pintado en el techo, te hace hasta parecer que te encuentras embelesado mirando al cielo.

Seguí por la acera de la izquierda o “rive gauche” de la plaza, para poder contemplar las portadas y reclamos de la Cervecería Alemana, que asienta sus reales en esta bellísima plaza desde 1.904, de amplia tradición taurina, los Cabales, el  Nalurbier, la  Cervecería Santa Ana, el restaurante Platerías; la Moderna y el bar hawaiano Mauna Loca y cerrando la plaza el Hotel Reina Victoria.

Me decido a entrar en la Cervecería Alemana que tiene mucho de café, poco de cervecería y casi nada de alemana y que fue lugar donde se reunía una clientela importante de personas del arte, la escena, la política y sobre todo de los toros. Pintores, como Solana, políticos como Besteiro, literatos como Benavente y Valle Inclán, escritores de comedias como Jardiel Poncela, artistas como María Guerrero y famosos toreros tenían allí sus tertulias. Una foto recuerda a muchos de los tertulianos taurinos: Luis Miguel Dominguín, Rodolfo Gaona, Manuel Mejías- el Papa Negro- Antonio Bienvenida y los González Dominguín asiduos contertulios de la Cervecería Alemana. Aunque sigue siendo un lugar de tertulias, los jóvenes han ido ganando terreno y se instalan entre sus veladores rectangulares de mármol blanco y patas de hierro torneadas, bajo la atenta mirada de unos camareros, algo trasnochados y generalmente en estado de tristeza. Su decoración también es triste, como los camareros, algo vetusta y anticuada, pero manteniendo la identidad propia de aquellos tiempos, y el importante friso de madera que recorre todo el local pintado en un fuerte  color marrón, insiste, sin quererlo, en sumirlo en una mayor tristeza.

Outside view of the restaurant

Y antes de seguir recorriendo la plaza en busca de cafés, recalo en la plaza del Angel, pequeña plazuela de forma rectangular que fue ampliada en el siglo XX con el derribo del Convento de San Felipe Neri, para asomarme al antiguo y algo destartalado Café Central en el número 10 de esta recoleta plaza, feliz ángel de la guarda de la contigua plaza de Santa Ana.

El Cafetín Croché.- 4

(El Cafetín Croché continuación )

Si nos situamos en 1.830 o mejor en el primer tercio del siglo XIX,  y nos acercamos por el Café del Príncipe, café destartalado y sombrío, cercano al teatro Príncipe – hoy Teatro Español – pronto llamado El Parnasillo, que toma el nombre de la tertulia allí instituida, y por los cercanos el Morenillo, el Solito o el de Venecia, veríamos a Espronceda, Larra, los Madrazo o Villamil, a Bretón de los Herreros o Zorrilla y a Campoamor.

Conocer a Benavente, era entrar en el Gato Negro de la calle del Príncipe y ver allí junto a él a Valle Inclán o a un joven onubense, Juan Ramón Jiménez, que ya despuntaba por los cafés. También en su transcurrir entre atmósferas humeantes y políticas, se les puede ver en el Café Nueva Montaña en la Puerta del Sol junto a la Carrera de San Jerónimo.

 

Si nos acercábamos al Levante, podríamos hablar, conocer u oir como se expresaban con sus pinceles: Picasso o Romero Torres; Gutierrez Solana o Darío Regoyos; Rousiñol o Zuloaga, o escuchar a Azorín, los hermanos Machado, Penagos, Sancha, Baroja y Rubén Darío.

Para ver o escuchar la tertulia literaria de Ramón Gómez de la Serna, o sólo RAMON con mayúsculas, que lo demás le sobraba, había que visitar el Antiguo Café y Botillería de Pombo, allá en 1.912, en la calle Carretas, muy cerca del kilómetro cero que es el punto de medida de todas las Españas. También aseguran que por allí pasaron Prim, Sagasta o Pepe Botella, el Rey hermano de Napoleón Bonaparte. Pero también José María Cossío o Manuel Azaña, D´Ors o Camón Aznar; a Gutierrez Solana o a Gustavo de Maeztu y a Bergamín. Para charlar con Ortega padre del filósofo, tendríamos que desplazarnos a la Granja del Henar, junto al Círculo de Bellas Artes y allí, alguna noche, podríamos hablar con Valle Inclán. A algún joven periodista prometedor como Cesar González Ruano, habría que encontrarlo por estos primeros años del novecientos en la Glorieta de Bilbao, en el Café Europeo. Por allí también pasaron Carlos Fernández Cuenca y si se encontraba en Madrid, Antonio Machado que se citaba con su hermano Manuel en este café.

  Gómez de la Serna en la Botillería de Pombo . Cuadro de Zuloaga

Los cafés existieron por todo el perímetro matritense pero en algunas zonas se apiñaban, como en la  Puerta del Sol y sus aledaños. Quise ir a buscarlos pero se fueron de esta vida para dejar paso a la modernidad que ellos ya no eran. No fueron complacientes con ellos y los dejaron morir sin guardarlos en almonedas para que otros, quizás, un día los compraran para ponerlos en la vitrina de la Historia.

En esa Puerta del Sol y entre aguadores, afiladores, manolas, rabaneras, horchateros -todos de Valencia como los afiladores de Orense o los serenos de Asturias-, entre vendedores de cangrejos, cántaros, canastillas y barreños; entre gritos de silleros, alpisteros o sarteneros, nacen los primeros Cafés.

Puerta del Sol, con Castillo o sin él, con puerta o portillo, o con “ná de ná” dicho de forma castiza, mirando al oriente, o con el sol grabado en el nonato frontispicio del que algunos autores hablan que existió coronando el castillo. Puerta del Sol, antes de tierra polvorienta, empedrada después y rajada mas tarde por los raíles de tranvías de caballos o eléctricos, para dejar paso ahora a una colcha de betún negro que tapa las sábanas de piedra de antaño. Puerta del Sol de buñoleros, aguadores de cebá, vendedores vociferantes, rameras, puretas, mendigos, desafiantes bohemios…

Puerta sin puerta, abierta a los de aquí y a los foráneos veranistas, iluminada por lamparillas petrolíferas, que parecían lunas mohínas en cuarto menguante, para ser después alfonsinas gaseosas, pirulís de fluor y ahora, también alfonsinas de iluminación de Endesa, Iberdrola o Hidroeléctrica, que no lo sé. Donde se podía comer por cuatro reales en sus numerosas tabernas.

En esta Puerta del Sol nacen los tranvías de caballos y mecánicos, el telégrafo, el teléfono la iluminación o el metropolitano y también los cafés mas famosos que el tiempo, utilizando su goma de borrar, ha hecho desaparecer del papel histórico que representaron, y no dejar ni la muestra. Dice Tomás Borrás “que en 1.939 había desaparecido 75 cafés históricos” Quizás el mas antiguo y prestigioso para algunos autores, el Lorencini en la esquina de la calle Espoz y Mina que inmortalizó Galdós en su “Fontana de Oro” y cuyo interior, no de grandes dimensiones, estaba decorado por Ribelles. La Fontana de Oro, el Café Imperial, llamado tiempo después el Café de la Montaña y que fué inaugurado en 1.864 y llamado “el de las 16 puertas” que era el número de huecos que tenía a la calle, el Café de Levante frente a la Iglesia del Buen Suceso y que fue trasladado años mas tarde, al número 5 de la Puerta del Sol, el Café Lisboa, el Universal, el Café Oriental o el Colonial, Puerto Rico o la cervecería Candelas primer establecimiento servido por señoritas y por lo tanto de ambiente picaresco. En muchos casos, en estos cafés, las tardes eran amenizadas por música de profesores, orquesta generalmente de dos: un pianista y un violinista algo caducos pero al fin y al cabo músicos excelentes.

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El Cafetín Croché.- 2

Capítulo I

Aquellos Viejos cafés 

 

Café de Lisboa, en la calle Mayor - Antiguos Cafés de Madrid.

Antiguo Café Lisboa en la calle Mayor (desaparecido)

Decía Ramón Gómez de la Serna, refiriéndose a los cafés de Madrid que “sobre todo son como el triunfo de la Cámara popular en la vida”. Y gran razón tenía. En unos acampó el liberalismo imperante; en otros su republicanismo exacerbado, para ser otros románticos, poéticos, cantantes ……

Gómez Caballero en su libro, “Madrid Cervantino o el barrio mas espiritual de Europa”, define al café como “el ágora, la discusión, la crítica, el panfleto, el orador sobre la mesa, la conspiración, el origen del periodismo y del Parlamento, del pronunciamiento y del motín”

Cesar González Ruano, considera estos lugares de vehemencia locuaz y de expulsión de sentimientos, ideas o pasiones como “el reducto del nervio español”.

Eran lugares de reunión y esparcimiento donde los ciudadanos de todos los pelajes recurren a su verborrea fácil y a veces demagógica, para, como cronistas oficiales, expresar sus puntos de vista, casi siempre acaloradamente, sobre los movimientos políticos y sociales, las artes, las letras o cualquier tema de interés que en esos momentos estuviera viendo la luz, o ver como nacían entre velas y bujías, humo de melancolía y espejos patinados por el tiempo. Se hablaba de crisis, de guerra y también de paz o de la derrota de unos y la victoria de otros.

Conjuras, intrigas y pactos secretos germinan en la oscuridad de los primeros cafés como bien dijo Mariano Tudela en “Aquellas Tertulias de Madrid” en un ambiente de exiliados políticos, en los que se discutía de republicanismo o de monarquía, de un estado liberal o controlado, de gobiernos que caen o de gobiernos que nacen a la corrupción y que los verán caer, como las hojas en otoño.

Estos cafés, el café, lo describe magistralmente Cesar González Ruano: “el café es donde se ama, se sueña y donde se muere. Quizá porque amar y soñar es irse muriendo un poco. Todo parece estar sumido en una niebla de lírica decadencia, en una pura pena de no saber por qué”.

Otra descripción que merece un cum laude la he encontrado, en mi deambular literario buscando en la capacidad de los demás para definir o describir lo que queremos decir, en la novela de Arturo Pérez Reverte “El profesor de esgrima” cuya acción se desarrolla en 1.866, en ese Madrid de lances de honor, generalmente por mujeres: “Mas que un café, el Progreso era un antónimo. Media docena de veladores de mármol desportillados, sillas centenarias, un suelo de madera que crujía bajo los pies, polvorientas cortinas y media luz; Fausto, el viejo encargado, dormitaba junto a la puerta de la cocina, desde la que llegaba el agradable aroma del café hirviendo en el puchero. Un gato escuálido y legañoso se deslizaba con aire taimado bajo las mesas, al acecho de hipotéticos ratones. En invierno el local olía constantemente a humedad y grandes manchas amarilleaban el papel de la pared. En ese marco, los clientes conservaban casi siempre puestas las ropas de abrigo, lo que suponía un manifiesto reproche a la decrépita estufa de hierro que solía rojear débilmente en un rincón.

En verano era diferente. El Café del Progreso suponía un oasis de penumbra y frescor en la canícula madrileña, como si conservase dentro de sus muros y tras los pesados cortinones el frío soberano que en él se aposentaba durante los días invernales”.

Describe la tertulia que allí se desarrollaba, con unos nombres que parecen sacados de la realidad tertuliana de la época:  “Agapito Cárceles, don Lucas Rioseco, Jaime Astarloa – el profesor de esgrima-, entre otros contertulios, Marcelino Romero, profesor de piano en un colegio de señoritas y Antonio Carreño, funcionario de Abastos”.

El café era plaza pública como el ágora de las ciudades griegas, donde las gentes se relacionaban y formaban sus asambleas o tertulias. A Ramón Gómez de la Serna, el café le atrae “como una plaza pública, reservada, con asientos cómodos y bajo techado. Sobre todo en invierno, los cafés son las únicas plazas públicas en que se puede uno sentar en un cómodo banco público, sin dejar de estar guarnecido”. A él le gustaba escribir en los cafés solitarios-  que por ser solitarios fueron muriendo- y nunca junto a otro escritor porque decía “que se veía en los espejos como haciéndome muecas a mí mismo”.

El Cafetín Croché

Había nacido el 21 de julio de 1.981 y al cumplir sus veinte años decidí escribir no sólo mis vivencias sino lo que ha representado para mí y para los vecinos de San Lorenzo. La apertura del  Cafetín Croché cumple ahora 39 años y camina hacia las bodas de oro de su feliz existencia. Sólo sé que lo escribí con cariño y que ahora al cabo del tiempo, recordar las 154 páginas de que consta me servirá para saber que por los caminos del alma existen recuerdos que jamás se borrarán.

 

                                                 El Cafetín Croché

                                                  X X   Aniversario

                                                             (21.07.1.981 – 21.07.2.001)

 

Agradecimiento

Con mi agradecimiento a los que les pedí ayuda y no me la dieron. A los que no se la pedí y me la dieron gustosos. A todos los que escribieron antes que yo sobre los temas tratados, y al pueblo de San Lorenzo, mi pueblo, por ser como es.

Dedicatoria

                   A mi mujer y a mis hijos por haberme  

                   dejado tiempo para escribir y a mi

                   madre que será la única a la que le guste.

 

                                                    Índice

Introducción

Capitulo I:       Aquellos viejos cafés

Capítulo II:     Aquellos que lo fueron y todavía hoy lo son

Capítulo III:    El Cafetín Croché: Su entorno

Capítulo IV:    La horas en el Cafetín

Capitulo V:     El Croché por dentro

Capítulo VI:    Las Tertulias, los Premios y la Magia

Capítulo VII:   Mis Greguerías del Croché

Capítulo VIII:   El último cuento

Capitulo IX:     La última poesía

Capítulo X:     Epigramas

Anexos

 

                                  Introducción

Hubiera querido que alguien conocido me escribiera el Prólogo, pero ya se sabe que prologar un libro es complicado y que alguien importante lo escriba a un incipiente escritor, tarea ardua y casi imposible. Lo mejor es que lo escriba el propio autor y una vez terminado el libro pues “así puedes hacer mejor el discurso al cuerpo de la obra y dar noticia al lector del fin que se pretende con la misma”. Pero eso sería lo que académicamente se define como Prólogo por lo que al no tener a personalidad amiga que lo escriba y no ser académico de nada, he decidido llamarlo simplemente Introducción.

He conocido algunos cafés históricos como el Central, el Comercial, el Gijón, Lhardy, la Cafetería Alemana, el Roma o el de Viena…, pero no tengo edad para haber vivido los años locos de aquellos viejos, lúgubres, pomposos, húmedos o destartalados cafés de los siglos XVII, XVIII, XIX y principios del XX, cuna de la bohemia y las tertulias literarias y poéticas. Por eso he tenido que beber de las fuentes que emanan sapiencia del tema, unos porque los conocieron y  vivieron entre sus paredes, dejando lo mejor de si mismos y otros porque los han estudiado a fondo o dejaron su impronta en un artículo, libro, poesía, frase, o que simplemente los definieron magistralmente. Y beber de estas fuentes inagotables de agua clara me ha llevado a, desde el conocimiento de lo antiguo, llegar a las sensaciones de lo que hoy tenemos, para recalar en las experiencias y sentimientos que me trae el Cafetín Croché y que durante sus veinte años de existencia, yo he vivido.

Ha sido un recorrido maravilloso por el corazón dormido de los cafés de antes y por los que aún quedan en ese viejo y amable Madrid, que me han servido para conocer mejor la historia de mi ciudad, pues aunque borrados del mapa cafetero madrileño, han sido y serán parte de nuestra historia literaria y poética; de los movimientos románticos y de conspiraciones políticas, anarquistas unos y movimientos revolucionarios o liberales contra el absolutismo los otros, pero siempre centros del arte de la tertulia donde se daba rienda suelta a la expresividad parlanchina y locuaz del madrileño.

Un día tuve la sensación de que alguien me hablaba y me decía que tenía que escribir mis vivencias de un café que conocía bien y en el que he pasado muchas horas de mi vida, unas escribiendo, otras tertuliando o viendo la magia de sus juegos nocturnos de los viernes, esa Noche de Brujas, que siempre me ha cautivado en el marco inigualable de la Cripta del Cafetín Croché. Y me lancé sin paracaídas pues es verdad que a veces y sin preguntar a nadie, tienes que dar rienda suelta a tus emociones, sentimientos e ilusiones pasadas y me puse a escribir, en unos momentos en los que se van a cumplir los veinte primeros años de la vida del Cafetín Croché.

Veinte años son pocos para una larga vida y muchos en una vida corta. Un cumpleaños, cumplas los que cumplas, deberás celebrarlo siempre y sin esperar a lo que te depare el destino, pero sin soplar las velas pues es como si soplaras sobre todo aquello que has vivido, enviando los recuerdos y vivencias a la penumbra mas absoluta.

Por eso he querido celebrar los veinte años del Croché, escribiendo sin velas, a la luz de mis recuerdos, de las anécdotas vividas o de las sensaciones que me produce cuando entro, leo, escribo, tertulio o hablo con mis amigos los camareros; cuando Manolo se me acerca y me pregunta por mi familia y especialmente por mis hijos a los que adora; cuando asisto a las Noches de Magia o desciendo a la Cripta para asistir a una Tertulia Escurialense y a la salida hablar un momento- pues se deja ver poco- con la encantadora y con alma de poeta, Mari Cruz; o me siento en su terraza de albero para escuchar la noche sanlorentina o simplemente ver pasar a la gente.

Por estos veinte años y por los muchos que vendrán:

¡Felicidades! Cafetín Croché.

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Juan de Herrera vendedor de Estampas

Juan de Herrera vendedor de Estampas

Mientras preparo un artículo para este blog sobre el arquitecto, historiador y académico Luis Cervera Vera, veraneante del Escorial durante muchos años y cuya familia cedió sus importantes archivos y magníficos dibujos al Ayuntamiento de San Lorenzo, me encuentro con algo que me llamó profundamente la atención. Luis Cervera es reconocido por su exhaustiva investigación sobre el arquitecto Juan de Herrera, arquitecto de la Real Fábrica del Monasterio de San Lorenzo el Real, que como dice Fernández Alba “llegó a constituir una obsesión”. Luis Cervera llegó a publicar 300 obras y estudios sobre temas arquitectónicos,  muchas de ellas sobre el arquitecto cántabro, sobre el Monasterio y otros elementos arquitectónicos de la obra y uno sobre la Iglesia de San Bernabé de la Villa del Escorial.

Una de sus publicaciones tiene por largo título “Privilegio concedido por el Senado de Venecia a Juan de Herrera para imprimir y vender sus estampas de El Escorial” y se basa en la obsesión del arquitecto por ser el único y privilegiado editor y vendedor de la Estampas de la Fábrica de San Lorenzo el Real de El Escorial privilegio que llegó hasta dominios de las Indias, los dominios eclesiásticos, al Estado de Milán y al Dominio veneciano.

Corría el año 1.582 y la obra de la Real Fábrica del Monasterio estaba muy avanzada como lo estaba la idea del arquitecto Juan de Herrera de diseñar, imprimir y vender un conjunto de Estampas representando la gran obra ante la percepción de que algunas personas querían lucrarse con las estampas.

Según escribe Cervera, ante esta situación se inicia un camino de solicitudes para obtener el privilegio Real que le facultara sólo a él, para estampar y vender las Estampas del Monasterio. Felipe II acepta el Memorial remitido por Juan de Herrera y tras consultar a la Cámara de Castilla, que informó favorablemente, el 14 de agosto de 1.583 el Rey le concedió el privilegio solicitado por 15 años.

Al mismo tiempo que al Rey, cuenta Cervera, se lo suplica al pontífice Gregorio XIII que le concede que en los dominios eclesiásticos sólo él pudiera imprimir y vender las Estampas del Monasterio de El Escorial.

No contento con ello, solicitará un privilegio análogo que le protegiera en “ todos los Reynos y Señorios del Peru y nueva Spaña y de las demás indias…” que también le es concedido. Así también lo haría para el Estado de Milán que Carlos confirió la investidura a su hijo Felipe II.

Por último El Senado de Venecia concede a Juan de Herrera en 1.584, el privilegio que le autoriza a imprimir y vender, sólo a él, en el dominio veneciano sus Estampas del Monasterio durante 15 años. El infractor sería penado con grandes multas de hasta 500 ducados.

Es curioso conocer, de la mano de Luis Cervera, como este importante arquitecto, geómetra y militar español entró en el comercio de Estampas del Monasterio y como consiguió también cargarse a la competencia por su relación real y su insistencia por conseguirlo mediante la concesión de privilegios. Desconocemos donde las vendía, su precio y sobre todo los dibujos que contenían.

Las cosas no han cambiado mucho. En este mismo Monasterio se prohíbe hacer lo que Juan de Herrera llamó Estampas  y su venta pertenece a un privilegio. Por lo que se ve en esa época también existían este tipo de negocios que en la actualidad existen en muchos monumentos y en los que se ven carteles como “Prohibido realizar fotos” “prohibida su reproducción total o parcial” o cualquier otro que impide a los visitantes poder realizar sus Estampas porque estaría prohibida su venta y sólo quedaría en manos de los responsables del monumento, Iglesia o Monasterio o de concesiones a particulares.

La vida, en algunas cosas, no ha cambiado tanto en más de 400 años.

 

 

El Veraneo y la Colonia. XXIV-Excursiones y Paseos

El Veraneo y la Colonia XXIV.-Excursiones y paseos

 Me han ganado. Debería escribir de la situación de Cataluña, de los catalanes o de la cataplasma del pelo de Puigdemon. Ganas no me faltan pero decido seguir en mi Escorial, con mis libros y con mis escritos sobre nuestros dos pueblos.

Después de la bronca que me echó mi “blog” he decidido seguir rebuscando en el libro de “Polilla” y Carlos Sabau elementos que me recuerden a lo que yo hice, muy parecido a lo que hicieron mis padres en aquellos veraneos escurialenses.

Entramos en el capítulo “Excursiones y Paseos” en el que los autores comienzan con una curiosa y a la vez muy real clasificación de las excursiones que realizaban las animadas pandillas allá por los años 40. Y así las excursiones las clasifican por su extensión en: largas en las que se empleaba todo el día; cortas utilizando medio día, ya fueran por la mañana o por la tarde y paseos los que ocupaban algunas horas.

Por el medio de locomoción utilizado ya fueran a pie, en burro, en bicicleta, a caballo o en coche para aquellos que lo tuvieran, que no eran muchos.

Por su alimentación las clasifican en comida, guisar o de merienda. En una de estas merienda mi pandilla marchamos de chocolatada a la Fuente del Seminario. Mientras uno hacía el chocolate los demás nos dedicamos a jugar al futbol, chicos contra chicas. El chocolatero, despistado él, no se fijó que una de las vacas que pastaban en la Herrería, se comió los bollos que esperaban ser devorados por nosotros en una mesa de granito que allí existía. Tomamos el chocolate y punto.

Por la época las clasifican en: de verano o de otoño y por último en divertidas o aburridas en las que ya es el factor individual es el que decide, pudiendo ser la misma excursión divertida para unos y aburrida para otros. Recuerdo una excursión en bicicleta a Valdemorillo, donde merendamos y tomamos unos vinos, bueno varios, en la Bodega. Para unos fue más divertida que para otros. Yo fui uno de los que se divirtieron poco. Un pinchazo en la rueda de mi bicicleta me hizo volver a pié casi desde el mismo pueblo, al no tener ni parches SAMI ni recambio de rueda, mientras los demás volvieron en sus bicis sin esperarme.

Parajes maravillosos para ir de excursión no faltan en El Escorial ni en sus alrededores: las Machotas, el Pico del Fraile, la Herrería, la Ermita y sus alrededores, la Silla de Felipe II, el Monte Abantos…

La excursión era al verano como la música al baile” dicen los autores y más en El Escorial donde con un simple paseo andado podemos descubrir parajes y lugares maravillosos dignos de mantenerlos en el recuerdo.

 

El Veraneo y la Colonia.- IX

El Veraneo y La Colonia.- IX

Sigo desgranando el libro de Carlo Sabau y Álvaro y sigo también incluyendo lo que en teatro se llaman “morcillas” al ir introduciendo mi propias sensaciones y vivencias en el veraneo escurialense como parte de, en algunos casos, la denostada Colonia.

El siguiente capítulo del libro corresponde a la figura de la Regidora, que desde 1.932 hasta 1.970 fue una institución típica del veraneo en San Lorenzo. La fiebre de la “mises” que invadió el mundo, tuvo su traducción en la elección de una “miss” que rigiera y presidiera los festejos veraniegos. La diferencia con las verdaderas “mises” era que su belleza no era determinante para su elección valorándose la simpatía, animación y capacidad organizativa. Acompañaban a la Dama Regidora una corte de mujeres, las Damas Asesoras, que actuaban a modo de consejeras apoyando siempre a la que por “votación pública” se elegía para regir los destinos del verano en una fiesta. La votación era lo de menos pues varios días antes se conocía el nombre de la que sería elegida. Una nota: jamás un hombre figuraría en las listas porque era patrimonio femenino.

“La Dama Regidora tiene como cetro una camelia blanca, como reino el Parque y El Escorial todo y como súbditos a todos los veraneantes” escriben los autores del libro. Hasta tiene su himno compuesto en su honor.

Yo he escrito varias veces sobre la Regidora en este blog y sobre las magníficas fiestas que organizaban y que seguro que comentaremos en esta serie, dado mi cariño por esta institución que sólo fue interrumpida solamente los años de la Guerra Civil. Una tía mía fue la primera Regidora, Carmen Isasa elegida en 1.932 en una fiesta en nada menos que en la Casita de Arriba, siendo la última Rosa Millán, creo vecina de San Lorenzo en 1.970. Me gustaría reunir a todas las que lo fueron para poder agradecerlas de alguna forma su dedicación y amor a este pueblo.fiesta-valenciana-verano-1-960

Entre los festejos organizados por las damas Regidoras en los años que se recogen en el libro figuran algunas como “Una zambra gitana”; “La Fiesta Madrileña”; “Una boda en la huerta valenciana”; Fiesta de la Regiones españolas”; “Fiesta China” y la “Romería del Rocío”. En mi época, algunos años más tarde, la Fiesta Valenciana con la ofrenda a la Virgen de los Desamparados colocada en los Jardincillos, fue organizada por Mercedes Goncer y sus Asesoras, constituyendo todo un éxito y en la que participamos casi todos los jóvenes de la Colonia y el pueblo.

 

Algunos participantes en la Fiesta Valenciana en 1.960

El Guateque

El guateque

Baile

“El recuerdo es el invernadero de las alegrías pasadas”. Esta frase del poeta Lucian Blaga no sólo es una de mis favoritas por lo que significa. Si además la modificamos como “El recuerdo es el invernadero de las tristezas y de las alegrías pasadas” recogería el conjunto de toda una vida  porque no sólo de alegrías vive el hombre. De todas maneras voy a utilizar la primera que es la que realmente uso cuando escribo sobre las alegrías pasadas en nuestros pueblos y que por desgracia, en muchos casos, han desaparecido.

Muchas veces me he preguntado el por qué ha desaparecido el guatequede la lista de quehaceres de ocio de los jóvenes españoles de hoy día y en concreto en la de nuestros dos pueblos. Creo que muchas son las razones que seguro cada uno podremos encontrar pero ninguna será de tanto peso para que  compense la desaparición de esas reuniones que se celebraban en una casa particular donde se bebía (cup o sangría algo adulterada) y se bailaba la música de aquellos discos de vinilo que giraban como locos en unos aparatos llamados tocadiscos. Generalmente eran canciones de amor que seguro que si las volvemos a escuchar nos traerían más de un recuerdo de algún momento de nuestra historia personal.

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Quien no bailó la música del canadiense Paul Anka, como Diana o las lentas como You are my destiny  o Lonely boy. Escucharlas otra vez por internet los que tenéis mi edad y los recuerdos y alegrías pasadas empezaran a caer sobre vosotros como el polen cae de los arboles estos días. La música italiana y sus cantantes románticos y de voz melosa y rota eran un referente en todos los guateques. Nicola di Bari con Los días del Arco baleno o la prima cosa vella, Pepino di Capri, Massimo Ranieri y para mí el mejor italiano de esa época, Boby Solo y su canción Una lácrima sul viso. Boby Solo, el Elvis italiano, no podía faltar en ningún guateque y fue uno de mis cantantes favoritos. Recuerdo ir al barrio de Corea en la Castellana donde vivían los americanos de la base de Torrejón. Allí en una cafetería y echando monedas en una máquina tocadiscos, oíamos una y otra vez al ganador por dos veces del Festival de San Remo con Si piangi se ridi en 1.965 y con Zingara en 1.969.

Clif Richard, el que luego cantaría Congratulations  en 1.968 en Eurovisión,  era con Paul Anka dos de los cantantes favoritos en las fiestas caseras. Otros de la época Neil Sedaka, Franki Avalon o Bobby Darín eran  de los más bailados en estas reniones caseras.

Entre los españoles José Luis y su Guitarra y su Mariquilla o El Dúo Dinámico que ya despuntaba por los 60 nos hacían bailar aquellas canciones de “Quince años tiene mi amor, Quisiera ser, Perdóname, Somos jóvenes, Lolita o El Madison que fue con el twist los bailes de moda además del “agarrado”. Los Brincos con su Borracho, Mejor, Un sorbito de champán o Tú me dijiste adiós era uno de los grupos punteros con los Bravos, los Mustang, los Sirex, los Estudiantes, los Shakers y tantos otros que iban apareciendo en aquellos años 60 y 70. Los Beatles no faltaban en ningún guateque que se preciara y sin querer comparar también Los Surf  con su Tú serás mi baby o los Hermanos Rigual con Cuando calienta el sol intentaban también estar presentes. Adamo y Sus manos en tu cintura o Gilbert Becaud y su et maintenan eran por la lentitud las preferidas de aquellas parejas que iniciaban su andadura y Sacha Distel que con sus canciones se hacía querer por todas las jovencitas. (Que nadie me lo eche en cara porque sé que me dejo muchos en el tintero pero mi disco duro ya no funciona también como antes)

Desde muy jóvenes al guateque los padres no les ponían pegas. Era una forma de mantener a las hijas, especialmente, vigiladas en el nido familiar.

Había guateques cutres con patatas fritas y aceitunas; otros mejoraban algo en la comida y en la bebida y luego estaban los cinco estrellas con jamón, queso, sándwich y hasta con bizcotelas de postre, pero realmente eran muy escasos.

Guateques en El Escorial eran, en verano, casi uno a la semana. Creo que casi todos los de mi pandilla llegaron a dar uno en su casa. También al final del verano era una tradición no escrita que las Regidoras y sus Damas Asesoras dieran una fiesta o guateque en su casa como colofón de las fiestas veraniegas y esos eran ya de primera división. Recuerdo con cariño algunos guateques del invierno escurialense en casa de una de la pandilla en la que se debía existir un problema eléctrico porque se apagaba la luz muy a menudo.

En mi invernadero particular guardo imágenes de los muchos a los que asistí en mi larga vida guatequera y puedo aseguraros que en uno de ellos, con muy pocos años, me enamoré de la que luego sería mi mujer, cosa que pasó a mucha gente en los veranos y los inviernos de San Lorenzo.