Hoy Jueves Santo de una Semana Santa temprana, recién estrenada la primavera, cuando los árboles han empezado a tener algunos retoños en sus desnudas ramas y los almendros los he visto florecidos, he recordado un precioso pasaje que había leído varias veces del libro “El Escorial, lugar de veraneo” . El libro del que conservo un ejemplar, algo deteriorado por cierto, pero que guardo con mucho cariño, está editado en 1.944 (2ª Edición) por Carlos Sabáu Bergamín y Álvaro Suarez-Valdés bajo los seudónimos de “Luis de Santurce” y “Polilla”. Aunque se refiere al mes de abril, mes más típico de Semana Santa, se puede aplicar a este mes de marzo que ha tenido a bien no molestarnos con el agua de la temida lluvia.
He pedido a Carlos y a Álvaro permiso para trasladar el precioso pasaje de su libro y desde el Cielo me han comunicado que no hay problema, que lo reproduzca si quiero, pero que les recuerde con una oración cosa que así hago.
EL VERANILLO DE SEMANA SANTA
Mes de abril. La primavera va vistiendo con sus galas el campo. Los árboles van abriendo poco a poco las sombrillas verdes de sus copas y en la solapa de sus ramas ponen flores blancas. El tomillo, fresco aún por las últimas lluvias, extiende su aroma por doquier, y los pinos se preparan a reunir bajo sus puntiagudas copas a la primera pandilla, y aquel pino aislado, a escuchar las eternas palabras de la eterna pareja. En el suelo se abre el sí y el no de las primeras margaritas. Tras las cercas, las lilas visten su alivio de luto y los lirios visten ya capuchones de Nazareno. La pringosa jara abre sus grandes flores blancas, esperando al moscardón que viene a visitarla. Todo parece dar la bienvenida a esos grupos de gurriatos “amateurs”, avanzadilla del verano, que en estos días de abril llegan a El Escorial a pasar la Semana Santa. Días de meditación y tranquilidad de espíritu, que anhela, después del torbellino madrileño, la paz escurialense. La vista y el oído, cansados de la quebrada líneas y el ruidoso bullicio de la capital, descansan contemplando la línea recta del Monasterio y el solemne silencio del campo. Desde el cerro del Abantos, contemplando a los pies del Monasterio-silencioso, severo, solemne-,y, a lo lejos, casi perdida en el horizonte, la línea blanquecina de la capital con su aureola de polvo; la llanura poblada de diminutos pueblecitos encerrados en el marco monumental de la Naturaleza, con sus moles de granito y sus arroyos murmurantes, que bajan de la espesura de la sierra agua de nieve, y las flores y los pájaros, y sobre ello un cielo azul y sereno y una armonía que penetra dentro del alma, haciéndonos vibrar hasta lo más profundo de nuestro ser; desde el cerro de los Abantos, en estos días, contemplando todo esto, el alma se acerca más a Dios, creador de toda esa maravilla armoniosa, y que en estos días muere por el hombre…
Después, Sábado de Gloria. Las campanas del Monasterio repican con voz grave, y las campanitas de los conventos las contestan y las rocas rompen su silencio al recoger estas voces de bronce, que devuelven centuplicadas, lanzándolas al espacio en un enorme “Resurrexit”. Y ya todo es alegría, todo animación y se oyen risas de juventud y la avanzadilla del verano pasea alegre, dueña de El Escorial, y danza en sus noches y prolonga su estancia hasta que don Dinero, sacristán impaciente, con las llaves de la última calderilla, anuncia el “Se va a cerrar” de este veranillo de Semana Santa.

