Cafetín Croché X

Barra del Croché

Cafetín Croché X

 

A las cuatro de la tarde y hasta las siete o las ocho, el Croché cambia su decorado. Comienzan a entrar los cafetalistas a pedir su café. Se vuelve un poco negro como el cielo amenazando tormenta, negro del café y de olor intenso a puchero- hoy cafetera- olor que se palpa y se puede rasgar con la cucharilla. Algunos cafés que se sirven en las mesas, llevan en su taza un manto blanco como si los fueran a cristianar en la pila bautismal. Es la hora en la que el Croché es alfil, reina, o caballo; es la hora que es damero o fichas de colores, cubilete y tacos de jamón de marfil con la numeración escrita en el lomo. Es tertulia bullanguera y amigable de temas prosaicos  y casi siempre muy terrenales.

Cuando se acercan las diez de la noche, cirios y velones se encienden para competir con las estrellas del cielo de la noche escurialense. A esa hora se enciende el cielo del Croché para acompañar a los luceros y alguien a mi lado comenta lo bonito que es hacer el amor a la luz de las velas. A esa hora, la barra del Croché parece un altar mundano con sus velas encendidas, mientras dentro, un monaguillo de cartón, pasa el cepillo a las parejas que rezan juntas su rosario de amor y por las radios mudas, un gregoriano moderno ameniza la celebración.

Y en este ambiente relajante, los fines de semana, las mesas del Cafetín se llenan de familias completas que tapean juntos y en buena armonía porque, ya se sabe, que la familia que tapea unida permanece unida. Es la hora de muchos que vienen a pasar sus horas de asueto semanal a San Lorenzo y que tienen como habitual tomar la penúltima copa en el Croché, quizás para comentar los partidos de fútbol con Luis o con Julio, que son del Real Madrid o con Iván que es del Atlético, o esperar mesa en El Charolés. Es la hora del que va o viene de ver buen teatro o de algún concierto en el Coliseo Carlos III; del alemán afincado en San Lorenzo o de la alemana que decidió quedarse a vivir aquí con su hijo y que ha hecho de este pueblo, su casa. Es la hora en la que el Cafetín se llena de gente guapa de aquí o de allá y que se cita en este café para iniciar la noche, para quedar en jugar al tenis o simplemente para disfrutar de un rato de tertulia; de grupos de mujeres que tertulian en grupo y hablan de teatro.

La barra en un café de los de antes no tenía sentido. La tertulia era sentada y alrededor de las mesas para calentar, así, el frío mármol de los veladores con las arengas políticas, recitales o lecturas de los poetas bohemios que lo transformaban en cálido, caliente y amoroso como una buena pañosa de invierno. Pero la barra se impuso, a pesar que desde las mesas, en amigable tertulia, las cosas se ven de otra manera, sin prisas que apremien. Y en la barra se fueron haciendo tertulias, menos cafeteras y mas alcohólicas ante la atenta mirada del barman, jefe de barra, fabricante de ilusiones alcohólicas de nombres ingleses. La barra es confesionario de los solitarios, individualistas o misántropos pero también es y ha sido lugar de tertulia, tertulia en posición de cuerpo presente, pero al fin y al cabo tertulias.

La barra hoy día, se constituye en atalaya, mirador o balconada a la que asomas tu curiosidad y desde donde vigilas a los demás creyendo que no te ven y que por mucho que disimules al final siempre te dirán al salir:

-Adiós Fulano, ¡que ya no saludas a nadie

En la barra, pasas revista disimulada a los divanes aterciopelados en los que se habla de amores olvidados, primerizos o todavía acalorados, en los que se fabrican los sueños mas peregrinos o se proyecta un viaje; en los que las parejas hablan para no callarse y parecer dos desconocidos sentados en un autobús con la mirada perdida en sus propios pensamientos sin importarles lo que pasa a su alrededor. Y así también es la barra del Croché.

A partir de las doce de la noche se produce una animación, siempre inesperada, que viene de aquí o de allá y recala a pasear en Croché o a dejarse ver que también es fórmula para que hablen de ti. A esta hora no hay brujas pero si aparece el buscón que busca algún bocado que llevarse a la boca después de haber mal cenado; el inspector de ambiente que no gasta nada mas que en miradas, algunas libidinosas y otras de curiosidad, pero que siempre inspecciona y no toma nada a no ser que alguien le invite. Alguna pareja que espera que pase la hora de las brujas para empezar a vivir de forma intensa la noche. Esos cuatro- dos parejas- que han ido porque  allí se juega y no saben que en este casinillo sólo se juega a la oca, parchís o a la tres en raya. Esa pareja que sólo quiere el silloncito de dentro para poder besarse y que sólo les vean los que hacen lo mismo, es decir nadie. Algunas tertulias que se han prolongado un poco porque mañana no tienen que ir temprano al Ayuntamiento o al Patrimonio a acompañar a turistas por las entrañas de Palacio.

Y a todas horas, Manolo Miguez, figura estilizada de Botero, hace su particular paseillo, que lo realiza como nadie, saliendo y entrando al callejón con su mejor estilo torero, ya que para esto de la hostelería y la restauración hay que ser muy torero y saber parar, mandar, picar, banderillear y dar la estocada en el momento adecuado y en el sitio justo. Manolo ha pasado por todo el escalafón del toreo gastronómico o de la hostelería en general. Fue maletilla en el coso de San Pancracio, plaza muy popular en Madrid, novillero en El Horizontal, cuando Tomasín, el de las patatas fritas, se hizo con esta plaza; y peón de brega en Los Robles, plaza hoy desaparecida en la capital de España. Fue maestro compartiendo cartel en el Charolés y después se quedó como único espada, para unos años mas tarde y en la actualidad toreando un mano a mano con Mari Cruz, su encantadora mujer, también torera, con arte literario y poesía en sus lances, en el Croché. Aquí tomó, Manolo, la alternativa hace veinte años y sigue estando en el primer puesto del escalafón. Sigue desplegando su capa para dar una revolera o una media verónica, que borda, en el momento adecuado. Saber torear  de muleta y su sitio siempre está en la cara del toro. Sabe bajar la mano y de vez en cuando pone un par de banderillas “que quita el sentío” con maestría, tacto y buen hacer. Ha toreado toros azabaches, colorados, berrendos, jaboneros o mulatos; botineros, calceteros o meanos, que de todo hay en estas plazas. Ha toreado por gaoneras, por chicuelinas y verónicas; al natural y con la derecha. A veces se recrea haciendo un estatuario o dando un trincherazo para poner después al toro en suerte. No suele hacer faenas de aliño, sino para cortar las dos orejas y el rabo que lo prepara magníficamente en su “ casa de comidas”. Y todo ello acompañado por su magnífica cuadrilla: Julio, el Abuelo, su peón de confianza y mozo de espadas que lleva veinte años con él; Juan Carlos; Luis; Iván y Manolo.

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Cafetín Croché IX

 

Cafetín Croché IX

Pero escribir en un café tiene algún inconveniente. El camarero o guerrita de turno, con su fino olfato, mira mal al escritor de café que todavía tiene las cuartillas como el blanco satén. Sabe que al menos durante varias horas, se transformará en decoración del local, con un café largo sobre la mesa, o corto y manchado, café a lo italiano, americano o napolitano que nunca a lo español, o con un café cortado- que es el más tímido y retraído de la letanía de cafés que puedes pedir- y además, quizás con un vaso de agua, eso sí, con hielo, para que los posos del café no se adhieran a las paredes de las tuberías.

Pero él sabe, que por estar ahí y ser un cliente aunque sea literato, tiene derecho a pedir un palillo, el periódico del día, otro vaso de agua, pero con hielo, monedas de cambio para el teléfono, servilletas de papel, azúcar o la cursilada actual de la sacarina-que tiene nombre de cantante de los 70-.También pasará al aseo y utilizará el agua, jabón y el papel higiénico y, antes de salir, se peinará y lavará las manos. Y todo ello por 250 pesetas. ¡Que ruina la del cafetero!

Hoy día no se puede escribir en un café. Los teléfonos móviles, esos pequeños monstruos tecnológicos, con sus sonidos desagradables consiguen que no puedas concentrarte y piropear a las musas porque las conversaciones de los que junto a ti hablan de negocios, de fútbol o de problemas con los niños espantan a las musas y se van de tu vera, justo en el momento que las tenías convencidas.

 

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 Capítulo IV

LAS HORAS DEL CAFETÍN

El Croché se despierta tarde. Le gusta apurar los posos de la noche y claro, por las mañanas se le pegan las sábanas de la holganza. Allí, ya florecida la mañana, a la hora que las manecillas rezan el “Ángelus” y ambas se confunden muy juntas en un diario acto de amor, allí a esa hora, todavía con el limpio perfume a local recién inaugurado, comienzan a entrar los primeros cafeteros, lectores de periódicos, rito que comparten tras comprar el diario en el quiosco de la Plaza de Benavente o en la librería Quesada. Se dan los buenos días como el torero desea suerte a su cuadrilla y compañeros de cartel, para que las noticias no desvanezcan los sueños preparados en la maleta de un nuevo día.

Unos leen el periódico de forma ordenada; otros de atrás hacia delante como queriendo recordar y no mirar al futuro y otros lo airean para enfriar un poco el ambiente de tantas guerras, terrorismo o mujeres maltratadas como vomita la letra impresa sobre el papel, ya sucio, del periódico matutino. Algunos, más taurinos, lo despliegan convirtiéndolo en capote para dar un lance torero a la actualidad, mientras que los menos, lo mantienen doblado como leyendo un breviario en la soledad del confesionario. A esta hora el Croché es sala de lectura para leer hoy lo que ocurrió ayer. Es café con leche ordeñada hace varias albas y traída en cántaras de cartón por la lechera de turno.

Después de la hora de la lectura de los periódicos, hacia las dos del mediodía, el vino empieza a poblar la barra aunque nunca sólo, siempre muy bien acompañado por alguna cazuela de garbanzos que como cuentas de un rosario van cayendo uno a uno; cazuelas de macarrones, de arroz, de cachelos con codillo o de puré de patatas con torreznos, lo que aquí se llama “un uno” y que siempre suele ser antesala del primer sorbo de vino. Luego si te tomas otro vino, se cantará a la cocina: “dame un dos” y así sucesivamente, se va recorriendo la escala numérica en función de tu capacidad para alambicar la uva del buen vino del Marqués de Riscal, que allí te sirven en grandes y acristaladas botellas que se me parecen a las recias piernas de una mujer con medias de malla.

El ambiente es muy distinto a esta hora, si el frío se ha instalado en San Lorenzo por haberse dejado herméticamente abiertas las puertas y ventanas serranas, acuchillando los pulmones o si el otro Lorenzo impone su voluntad y como un microondas te cuece en minutos todo lo que pongas a su alcance. Pero, no sólo con la estación del ferrocarril climático, cambia de ambiente sino en función de ser un día entre semana o víspera de festivo. En invierno y entre semana, las dos de la tarde, es la hora del industrial, del hombre del pueblo que tomará sus dosis de uva antes de ir a comer; es la hora del parado, correiglesias que ha pasado ya a rezar por seis o siete y viene bendecido con otros tantos vasos de agua bendita. Los miércoles, es la hora que Alvaro aprovechaba el aperitivo para hablar con su pequeño nieto de lo divino y lo humano. Esperemos que pueda seguir haciéndolo. Es la hora del turista sin autobús, pues a los que vienen en uno de los muchos que por aquí se acercan, los despachan nada mas salir del Monasterio y vuelven rápidos y jugándose la vida por la carretera de Guadarrama para llegar hechos migas– si antes no se los han comido las palomas- a la Estación de Autobuses. Estos turistas sin autobús, generalmente en parejas, que conociendo las exquisiteces del Croché, han venido bien informados a comer algo antes de ir al Charolés. Es hora de los Herranz que llegaban en autobús, casi hasta la puerta; del que viene de montar a caballo o de vender la fruta en el mercado a las amas de casa, que luego se encuentran aquí tomando un vino o un caldito, y comentan lo cara que está la vida en este pueblo; la hora de Polo que después de cortar el pelo se tomaba su vinito o la de Gabi, siempre, en verano, vestido de primera comunión.

El aperitivo en verano, era la hora ideal para que, dos días antes de la Romería, se negociara aquí, la subasta con Amparito Hernández:

– Te doy cinco mil pesetas, pero me reservas el cucurucho de pipas.         

 – Yo te doy diez mil si me guardas el jamón.

(continuará)

 

 

 

                            

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Cafetín Croché VIII

Cafe Gijon

Café Gijón

 

Cafetín Croché VIII    

Cuando escribes en un café, no gastas un duro en comprar pensamientos. Éstos vienen gratis pues los tienes dentro y te fluyen con sólo apretar dos neuronas, que es como si te apretaras una espinilla de la cara.

Allí montas tu trabajadero, como lo llamaba Tomás Borrás, y cual incipiente escritor de bolígrafo y papel reciclado, te dispones a dar rienda suelta a tus emociones. Antes, para ser un escritor de café que se valorase, tenías que solicitar el servicio gratuito del recado de escribir y hacerlo con plumilla que rascaba el papel, tinta guarrindonga, casi de calamar, embotellada en pequeños frascos o tinteros y un papel secante para cuando la tinta sudara en el papel. Según definición oficial  de un escritor cafetero y que habitualmente solicitaba recado de escribir en el Gijón o en el Teide, Cesar González Ruano, constaba de un tinterillo con tapón de corcho; un manguillero con su pluma arañante, y una carpeta de hule negro, donde alguna vez hay un papel secante, además de un pliego y un sobre”

recado de escribir moderno                                          Recado antiguo

Recado de escribir moderno                                                    Recado de escribir antiguo

Respecto a este instrumental literario, Antonio Martínez Sarrión, escribió una magnífica anécdota que se recoge en libro “El Café Gijón” dentro de la Antología, y que me atrevo a transcribir, si él me lo permite, que seguro que lo hará: “…. cuando un camarero de pelo canoso aferrando en una mano la bandeja de metal y con el puño de la otra apoyado en la cadera, me espetó : “¿qué va a ser?”. Desde mi entrada y aun antes, tenía pensada la consumición a solicitar: un café con leche en vaso y otro de agua. Pero por sus pasos, sin sobresaltos cada cosa a su tiempo. Antes debía cumplimentar los ritos de todo escritor que se respetase por joven, desconocido o provinciano que fuere. Tales ritos los conocía bien: lo primero era solicitar el instrumental, como el cirujano, enguantado, con mascarilla y gorro, pide el bisturí a la enfermera. De modo que, intentando una desenvoltura imposible y sin llegarme la voz al cuello de la camisa le dije al mozo tragando saliva: “Por favor, ¿me puede usted traer recado de escribir?”.

Aquel hombre tardó varios segundos en reaccionar….Se concedió, a modo no se si de “glissando” o de afinamiento antes de atacar el “tutti”, unos instantes mas, durante los cuales resopló y se aclaró la garganta de flemas. E inmediatamente con lo que se me hizo un vozarrón capaz de competir ventajosamente con las bíblicas trompetas ante los muros de Jericó, me dijo “ si, si, entiendo… Entonces… ¿sólo o con leche?.

Tomás Borras, en sus “Historillas de Madrid” relata de forma magnífica, como don Pedro Muñoz Seca, instalaba su “trabajadero” en una mesa junto al ventanal del Café Inglés, nombre poco apropiado para un establecimiento cafetero en la calle Sevilla: “Al llegar a Madrid don Pedro Muñoz Seca, ingenio al que ya he puesto otros ribetes, la llamada del café le llevó a montar su trabajadero en un mármol del Inglés, calle de Sevilla; trabajadero de mesa a una ventana, pues la parte superior de la cristalera se abría para la mesa detrás de una talanquera, al aire libre y dentro del local. Don Pedro provisto del “ABC” y “El Imparcial”  (sostenido en el Inglés con su café con leche y media tostada de desayuno) arribaba tempranito a su isla rodeada de toreros, y entre comentarios de faenas en altisonancia y cante por lo bajini, a mano el manojo de cuartillas y “el recado de escribir”, uno de tantos servicios gratuitos de los Cafés, comenzaba con la frase consabida, “Acto primero”, el edificio de humo de sus ilusiones”.

Escribir en un café es dejar morir lo superfluo y concentrarse en lo trascendente que es aquello que en ese momento estás llevando a las cuartillas. Es darse un paseo por tus emociones, recorriendo sus calles y parándote, cuando quieres, en los escaparates que más impresiones te produzca. Es en definitiva vivir en soledad compartida. Escribir en un café es mudar tu piel cual serpiente en  primavera, para ponerte un traje mas acorde con la estación mental que estas viviendo. Es despojarte de mucho y recoger lo que te interesa.

 

 

 

Cafetín Coroché VII

(Cafetín Croché VII)

En la soledad compartida del escritor de café, se amontonan sensaciones, unas queriendo entrar mientras otras, al salir, dejan su asiento en el alma, el alma de las sensaciones, más prosaica y menos inmaterial que la otra. En esa situación era dichoso pues podía, ¡que no es dichoso el que quiere sino el que puede! Y en esa dicha ves a la gente y no la escuchas aunque la tengas muy cerca. Oyes sólo tu voz interior que te anima a seguir por un camino no definido a priori e el tiempo, pues ahí no existe el tiempo. El tiempo lo paras cuando quieres y no es necesario que las manecillas del reloj de detengan.

Delante de ti y sobre el blanco mármol, como si fueras a jugar una partida de dominó contigo mismo, un café y un agua de néctar de endrinas bien espuchadas, pasé muchas horas, trasladando al papel mis vivencias o aquellas que fueron contadas por los que me precedieron, y me quedaba extasiado a veces, mirando el techo. Como decía RAMON, » el mejor destino que hay es el de supervisor de nubes acostado en una hamaca y mirando al cielo». Aquí dentro no hay amaca ni cielo pero sí unas magníficas lámparas y tulipas muy de los años veinte que para mí eran como mi cielo particular, un cielo bronceado por la tenue luz que irradiaba y que me transformaba y transportaba por los caminos de nuevas sensaciones.cafe-barbieri_4539771

(Café Barbieri)

Pero no todo era tranquilidad. A veces entraba el típico «inspector de ambiente», «salta mesas» donde los haya y donde le aguanten, «saltimbanqui adiposos» que te estropea tu estado de éxtasis y que al final se posa en tu mesa. Te dice tres vaciedades y te corta la inspiración y hasta la respiración para no ser demasiado grosero en contestarle y justo en esos momentos en los que estás llamando a las musas para que no sean tan holgazanas y te hagan caso. Yo reconozco que lo fui,  cuando un día de agosto que estaba inspirado para el duro trabajo de escribir para los demás, y junto a uno de esos braseros de frío acondicionado, un conocido «posa mesas» quiso sentarse en la que yo estaba a punto de llegar a un acuerdo con mi musa. Al preguntarme que hacía, le dije con cara algo turbada y de pocos amigos, que escribiendo sobre arquitectura. (Entonces preparaba un libro sobre la Arquitectura del Seguro).

-Pues me siento contigo- contestó él. Y con la cara descompuesta y para no ser demasiado desagradable, le dije que esperaba a unas personas.

-Pues espero a que lleguen- insistió. Y yo con un cabreo sordo pues quería estar solo, me inventé otra excusa, cerré mis apuntes y me marché.

Cuando escribes en un café, no gastas un duro en comprar pensamientos. Éstos vienen gratis pues los tienes dentro y te fluyen con sólo apretar dos neuronas, que es como si te apretaras una espinilla de la cara.

 

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Cafetín Croché VI

 

Entrar en El Croché, es oir como se para el tiempo. Las agujas dejan de recorrer la esfera del reloj y se mantienen firmes, sin moverse, como soldados presentando armas en una parada militar y las manecillas, en su estática posición, deciden no pasear por el calendario romano de las 12 horas del reloj. Sea la hora que sea, se entra a las diez y diez y aunque pase el tiempo y te encuentres cansado de tanta felicidad, siempre se sale a la misma hora: las diez y diez. Un reloj antiguo, en el frente de la barra, así lo corrobora. Siempre son las diez y diez; está parado el tiempo. He encontrado un hermano casi gemelo de este reloj, en la histórica taberna de Antonio Sánchez, en la calle Mesón de Paredes 13, muy cerca del Rastro. Taberna bicentenaria del que fue pintor, torero y tabernero y en donde chatear se considera un rito y no una costumbre. (Del libro «Las tiendas de Madrid»).

Taberna de ANtonio Sánchez

Croché es sinónimo de paciencia. Labores casi talladas con hilo y ganchos especiales, para ir encadenando como avemarías en un rosario de lino blanco, obras de arte que luego dejarán su impronta en los cabeceros y brazos de sofás, en la decoración de las mesas de muchas casas que lo saben valorar, en mantillas de estar por casa o como en este caso, decorando la barra del cafetín Croché. Magnífica obra de arte de 8 metros de larga que decora la barra y es guardada como las grandes obras de arte bajo un cristal. Elaborada por las manos de Maruja Martín, que se me antojan como las de Miguel Ángel, que cincelara sobre hilo una primera obra fechada en 1.893 y posteriormente renovada varias veces.

En la vida de Madrid existen muchos placeres mundanos, limpios y no muy caros que yo he experimentado y se los recomiendo: tomar un caldo en Lhardy con dos barquitas de riñones al jerez a la hora del aperitivo; comprar turrón de yema para Navidad en Casa Mira; pasear por la Plaza de Oriente y tomara una copa en el Café del Oriente, construido sobre lo que fue el Convento de San Gil, del siglo XVI y del que se conservan ruinas de la sala capitular en los sótanos del Café o merendar en la Botillería de al lado; degustar el coktail de champán de Embassy o una torrija en Semana Santa; afeitarse en una barbería y que el barbero te llene la cara de blanca nieve mientras lees el periódico del día; tomar una taza de chocolate con churros, como hace años en San Ginés, espaguetis en Le Bistroquet de la calle de Segovia al salir de las discotecas a altas horas de la madrugada; unos huevos estrellados en Casa Lucio o pasear, sin prisas, por el Madrid de los Austrias; comprar sellos en la Plaza Mayor o una gorra en Casa Yustas; ver una corrida en las Ventas cuando San Isidro nos visita, no sin antes pasar por el burladero del Bar del nueve y comentar con los amigos. Entre todos ellos me quedo con el de sentarse ante el velador de un café, arropado por el terciopelo caliente de un banco corrido y escribir, escribir algo, lo que sea, tal como yo hice, hace algún tiempo, en las tardes estivales de un agosto escurialense en el Cafetín Croché.

 

 

 

 

 

Cafetín Croché V

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Cafetín Croché:

Su entorno.

En el entorno inigualable de San Lorenzo de El Escorial, pueblo serrano por excelencia, cincuentón en distancia desde Madrid pero con muchos años a sus espaldas – su primer asentamiento data de 1.760- y muy cerca de ese rascacielos que quiso construir el Rey Felipe II y le salió un Monasterio tumbado sobre las piedras graníticas de la Lonja; junto a ese Monasterio, que se inició en el año de gracia de 1.562, doscientos  años antes de que se iniciaran por Carlos III los primeros asentamientos en San Lorenzo, a media legua de la aldea de El Escorial y en medio de un paraje majestuoso entre pinos, robles y fresnos entre los que discurría el agua y multitud de animales para satisfacer las apetencias cazadoras de la Corte, allí Felipe II quiso hacer la maravilla del Monasterio- Panteón, Iglesia, Convento y Residencia- del Rey Prudente. Monasterio que siempre viste igual, de cuarzo, feldespato y mica y que sólo se pone sus galas de fiesta en algunos días especiales y en las noches agosteñas, cuando se encienden la luz de los grandes mecheros, es como si se encendieran miles de cigarrillos a la vez. En este espléndido marco, vió la luz hace 20 años, el 21 de julio, un mes después de que el verano naciera a la vida de aquel año de 1.981, un reducto de frescor, de poesía, de tranquilidad tertuliana y de magia, que se llamó y se llama El Cafetín Croché.

El año 1.981 fue un año para olvidar casi todo menos el nacimiento del Cafetín Croché. El mundo parecía haberse vuelto loco: Ronald Reagan y el Papa Juan Pablo II caen gravemente heridos por disparos de dos magnicidas. Anwar el Sadat muere acribillado a balazos durante un desfile militar. Pemán muere a los 83 años en Cadiz y Joseph Plá fallece a los  84. El 29 de enero dimite Adolfo Suárez, por causas que aún no se han aclarado. El 23 de febrero a las seis y veintidós de la tarde, 200 guardias civiles al mando del coronel Tejero, irrumpen en el hemiciclo, cuando se está celebrando la segunda votación de investidura de Leopoldo Calvo Sotelo, que después sería elegido presidente el 25 de febrero, dos días después del fallido golpe. Fue el año del aceite de colza que causaría miles de victimas, de la llegada del Guernica de Pablo Picasso a España y de nuestra entrada en la O.T.A.N.

En este año de 1.981 nació el Croché y lo hizo sin prepotencia, sin petulancia, de forma sencilla, sin querer darse importancia, como queriendo llegar a este mundo sin alharacas. Por eso no quiso ser Café, pues, petulante sería, intentar emular a aquellos viejos, destartalados y tertulianos cafés del siglo XVIII, XIX y principios del XX, y se quedó en Cafetín, utilizando un diminutivo para no molestar a la Historia; para que, como a los niños, se le vea crecer con salud y quizás cuando sea mayor podamos llamarle Café, pero ya se sabe, como te pongan un diminutivo, lo llevas toda tu vida. ¿Se inspiró Manolo en los aquellos Levante,Pombo, Comercial, Lorencini, Príncipe o en el Gijón, o simplemente hablando con su mujer, sabiendo lo que querían, parieron juntos y antes que a su propio hijo, lo que hoy es el Croché?

El cafetín Croché está cerca de la calle Floridablanca, primera calle del incipiente asentamiento de San Lorenzo  y que discurre paralela a la de la Lonja, anterior en el tiempo. La calle Florida como vulgarmente se la conoce, primero fue cañada ganadera, para pasar después a llamarse de los Doctores, de la Iglesia, tomando el nombre en 1.771 del Coliseo una vez que el Teatro vio la luz  y posteriormente en 1.782 al ser nombrado el Conde de Floridablanca, primer Gobernador de San Lorenzo, tomó su nombre que, rara avis, permanece hasta nuestros días. Aorta principal de San Lorenzo. Calle de aceras hermanastras ya que una es del padre Patrimonio y la otra del Ayuntamiento. Depende de la orilla en la que te encuentres, estás con uno u otro padre y eso no es bueno.

El Cafetín está muy cerca de la Plaza de D. Jacinto Benavente, antes llamada de los Jardincillos, siempre, no importa el tiempo que haga, con niños jugando, niños que antes eran gurriatos y hoy son marroquíes, polacos y algunos del pueblo. La Plaza es teatro bajo la fuente y terraza “parisina” en verano en un lateral del Real Coliseo del Carlos III, desde donde los cómicos de ahora, actores y comediantes, desde sus aposentos, pueden oler sus seis grandes magnolios o escuchar el limpio sonido del agua que mana de la fuente.

El Real Coliseo Carlos III es el teatro cubierto más antiguo que se conserva en España y que inició sus obras en 1.770 a las órdenes de Jaime Marquet. Carlos III fue proclamado Rey el 11 de septiembre de 1.759 y tuvo la obligación de ir a conocer el Real Sitio en cuyo entorno, ya que así lo quiso el Rey Felipe II, no existía nada mas que las dos Casas de Oficios que bordeaban el Monasterio y que dieron cobijo a la servidumbre real, y algunas casas frente a la capilla para los  profesores del colegio, primero, y los facultativos de medicina, después. En 1.793 gran parte de San Lorenzo, el asentamiento primitivo que rodea al Monasterio, estaba ya construido. El 18 de agosto de 1.770 según una Orden dada por Grimaldi, se inician las obras del Teatro con dinero de las rentas de correos. El 19 de mayo de 1.771 estaba prácticamente acabado. Posteriormente se inician las obras de las viviendas para los cómicos, y al mismo tiempo, los arcos que, atravesando la calle Floridablanca, unían el Coliseo con la Casa de Oficios, y que desaparecieron en 1.870.

El Real Coliseo pasó por muchas vicisitudes. Fue convertido, como la Casa de la Compaña, en acuartelamiento tanto de tropas francesas como aliadas, instalándose allí la zapatería, durante la Guerra de la Independencia y hasta 1.814. Luego fue Teatro Lope de Vega y cine hasta que Pedro Martín Gómez y su hermano José Luis crean la Sociedad para Fomento y Reconstrucción del Real Coliseo, sociedad que adquiere el teatro. Se inician en 1.974 los proyectos de reconstrucción por los arquitectos Mariano Bayón y José Luis Martín Gómez, terminándose las obras en abril de 1.979 y siendo inaugurado el 30 de abril de 1.979 por S.M. la Reina Sofía.

                                              Crispín 

Por encima de la plaza de los Jardincillos, se encuentra la Plaza de San Lorenzo, hermanada con la de Benavente por el cordón umbilical de una escalera de dos tramos, y una fuente que hace años la secó un alcalde, quizás para no gastar reales en limpiarla o para que no se ahogaran los niños. Crispín, personaje popular de la antigua comedia italiana, criado ingeniosos y audaz, socarrón y ladino, que solía vestir de negro y calzaba botas altas, con un espadín colgado de su ancho cinturón, -figura que aparece en varias obras de Benavente-, y el Marqués de Borja se hablan a menudo, con su voz de bronce, estáticos sobre sus pedestales de granito, porque no quieren perderse un solo álito de la vida que discurre a su alrededor. El Crispín de Jacinto Benavente, autor político y fecundo, realista, costumbrista y satírico de la burguesía española, tan unido al San Lorenzo ya que fue mantenedor de los Juegos Florales en 1.915, y el Marqués de Borja, que fue Intendente General de la Casa Real, hablarán, quizás, de la repoblación forestal de los montes del pueblo, que se realizó durante el mandato del Marqués de Borja o de “La noche del sábado” o de los “Intereses creados” que escribió D. Jacinto, de la “Malquerida” o del Premio Nöbel que le concedieron.

 

Cafetín Croché IV

 

Y del Café Gijón paseando por el paseo del Prado, llego a la plaza de Colón y hago un remanso de paz junto a la cascada de agua que cuelga de la estatua del navegante, erigida en 1.881 y que fue costeada por los títulos de España entre otros. Trasladada en 1.970 con la reforma de Arias Navarro, desde el centro de la plaza, a una esquina de los Jardines del Descubrimiento, reforma que desafortunadamente dejó caer la Casa de la Moneda junto a la Biblioteca Nacional y que nuestras nuevas generaciones no han conocido por lo que les parece un perfecto espacio abierto a tanta polución.

Llegar a Embassy es recordar aquel 1.939, cuando todavía los coches mecánicos casi no existían, y la Castellana era un verdadero Paseo rodeado de palacetes que hacían antesala al majestuoso del Prado, pero que años mas tarde, recogiendo el soplo municipal de la especulación, se ha llenado de oficinas. Pocos quedan ya, y los pocos que son, se nos aparecen como árboles melancólicos que echaron sus raíces centenarias y que ya no florecen ni revientan en primavera. Se acostaron en otoño para levantarse en invierno y esperar que la piqueta los entierre o que un arranque de respeto, los mantenga en su sitio.

Embassy es un local de los llamados “salón de té” del barrio de Salamanca. Local con ambiente de pastas de té, pasteles de repostería fina y ahora, hace algún tiempo, restaurante de varios tenedores o comida rápida para exquisitos. Aquí no pidas alitas de pollo, hamburguesas o costillas de cerdo. Nace donde hoy está la tienda de delicatessen en la esquina de la calle Ayala con la Castellana, como un pequeño salón y una barrita al fondo y que fue ampliado, con camareros incluidos, con los locales de Zoska y el diminuto Zoskilla. Siempre estuvo en sana competencia con el Café del Roma situado un poco mas arriba, en la esquina de la misma calle con Serrano.

Gente guapa en el aperitivo, merienda y cena, pero que se mezcla con señoras y también con señores -¿por qué no?-, con bastantes años en sus carcasas, mejorados por el lifftin o la silicona, pero al fin y al cabo otoñales con bastantes surcos escondidos gracias a las maniobras de un buen restaurador.

Embassy, a determinadas horas, es un geriátrico amoroso de jóvenes de 70, 80 y hasta 90 años que necesitan de un tratamiento diario contra la soledad, enfermedad maligna de estos tiempos y que acompañados de sus familiares y amigos, toman el té o  el café de la tarde con media tostada y algún pastel y pasan momentos agradables en su compañía o en la de los demás, para irse pronto a su uvi particular en la ambulancia de la hija o de las amigas. ¡Que felicidad!.

La hora del aperitivo es famosa por sus cócteles de champán o su copa de cava que es una buena y burbujeante disculpa para acompañar las tertulias de amigos, antes de ir a comer a casa. Por allí aparecen profesores taurinos de lances laborales, joyeros, príncipes rusos, condes, marqueses y artistas de teatro; faranduleros y plumillas de élite; gente de Palencia, personajes en ejercicio y parados famosos de toda la vida, ligones y ligonas, parejas y hasta de la guardia civil camuflados que hacen escolta a parlamentarias europeas, o políticos que lo son o que lo fueron. Diplomáticos y gente del P.P, del P.S.O.E o de I.U. que la buena mesa no está reñida con las ideas políticas, posan sus reales en este salón del barrio de Salamanca.

El café fue desapareciendo de nuestro Madrid tertuliano, para volver ahora en alguna medida a revitalizar, al menos en apariencia, lo que para Madrid fue un café de “la belle époque” del siglo XIX y principios del XX, esos cafés de pereza y holganza donde vivir y dejar languidecer las horas que no tedejan vivir en casa. Quedan, no sólo en la memoria de los que vivieron su atmósfera, hoy perdida, pero queda alguno, con mas de cien años en la mochila, en este decorado matritense, algo cambiados, eso sí, cansados ya de tanto aguante.

 Otros, por moda, nacen a la vida madrileña vestidos con ropa antigua, recién limpia de naftalina, para que Madrid no pierda nunca su identidad cafetera y tertuliana.

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Cafetín Croché III

Lhardy

Me dirijo hacia la Carrera de San Jerónimo para intentar recordar aquel año de 1.839 en el que, cerca de la Puerta del Sol, hervidero de cafés tertulianos, abría sus puertas una pastelería francesa, que después se convertiría en el restaurante de la élite madrileña de la época y del que diría Azorín : “no podemos imaginarMadrid sin Lhardy”. Benito Pérez Galdós dijo de Lhardy que empezó “poniendo corbata blanca a los bollos de la taona”. Emile Hugenin Lhardy, repostero y cocinero francés, pero de ascendencia suiza, rudo en sus maneras pero educado y fino en el trato, renunciaría al apellido paterno por razones no conocidas y funda este elegante local de la Carrera de San Jerónimo. Quizás se apoyó en el apellido de la madre para rememorar en Madrid, el famoso Café Hardy del Boulevard de les Italiens de París.

Era y es un local de dos plantas, no sólo intimista, por sus salones repletos de políticos y aristócratas que allí celebraban sus reuniones y tertulias, lejos de los avatares diarios de sus despachos privados, sino también innovador, trasladando las costumbres francesas, tan en boga en aquellos años de principios del XIX. Salones que recogieron muchos homenajes merecidos casi todos y a veces, no merecidos, según las malas lenguas, y que tenían nombres como el salón isabelino, el salón japonés – que permanece idéntico hasta con el mismo papel pintado de las paredes- o  el salón blanco , nombres todos ellos  recordando el estilo de su decoración. Fue el primero en montar mesas individuales para comer, instituyó el aperitivo – sírvase Vd. mismo- con canapés que se acompañaba de un buen vino de Jerez o de un consomé que guardaba su calor en un samovar de plata y que hoy todavía se mantiene, firme y erguido con su caldo caliente dentro, en un extremo de la barra del mostrador y una carta de buenos alimentos que, nobles, cortesanos y hasta la Reina Isabel II, o el Rey Alfonso XII que aparecían de incógnito por el local, degustaban en sus magníficos salones. Allí lo hicieron con el cocido madrileño o los callos, Espartero, Prim o Serrano y en alguna cena frugal, después de las representaciones teatrales, Doña María Guerrero o Don Jacinto Benavente, asiduos “lhardyanos” en las noches de representación o estreno de los teatros de la zona. Fue precisamente el padre de la actriz María Guerrero, el decorador

D. Rafael Guerrero, quien haría la última reforma diseñando una magnífica portada de madera de caoba que llamaba la atención en la Carrera de San Jerónimo y ya anunciaba el lujo que se encontrarían los elegantes clientes al entrar en Lhardy. Hoy se conserva intacta la fachada desde que en 1.880 se realizó la última reforma.

En mi recorrido por los cafés que hoy quedan de aquellos del XIX o principios del XX, que los otros ya murieron, recalo en el Gijón entre las calles Prim y Almirante, en el que aunque he entrado muchas veces, hoy, recién entrada la primavera, he querido hacerle una visita de cortesía a mi antigua amigo con 122 años como tiene el Gran Café Gijón. Hoy no se parece en nada a las otras veces, quizás porque entes entraba a otras horas. Son las cuatro y media de la tarde de un jueves soleado y primaveral y la terraza, oasis en el desierto madrileño en los días calurosos, está llena de ejecutivos, turistas y algún que otro nostálgico. Dentro, más ejecutivos, funcionarios de alto copete u oficinistas de buen sueldo, están todavía comiendo en sus mesas de mármol veteado y sentados en las sillas típicas de café vienés, de madera con asientos redondos, pero eso sí tapizados de rojo como los bancos corridos que parecen almidonados en terciopelo. Las tres ventanas- no es hora de las tertulias- ocupadas por gente desconocida. Un extranjero y su mujer, en la que normalmente ocupa la tertulias de Manolo Vicent, él con el pelo de nieve blanquísima y ella portadora de una juventud exultante.

 

Cafe Gijon                Cafe Gijon 2

Cuento hasta quince camareros con impoluta chaquetilla blanca, botonadura dorada y charreteras rojas en las hombreras. Encargados, jefes y maitres vigilan con su chaqueta azul y su pantalón de media etiqueta que todo esté en perfecto orden. No veo poetas, artistas, pintores, ni a Camilo José Cela ni a Umbral pero si veo como los tiempos cambian y oigo un ruido de platos y cucharillas que quieren entonar algún aria verdiana pero que están un poco desafinados y nada conjuntados. La terraza asentada sobre el paseo, se sirve desde dentro y es un placer ver a los camareros sorteando los caballos mecánicos con una habilidad que parecen patinadores en el paseo del Prado. La barra que es larga y parece un buque de madera con la proa hacia el paseo de Recoletos, está en estos momentos llena de cafetistas. En una mesa dos mariquitas buscan en el “segundamano” quizás su nido de amor o un pisito para una tía de Valladolid que va a venir a verlos.

 

 El CaféGijón era el sueño de su primer dueño, D. Gumersindo García- gijonés de pro-, que después de hacer las américas quiso instalarse en la capital de España, para dar él también respuesta a la moda cafeteril del Madrid del XIX, abriendo un local en el año 1.898 en el Paseo de Recoletos y que hoy ya ha caminado por tres siglos. Pasó, eso si, sudores fríos para sacar adelante un café de nuevos modos, alejado del centro neurálgico de los cafés tertulianos de Sol y sus alrededores mas próximos. Pero el café Gijón, poco a poco fue siendo conocido por su tranquilidad y por que por allí se acercaban nombres tan famosos como José Canalejas, Ramón y Cajal, Benito Pérez Galdós, Valle Inclán y los pintores, Romero de Torres y Anselmo Miguel Nieto. Habituales, también, fueron Vicente Pastor y los hermanos Machado.

 

Cuando se enciende la mecha de la Guerra Civil, en el año 1.936, el Café Gijón, también sufre lo de las dosEspañas y pone a unos contertulios frente a otros, antes buenos amigos y hoy enfrentados políticamente por odio, unos, y por envidia los demás. Las noticias de asesinatos y fusilamientos de unos y otros acompañados por el toque de silencio que se imponía en las tertulias, llevó al Gijón a languidecer y casi morir de inanición poética y literaria. La guerra no estaba para poesías y se fue llenando de milicianos con sus uniformes populistas, que no eran mas que un mono de trabajo azul o gris oscuro que había ascendido a traje de guerra.

 

 Los triunfadores, unos años después, lo convierten en el establecimiento de comidas de los militares del Cuartel del Ejército de Cibeles y el rojo y gualda empieza a inundar sus mesas, teñidas de morado republicano durante tres largos e interminables años. Y a partir de aquí el Gijón será el lugar de la concordia, de la vuelta al hermanamiento y de la reconciliación nacional para ser en los años cincuenta, el café cinco estrellas de los cafés bullangueros y tertulianos, quizás porque muchos de éstos habían desaparecido.

 

 Hasta los años sesenta aguantaron las tertulias del Gijón, hoy casi en la penumbra de su desaparición, que languidecen  y son sustituidas por jóvenes donjuanescos, que buscan y, como es natural, no encuentran, una doña Inés que llevarse a la boca.

 

 Miles de personajes famosos han pasado por el café Gijón; muchas son las tertulias que aquí nacieron y cientos las anécdotas que se han contado, siendo unas verdad y otras trasladadas del lugar imaginario donde no ocurrieron, al café del Paseo Recoletos. También se han escrito varios libros sobre el Gran Café, como “ElCafé Gijón” de Mariano Tudela, Julián Marcos y José Esteban; “La noche que llegué al Café Gijón” visión personal de Paco Umbral o aquel primer libro, que tantos problemas suscitó “Crónica del Café Gijón” de Marino Gómez Santos. Ante los insultos que decía que dedicaba en su libro a Juan Pérez Creus, este le envió el siguiente Epigrama:

De quién es el destino?/ de Marino / Con cara de piedra pómez / Gómez/ Quiere causarme quebrantos/ Santos./ Pues hoy, a tantos de tantos,/ con decisión absoluta/ me cago en la cagarruta/ de Marino Gómez Santos.

Por el Gijón pasaron todos los que de una forma o de otra han sido en la literatura, el arte, la pintura, la política generalmente de izquierdas, la tauromaquia, en el cine, la poesía, espías y hasta algún gafe. Así le escribía Pérez Creus a Zunzunegui:

Juan Antonio, el «Zunzu» viene. /circunspecto se mantiene/entre Madrid y Getafe. / Pero tiene/ cumplida fama de gafe.

El Gijón ha sido musa de inspiración para poetas, literatos, pintores y escritores de café. Unos, como Julián Marco, lo han comparado con un barco varado en el mar de Recoletos, en su orilla izquierda, que veía como se hundían otros más pequeños o hasta grandes gabarras y trasbordadores mientras él se mantenía a flote. Alguien lo llamó barco de piratas lleno de poetas. Rubén Caba descubrió que no era un café sino un tren detenido en los andenes del Paseo de Recoletos y que siempre estaba a punto de salir. Las butacas de las ventanillas estaban siempre ocupadas por los pasajeros más famosos que contemplaban con tedio ilustre, los arbolitos al pasar. Hasta como morada de los dioses, lo interpretaba Caballero Bonald, y reducto ocupado por los elegidos de las musas. Único café vivo lo definía Luis Antonio de Villena y Julio Llamazares, café varado como un barco en el centro de Madrid. Institución literaria y Casa de todos decía de él José Luis Castillo Puche y casa de citas (literarias por supuesto) utilizaba como comparación Matías Antolín. Todos y los miles que lo definieron tenían razón. El Café Gijón es eso y mucho más.

 

El café fue desapareciendo de nuestro Madrid tertuliano, para volver ahora en alguna medida a revitalizar, al menos en apariencia, lo que para Madrid fue un café de “la belle époque” del siglo XIX y principios del XX, esos cafés de pereza y holganza donde vivir y dejar languidecer las horas que no te dejan vivir en casa. Quedan, no sólo en la memoria de los que vivieron su atmósfera, hoy perdida, pero queda alguno, con mas de cien años en la mochila, en este decorado matritense, algo cambiados, eso sí, cansados ya de tanto aguante.

 

 

 

 

 

 

Cafetín Croché II

 

Capítulo II

Aquellos que lo fueron y todavía hoy son.

Madrid tiene un barrio, triángulo casi perfecto, en el que uno de sus lados mira a la calle de Atocha, el otro a la Carrera de San Jerónimo y el tercero lo forma la calle Medinaceli, y todos, como nacidos de la plaza de Benavente. Es el barrio de los Literatos, de las Musas o el Parnaso, en donde vio la luz, por primera vez, en  letras de molde, el primer Quijote y donde había que estar para estrenar una obra, pues allí vivían representantes de artistas, empresarios y autores todos mezclados en una amalgama traviesa y necesaria para poder sobrevivir en este Madrid del siglo XVII y XVIII. Aquí, en el XIX se mantiene su aire de farándula tertuliana, y aquí se ubican los principales cafés, librerías y locales variopintos y bohemios, guiados, como el faro a los barcos en la noches frías matritenses, por el Teatro Príncipe, hoy Teatro Español y su pedestal que es la Plaza de Santa Ana. Si en este barrio vivieron Lope, Quevedo o Tirso de Molina en el siglo XVII, aquí nacieron y vivieron Zorrilla, Echegaray, Esproceda o Jacinto Banavente en el siglo XIX y en los albores del XX. Era un Parnaso terrenal donde los poetas buscaban a sus musas y los literatos el pan nuestro de cada día.

He recorrido este barrio en búsqueda de los cafés de antaño y conocer los que hoy son. Subo la calle Prado, desde la plaza de Las Cortes y comienzo mi paseo entre tiendas de antigüedades, como la de Romero junto al edificio del Ateneo, estrecho edificio de 7 metros de fachada y una balconada que coronan los relieves de Velázquez, Alfonso X y Cervantes. Un edificio, al lado, quiere que el Ateneo no muera e intenta su ampliación, dirigida por el Arquitecto don Santiago González de dimensiones parecidas. Llego a la calle Ventura de la Vega en cuya esquina con la calle del Prado, todavía podemos leer: “Casa Soto. Grabador”. El bar Fin de siglo con fachada muy de tal; Vinos Casa Ramón con antiguos azulejos en su fachada y que todavía se llama “casa de comidas y licores”. El restaurante Luarqués te invita a sus cenas musicales; Los Gabrieles a su “cocina vasca y española”. Existe en esta calle un restaurante bilbaino, uno peruano, el Inti de Oro y otro argentinola Cabaña. No falta uno erótico llamado La almeja picante cuyo escaparate -mejor es no verlo-, anuncia sus “exquisitos platos” a base de grandes, desproporcionados y fuera de toda realidad, aparatos del amor.

El decorado de esta calle del Prado lo forman casas, todas ellas “aseguradas de incendios”, de tres o cuatro plantas, en cuyos bajos se asientan tiendas de antigüedades, librerías o un restaurante cubano el Tacomaro poco imbricado en el esquema mental que te haces cuando recorres este barrio. El Salón del Prado, café concierto, esquina a la calle Echegaray y junto al magnifico restaurador gastronómico que es el Cenador del Prado.

Dos esquinas, bien guardadas, por centinelas con uniformes de gala, casi recién estrenados, que son la Taberna del Príncipe, hoy de tapas, y un reciente Café-Bar llamado Miau donde estuvo hasta el pasado año una tienda o boutique de ropa de caballero, que tiene un ojo puesto en el teatro Español y otro a la  Plaza de Santa Ana. Las otras seis lentes dan a la calle del Príncipe.

En esta calle, en el número 23, se me aparece el Parnasillo del Príncipe que se dice fundado en 1.830, según reza una placa en la puerta del local y que se encuentra en la entrada de la calle Huertas. Portada azulejada, muy de la época, con medallones en relieve de Galdós, Espronceda, Oscar Wilde y Larra, que tanto criticó a los cafés y frente a la magnífica portada barroca de Pedro de Ribera en granito y ejecutada en 1.734 durante el reinado de Felipe V. Una puerta de caoba maciza, del tallista Laorga, da entrada lateral al edificio de la Cámara del Comercio y la Industria, tras la que se esconde la escalera de gala y que fue entrada de carruajes, que tiene su puerta principal por la calle Huertas. Palacio que pasó por varios propietarios y estilos, y que en 1.993 un sobrino de las últimas propietarias, las Saint Aubin, lo vendió a la Cámara Oficial de Industria de Madrid.

Entro en el local. Eran las cinco de la tarde, hora taurina y en su albero de tablas de madera antiguas que se me apetecen de la época, pocas personas, algunas mirando el fútbol en sus dos televisiones y otra leyendo poesía en la barra de antigua madera incrustada de placas de carros, bicicletas, de publicidad o las redondas de guardarropas. Una del Ayuntamiento de Madrid para un carro de mano, duerme junto a la de “Funestería Iberia” de la calle Ventura de la Vega y algunas extranjeras. Una me llama la atención y reza así: “Oreja del toro ABRILEÑO de B. Quirós concedida al diestro RAFAELILLO en Madrid el día 9 de Abril de 1.944”. En el aseo de caballeros, que no se si en el de señoras también, una máquina expendedora de preservativos, a cien pesetas la unidad. Aparador antiguo junto a la entrada y junto a él, relojes que andan con las horas de Madrid, New York, Moscú, Dublín y Sydney y hasta un reloj de“sombra” pues en su interior no luce el sol. Una gran mesa central con cristal que actúa de vitrina de los muchos billetes de banco de todos los países y un solo quinqué en el centro. Al fondo un altillo con cuatro mesas románticas y decorado su frente con 3 alegorías- en azulejos pintados- de Mayo, Julio y Octubre que vigilan una máquina de escribir muy antigua. Sillas de madera de la época, mostradores de madera también, para tomar una copa de pié y altos veladores rematan el hueco de la entrada. Ahora ya no se sirve horchata, café o limón granizado, se sirven “Guinness”, café irlandés y mucha marca extranjera. Camareras inglesas en camiseta blanca decorada con “San Patrik days 17 de marzo del 2.001”, es decir el día de autos en que yo me encontraba allí, que nos anuncia su llegada en los pechos de las camareras inglesas o quizás escocesas, que te atienden. ¿Qué pasará esta noche en este café-cervecería-pub inglés de la calle del Príncipe?. A pesar de las televisiones, la máquina de tabaco y la música de “alto nivel”, el local es agradable y hasta me parece que tiene duende. Pero no pidas un diario español; sólo hay en lengua inglesa. Un fresco pintado en el techo, te hace hasta parecer que te encuentras embelesado mirando al cielo.

Seguí por la acera de la izquierda o “rive gauche” de la plaza, para poder contemplar las portadas y reclamos de la Cervecería Alemana, que asienta sus reales en esta bellísima plaza desde 1.904, de amplia tradición tauriana, los Cabales, el  Nalurbier, la  Cervecería Santa Ana, el restaurante Platerías; la Moderna y el bar hawaiano Mauna Loca y cerrando la plaza el Hotel Reina Victoria.

Cervecería Alemana

Me decido a entrar en la Cervecería Alemana que tiene mucho de café, poco de cervecería y casi nada de alemana y que fue lugar donde se reunía una clientela importante de personas del arte, la escena, la política y sobre todo de los toros. Pintores, como Solana, políticos como Besteiro, literatos como Benavente y Valle Inclán, escritores de comedias como Jardiel Poncela, artistas como María Guerrero y famosos toreros tenían allí sus tertulias. Una foto recuerda a muchos de los tertulianos taurinos: Luis Miguel Dominguín, Rodolfo Gaona, Manuel Mejías- el Papa Negro- Antonio Bienvenida y los González Dominguín asiduos contertulios de la Cervecería Alemana. Aunque sigue siendo un lugar de tertulias, los jóvenes han ido ganando terreno y se instalan entre sus veladores rectangulares de mármol blanco y patas de hierro torneadas, bajo la atenta mirada de unos camareros, algo trasnochados y generalmente en estado de tristeza. Su decoración también es triste, como los camareros, algo vetusta y anticuada, pero manteniendo la identidad propia de aquellos tiempos, y el importante friso de madera que recorre todo el local pintado en un fuerte  color marrón, insiste, sin quererlo, en sumirlo en una mayor tristeza.

Y antes de seguir recorriendo la plaza en busca de cafés, recalo en la plaza del Angel, pequeña plazuela de forma rectangular que fue ampliada en el siglo XX con el derribo del Convento de San Felipe Neri, para asomarme al antiguo y algo destartalado Café Central en el número 10 de esta recoleta plaza, feliz ángel de la guarda de la contigua plaza de Santa Ana. El café tiene un público joven y como todo café que se precie, veladores antiguos de mármol blanco y hierro forjado rodeados de sillas y taburetes en la barra, de madera con asientos de rejilla. Hoy actúa Bobby Floyd y su trío de jazz. Al fondo dos salones, rodeados de tristeza pero perfectos para tertuliar, amar o escribir en la soledad de un café. Decoración de su interior ya caduca, con una portada de madera pintada de color ladrillo. A las seis de la tarde, tres camareras en pantalones vaqueros, jovencitas que no saben lo que fue el Café Central, atienden al variado público que llena el local.

Cafe CentralEn los bajos del Teatro Español, creo que en el lugar que ocupó el Café del Príncipe, primer café histórico inaugurado en Madrid y que recogió la famosa tertulia romántica “el Parnasillo”, se encuentra hoy el Café del Teatro, inaugurado siendo Alcalde Alvarez del Manzano, el 2 de diciembre de 1.994, que es un amplio local con veladores rectangulares de mármol y sillas cafeteras de madera. Cuatro grandes lámparas de hierro con quinqués de tulipas verdes, adornan el techo. Grandes columnas estucadas soportan el peso de tanto buen teatro como se desarrolla en este nuestro primer Teatro Nacional. Camareros y camareras con chalecos negros y corbata de pajarita atienden a un personal teatrero que espera su entrada al recinto.

El Cafetín Croché I

                                                  Cafetin Croché 1 

Lo intenté pero nadie me hizo caso. Con motivo del 20 aniversario del nacimiento del Cafetín Croché escribí, a modo de impresiones y anecdotario, unas reflexiones, que en mi deseo de publicar algo que se parezca a un libro, tuve que regalar las copias porque no lo conseguí. Ahora al cabo de algunos años he decidido publicarlo por mi cuenta y así lo haré en pequeñas entregas en este mi blog. Al que no le guste puede pasar a otro blog.

 

El Cafetín Croché

 

                                   XX Aniversario

                               (21.07.1.981 – 21.07.2.001)

                                 Por Jesús Sainz de los Terreros

                              Introducción

 Hubiera querido que alguien conocido me escribiera el Prólogo, pero ya se sabe que prologar un libro es complicado y que alguien importante lo escriba a un incipiente escritor, tarea ardua y casi imposible. Lo mejor es que lo escriba el propio autor y una vez terminado el libro pues “así puedes hacer mejor el discurso al cuerpo de la obra y dar noticia al lector del fin que se pretende con la misma”. Pero eso sería lo que académicamente se define como Prólogo por lo que al no tener a personalidad amiga que lo escriba y no ser académico de nada, he decidido llamarlo simplemente Introducción.

 He conocido algunos cafés históricos como el Central, el Comercial, el Gijón, Lhardy, la CafeteríaAlemana, el Roma o el de Viena…, pero no tengo edad para haber vivido los años locos de aquellos viejos, lúgubres, pomposos, húmedos o destartalados cafés de los siglos XVII, XVIII, XIX y principios del XX, cuna de la bohemia y las tertulias literarias y poéticas. Por eso he tenido que beber de las fuentes que emanan sapiencia del tema, unos porque los conocieron y  vivieron entre sus paredes, dejando lo mejor de si mismos y otros porque los han estudiado a fondo o dejaron su impronta en un artículo, libro, poesía, frase, o que simplemente los definieron magistralmente. Y beber de estas fuentes inagotables de agua clara me ha llevado a, desde el conocimiento de lo antiguo, llegar a las sensaciones de lo que hoy tenemos, para recalar en las experiencias y sentimientos que me trae el Cafetín Croché y que durante sus veinte años de existencia, yo he vivido. 

Ha sido un recorrido maravilloso por el corazón dormido de los cafés de antes y por los que aún quedan en ese viejo y amable Madrid, que me han servido para conocer mejor la historia de mi ciudad, pues aunque borrados del mapa cafetero madrileño, han sido y serán parte de nuestra historia literaria y poética; de los movimientos románticos y de conspiraciones políticas, anarquistas unos y movimientos revolucionarios o liberales contra el absolutismo los otros, pero siempre centros del arte de la tertulia donde se daba rienda suelta a la expresividad parlanchina y locuaz del madrileño.

Un día tuve la sensación de que alguien me hablaba y me decía que tenía que escribir mis vivencias de un café que conocía bien y en el que he pasado muchas horas de mi vida, unas escribiendo, otras tertuliando o viendo la magia de sus juegos nocturnos de los viernes, esa Noche de Brujas, que siempre me ha cautivado en el marco inigualable de la Cripta del Cafetín Croché. Y me lancé sin paracaídas pues es verdad que a veces y sin preguntar a nadie, tienes que dar rienda suelta a tus emociones, sentimientos e ilusiones pasadas y me puse a escribir, en unos momentos en los que se van a cumplir los veinte primeros años de la vida del Cafetín Croché. 

Veinte años son pocos para una larga vida y muchos en una vida corta. Un cumpleaños, cumplas los que cumplas, deberás celebrarlo siempre y sin esperar a lo que te depare el destino, pero sin soplar las velas pues es como si soplaras sobre todo aquello que has vivido, enviando los recuerdos y vivencias a la penumbra mas absoluta.

Por eso he querido celebrar los veinte años del Croché, escribiendo sin velas, a la luz de mis recuerdos, de las anécdotas vividas o de las sensaciones que me produce cuando entro, leo, escribo, tertulio o hablo con mis amigos los camareros; cuando Manolo se me acerca y me pregunta por mi familia y especialmente por mis hijos a los que adora; cuando asisto a las Noches de Magia o desciendo a la Cripta para asistir a una Tertulia Escurialense y a la salida hablar un momento- pues se deja ver poco- con la encantadora y con alma de poeta, Mari Cruz; o me siento en su terraza de albero para escuchar la noche sanlorentina o simplemente ver pasar a la gente.

Por estos veinte años y por los muchos que vendrán:

¡Felicidades! Cafetín Croché.

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Capítulo I

Aquellos Viejos cafés

Decía Ramón Gómez de la Serna, refiriéndose a los cafés de Madrid que “sobre todo son como el triunfo de la Cámara popular en la vida”. Y gran razón tenía. En unos acampó el liberalismo imperante; en otros su republicanismo exacerbado, para ser otros románticos, poéticos, cantantes ……

 ómez Caballero en su libro, “Madrid Cervantino o el barrio mas espiritual de Europa”, define al café como “ el ágora, la discusión, la crítica, el panfleto, el orador sobre la mesa, la conspiración, el origen del periodismo y del Parlamento, del pronunciamiento y del motín”

Cesar González Ruano, considera estos lugares de vehemencia locuaz y de expulsión de sentimientos, ideas o pasiones como “el reducto del nervio español”.

Eran lugares de reunión y esparcimiento donde los ciudadanos de todos los pelajes recurren a su verborrea fácil y a veces demagógica, para, como cronistas oficiales, expresar sus puntos de vista, casi siempre acaloradamente, sobre los movimientos políticos y sociales, las artes, las letras o cualquier tema de interés que en esos momentos estuviera viendo la luz, o ver como nacían entre velas y bujías, humo de melancolía y espejos patinados por el tiempo. Se hablaba de crisis, de guerra y también de paz o de la derrota de unos y la victoria de otros.

Conjuras, intrigas y pactos secretos germinan en la oscuridad de los primeros cafés como bien dijo Mariano Tudela en “Aquellas Tertulias de Madrid” en un ambiente de exiliados políticos, en los que se discutía de republicanismo o de monarquía, de un estado liberal o controlado, de gobiernos que caen o de gobiernos que nacen a la corrupción y que los verán caer, como las hojas en otoño.

Estos cafés, el café, lo describe magistralmente Cesar González Ruano : “ el café es donde se ama, se sueña y donde se muere. Quizá porque amar y soñar es irse muriendo un poco. Todo parece estar sumido en una niebla de lírica decadencia, en una pura pena de no saber por qué”.

Otra descripción que merece un cum laude la he encontrado, en mi deambular literario buscando en la capacidad de los demás para definir o describir lo que queremos decir, en la novela de Arturo Pérez Reverte “El profesor de esgrima” cuya acción se desarrolla en 1.866, en ese Madrid de lances de honor, generalmente por mujeres: “Mas que un café, el Progreso era un antónimo. Media docena de veladores de mármol desportillados, sillas centenarias, un suelo de madera que crujía bajo los pies, polvorientas cortinas y media luz; Fausto, el viejo encargado, dormitaba junto a la puerta de la cocina, desde la que llegaba el agradable aroma del café hirviendo en el puchero. Un gato escuálido y legañoso se deslizaba con aire taimado bajo las mesas, al acecho de hipotéticos ratones. En invierno el local olía constantemente a humedad y grandes manchas amarilleaban el papel de la pared. En ese marco, los clientes conservaban casi siempre puestas las ropas de abrigo, lo que suponía un manifiesto reproche a la decrépita estufa de hierro que solía rojear débilmente en un rincón.

En verano era diferente. El Café del Progreso suponía un oasis de penumbra y frescor en la canícula madrileña, como si conservase dentro de sus muros y tras los pesados cortinones el frío soberano que en él se aposentaba durante los días invernales”.

Describe la tertulia que allí se desarrollaba, con unos nombres que parecen sacados de la realidad tertuliana de la época:  Agapito Cárceles, don Lucas Rioseco, Jaime Astarloa – el profesor de esgrima-, entre otros contertulios, Marcelino Romero, profesor de piano en un colegio de señoritas y Antonio Carreño, funcionario de Abastos”.

El café era plaza pública como el ágora de las ciudades griegas, donde las gentes se relacionaban y formaban sus asambleas o tertulias. A Ramón Gómez de la Serna, el café le atrae “como una plaza pública, reservada, con asientos cómodos y bajo techado. Sobre todo en invierno, los cafés son las únicas plazas públicas en que se puede uno sentar en un cómodo banco público, sin dejar de estar guarnecido”. A él le gustaba escribir en los cafés solitarios-  que por ser solitarios fueron muriendo- y nunca junto a otro escritor porque decía “que se veía en los espejos como haciéndome muecas a mí mismo”.

Los cafés eran universidades, parlamentos, academias. Valle Inclán afirmó que “El Café de Levante ha ejercido mas influencia en la literatura y en el arte contemporáneo que dos o tres universidades y academias”.

“El café es el Consejo de Estado de los hombres, que nadie va a consultar y que dirían la palabra definitiva sobre cada asunto”según la greguería deRAMON.

Primero, antes de los cafés, fueron los lugares de paso llamadas alojerías desaparecidas hacia 1.838 y donde se degustaba un refresco llamado aloja (bebida grata y refrescante de miel y especies con propiedades curativas que introdujeron los sarracenos), para dejar paso después a las tabernas donde muchos comerciantes cerraban sus tratos -lo que hoy se llaman negocios- siempre regados con algún buen vino de la tierra y algunas exquisiteces.

Suceden a las tabernas como sitios de reunión, las botillerías, establecimientos de bebidas y refrescos. La de Venecia en calle del Prado, la de Ceferino en la calle León o la del Angel, en la plazuela del mismo nombre, junto a la de Santa Ana, todas ellas en el triángulo o barrio de las Musas. De entre ellas destaca por la importancia de los personajes que allí tertuliaban y especialmente por la instauración, muchos años después, en 1.912, de la tertulia de Ramón Gómez de la Serna, la de Pombo, Antiguo caféy Botillería de Pombo, el primer café que hubo en Madrid-según algunos autores- y quizás en España, ya que fue abierto en los años finales del siglo XVIII, que estaba situado en la entrada de la calle Carretas y la de Canosa en la Carrera de San Jerónimo, precursoras de los cafés, en los que la reunión se convertía en tertulia y ésta a veces en arengas permanentes y vociferantes, y donde los encuentros poéticos tuvieron su vida y su espacio, rodeados de aterciopelados sofás, sillas de madera y asiento de rejilla, veladores de mármol o cristal y, como en alguno, mesas de billar de caoba maciza y bandas de palosanto y palorrosa. 

Distintos autores polemizan sobre si el primer café, como dice el sociólogo Lorenzo Díaz, que ha estudiado este fenómeno social y trascendente para la vida  política, artística y literaria-teatral de Madrid, fue la Fonda de San Sebastián, primera en servir café en 1.776, o si lo fue el Antiguo Café y Botillería dePombo. Es difícil decir si el café fue antes que la tertulia o realmente, el huevo y la gallina nacieron a la vez y quizás de aquí la polémica. El invento del café nace en el último tercio del siglo XVIII y se considera invento de la “ilustración” borbónica.

En los primeros años del siglo XIX, las botillerías se van transformando en cafés, “puntos de reunión y discusión de las grandes novedades que ocurrían en Francia y de las importantes consecuencias que de ella fueron alcanzando a nuestro país”. En el libro “Guía de Madrid” escrito por Angel Fernández de los Ríos en 1.854 se da cuenta de los primeros cafés de principios de siglo. “Estaban por entonces concurridos, el café de Santo Domingo, esquina a la calle Ancha; el de San Antonio, en la calle del Pez, esquina a la Corredera, especie de Panteón de hombres del antiguo régimen; el de San Luis, pasadizo a la calle del Carmen, en el quedominaban los guardias de Corps; el de la Alegría, calle de la Abada, cuya muestra estaba pintada por Goya (sic); el de Levante, que también tuvo cierto tiempo una muestra artística, obra de Alenza, y varios otros, muy pocos, de los cuales sólo sobreviven el de la Red de San Luis, frente a la fuente; el de Pombo, calle de Carretas y el del Carmen”. Por entonces, en 1.860, Madrid contaba con 14 buenos hoteles, 40 posadas y mesones, 66 cafés de postín, 890 tabernas, 75 farmacias, 20 librerías famosas, 12 casas de baños y un número considerable de sastrerías, zapaterías, cordelerías, ultramarinos, carnicerías, lecherías…

Si con Isabel II y la Restauración llega a su esplendor el café madrileño, con la República se llega a su decadencia para encontrarse las dos Españas en los cafés del paseo de Recoletos. Madrid era tertuliano. Vivía en y para las tertulias, ya fueran de café o de botica, de botillería o de salones propios o ajenos, de sacristía o al raso en la Puerta del Sol, pero al fin y al cabo tertulias hoy literarias, mañana políticas, de diplomáticos en el Parnasillo o de anarquistas en el café del Vapor, para hablar del arte de los toros o para recitar poesías recién llegadas de las musas del Parnaso. Si en el siglo XVIII los más ilustrados eran ya tertulianos, no en el sentido que luego tomarían las tertulias cafeteras, pero sí en reuniones en lugares privados, en salones particulares o asociaciones políticas, en el siglo XIX,  si no se era tertuliano de alguna de las muchas tertulias existentes, no se era nadie en este Madrid literato, de musas y de poetas. Madrid paleta de pintores y cincel de escultores;  Madrid de Cervantes, de Lope, de Quevedo de Calderón o de Tirso que aquí viven y escriben sus obras inmortales.

Los cafés de Madrid han sido el hábitat natural de bohemios y faranduleros; de hombres de letras, médicos o poetas, literatos y juerguistas, diplomáticos y sablistas, misántropos y espontáneos de la tertulia, de los que eran o querían ser, de zurupetos y ambiguos. Políticos recalcitrantes, revolucionarios y libertadores trasnochados. También de espías, de pintorescos aristócratas y algún que otro parásito. De magnates y mangantes; de pintores hechos y de pintores deshechos; de toreros, creadores y artistas. Fueron locales en los que las comodidades mejoraban las de sus casas o buhardillas y por lo tanto las horas eran más agradecidas. Eran el salón de estar de los que no lo tenían; el Paseo del Prado de los sin carruaje nicaballos. Aquellos cafés tenían, como dice Julián Marcos en el libro “El Café Gijón”, “cuerpo y espíritu, cuerpo y memoria, decorados y luces, millones de palabras recubriendo las paredes, las barras, los sillones, las mesas, las sillas”.

Los cafés eran la disculpa para todo. Eran la pañosa en los crudos días de invierno, el clavel reventón en las primaveras, cuando los cafés se echaban a la calle, eran oasis refrescante en las tórridas noches de verano y si en otoño no había disculpa, se achacaba su presencia en el café, con la disertación de algún tertuliano famoso, de un amigo recién llegado o por la necesidad de vender tu obra. Eran en definitiva, desayuno, aperitivo, merienda y cena, de casi todos, fortaleza de trasnochadores y medicina de los enfermos de la bohemia, sagrado recinto que, aunque no se dieran cuenta, transformaban su guerra particular al convencionalismo, con hacer convencional la visita diaria a un convencional café.

El café espacio, podía ser como el café bebida. Podía ser amargo cuando amargura tenía la carta que estás escribiendo; dulce como la conversación de la amada junto a ti o el beso amoroso de tu pareja; frío o caliente según la temperatura de tu propio ser o del ambiente tertuliano escogido, pero siempre era compañía ante una espera, era lectura o lugar donde se practicaba el maravilloso don de la escritura, lugar donde poner en orden los recuerdos, era tertulia o era, simplemente, el estar con los demás y compartir algo con ellos.

Realizar un recorrido por los cafés matritenses, era dar un paseo por la literatura, la poesía, conocer los avatares políticos o entrar en conjuras, e intrigas, lances de honor, o darse un paseo por el periodismo del tiempo o por el Arte de Cúchares.

Si nos situamos en 1.830 o mejor en el primer tercio del siglo XIX,  y nos acercamos por el Café del Príncipe, café destartalado y sombrío, cercano al teatro Príncipe – hoy Teatro Español – pronto llamado El Parnasillo, que toma el nombre de la tertulia allí instituida, y por los cercanos el Morenillo, el Solito o el de Venecia, veríamos a Espronceda, Larra, los Madrazo o Villamil, a Bretón de los Herreros o Zorrilla y a Campoamor.

Conocer a Benavente, era entrar en el Gato Negro de la calle del Príncipe y ver allí junto a él a Valle Inclán o a un joven onubense, Juan Ramón Jiménez, que ya despuntaba por los cafés. También en su transcurrir entre atmósferas humeantes y políticas, se les puede ver en el Café Nueva Montaña en la Puerta del Sol junto a la Carrera de San Jerónimo.

Si nos acercábamos al Levante, podríamos hablar, conocer u oir como se expresaban con sus pinceles: Picasso o Romero Torres; Gutierrez Solana o Darío Regoyos; Rousiñol o Zuloaga, o escuchar a Azorín, los hermanos Machado, Penagos, Sancha, Baroja y Rubén Darío.

Para ver o escuchar la tertulia literaria de Ramón Gómez de la Serna, o sólo RAMON con mayúsculas, que lo demás le sobraba, había que visitar el Antiguo Café y Botillería de Pombo, allá en 1.912, en la calle Carretas, muy cerca del kilómetro cero que es el punto de medida de todas las Españas. También aseguran que por allí pasaron Prim, Sagasta o Pepe Botella, el Rey hermano de Napoleón Bonaparte o también José María Cossío, Manuel Azaña o Camón Aznar; a Gutiérrez Solana o a Gustavo Maeztu y a Bergamín, podríamos hablar con Valle Inclán. Para charlar con Ortega padre del filósofo, tendríamos que desplazarnos a la Granja del Henar, junto al Círculo de Bellas Artes y allí alguna noche, podríamos hablar con Valle Inclán. A algún jovel periodista prometedor como Cesar González Ruano habría que encontrarlo por estos primeros años del novecientos en la Glorieta del Bilbao, en el café Europeo. Por allí también pasaron Carlos Fernández Cuenca y si se encontraba en Madrid, Antonio Machado que se citaba con su hermano Manuel en este café.

Los cafés existieron por todo el perímetro matritense pero en algunas zonas se apiñaban, como el Puerta del Sol y sus aledaños. Quise ir a buscarlos pero se fueron de esta vida para dejar paso a la modernidad que ellos ya no eran. No fueron complacientes con ellos y los dejaron morir sin guardarlos en almonedas para que otros, quizás, un día los compraran para ponerlos en la vitrina de la Historia.

 En esa Puerta del Sol y entre aguadores, afiladores, manolas, rabaneras, horchateros -todos de Valencia como los afiladores de Orense o los serenos de Asturias-, entre vendedores de cangrejos, cántaros, canastillas y barreños; entre gritos de silleros, alpisteros o sarteneros, nacen los primeros Cafés.

 Puerta del Sol, con Castillo o sin él, con puerta o portillo, o con “ná de ná” dicho de forma castiza, mirando al oriente, o con el sol grabado en el nonato frontispicio del que algunos autores hablan que existió coronando el castillo. Puerta del Sol, antes de tierra polvorienta, empedrada después y rajada mas tarde por los raíles de tranvías de caballos o eléctricos, para dejar paso ahora a una colcha de betún negro que tapa las sábanas de piedra de antaño. Puerta del Sol de buñoleros, aguadores de cebá, vendedores vociferantes, rameras, puretas, mendigos, desafiantes bohemios…

Puerta sin puerta, abierta a los de aquí y a los foráneos veranistas, iluminada por lamparillas petrolíferas, que parecían lunas mohínas en cuarto menguante, para ser después alfonsinas gaseosas, pirulís de fluor y ahora, también alfonsinas de iluminación de Endesa, Iberdrola o Hidroeléctrica, que no lo sé. Donde se podía comer por cuatro reales en sus numerosas tabernas.

En esta Puerta del Sol nacen los tranvías de caballos y mecánicos, el telégrafo, el teléfono la iluminación o el metropolitano y también los cafés mas famosos que el tiempo, utilizando su goma de borrar, ha hecho desaparecer del papel histórico que representaron, y no dejar ni la muestra. Dice Tomás Borrás “que en 1.939había desaparecido 75 cafés históricos” Quizás el mas antiguo y prestigioso para algunos autores, el Lorencini en la esquina de la calle Espoz y Mina que inmortalizó Galdós en su “Fontana de Oro” y cuyo interior, no de grandes dimensiones, estaba decorado por Ribelles. La Fontana de Oro, el Café Imperial, llamado tiempo después el Café de la Montaña y que fué inaugurado en 1.864 y llamado “el de las 16 puertas” que era el número de huecos que tenía a la calle, el Café deLevante frente a la Iglesia del Buen Suceso y que fue trasladado años mas tarde, al número 5 de la Puerta del Sol, el Café Lisboa, el Universal, el Café Oriental o el Colonial, Puerto Rico o la cervecería Candelas primer establecimiento servido por señoritas y por lo tanto de ambiente picaresco. En muchos casos, en estos cafés, las tardes eran amenizadas por música de profesores, orquesta generalmente de dos: un pianista y un violinista algo caducos pero al fin y al cabo músicos excelentes.

 

 

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