El Cafetín Croché.- 20 (continuación)

El Cafetín Croché.- 20 (continuación)

En aquellos y ancestros lugares de tertulia, la bebida por excelencia era el café pero también se podía beber, según el tiempo que hiciera antes de entrar en ellos: ponche, agua de cebada o de canela, limonada, naranjada y sorbetes, horchata o chocolate. El alcohol era para los pudientes que no eran muchos los que frecuentaban estos cafés. En Croché se puede beber agua por lo que nadie te desprecia o un mojito, caipiriña o un cócktel de los de antes, hábilmente agitado en su cocktelera plateada, por Julio el abuelo, único superviviente de aquellos pioneros del Cafetín.

Aquí en Croché ya entran los pudientes y los que no los son a tomar alcohol, pero también limonadas, batidos artesanos- como el de avellana, el de fresa o el kosakito con champán, limones y vodka ruso-; helados como de la Abuela con leche merengada o de limón con piñones y miel, que son una delicia; de avellanas o de uvas pasas con Ron; aguardientes y licores hechos en casa como el de tiramisú, de peras, uvas pasas o de cerezas en aguardiente. Si, como buen cafetero, lo que deseas es un café, la carta los tiene de todos los colores y países: irlandés, escocés, jamaicano, hawaiano o vienés que bien los puedes acompañar con licores seleccionados por la casa, como el de avellanas, melón, mandarina o de canela.

En muchos de los cafés de antes, en las tardes noches de verano o cuando la primavera sacaba a la calle las sillas y las mesas esperando que los claveles y geranios salieran de su letargo, se podía cenar hasta altas horas de la madrugada esperando la salida de los teatros o de los grandes acontecimientos. En Fornos, el Suizo, el Negresco o el Acuarium se servían cenas hasta el amanecer; las cenas del Gijón eran famosas por bajo coste y ambiente agradable y muchos otros cafés ofrecían sus especialidades para aguantar la noche canicular, pues ya se sabe que Madrid tenía seis meses de invierno y seis de infierno.

Las tardes-noches de verano en el Croché, el callejón cambia su fisonomía. Sentado en su terraza te hace olvidar los problemas cotidianos. Consigue, que si lees el periódico, al mediodía, las malas noticias no te parezcan tan malas y las buenas te parezcan espléndidas. Por la tarde-noche el callejón de San Lorenzo se convierte en una estrecha plaza Mayor, ágora tertuliana, con tres terrazas que invitan a la relajación y al buen yantar. Por allí, a esas horas, pasan los que no van a ningun lado; los que van pero se quedan; los que esperan a cenar en Charolés; los que van a Barataria o los que van simplemente a su casa.

No se parece a ninguna de las terrazas conocidas. No tiene perspectiva ni toldos para el sol, pero con un poco de imaginación parece que estás en el Paseo de Recoletos, en la plaza Mayor de Madrid, en la Place Vendome o en la de San Marcos. Todo es imaginación buscando el fresco en las noches de julio y agosto como la sed busca el botijo, maravilloso invento de algún alfarero que sabía de esto.

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