Lo escribió mi padre (II)

Sigue mi padre escribiendo sus reflexiones, como él llama a esta especie diario de la Guerra, de aquellos primeros días que le tocó vivir en El Escorial.

“A mi suegro, a mis cuñados, a mí y a los demás del grupo nos llevaron al patio del Monasterio llamado de Palacio y al entrar ya había bastantes hombres, todos del barrio de Abantos y del Hotel Miranda por donde habían empezado las detenciones a una de la madrugada”.

Casi toda la mañana estuvieron llegando detenidos  todos los que se encontraban en el autobús para ir a Madrid; la gente de derechas del pueblo; los del barrio de la carretera de Guadarrama y por último otro número de detenidos entre los que venían mi padre y mis hermanos Luis María y José Antonio. El primero venía voluntariamente, por acompañar a los otros dos, pues al estar prestando servicios médicos en el Colegio de Carabineros, no le obligaban a venir”

 Cuenta mi padre que allí, en el Patio del Palacio, se encontraron  casi toda la Colonia veraniega, pues se salvaron muy pocos de la redada y todos los hombres de derechas del pueblo, sin saber, concretamente para que estaban allí y sin que tan siquiera que les hubieran tomado el nombre .

“Aunque se dijo al hacer las detenciones que sería cuestión de poco tiempo y sólo para acreditar las personalidades, con buen criterio nos enviaron de casa el desayuno y la comida”

Tras pasar la primera noche el aspecto del Patio empezaba a ser difícil de explicar. Comenzaron los lentos interrogatorios pero pocos fueron llamados y ninguno puesto en libertad.

“Tan sólo dos lo fueron el día anterior: el maestro Alonso y Félix Luis Robles, éste por pertenecer al partido comunista. Algunos señores pidieron al Tribunal que decidiesen sobre su situación y así pudieron salir  mi padre y mi suegro”.

Cuenta mi padre que dentro de la buena gente, gente del pueblo, que había entre los que pertenecían a las milicias, al Tribunal o a la Delegación del Ministerio de la Guerra debe su vida.

“Por la tarde de este tercer día de detención se presentaron unos milicianos para reclamar a dos individuos que creían se encontraban entre los detenidos. Los nombres no eran conocidos, pero era difícil saberlo con seguridad porque no se había hecho relación alguna de los que nos encontrábamos en el patio. Fue un incidente desagradable, pues amenazaban con fusiles a los grupos que formábamos, insistiendo en que teníamos que conocer a esos individuos”.

Sin poder ver a su mujer, mi madre, con incidentes continuos en el interior del patio con milicianos que buscaban a personas para las que habían trabajado para “pegarles un tiro” y con frío y mal comidos pasaron varios días en el Patio. Gracias a los informes favorables de gente del pueblo sus dos cuñados salieron en libertad. Al entrar a declarar, mi padre dio nombres de algunas personas de izquierdas del pueblo que le pudieran  avalar, que al cabo del tiempo se enteró de que gracias a ellos le pusieron en libertad.

“El llevar cuatro noches durmiendo al aire libre, aunque algunos se metían en una galería contigua al patio habilitada para ello, pero en donde era peor la atmósfera, cayeron enfermos algunos detenidos, que fueron puestos en libertad. A las nueve de la noche de este cuarto día de detención, fueron llamando al párroco, a un marino, a un militar y a Luis Cabello Lapiedra, sin que se haya sabido nada de ellos posteriormente, aunque todos los informes coincidían en que fueron fusilados”.

“Terminó, pues, el quinto día con pocas esperanzas de que, al menos rápidamente, nos pusieran en libertad a mi hermano y a mí.

Empezó el sexto día tomando declaración y poniendo en libertad a varios del pueblo y casi ninguno de la Colonia, pero al menos tuvimos esperanzas pues el chofer de casa entró a vernos y dijo que iban a realizar gestiones en nuestro favor. Acaso fue de gran oportunidad esa gestión pues se leyó una lista de detenidos que habían ya declarado que luego fueron trasladados, antes aún de salir nosotros, a Madrid, siendo un motivo más de agradecimiento a la Providencia”.

“Hacia las doce fuimos llamados por el Tribunal con quien se encontraba el chofer de casa y nos pusieron en libertad a mi hermano y a mí, no pudiendo salir inmediatamente porque estaban saliendo los de la lista que habían leído y que los iban metiendo en un autobús. A estos, a diferencia de los dos grupos pequeños que habían salido, los permitieron coger abrigos, mantas, etc”.

“Y por fin nos dejaron salir encontrándome con mi mujer en medio de la Lonja, pudiendo abrazarnos después de haber burlado la vigilancia de las milicias, que impedían entrar en el recinto de la Lonja, pero que al ver su entusiasmo hicieron la vista gorda. Llegué a casa, pude abrazar a mi hijo y a todos y lavarme y comer caliente, cosas que su falta no parece tan importante cuando se poseen habitualmente”.

La libertad,  estaban condicionada a evacuar el pueblo en 24 horas y así se publicó en un pregón obligando a todos los veraneantes que no pertenecieran al Frente Popular a evacuar El Escorial en un tren que se formaría a la mañana siguiente a las diez. Se hicieron todos los preparativos para salir hacia la estación tres horas antes de la salida del tren ya que la casi totalidad de la Colonia evacuaba El Escorial al día siguiente y por la mañana, con bultos, todos salimos para la estación, consiguiendo unos bajar en taxis o autobús y otros andando.

Aunque luego en Madrid mis abuelos y tíos fueron fusilados, gracias a mucha gente de San Lorenzo ellos consiguieron la libertad junto a mi padre por todo lo que la familia había hecho por el pueblo. Mis padres volvieron al Escorial y la consideraron su segunda casa. Ni una sola pizca de rencor ni odio quedó en sus corazones y así nos lo enseñaron.

Esta es sólo parte de la verdadera Memoria Histórica.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *