(El cafetín Croché continuación)
Los cafés eran universidades, parlamentos, academias. Valle Inclán afirmó que “El Café de Levante ha ejercido mas influencia en la literatura y en el arte contemporáneo que dos o tres universidades y academias”.

“El café es el Consejo de Estado de los hombres, que nadie va a consultar y que dirían la palabra definitiva sobre cada asunto”según la greguería de RAMON.
Primero, antes de los cafés, fueron los lugares de paso llamadas alojerías desaparecidas hacia 1.838 y donde se degustaba un refresco llamado aloja (bebida grata y refrescante de miel y especies con propiedades curativas que introdujeron los sarracenos), para dejar paso después a las tabernas donde muchos comerciantes cerraban sus tratos -lo que hoy se llaman negocios- siempre regados con algún buen vino de la tierra y algunas exquisiteces.
Suceden a las tabernas como sitios de reunión, las botillerías, establecimientos de bebidas y refrescos. La de Venecia en calle del Prado, la de Ceferino en la calle León o la del Angel, en la plazuela del mismo nombre, junto a la de Santa Ana, todas ellas en el triángulo o barrio de las Musas. De entre ellas destaca por la importancia de los personajes que allí tertuliaban y especialmente por la instauración, muchos años después, en 1.912, de la tertulia de Ramón Gómez de la Serna, la de Pombo, Antiguo café y Botillería de Pombo, el primer café que hubo en Madrid-según algunos autores- y quizás en España, ya que fue abierto en los años finales del siglo XVIII, que estaba situado en la entrada de la calle Carretas y la de Canosa en la Carrera de San Jerónimo, precursoras de los cafés, en los que la reunión se convertía en tertulia y ésta a veces en arengas permanentes y vociferantes, y donde los encuentros poéticos tuvieron su vida y su espacio, rodeados de aterciopelados sofás, sillas de madera y asiento de rejilla, veladores de mármol o cristal y, como en alguno, mesas de billar de caoba maciza y bandas de palosanto y palorrosa.
Distintos autores polemizan sobre si el primer café, como dice el sociólogo Lorenzo Díaz, que ha estudiado este fenómeno social y trascendente para la vida política, artística y literaria-teatral de Madrid, fue la Fonda de San Sebastián, primera en servir café en 1.776, o si lo fue el Antiguo Café y Botillería de Pombo. Es difícil decir si el café fue antes que la tertulia o realmente, el huevo y la gallina nacieron a la vez y quizás de aquí la polémica. El invento del café nace en el último tercio del siglo XVIII y se considera invento de la “ilustración” borbónica.
En los primeros años del siglo XIX, las botillerías se van transformando en cafés, “puntos de reunión y discusión de las grandes novedades que ocurrían en Francia y de las importantes consecuencias que de ella fueron alcanzando a nuestro país”. En el libro “Guía de Madrid” escrito por Angel Fernández de los Ríos en 1.854 se da cuenta de los primeros cafés de principios de siglo. “Estaban por entonces concurridos, el café de Santo Domingo, esquina a la calle Ancha; el de San Antonio, en la calle del Pez, esquina a la Corredera, especie de Panteón de hombres del antiguo régimen; el de San Luis, pasadizo a la calle del Carmen, en el que dominaban los guardias de Corps; el de la Alegría, calle de la Abada, cuya muestra estaba pintada por Goya (sic); el de Levante, que también tuvo cierto tiempo una muestra artística, obra de Alenza, y varios otros, muy pocos, de los cuales sólo sobreviven el de la Red de San Luis, frente a la fuente; el de Pombo, calle de Carretas y el del Carmen”. Por entonces, en 1.860, Madrid contaba con 14 buenos hoteles, 40 posadas y mesones, 66 cafés de postín, 890 tabernas, 75 farmacias, 20 librerías famosas, 12 casas de baños y un número considerable de sastrerías, zapaterías, cordelerías, ultramarinos, carnicerías, lecherías…
Si con Isabel II y la Restauración llega a su esplendor el café madrileño, con la República se llega a su decadencia para encontrarse las dos Españas en los cafés del paseo de Recoletos.
Madrid era tertuliano. Vivía en y para las tertulias, ya fueran de café o de botica, de botillería o de salones propios o ajenos, de sacristía o al raso en la Puerta del Sol, pero al fin y al cabo tertulias hoy literarias, mañana políticas, de diplomáticos en el Parnasillo o de anarquistas en el café del Vapor, para hablar del arte de los toros o para recitar poesías recién llegadas de las musas del Parnaso. Si en el siglo XVIII los más ilustrados eran ya tertulianos, no en el sentido que luego tomarían las tertulias cafeteras, pero sí en reuniones en lugares privados, en salones particulares o asociaciones políticas, en el siglo XIX, si no se era tertuliano de alguna de las muchas tertulias existentes, no se era nadie en este Madrid literato, de musas y de poetas. Madrid paleta de pintores y cincel de escultores; Madrid de Cervantes, de Lope, de Quevedo de Calderón o de Tirso que aquí viven y escriben sus obras inmortales.
Los cafés de Madrid han sido el hábitat natural de bohemios y faranduleros; de hombres de letras, médicos o poetas, literatos y juerguistas, diplomáticos y sablistas, misántropos y espontáneos de la tertulia, de los que eran o querían ser, de zurupetos y ambiguos. Políticos recalcitrantes, revolucionarios y libertadores trasnochados. También de espías, de pintorescos aristócratas y algún que otro parásito. De magnates y mangantes; de pintores hechos y de pintores deshechos; de toreros, creadores y artistas. Fueron locales en los que las comodidades mejoraban las de sus casas o buhardillas y por lo tanto las horas eran más agradecidas. Eran el salón de estar de los que no lo tenían; el Paseo del Prado de los sin carruaje ni caballos. Aquellos cafés tenían, como dice Julián Marcos en el libro “El Café Gijón”, “cuerpo y espíritu, cuerpo y memoria, decorados y luces, millones de palabras recubriendo las paredes, las barras, los sillones, las mesas, las sillas”.
Los cafés eran la disculpa para todo. Eran la pañosa en los crudos días de invierno, el clavel reventón en las primaveras, cuando los cafés se echaban a la calle, eran oasis refrescante en las tórridas noches de verano y si en otoño no había disculpa, se achacaba su presencia en el café, con la disertación de algún tertuliano famoso, de un amigo recién llegado o por la necesidad de vender tu obra. Eran en definitiva, desayuno, aperitivo, merienda y cena, de casi todos, fortaleza de trasnochadores y medicina de los enfermos de la bohemia, sagrado recinto que, aunque no se dieran cuenta, transformaban su guerra particular al convencionalismo, con hacer convencional la visita diaria a un convencional café.
El café espacio, podía ser como el café bebida. Podía ser amargo cuando amargura tenía la carta que estás escribiendo; dulce como la conversación de la amada junto a ti o el beso amoroso de tu pareja; frío o caliente según la temperatura de tu propio ser o del ambiente tertuliano escogido, pero siempre era compañía ante una espera, era lectura o lugar donde se practicaba el maravilloso don de la escritura, lugar donde poner en orden los recuerdos, era tertulia o era, simplemente, el estar con los demás y compartir algo con ellos.
Realizar un recorrido por los cafés matritenses, era dar un paseo por la literatura, la poesía, conocer los avatares políticos o entrar en conjuras, e intrigas, lances de honor, o darse un paseo por el periodismo del tiempo o por el Arte de Cúchares.
