Hoy no toca hablar del Escorial. La mañana amanecía fresca y con olor a santidad. El Cielo abría sus blancas puertas para recibir a dos nuevos santos. Pero cuatro Papas serían los protagonistas de una mañana que anunciaba lluvia en Roma y que Dios ha permitido que la meteorología mejorara hasta no caer una gota que estropeara la canonización preparada en la Plaza de San Pedro. Un Papa retirado, emérito y teólogo; otro aperturista, gestual y que habla castellano. Con ellos dos Papas que iban a ser proclamados santos. Dos personalidades distintas que reformaron y revolucionaron la Iglesia para adaptarla a los tiempos que a cada uno le tocó vivir. Está claro que el Espíritu Santo ayuda a elegir el Papa que corresponde a la Iglesia del momento. Juan XXIII fue el primero en salir del Vaticano y Juan Pablo II que casi no llegó a entrar ya que vivía en el mundo. Cien viajes le llevó a 130 países de los 189 que forman el planeta. Nada menos que 30 vueltas al mundo. ¿Cuántas personas le habrán visto y escuchado en esos viajes? Juan XXIII elegido en uno de los Cónclaves más largo de la Historia, revolucionó la Iglesia al convocar, siendo octogenario, el Concilio Vaticano II que dio alas nuevas a una Iglesia algo anquilosada. Cambió muchas cosas y puso en el centro de la Iglesia a los pobres, enfermos, presos y todos los que necesitan de los demás. Juan Pablo II conocido, escuchado y venerado por millones de personas en el mundo, hoy vivos, se acercó a los jóvenes y a la familia. Político de Dios, que consiguió lo que otros muchos políticos no pudieron. No ha necesitado un segundo milagro reconocido para que sea hoy canonizado. Ya lo había hecho la voluntad popular. No necesitaba milagros.
Uno el Ángello Rocalli el «Papa bueno» y el otro Karol Wojtyla el «Atleta de Dios» dos Papas que daban la bienvenida a miles de peregrinos desde dos grandes tapices en la Plaza de San Pedro. Mientras el Papa Francisco iniciaba su santificación yo veía miles de imágenes de los dos nuevos santos que me han impactado. En definitiva unas horas extraordinarias para la gente de buena voluntad. Como dijo Juan Pablo II: «No tengáis miedo. Abrid de par en par las puertas a Cristo»

