Cafetín Croché X

Barra del Croché

Cafetín Croché X

 

A las cuatro de la tarde y hasta las siete o las ocho, el Croché cambia su decorado. Comienzan a entrar los cafetalistas a pedir su café. Se vuelve un poco negro como el cielo amenazando tormenta, negro del café y de olor intenso a puchero- hoy cafetera- olor que se palpa y se puede rasgar con la cucharilla. Algunos cafés que se sirven en las mesas, llevan en su taza un manto blanco como si los fueran a cristianar en la pila bautismal. Es la hora en la que el Croché es alfil, reina, o caballo; es la hora que es damero o fichas de colores, cubilete y tacos de jamón de marfil con la numeración escrita en el lomo. Es tertulia bullanguera y amigable de temas prosaicos  y casi siempre muy terrenales.

Cuando se acercan las diez de la noche, cirios y velones se encienden para competir con las estrellas del cielo de la noche escurialense. A esa hora se enciende el cielo del Croché para acompañar a los luceros y alguien a mi lado comenta lo bonito que es hacer el amor a la luz de las velas. A esa hora, la barra del Croché parece un altar mundano con sus velas encendidas, mientras dentro, un monaguillo de cartón, pasa el cepillo a las parejas que rezan juntas su rosario de amor y por las radios mudas, un gregoriano moderno ameniza la celebración.

Y en este ambiente relajante, los fines de semana, las mesas del Cafetín se llenan de familias completas que tapean juntos y en buena armonía porque, ya se sabe, que la familia que tapea unida permanece unida. Es la hora de muchos que vienen a pasar sus horas de asueto semanal a San Lorenzo y que tienen como habitual tomar la penúltima copa en el Croché, quizás para comentar los partidos de fútbol con Luis o con Julio, que son del Real Madrid o con Iván que es del Atlético, o esperar mesa en El Charolés. Es la hora del que va o viene de ver buen teatro o de algún concierto en el Coliseo Carlos III; del alemán afincado en San Lorenzo o de la alemana que decidió quedarse a vivir aquí con su hijo y que ha hecho de este pueblo, su casa. Es la hora en la que el Cafetín se llena de gente guapa de aquí o de allá y que se cita en este café para iniciar la noche, para quedar en jugar al tenis o simplemente para disfrutar de un rato de tertulia; de grupos de mujeres que tertulian en grupo y hablan de teatro.

La barra en un café de los de antes no tenía sentido. La tertulia era sentada y alrededor de las mesas para calentar, así, el frío mármol de los veladores con las arengas políticas, recitales o lecturas de los poetas bohemios que lo transformaban en cálido, caliente y amoroso como una buena pañosa de invierno. Pero la barra se impuso, a pesar que desde las mesas, en amigable tertulia, las cosas se ven de otra manera, sin prisas que apremien. Y en la barra se fueron haciendo tertulias, menos cafeteras y mas alcohólicas ante la atenta mirada del barman, jefe de barra, fabricante de ilusiones alcohólicas de nombres ingleses. La barra es confesionario de los solitarios, individualistas o misántropos pero también es y ha sido lugar de tertulia, tertulia en posición de cuerpo presente, pero al fin y al cabo tertulias.

La barra hoy día, se constituye en atalaya, mirador o balconada a la que asomas tu curiosidad y desde donde vigilas a los demás creyendo que no te ven y que por mucho que disimules al final siempre te dirán al salir:

-Adiós Fulano, ¡que ya no saludas a nadie

En la barra, pasas revista disimulada a los divanes aterciopelados en los que se habla de amores olvidados, primerizos o todavía acalorados, en los que se fabrican los sueños mas peregrinos o se proyecta un viaje; en los que las parejas hablan para no callarse y parecer dos desconocidos sentados en un autobús con la mirada perdida en sus propios pensamientos sin importarles lo que pasa a su alrededor. Y así también es la barra del Croché.

A partir de las doce de la noche se produce una animación, siempre inesperada, que viene de aquí o de allá y recala a pasear en Croché o a dejarse ver que también es fórmula para que hablen de ti. A esta hora no hay brujas pero si aparece el buscón que busca algún bocado que llevarse a la boca después de haber mal cenado; el inspector de ambiente que no gasta nada mas que en miradas, algunas libidinosas y otras de curiosidad, pero que siempre inspecciona y no toma nada a no ser que alguien le invite. Alguna pareja que espera que pase la hora de las brujas para empezar a vivir de forma intensa la noche. Esos cuatro- dos parejas- que han ido porque  allí se juega y no saben que en este casinillo sólo se juega a la oca, parchís o a la tres en raya. Esa pareja que sólo quiere el silloncito de dentro para poder besarse y que sólo les vean los que hacen lo mismo, es decir nadie. Algunas tertulias que se han prolongado un poco porque mañana no tienen que ir temprano al Ayuntamiento o al Patrimonio a acompañar a turistas por las entrañas de Palacio.

Y a todas horas, Manolo Miguez, figura estilizada de Botero, hace su particular paseillo, que lo realiza como nadie, saliendo y entrando al callejón con su mejor estilo torero, ya que para esto de la hostelería y la restauración hay que ser muy torero y saber parar, mandar, picar, banderillear y dar la estocada en el momento adecuado y en el sitio justo. Manolo ha pasado por todo el escalafón del toreo gastronómico o de la hostelería en general. Fue maletilla en el coso de San Pancracio, plaza muy popular en Madrid, novillero en El Horizontal, cuando Tomasín, el de las patatas fritas, se hizo con esta plaza; y peón de brega en Los Robles, plaza hoy desaparecida en la capital de España. Fue maestro compartiendo cartel en el Charolés y después se quedó como único espada, para unos años mas tarde y en la actualidad toreando un mano a mano con Mari Cruz, su encantadora mujer, también torera, con arte literario y poesía en sus lances, en el Croché. Aquí tomó, Manolo, la alternativa hace veinte años y sigue estando en el primer puesto del escalafón. Sigue desplegando su capa para dar una revolera o una media verónica, que borda, en el momento adecuado. Saber torear  de muleta y su sitio siempre está en la cara del toro. Sabe bajar la mano y de vez en cuando pone un par de banderillas “que quita el sentío” con maestría, tacto y buen hacer. Ha toreado toros azabaches, colorados, berrendos, jaboneros o mulatos; botineros, calceteros o meanos, que de todo hay en estas plazas. Ha toreado por gaoneras, por chicuelinas y verónicas; al natural y con la derecha. A veces se recrea haciendo un estatuario o dando un trincherazo para poner después al toro en suerte. No suele hacer faenas de aliño, sino para cortar las dos orejas y el rabo que lo prepara magníficamente en su “ casa de comidas”. Y todo ello acompañado por su magnífica cuadrilla: Julio, el Abuelo, su peón de confianza y mozo de espadas que lleva veinte años con él; Juan Carlos; Luis; Iván y Manolo.

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