El Cafetín Croché 6 (continuación)

El Cafetín Croché 6 (continuación)

El café tiene un público joven y como todo café que se precie, veladores antiguos de mármol blanco y hierro forjado rodeados de sillas y taburetes en la barra, de madera con asientos de rejilla. Hoy actúa Bobby Floyd y su trío de jazz. Al fondo dos salones, rodeados de tristeza pero perfectos para tertuliar, amar o escribir en la soledad de un café. Decoración de su interior ya caduca, con una portada de madera pintada de color ladrillo. A las seis de la tarde, tres camareras en pantalones vaqueros, jovencitas que no saben lo que fue el Café Central, atienden al variado público que llena el local.

En los bajos del Teatro Español, creo que en el lugar que ocupó el Café del Príncipe, primer café histórico inaugurado en Madrid y que recogió la famosa tertulia romántica “el Parnasillo”, se encuentra hoy el Café del Teatro, inaugurado siendo Alcalde Alvarez del Manzano, el 2 de diciembre de 1.994, que es un amplio local con veladores rectangulares de mármol y sillas cafeteras de madera. Cuatro grandes lámparas de hierro con quinqués de tulipas verdes, adornan el techo. Grandes columnas estucadas soportan el peso de tanto buen teatro como se desarrolla en este nuestro primer Teatro Nacional. Camareros y camareras con chalecos negros y corbata de pajarita atienden a un personal teatrero que espera su entrada al recinto.

Me dirijo hacia la Carrera de San Jerónimo para intentar recordar aquel año de 1.839 en el que, cerca de la Puerta del Sol, hervidero de cafés tertulianos, abría sus puertas una pastelería francesa, que después se convertiría en el restaurante de la élite madrileña de la época y del que diría Azorín : “no podemos imaginar Madrid sin Lhardy”. Benito Pérez Galdós dijo de Lhardy que empezó “poniendo corbata blanca a los bollos de la taona”.

Emile Hugenin Lhardy, repostero y cocinero francés, pero de ascendencia suiza, rudo en sus maneras pero educado y fino en el trato, renunciaría al apellido paterno por razones no conocidas y funda este elegante local de la Carrera de San Jerónimo. Quizás se apoyó en el apellido de la madre para rememorar en Madrid, el famoso Café Hardy del Boulevard de les Italiens de París.

Era y es un local de dos plantas, no sólo intimista, por sus salones repletos de políticos y aristócratas que allí celebraban sus reuniones y tertulias, lejos de los avatares diarios de sus despachos privados, sino también innovador, trasladando las costumbres francesas, tan en boga en aquellos años de principios del XIX. Salones que recogieron muchos homenajes merecidos casi todos y a veces, no merecidos, según las malas lenguas, y que tenían nombres como el salón isabelino, el salón japonés – que permanece idéntico hasta con el mismo papel pintado de las paredes- o  el salón blanco , nombres todos ellos  recordando el estilo de su decoración. Fue el primero en montar mesas individuales para comer, instituyó el aperitivo – sírvase Vd. mismo- con canapés que se acompañaba de un buen vino de Jerez o de un consomé que guardaba su calor en un samovar de plata y que hoy todavía se mantiene, firme y erguido con su caldo caliente dentro, en un extremo de la barra del mostrador y una carta de buenos alimentos que, nobles, cortesanos y hasta la Reina Isabel II, o el Rey Alfonso XII que aparecían de incógnito por el local, degustaban en sus magníficos salones. Allí lo hicieron con el cocido madrileño o los callos, Espartero, Prim o Serrano y en alguna cena frugal, después de las representaciones teatrales, Doña María Guerrero o Don Jacinto Benavente, asiduos “lhardyanos” en las noches de representación o estreno de los teatros de la zona. Fue precisamente el padre de la actriz María Guerrero, el decorador. Rafael Guerrero, fué quien hizo la última reforma diseñando una magnífica portada de madera de caoba que llamaba la atención en la Carrera de San Jerónimo y ya anunciaba el lujo que se encontrarían los elegantes clientes al entrar en Lhardy. Hoy se conserva intacta la fachada desde que en 1.880 se realizó la última reforma.

 

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