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El Cafetín Croché 19 (continuación)

El Cafetín Croché (continuación)

A Croché no se va generalmente a comer. Tampoco a pasear: se va a estar. Pero estar no significa no comer ni beber y para ello tiene preparada una Carta que parece que va dirigida directamente al buzón de los más exigentes. Aquí no se va a comer un cocido, ni a beber un Rioja del 70. Para eso y para la merluza, el estofado, las pochas con boletus, el chuletón o los carabineros a la plancha ya tiene a su hermano el Charolés. Aquí se va a picar, no como el barilarguero en la plaza de toros, pero sí a picar simplemente, sin castoreño, ni vara, ni toros ni ná.

Y como se dice en la carta, aquí se puede “picar a cualquier hora”. Cuando los cuchillos afilados del frío escurialense no te permiten hacerlo en la terraza sentados en el albero del callejón, lo haremos dentro, también a cualquier hora y siempre a las diez y diez del reloj de la barra. En verano y en esos días azules y soleados de la limpia primavera sanlorentina, la terraza es el sitio ideal para que sobre su albero, bien regado, florezcan las plantas de nuestras mejores tertulias, acompañadas, siempre, de algo de picar . Si te decides, porque el tiempo así lo pide, unas sopas de ajo elevarán tu ánimo hasta las mas altas cotas de tu existencia, trasformando en vitalidad tu estado mustio y destemplado. Si el ajo no te va bien y no tienes reuma- el ajo cura casi todo- una cata de caldo de cocido puede embriagarte casi como una bebida alcohólica y trasportarte a los lares de la abuela que hacía los caldos como Dios manda. Luego puedes probar el queso brie rebozado o una chistorras de Arbizu ( Navarra ) y terminar con una buen postre de leche frita a la llama de Machaquito (ese anisete con el que se bautiza el café mañanero y que es gloria bendita).

También puedes empezar con unas tostadas de changurro de bonito y unos boquerones Victorianos en vinagre. Seguir con una albóndigas de ternera que te harán olvidar las fiebres y enfermedades vacunas- tan en boga hoy en día-. Si te queda todavía algo de hambruna, después de mojar pan en su espesa y bien ligada salsa, pruebas la tarta del Cafetín, hecha en casa con frambuesas, que algún pastelero famoso envidiaría.

Pero yo prefiero empezar por las habitas finas de Alcaudete con jamón, unas croquetas de bacalao y terminar con la cata de callos a la madrileña, que mejoran los que he tomado en Madrid en restaurantes de varios tenedores y estrellas de guías gastronómicas, para finalizar con un postre de Flan de Chocolate que suelo acompañar de nata montada, y todo ello regado con Marqués de Riscal de la reserva numerada del 97. Y si alguna vez decides pasar por allí a picar no te olvides de los mejillones con bechamel o del Tomate al Perrin´s con queso manchego; de las tostadas de Roquefort; de pisto y bonito; de ensalada Imperial o de salmón ahumado. Y si te gustan los calamares no te olvides de pedir unos Calamaritos guisados de la jefa Elisa.

Nota: Me figuro que la carta habrá cambiado, pero era así cuando lo escribí hace algunos años)

 

El Cafetín Croché 17 (continuación)

El Cafetín Croché 17  (continuación)

El Croché mira hacia dentro, no tiene ventanales para mirar hacia fuera; busca su propio ser, sin tener que ver pasar a nadie, ni que nadie te mire al pasar. Tiene, eso si, puertas y ventanas que sólo tamizan la luz y cuyos cristales están decorados con el nombre del Croché u otros motivos grabados imitando a la técnica del ácido, ácido fluorhídrico que es el único que ataca al vidrio. Proceso antiguo y complicado, debiendo recubrir con betún la parte que no queremos dibujar, la que queda libre. En Madrid existieron maestros importantes de la técnica del vidrio, como Angel Jiménez Ochoa, nacido en el vecino pueblo de Guadarrama y talleres especializados en este noble arte decorativo tan en boga en tiendas, cafés y tabernas de finales del XIX y principios del XX. Gremio de artistas que se va perdiendo con las modernas técnicas de grabado del vidrio.

El Croché es de esos cafés en los que nunca pasa nada pero que en cualquier momento puede pasar algo imprevisto o al menos te imaginas que algo va a ocurrir. Es, como se decía del Gijón, el lugar que menos se liga del mundo, pero como la esperanza es lo último que se pierde…. Es un espacio acogedor pero inacabado en el tiempo. El Cafetín Croché tiene por derecho propio, el título y la condición del café intemporal, del café matritense, del café de estancias prolongadas, de tertulias, de amoríos o de citas clandestinas, del café de premios y de juegos de la oca o del parchís y en donde las conversaciones fluyen sin molestar, como de música de fondo se tratara, pero que no la escuchas, aunque notes su presencia y que siempre está ahí para acompañarte en tu propia soledad. Y aquí sentado sobre sus divanes rectos, empalados y algo tristes por el tono marrón oscuro de su terciopelo, he pasado revista y he recordado sentado algunas anécdotas que ocurrieron en este Cafetín.

Parece que todavía estoy viendo entrar a un personaje inefable al que llamaban “mi caballo murió”, hombre a unas gafas pegado, perfectamente pertrechado de ropa para cabalgar por los prados, laderas y hasta montañas escurialenses, con botas altas casi espejos azogados en negro, por su limpieza y pulcritud y de empaque algo anticuado.

  • Qué, ¿vienes de montar?
  • No he podido pues mi caballo está enfermo.

A los dos o tres días y casi siempre con mala intención, alguien le preguntaba:

–   ¿Por donde has montado hoy?.

  • Fui a la Herrería para montar pero el caballo tenía una pata algo estropeada y además ha pasado una mala noche.

Nunca se le vio sobre ningún penco y si se apura algo mas, cuando se subía a un burro, si es que alguna vez lo hizo, seguro que lo tiró del jergón al ver a tal guisa montado sobre su lomo. De ahí su mote de “mi caballo murió”.

Serranos sin Romería

Serranos sin Romería

El Escorial está triste, ¿Qué tendrá el Escorial? Es septiembre y comienza la salida de las ganadas vacaciones de muchos gurriatos y caciques y El Escorial languidece. La Romería es el punto de inflexión. A partir del segundo domingo de septiembre y mientras las castañas comienzan su caída, San Lorenzo y la Villa se vacían. Parece que este año va a ser menos por culpa del virus asesino.

Subo de Madrid al Escorial y esta vez voy a dar mi paseo “diabético” a la Casita de Arriba y disfruto de sus vistas y jardines. Me cruzo con Cristina Alberdi en Timoteo Padrós, gran andarina y amante de este pueblo  y sin conocerla me da los buenos días como hace toda la gente de buena voluntad. Sigue perfectamente despeinada y en gran forma.

El aperitivo en la plaza me regala una sorpresa. En los tres balcones del hotel De Martín encima de las Viandas, aparecen tres preciosas figuras que recuerdan las estatuas del maravilloso retablo del Monasterio que trazó Juan de Herrera y que Pompeo Leoni, Jacome Trezzo y Juan Bautista Comane  realizaron. Una parece ser uno de los Doctores de la Iglesia que lleva una reproducción del Monasterio en una mano y la otra figura parece  una de las estatuas que componen la parte central del retablo. El mirador central lo llena una reproducción de la Virgen de Gracia, no tan bien conseguida, que completa este bonito decorado para recordar que iban a ser las figuras centrales de la carreta que acompañarían a la Virgen en su Romería. (No he podido reproducir la foto)

 

Hermandad de Romeros de la Virgen de Gracia - Inicio

La tristeza por la situación actual se torna hoy en silencio. Silencio de las bombas que a las 6 de la mañana anuncian el inicio del Rosario de la Aurora. Silencio de la Misa Romera en la Herrería, de los bares, de los cafés del chinchón y silencio del Miranda para reponer fuerzas con café churros o picatostes. Silencio del cortejo romero, de la dulzaina de Zapatones y del tamboril. Silencio del rondón, de la alegría de las peñas de la subasta y de la vuelta a casa. Silencio de la Salve bajo el Arco y de las lágrimas cuando se inunda la carreta de la Virgen de pétalos de rosa.

La Virgen lo comprende y sólo pide a los romeros que este año dediquen un recuerdo a los que sufren y han fallecido por la pandemia y la recen una Salve por todos ellos. Ya vendrán tiempos mejores.

 

El Cafetín Croché 16 (continuación)

El Cafetín Croché 16 (continuación)

Charlando en un café,

ajenos al murmullo de otras mesas,

al trajín de las tazas, a la entrada de tipos

que dejan los abrigos junto a ellos.

Con los ojos clavados uno en otro,

una chispa airosa en la sonrisa,

un resplandor muy dulce,

en las nubes de una combustión:

ningún amor se entiende desde fuera,

ninguno.

( de Luis Muñoz del libro “ Manzanas amarillas” ) 

En las paredes de esta zona, una colección de billetes antiguos, junto a un billete de 1.937 del Consejo Municipal del Escorial de la Sierra de 50 céntimos, moneda que circuló por estos parajes durante la Guerra Civil, y que está firmada por Piris y Carrizo, parecen querer que esas dos Españas se hagan amigas y se olviden de una vez para siempre de odios y rencillas. Una barquillera de latón, quizás recordando a la buena de Doña Crescencia, barquillera de honor de San Lorenzo, que nos deleitaba, con sus barquillos y cucuruchos de pipas, delicias de paseantes, primero en la Plaza de los Jardincillos y luego en Floridablanca. Barquillera que nos recuerda niñeces de parisien o de rubios barquillos cilíndricos de dos o tres vueltas; rueda de la fortuna- si no te tocaba el clavo- siempre cual zurrón al hombro del barquillero castizo y chulapón, siempre presente en paseos, parques y verbenas que vociferando ¡barquillos; parisien! daban un colorido chulesco a los ambientes madrileños con su palpusa de cuadros, el safo al cuello y su chopín gris sobre la babusa blanca. Esta barquillera de antaño hace guardia junto a una gramola antigua, muda también como las radios de madera.

Es una zona diferente que se busca al entrar al Cafetín y cuando se descubre, los ojos de las parejas se hacen cómplices y asienten sin mover un músculo. La mesa del fondo de este espacio, solitaria en muchos momentos, sería la ideal para que Ramón Gómez de la Serna escribiera en ella, pues a él le gustaba escribir hasta las primeras luces del día en su buhardilla y luego trasladarse mas tarde a un café solitario y no con el ambiente de tertulias ruidosas como el Gijón.

En toda esta decoración del Cafetín Croché, echo algo de menos. Echo de menos al cerillero de todo café que se precie, vendedor de humo o de números de la suerte, de postales a turistas o confidente de alguna cita, y que debe estar apostado como perro guardián cerca de la puerta de todo café o como en este caso, aunque sólo sea cafetín. En el sitio en que creo debería estar el buen cerillero, existe un Tablón de anuncios que si te decides a leerlos puedes quedar extasiado con lo que allí se expresa, se solicita o se anuncia y bien puede servir para iniciar una Antología del Anuncio de Tablón. Allí he leído el 29.03.01: Escuela de Arte Matisse:  “Curso de tango argentino impartido por Fabiana Bassa” ; Maribel Corral : “Naturópata- Osteópata. Especialista en terapias manuales”; Uno de teatro : Nos gusta el teatro y queremos montar “ Fools for Love” de San Shepard. Necesitamos dos actores; Tertulia en la Sierra : “Busco personas con buena formación. Ideas progresistas. Carácter innovador. Creatividad e iniciativa.”; “Lector animador. Ancianos, enfermos… cualquier edad. Julián Diaz Cantarero”. Una tarjeta que dice : “ Maripi Serrano: Blusas y baño Brasil”. Otra anunciando un gabinete de Psicólogos; una tarjeta de un abogado con poco trabajo, me figuro; un anuncio de muebles y dos fotos de magos anunciándose. Arriba una NOTA : “ Las tertulias y anuncios expuestos en este tablón se renovarán los días 1 de cada mes”. Después de leerlo no he echado en falta al cerillero; es magnífico.

Alfonso González, en su rincón del Café Gijón.

                                      Alfonso González, en su rincón del Café Gijón.MIGUEL GENER

Del Croché me gusta casi todo. Me gusta su luz tenue que emana de las lámparas bronceadas Art-Deco del techo y de las lamparitas de las mesas con cristales de colores; la luz de las velas al anochecer, la que se filtra por las ventanas tamizada por labores de croché, suave y sin resol pues trasladan fielmente la penumbra del callejón de San Lorenzo. Me gusta su atmósfera tranquila, a veces inquietante, revolera o revoltosa, pero que va calando en el cuerpo como fina lluvia del norte. Me gusta el ruido de las cucharillas al remover el café napolitano, el del timbal de los dados en el cubilete o el seco chasquido de la ficha de dominó al colocarla sobre el tapete blanco de mármol.

Me gusta casi todo del Croché. Me gusta que sea un espacio medible por ojos geométricos. Un espacio asequible y sin distancias que distorsionen la vista, el oído o el olfato. Me gusta que no tenga demasiados espejos- tiene uno pero queda disimulado por fotografías de asistentes a las tertulias- pues la imagen en un espejo no es efímera, siempre te reconoce y guarda tu imagen en el recuerdo. Si vuelves te verás en él. No le provoques pues te sacará lo que fuiste. No seas inconsciente. Te recordará tu juventud hoy ajada, y te enseñará todas y cada una de las arrugas o surcos del arado de la vida en tu cara. Es traidor pues te delata tus miserias cuando te miras en él. Dos espejos, uno frente al otro, te llevan al infinito como en un túnel del tiempo, y al final te ves como flor marchita. Es cruel. Te mira cuando pasas de él. Los espejos no te quieren pues te sacan todos tus defectos. Por eso Manolo tuvo el acierto de poner pocos espejos en el Croché. No quería que sus clientes vieran el paso del tiempo que en Croché no existe, pero que sí era motivo decorativo, recurrente e impertinente en los cafés de antes como los que existían en Candelas, o los de la Fontana de Oro; el espejo de Lhardy con un gran marco de talla en madera dorada que mira y se deja mirar desde el fondo del local y en el que se han fotografiado varias generaciones de la selecta sociedad madrileña; los del Café Gijón o del Universal, el llamado café  “de los espejos” por la gran cantidad que tenía colgados de sus paredes. Sólo puso uno para no tener que decir, como Cesar González-Ruano “estoy solo entre un laberinto de espejos, como el niño perdido en un bosque poblado de fantasmas geométricos”.

 

El Cafetín Croché 15

El Cafetín Croché 15 (continuación)

Capítulo V

El Croché por dentro

En aquel Madrid de los siglos XVIII y XIX existieron cafés suntuosos con una decoración muy barroca, como el Café de la Iberia situado en la Carrera de San Jerónimo frente a Lhardy; con estrechos aposentos tertulianos como el Levante que estaba decorado con magníficas ilustraciones de Alenza; existieron cafés pequeños y con patio acristalado como el Lorencini, uno de los mas antiguos de Madrid y situado en la Puerta del Sol entre las calles Carretas y Espoz y Mina cuyo interior fue decorado por Ribelles; los había distribuidos en dos o tres recintos distintos como el de La Fontana de Oro que tenía la zona del café y otro recinto al fondo, formando ángulo, en el que se hacían las reuniones políticas, que mantenía las vigas de madera al descubierto y arcaico y trasnochado con una decoración exigua. Aquí las mesas eran de pino pintadas de color caoba con un tablero, también de pino pero en este caso pintado de blanco a imitación de mármol. Los había decorados con gran profusión de espejos, como el Universal o con 16 huecos a la calle y “71 veladores de cristal, 80 mesas de mármol de Italia, 600 sillas tapizadas y las mesas de billar de caoba maciza, con las bandas en palosanto y palorrosa y  sobre sus muros 10 relojes”. Este café, el Imperial, ocupaba los bajos y parte de la entreplanta del Hotel París y daba a las calles Alcalá y Carrera de San Jerónimo. Locales espaciosos como el Café de Madrid, que era un patio cubierto y con salida, después de atravesar un corredor, a la Carrera de San Jerónimo.

El Cafetín Croché es más personal en su decoración que otros muchos cafés de ésta y de otras épocas. Consta de tres estancias, mejor dicho de cuatro, lo que ocurre es que en la parte de la cocina nunca he entrado o no me han dejado entrar. En cada una de ellas la decoración asemeja a un pequeño y personal rastrillo con una unidad de criterio aunque diferencial en sus modos de tratar aquello que allí se va a realizar. Su decoración huele a rancio abolengo de lo antiguo, al olor familiar de la naftalina de un armario ropero. El ocre color de sus paredes se debe de adivinar ya que está casi tapado por colecciones, en serie fotográfica, de postales y fotos antiguas, ya amarillentas recordando aquel otoño que fue, tarjetas ya oxidadas de tono amarillento o gris plomizo que perdieron su color original; fotos de amores recortados sobre fondos falsos como la vida misma; de cuadros en los que se guardan colecciones de vitolas de cajas de cuchillas de afeitar, de papel de liar cigarrillos o de postales escurialenses de las de antes, todas de la  colección particular del Cafetín y que desde su propia estafeta se puede enviar a un amigo. Junto al rincón maravilloso, de entrando a mano izquierda, desde donde se divisa sin ser casi visto, cuelga una colección de bastones que para él la quisiera el gran Antonio Gala y que aunque tienen un artilugio para impedir su guinde, yo conseguí con algo de maña y astucia, sacar uno y no me lo llevé porque no soy un chorizo, pero eso sí, alerté de la fragilidad del invento. Y junto a ellos una colección de boquillas de cristal muy de los años veinte. Cartelería romántica de Moët Chandón, de anuncios estomacales cómo el de Saiz de Carlos o el famoso de los Chocolates Matías López cuya fábrica estaba en El Escorial de Abajo, pueblos éstos, el de Arriba y el de Abajo, que son como dos hermanos permanentemente cabreados a pesar de estar unidos por la cuesta de la Estación.

fotos y vídeos de Bar Cafetín Croché

Todos estos objetos nos parecen inverosímiles en estos tiempos y se nos hace difícil creer que hubieran existido alguna vez, pero aunque ya no se ven ni se usan, sí es verdad que existieron dando un uso discreto y silencioso a los que los utilizaron. Aquí en Croché, viven muchos objetos que se nutren de su pasado, que fueron deshauciados y  como dijo Cesar González-Ruano “triste condición la suya si ya ni siquiera pueden ofrecerte por todo lo que ya no valían”, y que en su inutilidad cuelgan de las paredes, paredes llenas de miles de palabras que fueron recogiendo en sus veinte años de vida y que se quedaron pegadas como moscas a la miel.

Sabia y acertada decisión. A pesar de que el magnífico gregueriano Gómez de la Serna dijo que “de una bella espalda descotada nació la televisión”, sus  dueños  dijeron NO a la espalda descotada, es decir a la televisión y ello a pesar de que a un año vista, se celebraban los Mundiales de Fútbol en España. SÍ dijeron, en cambio, a las radios de madera, algo caducas y ya secas de voz que decoran el Croché, que solo transmiten recuerdos y son mudas testigo de las muchas tertulias familiares o de amigos que aquí se desarrollan y de radionovelas amorosas que se representan bajo ellas en las mesas de mármol del café.

Antes de bajar a la cripta del Croché, se pasa por la zona de tertulias de amigos que van a charlar o juegan a los distintos entretenimientos de los que consta el Cafetín o esas tertulias de dos que juguetean y se besan ante la atenta mirada de cartón de un monaguillo que con su hucha entre las manos, parece querer pedir algo pero es respetuoso y no lo hace pues le pusieron allí de vigilante y guarda de amoríos. La zona cambia su decoración. Parece el cuarto de estar de una casa donde vive mucha gente, con paredes de labores de croché colgadas de barras de latón a modo de blancas cortinas de hilo con angelotes, sofacitos para dos y seis veladores redondos mas pequeños que los de fuera, como queriendo dejar mas espacio al amor puro que allí se profesan jóvenes y no tan jóvenes novicias y seminaristas del amor eterno.

(continuará)

El Cafetín Croché 14 (continuación)

El Cafetín Croché 14 (continuación)

La barra en un café de los de antes no tenía sentido. La tertulia era sentada y alrededor de las mesas para calentar, así, el frío mármol de los veladores con las arengas políticas, recitales o lecturas de los poetas bohemios que lo transformaban en cálido, caliente y amoroso como una buena pañosa de invierno. Pero la barra se impuso, a pesar que desde las mesas, en amigable tertulia, las cosas se ven de otra manera, sin prisas que apremien. Y en la barra se fueron haciendo tertulias, menos cafeteras y mas alcohólicas ante la atenta mirada del barman, jefe de barra, fabricante de ilusiones alcohólicas de nombres ingleses. La barra es confesionario de los solitarios, individualistas o misántropos pero también es y ha sido lugar de tertulia, tertulia en posición de cuerpo presente, pero al fin y al cabo tertulias.

La barra hoy día, se constituye en atalaya, mirador o balconada a la que asomas tu curiosidad y desde donde vigilas a los demás creyendo que no te ven y que por mucho que disimules al final siempre te dirán al salir:

  • Adiós Fulano, ¡que ya no saludas a nadie!

En la barra, pasas revista disimulada a los divanes aterciopelados en los que se habla de amores olvidados, primerizos o todavía acalorados, en los que se fabrican los sueños mas peregrinos o se proyecta un viaje; en los que las parejas hablan para no callarse y parecer dos desconocidos sentados en un autobús con la mirada perdida en sus propios pensamientos sin importarles lo que pasa a su alrededor.

Y así también es la barra del Croché.

A partir de las doce de la noche se produce una animación, siempre inesperada, que viene de aquí o de allá y recala a pasear en Croché o a dejarse ver que también es fórmula para que hablen de ti. A esta hora no hay brujas pero si aparece el buscón que busca algún bocado que llevarse a la boca después de haber mal cenado; el inspector de ambiente que no gasta nada mas que en miradas, algunas libidinosas y otras de curiosidad, pero que siempre inspecciona y no toma nada a no ser que alguien le invite. Alguna pareja que espera que pase la hora de las brujas para empezar a vivir de forma intensa la noche. Esos cuatro- dos parejas- que han ido porque  allí se juega y no saben que en este casinillo sólo se juega a la oca, parchís o a la tres en raya. Esa pareja que sólo quiere el silloncito de dentro para poder besarse y que sólo les vean los que hacen lo mismo, es decir nadie. Algunas tertulias que se han prolongado un poco porque mañana no tienen que ir temprano al Ayuntamiento o al Patrimonio a acompañar a turistas por las entrañas de Palacio.

Y a todas horas, Manolo Miguez, figura estilizada de Botero, hace su particular paseillo, que lo realiza como nadie, saliendo y entrando al callejón con su mejor estilo torero, ya que para esto de la hostelería y la restauración hay que ser muy torero y saber parar, mandar, picar, banderillear y dar la estocada en el momento adecuado y en el sitio justo.

Manolo ha pasado por todo el escalafón del toreo gastronómico o de la hostelería en general. Fue maletilla en el coso de San Pancracio, plaza muy popular en Madrid, novillero en El Horizontal, cuando Tomasín, el de las patatas fritas, se hizo con esta plaza; y peón de brega en Los Robles, plaza hoy desaparecida en la capital de España. Fue maestro compartiendo cartel en el Charolés y después se quedó como único espada, para unos años mas tarde y en la actualidad toreando un mano a mano con Mari Cruz, su encantadora mujer, también torera, con arte literario y poesía en sus lances, en el Croché. Aquí tomó, Manolo, la alternativa hace veinte años y sigue estando en el primer puesto del escalafón. Sigue desplegando su capa para dar una revolera o una media verónica, que borda, en el momento adecuado. Saber torear  de muleta y su sitio siempre está en la cara del toro. Sabe bajar la mano y de vez en cuando pone un par de banderillas “que quita el sentío” con maestría, tacto y buen hacer. Ha toreado toros azabaches, colorados, berrendos, jaboneros o mulatos; botineros, calceteros o meanos, que de todo hay en estas plazas. Ha toreado por gaoneras, por chicuelinas y verónicas; al natural y con la derecha. A veces se recrea haciendo un estatuario o dando un trincherazo para poner después al toro en suerte. No suele hacer faenas de aliño, sino para cortar las dos orejas y el rabo que lo prepara magníficamente en su “ casa de comidas”. Y todo ello acompañado por su magnífica cuadrilla: Julio, el Abuelo, su peón de confianza y mozo de espadas que lleva veinte años con él; Juan Carlos; Luis; Iván y Manolo.

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(continuará)

 

 

 

 

 

El Cafetín Croché.- 12 (continuación)

El Cafetín Croché.- 12 (continuación)

Respecto a este instrumental literario, Antonio Martínez Sarrión, escribió una magnífica anécdota que se recoge en libro “El Café Gijón” dentro de la Antología, y que me atrevo a transcribir, si él me lo permite, que seguro que lo hará: “…. cuando un camarero de pelo canoso aferrando en una mano la bandeja de metal y con el puño de la otra apoyado en la cadera, me espetó : “¿qué va a ser?”. Desde mi entrada y aun antes, tenía pensada la consumición a solicitar: un café con leche en vaso y otro de agua. Pero por sus pasos, sin sobresaltos cada cosa a su tiempo. Antes debía cumplimentar los ritos de todo escritor que se respetase por joven, desconocido o provinciano que fuere. Tales ritos los conocía bien: lo primero era solicitar el instrumental, como el cirujano, enguantado, con mascarilla y gorro, pide el bisturí a la enfermera. De modo que, intentando una desenvoltura imposible y sin llegarme la voz al cuello de la camisa le dije al mozo tragando saliva: “Por favor, ¿me puede usted traer recado de escribir?”.

Aquel hombre tardó varios segundos en reaccionar….Se concedió, a modo no se si de “glissando” o de afinamiento antes de atacar el “tutti”, unos instantes mas, durante los cuales resopló y se aclaró la garganta de flemas. E inmediatamente con lo que se me hizo un vozarrón capaz de competir ventajosamente con las bíblicas trompetas ante los muros de Jericó, me dijo “ si, si, entiendo… Entonces… ¿sólo o con leche?.

Tomás Borras, en sus “Historillas de Madrid” relata de forma magnífica, como don Pedro Muñoz Seca, instalaba su “trabajadero” en una mesa junto al ventanal del Café Inglés, nombre poco apropiado para un establecimiento cafetero en la calle Sevilla: “Al llegar a Madrid don Pedro Muñoz Seca, ingenio al que ya he puesto otros ribetes, la llamada del café le llevó a montar su trabajadero en un mármol del Inglés, calle de Sevilla; trabajadero de mesa a una ventana, pues la parte superior de la cristalera se abría para la mesa detrás de una talanquera, al aire libre y dentro del local. Don Pedro provisto del “ABC” y “El Imparcial”  (sostenido en el Inglés con su café con leche y media tostada de desayuno) arribaba tempranito a su isla rodeada de toreros, y entre comentarios de faenas en altisonancia y cante por lo bajini, a mano el manojo de cuartillas y “el recado de escribir”, uno de tantos servicios gratuitos de los Cafés, comenzaba con la frase consabida, “Acto primero”, el edificio de humo de sus ilusiones”.

Escribir en un café es dejar morir lo superfluo y concentrarse en lo trascendente que es aquello que en ese momento estás llevando a las cuartillas. Es darse un paseo por tus emociones, recorriendo sus calles y parándote, cuando quieres, en los escaparates que más impresiones te produzca. Es en definitiva vivir en soledad compartida.

Escribir en un café es mudar tu piel cual serpiente en  primavera, para ponerte un traje mas acorde con la estación mental que estas viviendo. Es despojarte de mucho y recoger lo que te interesa.

Pero escribir en un café tiene algún inconveniente. El camarero o guerrita de turno, con su fino olfato, mira mal al escritor de café que todavía tiene las cuartillas como el blanco satén. Sabe que al menos durante varias horas, se transformará en decoración del local, con un café largo sobre la mesa, o corto y manchado, café a lo italiano, americano o napolitano que nunca a lo español, o con un café cortado- que es el más tímido y retraído de la letanía de cafés que puedes pedir- y además, quizás con un vaso de agua, eso sí, con hielo, para que los posos del café no se adhieran a las paredes de las tuberías.

Pero él sabe, que por estar ahí y ser un cliente aunque sea literato, tiene derecho a pedir un palillo, el periódico del día, otro vaso de agua, pero con hielo, monedas de cambio para el teléfono, servilletas de papel, azúcar o la cursilada actual de la sacarina-que tiene nombre de cantante de los 70-.También pasará al aseo y utilizará el agua, jabón y el papel higiénico y, antes de salir, se peinará y lavará las manos. Y todo ello por 250 pesetas. ¡Que ruina la del cafetero!

Hoy día no se puede escribir en un café. Los teléfonos móviles, esos pequeños monstruos tecnológicos, con sus sonidos consiguen que no puedas concentrarte y piropear a las musas porque las conversaciones de los que junto a ti hablan de negocios, de fútbol, o de problemas con los niños espantan a las musas y se van de tu vera, justo en el momento que las tenías convencidas. Eso sí, si te gusta la música podrás escuchar, cuando suena el teléfono, un pasodoble, un aria de Verdi, pasando por La Óveme, una jota o el himno del Atlético de Madrid.

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(continuará)

El Cafetín Croché.- 11 (continuación)

El Cafetín Croché.- 11 (continuación)

Entrar en El Croché, es oir como se para el tiempo. Las agujas dejan de recorrer la esfera del reloj y se mantienen firmes, sin moverse, como soldados presentado armas en una parada militar, y las manecillas, en su estática posición, deciden no pasear por el calendario romano de las 12 horas del reloj. Sea la hora que sea, se entra a las diez y diez y aunque pase el tiempo y te encuentres cansado de tanta felicidad, siempre se sale a la misma hora; las diez y diez. Un reloj antiguo, en el frente de la barra, así lo corrobora. Siempre son las diez y diez; está parado en el tiempo.

He encontrado un hermano, casi gemelo, de este reloj, en la histórica taberna de Antonio Sánchez, en la calle Mesón de Paredes 13, muy cerca del Rastro. Taberna bicentenaria del que fue pintor, torero y tabernero y en donde chatear se considera un rito y no una costumbre. ( del libro “Las tiendas de Madrid”).

Croché es sinónimo de paciencia. Labores casi talladas con hilo y ganchos especiales, para ir encadenando como avemarías en un rosario de lino blanco, obras de arte que luego dejarán su impronta en los cabeceros y brazos de sofás, en la decoración de las mesas de muchas casas que lo saben valorar, en mantillas de estar por casa o como en este caso, decorando la barra del Cafetín Croché. Magnífica obra de arte de 8 metros que decora la barra y es guardada como las grandes obras de arte, bajo un cristal. Elaborada por las manos de Maruja Martín, que se me antojan como las de un Miguel Ángel, que cincelara sobre hilo una primera obra fechada en 1.983 y posteriormente renovada varias veces.

En la vida de Madrid existen muchos placeres mundanos, limpios y no muy caros que yo he experimentado y se los recomiendo: tomar un caldo en Lhardy con dos barquitas de riñones al jerez a la hora del aperitivo; comprar turrón de yema para la Navidad en Casa Mira; pasear por la Plaza de Oriente y tomar una copa en el Café del Oriente, construido sobre lo que fue el Convento de San Gil, del siglo XVI y del que se conserva la sala capitular en los sótanos del Café, o merendar en la Botillería de al lado;  degustar el coktail de champán de Embasy o una torrija en Semana Santa; afeitarse en un barbero que te llene la cara de blanca nieve, aunque sea verano, mientras lees el “ABC” de ahora o el “Imparcial” o la “Gaceta” de antes; tomar una taza de chocolate con churros, como hace años en San Ginés, espaguetis en Le Bistroquet de la calle de Segovia al salir de las discotecas a altas horas de la madrugada; unos huevos estrellados en Casa Lucio o pasear sin prisas por el Madrid de los Austrias; comprar sellos en la Plaza Mayor o una gorra en Casa Yustas;  ver una corrida en la Ventas, cuando San Isidro nos visita, no sin antes pasar por el burladero del “Bar del nueve” y comentar con los amigos. Entre todos ellos me quedo con el del sentarse ante el velador de un café, arropado por el terciopelo caliente de un banco corrido y escribir, escribir algo, lo que sea, tal como yo hice, hace algún tiempo, en las tardes estivales de un agosto escurialense, en el Cafetín Croché.

En la soledad compartida del escritor de café, se amontonan sensaciones, unas queriendo entrar mientras otras, al salir, dejan su asiento en el alma, en el alma de las sensaciones, más prosaica y menos inmaterial que la otra. En esa situación era dichoso pues podía, ¡que no es dichoso el que quiere sino el que puede! Y en esa dicha ves a la gente y no la escuchas aunque la tengas muy cerca. Oyes sólo tu voz interior que te anima a seguir por un camino no definido a priori en el tiempo, pues ahí no existe el tiempo. El tiempo lo paras cuando quieres y no es necesario que las manecillas del reloj se detengan.

Delante de ti y sobre el blanco mármol, como si fueras a jugar una partida de dominó contigo mismo, un café y un agua de néctar de endrinas bien espuchadas, pasé muchas horas, trasladando al papel mis vivencias o aquellas que fueron contadas por los que me precedieron, y me quedaba, extasiado a veces,  mirando al techo. Como decía RAMON,  “el mejor destino que hay  es el de supervisor de nubes acostado en una hamaca y mirando al cielo”. Aquí dentro no hay hamaca ni cielo pero sí unas magníficas lámparas de bronce y tulipas muy de los “años veinte” que para mí eran como mi cielo particular, un cielo bronceado por  la tenue luz que irradiaban y que me transformaba y trasportaba por los caminos de nuevas sensaciones.

Pero no todo era tranquilidad. A veces entraba el típico “inspector de ambiente”, “salta mesas” donde los haya y donde le aguanten, “saltimbanqui adiposo” que te estropea tu estado de éxtasis y que al final se posa en tu mesa. Te dice tres vaciedades y te corta la inspiración y hasta la respiración para no ser demasiado grosero, en esos momentos en los que llamas a las musas para que no sean tan holgazanas y te hagan caso. Yo reconozco que lo fuí, cuando un día de agosto que estaba inspirado para el duro trabajo de escribir para los demás, y junto a unos de esos modernos braseros de frío acondicionado, un conocido posa mesas quiso sentarse en la que yo estaba a punto de llegar a un acuerdo con mi musa. Al preguntarme que hacía, le dije con cara de pocos amigos, que escribiendo sobre arquitectura.

  • Pues me siento contigo- contestó él.

Y con cara descompuesta y para no ser demasiado grosero, le dije que estaba esperando a unas personas.

–   Bueno pues espero a que lleguen- me insistió.

Y claro está. Me inventé una excusa, me levanté y me fui.

Cuando escribes en un café, no gastas un duro en comprar pensamientos. Éstos vienen gratis pues los tienes dentro y te fluyen con sólo apretar dos neuronas, que es como si te apretaras una espinilla de la cara.

Allí montas tu trabajadero, como lo llamaba Tomás Borrás, y cual incipiente escritor de bolígrafo y papel reciclado, te dispones a dar rienda suelta a tus emociones. Antes, para ser un escritor de café que se valorase, tenías que solicitar el servicio gratuito del recado de escribir y hacerlo con plumilla que rascaba el papel, tinta guarrindonga, casi de calamar, embotellada en pequeños frascos o tinteros y un papel secante para cuando la tinta sudara en el papel. Según definición oficial  de un escritor cafetero y que habitualmente solicitaba recado de escribir en el Gijón o en el Teide, Cesar González Ruano, constaba de un tinterillo con tapón de corcho; un manguillero con su pluma arañante, y una carpeta de hule negro, donde alguna vez hay un papel secante, además de un pliego y un sobre”

(continuará)

 

 

El Cafetín Croché 10.- (continuación)

El Cafetín Croché 10.- (continuación)

El Real Coliseo Carlos III es el teatro cubierto más antiguo que se conserva en España y que inició sus obras en 1.770 a las órdenes de Jaime Marquet. Carlos III fue proclamado Rey el 11 de septiembre de 1.759 y tuvo la obligación de ir a conocer el Real Sitio en cuyo entorno, ya que así lo quiso el Rey Felipe II, no existía nada mas que las dos Casas de Oficios que bordeaban el Monasterio y que dieron cobijo a la servidumbre real, y algunas casas frente a la capilla para los  profesores del colegio, primero, y los facultativos de medicina, después. En 1.793 gran parte de San Lorenzo, el asentamiento primitivo que rodea al Monasterio, estaba ya construido.

El 18 de agosto de 1.770 según una Orden dada por Grimaldi, se inician las obras del Teatro con dinero de las rentas de correos. El 19 de mayo de 1.771 estaba prácticamente acabado. Posteriormente se inician las obras de las viviendas para los cómicos, y al mismo tiempo, los arcos que, atravesando la calle Floridablanca, unían el Coliseo con la Casa de Oficios, y que desaparecieron en 1.870.

El Real Coliseo pasó por muchas vicisitudes. Fue convertido, como la Casa de la Compaña, en acuartelamiento tanto de tropas francesas como aliadas, instalándose allí la zapatería, durante la Guerra de la Independencia y hasta 1.814. Luego fue Teatro Lope de Vega y cine hasta que Pedro Martín Gómez y su hermano José Luis crean la Sociedad para Fomento y Reconstrucción del Real Coliseo, sociedad que adquiere el teatro. Se inician en 1.974 los proyectos de reconstrucción por los arquitectos Mariano Bayón y José Luis Martín Gómez, terminándose las obras en abril de 1.979 y siendo inaugurado el 30 de abril de 1.979 por S.M. la Reina Sofía.

Por encima de la plaza de los Jardincillos, se encuentra la Plaza de San Lorenzo, hermanada con la de Benavente por el cordón umbilical de una escalera de dos tramos, y una fuente que hace años la secó un alcalde, quizás para no gastar reales en limpiarla o para que no se ahogaran los niños. Crispín, personaje popular de la antigua comedia italiana, criado ingeniosos y audaz, socarrón y ladino, que solía vestir de negro y calzaba botas altas, con un espadín colgado de su ancho cinturón, -figura que aparece en varias obras de Benavente-, y el Marqués de Borja se hablan a menudo, con su voz de bronce, estáticos sobre sus pedestales de granito, porque no quieren perderse un solo álito de la vida que discurre a su alrededor. El Crispín de Jacinto Benavente, autor político y fecundo, realista, costumbrista y satírico de la burguesía española, tan unido al San Lorenzo ya que fue mantenedor de los Juegos Florales en 1.915, y el Marqués de Borja, que fue Intendente General de la Casa Real, hablarán, quizás, de la repoblación forestal de los montes del pueblo, que se realizó durante el mandato del Marqués de Borja o de “La noche del sábado” o de los “Intereses creados” que escribió D. Jacinto, de la “Malquerida” o del Premio Nöbel que le concedieron.

El Croché está en la Calle de San Lorenzo, estrecho callejón que sale de la plaza de don Jacinto Benavente. Quién se podría figurar que una calle dedicada a San Lorenzo, Patrono del Real Sitio, se quedara en un callejón estrecho, con sombra permanente que le cubre de un manto de tristeza. Antiguamente cerrado y posteriormente abierto, para dar paso entre las dos plazas, en el año 1.870, año del gran incendio del Monasterio y año en que se derribaron los arcos que unían el Coliseo en la calle Floridablanca. Callejón de San Lorenzo sería, sin duda, corrala o patio de vecindad, pero sin las balconadas o galerías zarzueleras de madera. Las dos fachadas traseras, pertenecen a viviendas que tienen su entrada, una desde la calle de los Soportales, calle de las Tiendas y hoy de Reina Victoria, una de las pocas calles del pueblo con paraguas de granito. Estas casas las mandó construir Carlos III al arquitecto Juan de Villanueva en el año 1.783 para que sirviera de refugio a los vendedores de víveres y la otra vivienda tiene su entrada por la calle Floridablanca desde un balcón corrido con balaustrada de hierro, casa de los Doctores que asistían a la Corte y en la que se ubica el Cafetín Croché. Estas dos fachadas posteriores se hablan de tú por su cercanía, y por estar viéndose todos los días. Los pájaros entonan sus cánticos matutinos y hablan entre sí, saludando a los que lo utilizan de paso para ir de la Plaza de Benavente a la del Ayuntamiento, hoy, como casi todas, plaza de la Constitución. La plaza hoy remodelada guardará en sus entrañas, no sólo recuerdos de lo que fue y lo que pudo ser, según un proyecto de arquitecto Gascuñana, que he conocido en la exposición de Julián Cuena, recientemente fallecido, y que rodeaba la plaza de soportales y la remataba con un magnífico edificio del Ayuntamiento, sino también guardará 200 vehículos para lo que ha sido necesario remodelar la plaza, siendo Alcalde José Luis Fernández-Quejo.

Plaza que estuvo abierta al Monasterio y a la magnífica explanada que tiene a Madrid de fondo velazqueño, antes de que Carlos III mandara construir a Juan de Villanueva en 1.785 la Casa de los Ministerios que  cierra  el perímetro de la Lonja; de tierra primero y después vestida hasta los pies de piedra berroqueña salida de las canteras sanlorentinas; con parterre y un surtidor con agua en el centro de la plaza, construido en 1.876; después con templete de música en hierro forjado así como el de la Churrería de Somolinos que en verano y fiestas de guardar, ponía sus reales en esta plaza y que una vez hubo desaparecido, la familia lo regaló a un médico amigo que lo mantiene de cenador en su jardín. Cerrada todo su perímetro por una barandilla de hierro que fue colocada en 1.881 siendo Alcalde D. Faustino Moreno. En verano se llenará de toldos multicolores y mesas con turistas que darán el colorido a que nos tienen acostumbrados las plazas mayores de los pueblos.