Muchos cuadros tienen una historia sugestiva. Cuadros admirados de un pintor que se demuestra, al cabo del tiempo, ser de otro o de algún discípulo del taller; cuadros que son una copia y que se admiran como auténticos; cuadros robados que vuelven a aparecer al cabo de muchos años; cuadros destrozados por la mente y el punzón de un tarado; cuadros que una vez analizados por rayos contienen otro debajo y cuadros pintados para comer o cuadros pintados para engañar. La historia es interminable y la que hoy presento es al menos curiosa. Hace ya algún tiempo, en la Iglesia de los Sagrados Corazones del Escorial y apoyado en la pared, esperando su colocación en el lugar definitivo, me encontré con un inmenso cuadro de unos 7 metros de largo por 5 de alto que esperaba tranquilo y callado la llegada de los operarios para ser colgado encima de la puerta principal de la Iglesia. Mucha gente lo vimos pues estuvo varios domingos apoyado en situación de espera. Según comunicó uno de los sacerdotes durante la Misa dominical, había sido regalado creo, por dos pintoras de Sevilla. El tema del cuadro era, si no recuerdo mal, el milagro de los peces cuando los apóstoles pescaban para dar de comer a sus seguidores. Lo que si recuerdo es que estaba pintado al óleo, sobre un inmenso lienzo y con una profusión de tonos verdes oscuros que llamaban la atención. Si los colores no eran los más atrayentes y atractivos, las figuras humanas se perdían y estaban bastante mal definidas sin tener el cuadro un estilo concreto. La verdad es que no era una maravilla y creo que sólo pasaría a la posteridad por su inmenso tamaño.
Algunos domingos después, el cuadro fue colgado en su sitio definitivo y asegurado, dado su gran tamaño, con unas inmensas alcayatas que lo fijaban a la pared. La gente lo miraba sin atreverse a decir palabra al menos dentro de la Iglesia. Y allí se mantuvo dos o tres domingos hasta que sin bajarlo de su posición “desapareció”. Nadie entendía como había sido tapado con una tela de color beig sin que ya nadie pudiera “admirarlo”. Había explicaciones de todo tipo hasta que la solución a este jeroglífico la explicó el sacerdote en la Misa de doce y media. La Orden había decidido taparlo y agradecer a las autoras el regalo y el gran trabajo realizado. No podía quedar en el sitio que había sido designado, dada la baja calidad del cuadro que no aportaba nada a la Iglesia sino más bien al contrario. Y allí sigue como se ve en la fotografía, tapado y sin haber sido descendido ni entregado a las artistas que lo habían regalado.

