3o años del Cafetín Croché

El café era plaza pública como el ágora de las ciudades griegas, donde las gentes se relacionaban y formaban sus asambleas o tertulias. A Ramón Gómez de la Serna, el café le atrae “como una plaza pública, reservada, con asientos cómodos y bajo techado. Sobre todo en invierno, los cafés son las únicas plazas públicas en que se puede uno sentar en un cómodo banco público, sin dejar de estar guarnecido”.

Gómez Caballero en su libro, “Madrid Cervantino o el barrio más espiritual de Europa”, define al café como “el ágora, la discusión, la crítica, el panfleto, el orador sobre la mesa, la conspiración, el origen del periodismo y del Parlamento, del pronunciamiento y del motín”

Los cafés de Madrid han sido el hábitat natural de bohemios y faranduleros; de hombres de letras, médicos o poetas, literatos y juerguistas, diplomáticos y sablistas, misántropos y espontáneos de la tertulia, de los que eran o querían ser, de zurupetos y ambiguos. Políticos recalcitrantes, revolucionarios y libertadores trasnochados. También de espías, de pintorescos aristócratas y algún que otro parásito. De magnates y mangantes; de pintores hechos y de pintores deshechos; de toreros, creadores y artistas. Fueron locales en los que las comodidades mejoraban las de sus casas o buhardillas y por lo tanto las horas eran más agradecidas.

Los cafés eran la disculpa para todo. Eran la pañosa en los crudos días de invierno, el clavel reventón en las primaveras, cuando los cafés se echaban a la calle, eran oasis refrescante en las tórridas noches de verano. Eran en definitiva, desayuno, aperitivo, merienda y cena, de casi todos, fortaleza de trasnochadores y medicina de los enfermos de la bohemia, sagrado recinto que, aunque no se dieran cuenta, transformaban su guerra particular al convencionalismo, con hacer convencional la visita diaria a un convencional café.

El café espacio, podía ser como el café bebida. Podía ser amargo cuando amargura tiene la carta que estás escribiendo; dulce como la conversación de la amada junto a ti o el beso amoroso de tu pareja; frío o caliente según la temperatura de tu propio ser o del ambiente tertuliano escogido, pero siempre era compañía ante una espera, era lectura o lugar donde se practicaba el maravilloso don de la escritura, lugar donde poner en orden los recuerdos, era tertulia o era, simplemente, el estar con los demás y compartir algo con ellos.

Quizás fuera esto lo que quiso hacer Manolo y su mujer. Este año  celebramos los 30 años del nacimiento del Cafetín Croché que nacíó un 21 de julio sin prepotencia, sin petulancia, de forma sencilla, sin querer darse importancia, como queriendo llegar a este mundo sin alharacas. Por eso no quiso ser Café, pues, petulante sería, intentar emular a aquellos viejos, destartalados y tertulianos cafés y se quedó en Cafetín, utilizando un diminutivo para no molestar a la Historia; para que, como a los niños, se le vea crecer con salud y quizás cuando sea mayor podamos llamarle Café.

Entrar en El Croché, es oir como se para el tiempo. Sea la hora que sea, se entra a las diez y diez y aunque pase el tiempo y te encuentres cansado de tanta felicidad, siempre se sale a la misma hora; las diez y diez. Un viejo reloj, en el frente de la barra, así lo corrobora. Siempre son las diez y diez, está parado en el tiempo.

En la vida de Madrid existen muchos placeres mundanos, limpios y no muy caros que yo he experimentado y se los recomiendo. Entre todos ellos me quedo con el del sentarse ante el velador de un café, arropado por el terciopelo caliente de un banco corrido y escribir, escribir algo, lo que sea, tal como yo hice, hace algún tiempo, en las tardes estivales de un agosto escurialense, en el Cafetín Croché. Con motivo de su 20º aniversario allí escribí lo que yo llamo “un libro” que recogía mis recuerdos y sensaciones que tuve en el Croché, de las que aquí recojo una pequeña muestra.  

El Croché se despierta tarde. Le gusta apurar los posos de la noche y claro, por las mañanas se le pegan las sábanas de la holganza. Allí, ya florecida la mañana, a la hora que las manecillas rezan el “Ángelus” y ambas se confunden muy juntas en un diario acto de amor, allí a esa hora, todavía con el limpio perfume a local recién inaugurado, comienzan a entrar los primeros cafeteros, lectores de periódicos, rito que comparten tras comprar el diario en el quiosco de la Plaza de Benavente o en la librería Quesada.

Después de la hora de lectura de los periódicos, hacia las dos del mediodía, el vino empieza a poblar la barra aunque nunca sólo, siempre muy bien acompañado por alguna cazuela de aperitivo.

El ambiente es muy distinto según la hora del día y también si el frío se ha instalado en San Lorenzo por haberse dejado herméticamente abiertas las puertas y ventanas serranas, acuchillando los pulmones o si el otro Lorenzo impone su voluntad y como un microondas te cuece en minutos todo lo que pongas a su alcance. Pero, no sólo con la estación del ferrocarril climático cambia de ambiente, sino en función del día entre semana o víspera de festivo.

A las cuatro de la tarde y hasta las siete o las ocho, el Croché cambia su decorado. Comienzan a entrar los cafetalistas a pedir su café. Se vuelve un poco negro como el cielo amenazando tormenta, negro del café y de olor intenso a puchero- hoy cafetera- olor que se palpa y se puede rasgar con la cucharilla. Algunos cafés que se sirven en las mesas, llevan en su taza un manto blanco como si los fueran a cristianar en la pila bautismal. Es la hora en la que el Croché es alfil, reina, o caballo; es la hora que es damero o fichas de colores, cubilete y tacos de jamón de marfil con la numeración escrita en el lomo. Es tertulia bullanguera y amigable de temas prosaicos  y casi siempre muy terrenales.

Cuando se acercan las diez de la noche, cirios y velones se encienden para competir con las estrellas del cielo de la noche escurialense. A partir de las doce de la noche se produce una animación, siempre inesperada, que viene de aquí o de allá y recala a pasear en Croché o a dejarse ver que también es fórmula para que hablen de ti.

Noches de magia, de concurso poesía, de tertulias culturales  y una decoración de la que tendríamos que hablar largo y tendido pero no cabe en este reducido espacio.

Y a todas horas, Manolo Miguez, figura estilizada de Botero, hace su particular paseillo, que lo realiza como nadie, saliendo y entrando al callejón de San Lorenzo, con su mejor estilo torero, ya que para esto de la hostelería y la restauración hay que ser muy torero y saber parar, mandar, picar y hasta  banderillear.

Después de 30 años de vida quiero dedicarle un recuerdo cariñoso.

4 pensamientos en “3o años del Cafetín Croché

  1. Ramón ST Goñi

    Hola, Jesús
    soy tu primo Moncho de Pamplona.
    Llámame por favor o comunicame tu teléfono.
    Un abrazo.

  2. jesus Autor

    Querido Moncho:
    Mi teléfono es 629.35.69.68 Si no te lo cojo dejame un mensaje y te llamaría enseguida.
    De todas maneras mándame el tuyo. Un abrazo de tu primo Jesús.

  3. J.Quesada

    He leido este pequeño homenaje en la Gaceta y me ha encantado, por lo bien que está escrito, por sus expresiones emotivas y por lo entrañable que le ha hecho.

    Gracias por compartirlo.

    Sinceramente, es Vd al único que merece la pena leer en la Gaceta y un poco al Sr Mateos con su historia.

    Seguiré leyéndole y entrando en su blog, para no perderme nada de lo que publica.

    Un saludo

    J.Q

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