Ayer fue una noche pasada por rayos y centellas, noche en la que caían cubos de agua desde los oscuros y tenebrosos rincones del cielo sin que nos hubieran pedido permiso para armar tanto ruido. Me desperté con el primer bombazo, bombazo que me recordó al que a la misma hora, las 6 de la mañana, anuncia el inicio del Rosario de la Aurora de nuestra Romería tal y como ocurrirá este año el próximo 14 de septiembre. Me asomé a la terraza y todo lo que podía ver, Abantos , las Machotas, Valmayor…,era como si la noche de los Fuegos artificiales en las Fiestas sanlorentinas se había adelantado unos días y los rayos de colores lanzados desde tierra iluminaran el cielo con los más variados reflejos y colores. Parece como si el verano recién entrado se hubiera marchado de vacaciones dejándonos agua, rayos, pedrisco e inundaciones. Aunque no es carnaval, el verano se había disfrazado de invierno acompañado de un descenso de las temperaturas y un olor distinto al que estamos acostumbrados en estos días, cambiando en 24 horas los aromas respirados en nuestros dos pueblos. Las Machotas se llenaban de luz y la visión del Monasterio iluminado por los rayos era digna de admirar y disfrutar desde mi terraza.
Ya levantado pensé el por qué me extrañaba esta tormenta si yo he pasado media vida en El Escorial donde la tormenta veraniega era lo más normal de los veraneos escurialenses. Recuerdo aquellas tormentas llenas de rayos que caían en los pararrayos del Monasterio y en las que el agua discurría como pequeños ríos por la falda de Abantos, Floridablanca y la Cuesta de la Estación. Aquellas tormentas donde lo primero que ocurría era dejar sin luz a los dos pueblos y no poder hacer nada hasta que pudieran solucionar la avería. Y recordé la que viví con 16 o 17 años, allá por 1.960-61, en uno de los primeros guateques veraniegos en casa, creo, de Mariví Antolín (q.e.p.d) gran y querida amiga. Eran las 8 de la tarde y bailábamos en la terraza de su casa en la calle del Rey, frente al bar Cobeñas. Los truenos anunciaban tormenta y enseguida comenzaron a caer unas gotas de agua gordas como castañas que nos hizo refugiar dentro de la casa. Los rayos caían en el Monasterio como un iluminado aquelarre. Como la cosa se ponía fea y ante la falta de teléfono en la casa y falta de móviles entre nosotros como en la actualidad, tuvimos que pedir permiso al piso de más abajo para llamar a nuestros padres. La tormenta iba creciendo y era imposible salir y llegar en condiciones a mi casa en El Plantel. Sobre las 10,30 de la noche se pudo salir y aun lloviendo llegué calado y cansado de correr a mi casa en la calle Coronel de Diego. Gracias a la llamada no me regañaron mis padres por llegar tarde. Todavía oía caer agua desde la cama hasta que los nervios y el cansancio o quizás también algo de miedo, hizo que me quedara dormido.
A la mañana siguiente todo era un desastre. Parecía que había pasado un tornado. Los cielos habían llorado con fuerza y los resultados se podían ver en las calles, domicilios y jardines. Los melones y la cerámica de los puestos callejeros que todos los veranos se instalaban en Floridablanca frente al Santuario, se podían encontrar en la vía del tren al bajar, transportados por el agua, como pequeños barcos a la deriva. Según pude comprobar, unos días más tarde, la marca que el agua dejó en las paredes de la Casa de la Reina, en su entrada por el callejón de Infantes junto a Mariquita Pérez, alcanzaba una altura de metro y medio.
Como otras que he vivido, esta si que eran tormentas en El Escorial.














