La habitación 107

La Habitación 107

Leyendo “Los Pasos Perdidos” recopilación de artículos escritos por Alfonso Paso, me encuentro con el titulado “La vida de hotel” que comienza: “A mí me encanta la vida de hotel”. Les aseguro que uno de los primeros deseos de encauzar mi vida era la de ser director de un hotel de lujo y vivir en él. Luego todos los renglones se torcieron y me dediqué a estudiar Arquitectura, pero tengo que reconocer que, a mí también, me encanta la vida de hotel.

A medida que leía el artículo iban apareciendo ante mí personas que he conocido que han vivido temporalmente o de forma definitiva en un hotel. Algunos que tenían una habitación de hotel reservada todo el año para hospedarse en los viajes o vivir temporadas o políticos con habitaciones reservadas todo el año para sus viajes al Parlamento para arreglar España; Juan Antonio Samaranch durante muchos años vivió en un hotel de Lausana sede del Comité Olímpico Internacional del que era Presidente y anteriormente tenía alquilada una suite en el Hotel Palace con el armario completo para sus estancias en Madrid. Julio Camba también vivió muchos años en el Hotel Palace en cuya memoria le está dedicado un salón donde organizaba sus tertulias. Ava Gardner pasó mucho tiempo hospedada creo que en el mismo hotel, en su divertida y amorosa vida en Madrid.  El director durante muchos años del Hotel Don Pepe de Marbella, buen amigo mío, vivía en el propio hotel con su mujer y sus hijos. Fui testigo de que un camarero a las ocho de la tarde llamó al timbre del apartamento donde nos encontrábamos y preguntó que deseaban para cenar esa noche. Eso es un detalle de la vida de hotel. Algo se removió en mis adentros. Recuerdo a la simpar Amparito Hernández que pasaba los meses de verano el Hotel Victoria de San Lorenzo, como lo hacían muchos matrimonios y hasta algunas familias completas. La lista sería muy extensa pero como muestra….

Algunos no soportan la vida de hotel porque echan de menos su mesa camilla y su vida familiar y no disfrutan con la soledad de la habitación de hotel que les llena de tristeza. Cuando se echa de menos algo siempre puedes aferrarte a nuevas cosas que seguro que, cuando te falten, las echarás de menos al cabo del tiempo. Poco a poco vas convirtiendo tu habitación en tu propio hogar, en tu salón de lectura, en tu propia biblioteca y a veces en tu nido de amor. “El hogar lo hace uno mismo. Lo lleva cada uno dentro de sí” escribe Paso. El timbre o el teléfono son el mayordomo de los huéspedes del hotel. Te preguntan qué deseas y en poco tiempo lo recibes servido por un camarero o por la camarera de piso. Sin más problema. Eso debe gustar a todos pero no todos pueden conseguirlo. Pasar unos días en un hotel es posible en todas las economías, pero vivir en él no es posible para la mayoría de los mortales. Cuando te has acostumbrado a lo que se llama “buena vida” o a la vida de hotel, tienes que coger el AVE o el avión y volver a la cruda realidad. Esto no le ocurre al que vive en un hotel.

Un ejemplo es el del huésped de la habitación 107 del hotel Reina Victoria o simplemente el hotel Victoria de San Lorenzo del Escorial. En esta habitación vivió durante 18 años José López Rubio que fue guionista, director de cine, historiador del teatro, académico y humorista de la generación del 27. Era un hombre, me cuentan, muy sibarita. Luis, el maître, le preparaba los higos chumbos que le mandaban desde algún lugar caribeño. Vivió en México en 1.938 trabajando como guionista como lo hizo al año siguiente en Cuba para volver a España en 1.940.

Me cuenta una persona que trabajó en el Hotel, que era una persona de gran vida interior que la exteriorizaba poco. Parecía que tenía un periscopio con el que revisaba todo a su alrededor. No era una persona locuaz aunque a veces participaba en la tertulia que en el hotel se celebraba y vivía, al menos a la vista de todos, muy feliz en el Hotel. Desayunaba en su habitación y comía siempre en la mesa 7. Tenía gustos mexicanos en la comida que le traían de México amigos suyos y se las preparaban en el hotel. Era bebedor empedernido pero de agua Solán de Cabras que le traía el propio Luis Weuthey dueño del hotel.

Parece en esa habitación 107 la música y la cultura no tenían cabida pues no entraban más libros, periódicos ni discos que hacía que la limpieza fuera complicada dada la cantidad de papel y música enlatada que allí guardaba. Había convertido, él mismo, la habitación 107 en su casa y la llevaba dentro de sí, como escribió Paso.

La envidia, que nunca es sana, me corroe.

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