El Cafetín Croché.- 12 (continuación)

El Cafetín Croché.- 12 (continuación)

Respecto a este instrumental literario, Antonio Martínez Sarrión, escribió una magnífica anécdota que se recoge en libro “El Café Gijón” dentro de la Antología, y que me atrevo a transcribir, si él me lo permite, que seguro que lo hará: “…. cuando un camarero de pelo canoso aferrando en una mano la bandeja de metal y con el puño de la otra apoyado en la cadera, me espetó : “¿qué va a ser?”. Desde mi entrada y aun antes, tenía pensada la consumición a solicitar: un café con leche en vaso y otro de agua. Pero por sus pasos, sin sobresaltos cada cosa a su tiempo. Antes debía cumplimentar los ritos de todo escritor que se respetase por joven, desconocido o provinciano que fuere. Tales ritos los conocía bien: lo primero era solicitar el instrumental, como el cirujano, enguantado, con mascarilla y gorro, pide el bisturí a la enfermera. De modo que, intentando una desenvoltura imposible y sin llegarme la voz al cuello de la camisa le dije al mozo tragando saliva: “Por favor, ¿me puede usted traer recado de escribir?”.

Aquel hombre tardó varios segundos en reaccionar….Se concedió, a modo no se si de “glissando” o de afinamiento antes de atacar el “tutti”, unos instantes mas, durante los cuales resopló y se aclaró la garganta de flemas. E inmediatamente con lo que se me hizo un vozarrón capaz de competir ventajosamente con las bíblicas trompetas ante los muros de Jericó, me dijo “ si, si, entiendo… Entonces… ¿sólo o con leche?.

Tomás Borras, en sus “Historillas de Madrid” relata de forma magnífica, como don Pedro Muñoz Seca, instalaba su “trabajadero” en una mesa junto al ventanal del Café Inglés, nombre poco apropiado para un establecimiento cafetero en la calle Sevilla: “Al llegar a Madrid don Pedro Muñoz Seca, ingenio al que ya he puesto otros ribetes, la llamada del café le llevó a montar su trabajadero en un mármol del Inglés, calle de Sevilla; trabajadero de mesa a una ventana, pues la parte superior de la cristalera se abría para la mesa detrás de una talanquera, al aire libre y dentro del local. Don Pedro provisto del “ABC” y “El Imparcial”  (sostenido en el Inglés con su café con leche y media tostada de desayuno) arribaba tempranito a su isla rodeada de toreros, y entre comentarios de faenas en altisonancia y cante por lo bajini, a mano el manojo de cuartillas y “el recado de escribir”, uno de tantos servicios gratuitos de los Cafés, comenzaba con la frase consabida, “Acto primero”, el edificio de humo de sus ilusiones”.

Escribir en un café es dejar morir lo superfluo y concentrarse en lo trascendente que es aquello que en ese momento estás llevando a las cuartillas. Es darse un paseo por tus emociones, recorriendo sus calles y parándote, cuando quieres, en los escaparates que más impresiones te produzca. Es en definitiva vivir en soledad compartida.

Escribir en un café es mudar tu piel cual serpiente en  primavera, para ponerte un traje mas acorde con la estación mental que estas viviendo. Es despojarte de mucho y recoger lo que te interesa.

Pero escribir en un café tiene algún inconveniente. El camarero o guerrita de turno, con su fino olfato, mira mal al escritor de café que todavía tiene las cuartillas como el blanco satén. Sabe que al menos durante varias horas, se transformará en decoración del local, con un café largo sobre la mesa, o corto y manchado, café a lo italiano, americano o napolitano que nunca a lo español, o con un café cortado- que es el más tímido y retraído de la letanía de cafés que puedes pedir- y además, quizás con un vaso de agua, eso sí, con hielo, para que los posos del café no se adhieran a las paredes de las tuberías.

Pero él sabe, que por estar ahí y ser un cliente aunque sea literato, tiene derecho a pedir un palillo, el periódico del día, otro vaso de agua, pero con hielo, monedas de cambio para el teléfono, servilletas de papel, azúcar o la cursilada actual de la sacarina-que tiene nombre de cantante de los 70-.También pasará al aseo y utilizará el agua, jabón y el papel higiénico y, antes de salir, se peinará y lavará las manos. Y todo ello por 250 pesetas. ¡Que ruina la del cafetero!

Hoy día no se puede escribir en un café. Los teléfonos móviles, esos pequeños monstruos tecnológicos, con sus sonidos consiguen que no puedas concentrarte y piropear a las musas porque las conversaciones de los que junto a ti hablan de negocios, de fútbol, o de problemas con los niños espantan a las musas y se van de tu vera, justo en el momento que las tenías convencidas. Eso sí, si te gusta la música podrás escuchar, cuando suena el teléfono, un pasodoble, un aria de Verdi, pasando por La Óveme, una jota o el himno del Atlético de Madrid.

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(continuará)

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