El Cafetín Croché I

                                                  Cafetin Croché 1 

Lo intenté pero nadie me hizo caso. Con motivo del 20 aniversario del nacimiento del Cafetín Croché escribí, a modo de impresiones y anecdotario, unas reflexiones, que en mi deseo de publicar algo que se parezca a un libro, tuve que regalar las copias porque no lo conseguí. Ahora al cabo de algunos años he decidido publicarlo por mi cuenta y así lo haré en pequeñas entregas en este mi blog. Al que no le guste puede pasar a otro blog.

 

El Cafetín Croché

 

                                   XX Aniversario

                               (21.07.1.981 – 21.07.2.001)

                                 Por Jesús Sainz de los Terreros

                              Introducción

 Hubiera querido que alguien conocido me escribiera el Prólogo, pero ya se sabe que prologar un libro es complicado y que alguien importante lo escriba a un incipiente escritor, tarea ardua y casi imposible. Lo mejor es que lo escriba el propio autor y una vez terminado el libro pues “así puedes hacer mejor el discurso al cuerpo de la obra y dar noticia al lector del fin que se pretende con la misma”. Pero eso sería lo que académicamente se define como Prólogo por lo que al no tener a personalidad amiga que lo escriba y no ser académico de nada, he decidido llamarlo simplemente Introducción.

 He conocido algunos cafés históricos como el Central, el Comercial, el Gijón, Lhardy, la CafeteríaAlemana, el Roma o el de Viena…, pero no tengo edad para haber vivido los años locos de aquellos viejos, lúgubres, pomposos, húmedos o destartalados cafés de los siglos XVII, XVIII, XIX y principios del XX, cuna de la bohemia y las tertulias literarias y poéticas. Por eso he tenido que beber de las fuentes que emanan sapiencia del tema, unos porque los conocieron y  vivieron entre sus paredes, dejando lo mejor de si mismos y otros porque los han estudiado a fondo o dejaron su impronta en un artículo, libro, poesía, frase, o que simplemente los definieron magistralmente. Y beber de estas fuentes inagotables de agua clara me ha llevado a, desde el conocimiento de lo antiguo, llegar a las sensaciones de lo que hoy tenemos, para recalar en las experiencias y sentimientos que me trae el Cafetín Croché y que durante sus veinte años de existencia, yo he vivido. 

Ha sido un recorrido maravilloso por el corazón dormido de los cafés de antes y por los que aún quedan en ese viejo y amable Madrid, que me han servido para conocer mejor la historia de mi ciudad, pues aunque borrados del mapa cafetero madrileño, han sido y serán parte de nuestra historia literaria y poética; de los movimientos románticos y de conspiraciones políticas, anarquistas unos y movimientos revolucionarios o liberales contra el absolutismo los otros, pero siempre centros del arte de la tertulia donde se daba rienda suelta a la expresividad parlanchina y locuaz del madrileño.

Un día tuve la sensación de que alguien me hablaba y me decía que tenía que escribir mis vivencias de un café que conocía bien y en el que he pasado muchas horas de mi vida, unas escribiendo, otras tertuliando o viendo la magia de sus juegos nocturnos de los viernes, esa Noche de Brujas, que siempre me ha cautivado en el marco inigualable de la Cripta del Cafetín Croché. Y me lancé sin paracaídas pues es verdad que a veces y sin preguntar a nadie, tienes que dar rienda suelta a tus emociones, sentimientos e ilusiones pasadas y me puse a escribir, en unos momentos en los que se van a cumplir los veinte primeros años de la vida del Cafetín Croché. 

Veinte años son pocos para una larga vida y muchos en una vida corta. Un cumpleaños, cumplas los que cumplas, deberás celebrarlo siempre y sin esperar a lo que te depare el destino, pero sin soplar las velas pues es como si soplaras sobre todo aquello que has vivido, enviando los recuerdos y vivencias a la penumbra mas absoluta.

Por eso he querido celebrar los veinte años del Croché, escribiendo sin velas, a la luz de mis recuerdos, de las anécdotas vividas o de las sensaciones que me produce cuando entro, leo, escribo, tertulio o hablo con mis amigos los camareros; cuando Manolo se me acerca y me pregunta por mi familia y especialmente por mis hijos a los que adora; cuando asisto a las Noches de Magia o desciendo a la Cripta para asistir a una Tertulia Escurialense y a la salida hablar un momento- pues se deja ver poco- con la encantadora y con alma de poeta, Mari Cruz; o me siento en su terraza de albero para escuchar la noche sanlorentina o simplemente ver pasar a la gente.

Por estos veinte años y por los muchos que vendrán:

¡Felicidades! Cafetín Croché.

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Capítulo I

Aquellos Viejos cafés

Decía Ramón Gómez de la Serna, refiriéndose a los cafés de Madrid que “sobre todo son como el triunfo de la Cámara popular en la vida”. Y gran razón tenía. En unos acampó el liberalismo imperante; en otros su republicanismo exacerbado, para ser otros románticos, poéticos, cantantes ……

 ómez Caballero en su libro, “Madrid Cervantino o el barrio mas espiritual de Europa”, define al café como “ el ágora, la discusión, la crítica, el panfleto, el orador sobre la mesa, la conspiración, el origen del periodismo y del Parlamento, del pronunciamiento y del motín”

Cesar González Ruano, considera estos lugares de vehemencia locuaz y de expulsión de sentimientos, ideas o pasiones como “el reducto del nervio español”.

Eran lugares de reunión y esparcimiento donde los ciudadanos de todos los pelajes recurren a su verborrea fácil y a veces demagógica, para, como cronistas oficiales, expresar sus puntos de vista, casi siempre acaloradamente, sobre los movimientos políticos y sociales, las artes, las letras o cualquier tema de interés que en esos momentos estuviera viendo la luz, o ver como nacían entre velas y bujías, humo de melancolía y espejos patinados por el tiempo. Se hablaba de crisis, de guerra y también de paz o de la derrota de unos y la victoria de otros.

Conjuras, intrigas y pactos secretos germinan en la oscuridad de los primeros cafés como bien dijo Mariano Tudela en “Aquellas Tertulias de Madrid” en un ambiente de exiliados políticos, en los que se discutía de republicanismo o de monarquía, de un estado liberal o controlado, de gobiernos que caen o de gobiernos que nacen a la corrupción y que los verán caer, como las hojas en otoño.

Estos cafés, el café, lo describe magistralmente Cesar González Ruano : “ el café es donde se ama, se sueña y donde se muere. Quizá porque amar y soñar es irse muriendo un poco. Todo parece estar sumido en una niebla de lírica decadencia, en una pura pena de no saber por qué”.

Otra descripción que merece un cum laude la he encontrado, en mi deambular literario buscando en la capacidad de los demás para definir o describir lo que queremos decir, en la novela de Arturo Pérez Reverte “El profesor de esgrima” cuya acción se desarrolla en 1.866, en ese Madrid de lances de honor, generalmente por mujeres: “Mas que un café, el Progreso era un antónimo. Media docena de veladores de mármol desportillados, sillas centenarias, un suelo de madera que crujía bajo los pies, polvorientas cortinas y media luz; Fausto, el viejo encargado, dormitaba junto a la puerta de la cocina, desde la que llegaba el agradable aroma del café hirviendo en el puchero. Un gato escuálido y legañoso se deslizaba con aire taimado bajo las mesas, al acecho de hipotéticos ratones. En invierno el local olía constantemente a humedad y grandes manchas amarilleaban el papel de la pared. En ese marco, los clientes conservaban casi siempre puestas las ropas de abrigo, lo que suponía un manifiesto reproche a la decrépita estufa de hierro que solía rojear débilmente en un rincón.

En verano era diferente. El Café del Progreso suponía un oasis de penumbra y frescor en la canícula madrileña, como si conservase dentro de sus muros y tras los pesados cortinones el frío soberano que en él se aposentaba durante los días invernales”.

Describe la tertulia que allí se desarrollaba, con unos nombres que parecen sacados de la realidad tertuliana de la época:  Agapito Cárceles, don Lucas Rioseco, Jaime Astarloa – el profesor de esgrima-, entre otros contertulios, Marcelino Romero, profesor de piano en un colegio de señoritas y Antonio Carreño, funcionario de Abastos”.

El café era plaza pública como el ágora de las ciudades griegas, donde las gentes se relacionaban y formaban sus asambleas o tertulias. A Ramón Gómez de la Serna, el café le atrae “como una plaza pública, reservada, con asientos cómodos y bajo techado. Sobre todo en invierno, los cafés son las únicas plazas públicas en que se puede uno sentar en un cómodo banco público, sin dejar de estar guarnecido”. A él le gustaba escribir en los cafés solitarios-  que por ser solitarios fueron muriendo- y nunca junto a otro escritor porque decía “que se veía en los espejos como haciéndome muecas a mí mismo”.

Los cafés eran universidades, parlamentos, academias. Valle Inclán afirmó que “El Café de Levante ha ejercido mas influencia en la literatura y en el arte contemporáneo que dos o tres universidades y academias”.

“El café es el Consejo de Estado de los hombres, que nadie va a consultar y que dirían la palabra definitiva sobre cada asunto”según la greguería deRAMON.

Primero, antes de los cafés, fueron los lugares de paso llamadas alojerías desaparecidas hacia 1.838 y donde se degustaba un refresco llamado aloja (bebida grata y refrescante de miel y especies con propiedades curativas que introdujeron los sarracenos), para dejar paso después a las tabernas donde muchos comerciantes cerraban sus tratos -lo que hoy se llaman negocios- siempre regados con algún buen vino de la tierra y algunas exquisiteces.

Suceden a las tabernas como sitios de reunión, las botillerías, establecimientos de bebidas y refrescos. La de Venecia en calle del Prado, la de Ceferino en la calle León o la del Angel, en la plazuela del mismo nombre, junto a la de Santa Ana, todas ellas en el triángulo o barrio de las Musas. De entre ellas destaca por la importancia de los personajes que allí tertuliaban y especialmente por la instauración, muchos años después, en 1.912, de la tertulia de Ramón Gómez de la Serna, la de Pombo, Antiguo caféy Botillería de Pombo, el primer café que hubo en Madrid-según algunos autores- y quizás en España, ya que fue abierto en los años finales del siglo XVIII, que estaba situado en la entrada de la calle Carretas y la de Canosa en la Carrera de San Jerónimo, precursoras de los cafés, en los que la reunión se convertía en tertulia y ésta a veces en arengas permanentes y vociferantes, y donde los encuentros poéticos tuvieron su vida y su espacio, rodeados de aterciopelados sofás, sillas de madera y asiento de rejilla, veladores de mármol o cristal y, como en alguno, mesas de billar de caoba maciza y bandas de palosanto y palorrosa. 

Distintos autores polemizan sobre si el primer café, como dice el sociólogo Lorenzo Díaz, que ha estudiado este fenómeno social y trascendente para la vida  política, artística y literaria-teatral de Madrid, fue la Fonda de San Sebastián, primera en servir café en 1.776, o si lo fue el Antiguo Café y Botillería dePombo. Es difícil decir si el café fue antes que la tertulia o realmente, el huevo y la gallina nacieron a la vez y quizás de aquí la polémica. El invento del café nace en el último tercio del siglo XVIII y se considera invento de la “ilustración” borbónica.

En los primeros años del siglo XIX, las botillerías se van transformando en cafés, “puntos de reunión y discusión de las grandes novedades que ocurrían en Francia y de las importantes consecuencias que de ella fueron alcanzando a nuestro país”. En el libro “Guía de Madrid” escrito por Angel Fernández de los Ríos en 1.854 se da cuenta de los primeros cafés de principios de siglo. “Estaban por entonces concurridos, el café de Santo Domingo, esquina a la calle Ancha; el de San Antonio, en la calle del Pez, esquina a la Corredera, especie de Panteón de hombres del antiguo régimen; el de San Luis, pasadizo a la calle del Carmen, en el quedominaban los guardias de Corps; el de la Alegría, calle de la Abada, cuya muestra estaba pintada por Goya (sic); el de Levante, que también tuvo cierto tiempo una muestra artística, obra de Alenza, y varios otros, muy pocos, de los cuales sólo sobreviven el de la Red de San Luis, frente a la fuente; el de Pombo, calle de Carretas y el del Carmen”. Por entonces, en 1.860, Madrid contaba con 14 buenos hoteles, 40 posadas y mesones, 66 cafés de postín, 890 tabernas, 75 farmacias, 20 librerías famosas, 12 casas de baños y un número considerable de sastrerías, zapaterías, cordelerías, ultramarinos, carnicerías, lecherías…

Si con Isabel II y la Restauración llega a su esplendor el café madrileño, con la República se llega a su decadencia para encontrarse las dos Españas en los cafés del paseo de Recoletos. Madrid era tertuliano. Vivía en y para las tertulias, ya fueran de café o de botica, de botillería o de salones propios o ajenos, de sacristía o al raso en la Puerta del Sol, pero al fin y al cabo tertulias hoy literarias, mañana políticas, de diplomáticos en el Parnasillo o de anarquistas en el café del Vapor, para hablar del arte de los toros o para recitar poesías recién llegadas de las musas del Parnaso. Si en el siglo XVIII los más ilustrados eran ya tertulianos, no en el sentido que luego tomarían las tertulias cafeteras, pero sí en reuniones en lugares privados, en salones particulares o asociaciones políticas, en el siglo XIX,  si no se era tertuliano de alguna de las muchas tertulias existentes, no se era nadie en este Madrid literato, de musas y de poetas. Madrid paleta de pintores y cincel de escultores;  Madrid de Cervantes, de Lope, de Quevedo de Calderón o de Tirso que aquí viven y escriben sus obras inmortales.

Los cafés de Madrid han sido el hábitat natural de bohemios y faranduleros; de hombres de letras, médicos o poetas, literatos y juerguistas, diplomáticos y sablistas, misántropos y espontáneos de la tertulia, de los que eran o querían ser, de zurupetos y ambiguos. Políticos recalcitrantes, revolucionarios y libertadores trasnochados. También de espías, de pintorescos aristócratas y algún que otro parásito. De magnates y mangantes; de pintores hechos y de pintores deshechos; de toreros, creadores y artistas. Fueron locales en los que las comodidades mejoraban las de sus casas o buhardillas y por lo tanto las horas eran más agradecidas. Eran el salón de estar de los que no lo tenían; el Paseo del Prado de los sin carruaje nicaballos. Aquellos cafés tenían, como dice Julián Marcos en el libro “El Café Gijón”, “cuerpo y espíritu, cuerpo y memoria, decorados y luces, millones de palabras recubriendo las paredes, las barras, los sillones, las mesas, las sillas”.

Los cafés eran la disculpa para todo. Eran la pañosa en los crudos días de invierno, el clavel reventón en las primaveras, cuando los cafés se echaban a la calle, eran oasis refrescante en las tórridas noches de verano y si en otoño no había disculpa, se achacaba su presencia en el café, con la disertación de algún tertuliano famoso, de un amigo recién llegado o por la necesidad de vender tu obra. Eran en definitiva, desayuno, aperitivo, merienda y cena, de casi todos, fortaleza de trasnochadores y medicina de los enfermos de la bohemia, sagrado recinto que, aunque no se dieran cuenta, transformaban su guerra particular al convencionalismo, con hacer convencional la visita diaria a un convencional café.

El café espacio, podía ser como el café bebida. Podía ser amargo cuando amargura tenía la carta que estás escribiendo; dulce como la conversación de la amada junto a ti o el beso amoroso de tu pareja; frío o caliente según la temperatura de tu propio ser o del ambiente tertuliano escogido, pero siempre era compañía ante una espera, era lectura o lugar donde se practicaba el maravilloso don de la escritura, lugar donde poner en orden los recuerdos, era tertulia o era, simplemente, el estar con los demás y compartir algo con ellos.

Realizar un recorrido por los cafés matritenses, era dar un paseo por la literatura, la poesía, conocer los avatares políticos o entrar en conjuras, e intrigas, lances de honor, o darse un paseo por el periodismo del tiempo o por el Arte de Cúchares.

Si nos situamos en 1.830 o mejor en el primer tercio del siglo XIX,  y nos acercamos por el Café del Príncipe, café destartalado y sombrío, cercano al teatro Príncipe – hoy Teatro Español – pronto llamado El Parnasillo, que toma el nombre de la tertulia allí instituida, y por los cercanos el Morenillo, el Solito o el de Venecia, veríamos a Espronceda, Larra, los Madrazo o Villamil, a Bretón de los Herreros o Zorrilla y a Campoamor.

Conocer a Benavente, era entrar en el Gato Negro de la calle del Príncipe y ver allí junto a él a Valle Inclán o a un joven onubense, Juan Ramón Jiménez, que ya despuntaba por los cafés. También en su transcurrir entre atmósferas humeantes y políticas, se les puede ver en el Café Nueva Montaña en la Puerta del Sol junto a la Carrera de San Jerónimo.

Si nos acercábamos al Levante, podríamos hablar, conocer u oir como se expresaban con sus pinceles: Picasso o Romero Torres; Gutierrez Solana o Darío Regoyos; Rousiñol o Zuloaga, o escuchar a Azorín, los hermanos Machado, Penagos, Sancha, Baroja y Rubén Darío.

Para ver o escuchar la tertulia literaria de Ramón Gómez de la Serna, o sólo RAMON con mayúsculas, que lo demás le sobraba, había que visitar el Antiguo Café y Botillería de Pombo, allá en 1.912, en la calle Carretas, muy cerca del kilómetro cero que es el punto de medida de todas las Españas. También aseguran que por allí pasaron Prim, Sagasta o Pepe Botella, el Rey hermano de Napoleón Bonaparte o también José María Cossío, Manuel Azaña o Camón Aznar; a Gutiérrez Solana o a Gustavo Maeztu y a Bergamín, podríamos hablar con Valle Inclán. Para charlar con Ortega padre del filósofo, tendríamos que desplazarnos a la Granja del Henar, junto al Círculo de Bellas Artes y allí alguna noche, podríamos hablar con Valle Inclán. A algún jovel periodista prometedor como Cesar González Ruano habría que encontrarlo por estos primeros años del novecientos en la Glorieta del Bilbao, en el café Europeo. Por allí también pasaron Carlos Fernández Cuenca y si se encontraba en Madrid, Antonio Machado que se citaba con su hermano Manuel en este café.

Los cafés existieron por todo el perímetro matritense pero en algunas zonas se apiñaban, como el Puerta del Sol y sus aledaños. Quise ir a buscarlos pero se fueron de esta vida para dejar paso a la modernidad que ellos ya no eran. No fueron complacientes con ellos y los dejaron morir sin guardarlos en almonedas para que otros, quizás, un día los compraran para ponerlos en la vitrina de la Historia.

 En esa Puerta del Sol y entre aguadores, afiladores, manolas, rabaneras, horchateros -todos de Valencia como los afiladores de Orense o los serenos de Asturias-, entre vendedores de cangrejos, cántaros, canastillas y barreños; entre gritos de silleros, alpisteros o sarteneros, nacen los primeros Cafés.

 Puerta del Sol, con Castillo o sin él, con puerta o portillo, o con “ná de ná” dicho de forma castiza, mirando al oriente, o con el sol grabado en el nonato frontispicio del que algunos autores hablan que existió coronando el castillo. Puerta del Sol, antes de tierra polvorienta, empedrada después y rajada mas tarde por los raíles de tranvías de caballos o eléctricos, para dejar paso ahora a una colcha de betún negro que tapa las sábanas de piedra de antaño. Puerta del Sol de buñoleros, aguadores de cebá, vendedores vociferantes, rameras, puretas, mendigos, desafiantes bohemios…

Puerta sin puerta, abierta a los de aquí y a los foráneos veranistas, iluminada por lamparillas petrolíferas, que parecían lunas mohínas en cuarto menguante, para ser después alfonsinas gaseosas, pirulís de fluor y ahora, también alfonsinas de iluminación de Endesa, Iberdrola o Hidroeléctrica, que no lo sé. Donde se podía comer por cuatro reales en sus numerosas tabernas.

En esta Puerta del Sol nacen los tranvías de caballos y mecánicos, el telégrafo, el teléfono la iluminación o el metropolitano y también los cafés mas famosos que el tiempo, utilizando su goma de borrar, ha hecho desaparecer del papel histórico que representaron, y no dejar ni la muestra. Dice Tomás Borrás “que en 1.939había desaparecido 75 cafés históricos” Quizás el mas antiguo y prestigioso para algunos autores, el Lorencini en la esquina de la calle Espoz y Mina que inmortalizó Galdós en su “Fontana de Oro” y cuyo interior, no de grandes dimensiones, estaba decorado por Ribelles. La Fontana de Oro, el Café Imperial, llamado tiempo después el Café de la Montaña y que fué inaugurado en 1.864 y llamado “el de las 16 puertas” que era el número de huecos que tenía a la calle, el Café deLevante frente a la Iglesia del Buen Suceso y que fue trasladado años mas tarde, al número 5 de la Puerta del Sol, el Café Lisboa, el Universal, el Café Oriental o el Colonial, Puerto Rico o la cervecería Candelas primer establecimiento servido por señoritas y por lo tanto de ambiente picaresco. En muchos casos, en estos cafés, las tardes eran amenizadas por música de profesores, orquesta generalmente de dos: un pianista y un violinista algo caducos pero al fin y al cabo músicos excelentes.

 

 

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