El Cafetín Croché.-21 (continuación)

El Cafetín Croché.-21

Capítulo VI

Las Tertulias, los Premios y la Magia

El Croché, como todo café que se precie, tiene su zona abovedada en el sótano, cueva granítica, a la que se accede por una  escalera decorada al estilo de todo el Cafetín. Muchos cafés, especialmente los ubicados en el centro de Madrid, tuvieron su sótano, cripta o zona abovedada que era utilizada como refugio de esa guerra diaria que tenían que librar los poetas bohemios, los jóvenes creadores que querían abrirse camino o los literatos consagrados que también tenían que luchar a diario para poder mantenerse. Sótanos a veces destartalados y llenos de humo que era el compañero fiel en las tertulias que allí se realizaban.

Cualquier referencia literaria a los cafés y a las tertulias de Madrid tiene que recalar en la que Ramón Gómez de la Serna instituyera como gran maestro de ceremonias, en lo que se llamó la Sagrada Cripta del Antiguo Café y Botillería de Pombo en 1.912, uno de los primeros centros de reunión cafeteril de Madrid que fue abierto a finales del siglo XVIII en la calle Carretas y que lo eligió RAMON por estar a tiro de piedra de su Puerta del Sol, puerta de todos, pero mucho mas de él que la supo describir magníficamente en sus libros. ¡Cuántos paseos, por esta plaza, daría RAMON en su vida madrileña para saber tanto de la Puerta del Sol!.

“Policlínica de los sábados” la llamaba, porque era sólo la noche de los sábados cuando allí se celebraban las señeras tertulias. Eran poéticas o literarias pero nunca políticas, que dejaba para otros cafés los juegos dialécticos revolucionarios, como en el del Sol, o las tertulias conspiradoras de políticos exaltados como las de la Fontana de Oro.

En esta tertulia, al celebrarse los sábados por la noche, sin prisas para entrar en el sobre y sabiendo que las mujeres- de los que las tuvieran- esperarían pacientemente dormidas a que las primeras horas del alba, con los primeros rayos del sol llamando al cristal de las ventanas, llegara el pombiano de turno, marido infiel de los sábados que había cambiado a su mujer por otra llamada poesía, generalmente mas joven que ella. Ya se sabe que los cafeteros de pro y especialmente los de la Botillería del Pombo, no solían conocer las mañanas, pues estaban reñidos con la luz y el sol mañanero, y se acostaban tarde o muy temprano, según se mire, para empezar a vivir por la tarde, antesala de la noche que alargaban hasta el amanecer, después de dar un paseo por la Puerta del Sol.

Agustín de Foxá describe así una noche en la tertulia de Pombo en su novela “Madrid de corte a checa”:

“La botillería de Pombo estaba adornada como en el siglo XVIII. Unos grandes espejos polvorientos, unos bronces recargados y las mesas pintadas de verde. Café, puro, chocolates y bolados de canónigos para después de la estocada de Costillares o la merienda del bautizo en San Andrés. Allí podía representarse  “El café”, de Moratín, o discutir las disparatadas escenas de “El gran cerco de Viena”.

Encima de la mesa de la tertulia del “Ramonismo” figuraba un cuadro agrio de Solana, chorreando en verdes eléctricos, con carnes oscuras de desenterrados, luces de vinagre o madrugada, alcohol y tisis.”

Las tertulias eran algo muy serio y tenían sus reglas, no escritas pero sí respetadas, a las que asistía siempre un personal fijo que eran quienes marcaban el ritmo de la reunión. Luego se iban añadiendo los aspirantes a tertulianos que deberían pasar por el tamiz de su aceptación y selección. No existía la mujer tertuliana, ya que aquellas tertulias eran misóginas y se prohibía entrar a las mujeres aunque, como es natural siempre se hablaba de ellas. Eran abiertas, no cerradas ni siquiera a los pelmas, ni a los espontáneos ni a los intrusos. Mas tarde dejarán la misoginia aparcada y permitirían la entrada a la mujeres y hasta su participación en las tertulias.

Las tertulias del XIX eran nómadas, itinerantes por las cañadas adoquinadas de las calles madrileñas, saltando de unas a otras, como el ganado trashumante buscando otros climas en los que mantenerse por algún tiempo. En su trashumancia, los cafetalistas iban de tertulia en tertulia, de la Puerta del Sol a la calle Carretas, Alcalá o Arenal, centros neurálgicos de los cafés tertulianos.

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