Cafetín Croché XVIII

Capítulo X

EPIGRAMAS

En la calle San Lorenzo/ callejón salvo buen fín/ un Café no llegó a serlo/ y se quedó en Cafetín.

En verano tres terrazas/ copan el callejón/ gentes llenando sus panzas/ y no ver televisión.

Tienen nombres las tres/  del Quijote y del francés/  Barataria , El Croché/ y su hermano El Charolés.

El “Restorant” Charolés/ sólo tiene un hermanín/ unos le llaman Croché/ y otros el Cafetín.

Croché le llamaba el necio/ y no Cafetín Croché/ que le parece desprecio/llamar al Cafetín, Café.

La Academia que está ida,/ Cafetín define siempre/ como de categoría poca,/ donde se sirven bebidas/ y a veces hasta una coca.

¡Están errados señores!/   que a la Academia merecen/ pues creo que no conocen/  ni al Cafetín, ni al Café,  y mucho menos al Croché.

Camareros con tirantes/ como si llevaran chaqué,/ y son como los de antes/ en el Cafetín Croché.

Julio grita ¡dame un uno!/  Iván canta ¡y yo un bombón!/ Carlos ¡de la abuela uno!/  y Luisito ¡una ración!

Iván se hace peremne/ del Atleti de Rivilla/ Carlos y Julio merengues/ y Manolo del Rodilla.

Reloj de madera parado/ desde hace años ¡rediez!/ y junto al licor anclado/ en punto a las diez y diez.

En Croché no pasa el tiempo/  y eso es muy bueno ¡pardiez!/y les juro que no miento:/ siempre son las diez

Esto lo vi con mis ojos/ en la puerta del Croché/  era un 20 de noviembre/  unos gritaban a Franco/  y otros a Pinoché.

Llegó un guindilla famoso/  y le dijo al Pinoché/ con su cara de pasmoso/ ¡toma una copa en Croché!

Y todo quedó feliz/   pues al Valle no llegaron/ y con una copa hablaron/  y jugaron al “parchiz”.

Tomando una copa en Croché/ a las doce de la noche yo pensé/   y viendo y viendo a la gente/   exclamé con pesadumbre: /  ¡ a estas horas de la noche/     hay mas culos en la cama/ que pucheros en la lumbre!.

 

Cafetín Croché XVII

Cafetín Croché XVII

tertulia 3

Foto :La «Cripta» del Cafetín

El Croché también tiene esas inquietudes con la sana intención de fomentar la creación y la difusión poética y literaria y este año convocará el XVII Premio de Poesía y el XII Premio de Cuentos Cafetín Croché y cuyos últimos primeros premios publicamos al final de estas páginas.

Todos los viernes del año, haga frío o calor, Croché celebra, en su bóveda granítica, la Noche de Brujas, aquelarre mágico y tertulia de ilusión en el que participan los magos y el público. La magia te transforma cambiando lo que de natural tienen las cosas, en pura contradicción con las leyes naturales y gracias a las hábiles manos o aparatos trucados del artista, consiguen ilusionar por engaño de los sentidos, a un público que se deja engañar, ya que está falto de ilusión en este mundo desilusionado, y por unas horas disfruta y se transforma.

Existen toreros de salón para los que no existe enfrentamiento con el toro y puedes hasta equivocarte en el lance, que no recibirás una cornada, como la que puede recibir el que se juega la vida en la plaza. Y existen estos magos de salón que se la juegan todos los viernes ante el toro del público, sobre una mesa, con las mangas remangadas para evitar suspicacias. Polvos mágicos, traviesos e inexistentes, pero necesarios para enmascarar la realidad y que pasan de mano en mano -como la falsa moneda- para realizar el encantamiento. Cochecitos que andan solos en las mesas, objetos que desaparecen, inverosímiles juegos de cartas, siempre muy cerca de un público generalmente mayor, que ya dejó de ser niño hace tiempo, pero que disfruta las dos horas largas de espectáculo en esa fábrica de magia y sueños infantiles que es la Cripta del Croché, ilusión de salón abovedado de la noche de los viernes. Aplausos sinceros, pero incrédulos, que cierran la noche a las dos de la mañana.

magia tamariz   Juan Tamariz en Croché

Creo que fue Juan Tamariz el que creó estas Noches de Brujas y por aquí han pasado toda una escuela de ilusionistas que van renovándose y mejorando día a día: Carabias; Donald; Armando de Miguel; Miguel Angel Gea; Alejandro Furnadjiev; Darman y Raúl Jiménez son algunos de los que hemos visto últimamente.

Epílogo

Ha sido un ejercicio maravilloso y una experiencia que jamás podré olvidar, este recorrido por los cafés matritenses de antes, y de aquellos que lo fueron pero que hoy todavía, aunque algo cansados, perduran y mantienen su presencia en el Madrid cafeteril, aunque ya casi todos mudos de tertulias.

Ha sido un paseo lleno de gratas sensaciones que me ha enseñado a valorar lo que hemos tenido y lo que de aquello hoy nos queda, para pedir que se protejan de la especulación y de la vil piqueta. He conocido tiendas de vinos que todavía hoy se mantienen como hace cien años; botillerías –magnífico nombre para definir un espacio donde beber y tomar café- que sólo quedan en el recuerdo; casas de comidas que siguen igual que hace un siglo y a las que mucha gente sigue siendo fiel; tabernas maravillosas de portadas e interiores de azulejos pintados –que son para proteger y guardar en un museo- y cómo no, los cafés de antes y los que nacen para rememorar lo que un día fueron sus ancestros.

Me he empapado en su atmósfera y he llegado casi a palpar y participar, aunque sólo mentalmente, en aquellas tertulias. Casi sin querer me he ido metiendo en ellas y he saludado y hablado con los personajes literarios, bohemios, poetas y pintores que a ellas asistían.

Al final he comprendido mas al café y todo por mi amor al Cafetín Croché que he intentado recomponer pieza a pieza como si de un puzzle imaginario se tratara.

 (A pesar del Epílogo continuará)

 

 

 

 

 

Cafetín Croché XVI

Cafetín Croché XV I

Las tertulias del XIX eran nómadas, itinerantes por las cañadas adoquinadas de las calles madrileñas, saltando de unas a otras como el ganado trashumante, buscando otros climas en los que mantenerse por algún tiempo. En su trashumancia, los cafetalistas iban de tertulia en tertulia, de la Puerta del Sol a la calle Carretas, Alcalá o Arenal, centros neurálgicos de los cafés tertulianos.

San Lorenzo ha tenido tertulias importantes que residían fundamentalmente en el Hotel Miranda Suizo, después de comer, con o sin partida de mus o dominó; o en el Hotel Victoria a la hora del aperitivo con Luis Apostua, desde donde enviaba su crónica al ABC vía fax, Juan Manuel Sáinz de los Terreros, el doctor Rives, Diego Jalón su verdadero impulsor, Enrique Amor Gil, el gran periodista Manuel Piedrahita, Gonzalo Durruty Román, José Torrontegui, algunas veces José López Rubio, Gabriel Ullastres….

Si aquellas tertulias de Pombo se celebraban los sábados por la noche, aquí en Croché se celebran las Tertulias Escurialenses los viernes, pero sólo los primeros viernes de cada mes, hacia las ocho de la tarde. También aquí, se reúnen en un sótano abovedado  que, aunque le falta el cuadro de Solana, tiene el mismo ambiente que pudieran tener aquellas, ancestrales, ya, tertulias del Antiguo Café y Botillería de Pombo.

Llevan ya ocho o nueve años celebrándose estas tertulias, creadas, creo, que por Manuel Andujar, en las que no sólo se habla de temas del Escorial, sino de todo lo que a una culta y entusiasta clientela le haga gozar los sentidos. Mas de 140 personalidades, todas ellas relacionadas de alguna forma con San Lorenzo del Escorial y que cito en un Anexo, han disertado, leído, recitado o contado sus experiencias viajeras, pictóricas, cinematográficas o periodísticas. Filósofos y pensadores como José Luis Aranguren y Fernando Savater; cineastas como Angelino Fons o José Luis Borau; pintores como Antonio Cobos, pintor de la Virgen de Gracia y recientemente fallecido, Guillermo Delgado duro con sus pinceles o Ricardo Ojinaga  impresionista en sus colores; periodistas que nos deleitaban con sus crónicas veraniegas de la Sierra como Isabel Montejano, o mi querido y hoy ya desaparecido, Luis Apostua, tertuliano insigne, a la hora del aperitivo, del Hotel Victoria; el arquitecto y catedrático, Julio Vidaurre; políticos como el embajador Guido Brunner, Leopoldo Calvo Sotelo o su cuñado Fernando Morán; escritoras y escritores, poetas, juristas insignes y cronistas madrileños y escurialenses como Federico Carlos Sainz de Robles o Gaby Sabau.

 

Tertulia literaria

Tertulia literaria en un antiguo café

Muchos de los cafés del XIX y XX no sólo eran tertulianos. Eran más que eso. Eran inquietos en querer trasmitir cuanto en ellos ocurría y no solo se crearon premios de poesía o literarios, para que muchos jóvenes valores dieran a conocer sus versos o sus primeras obras literarias y teatrales, sino que también se editaron revistas, algunas de un solo número, otras con mayor o menor vida pero, al fin y al cabo, necesarias en los momentos que vieron la luz. En Versos a medianoche, veladas artísticas del café Varela, daban a conocer sus versos los que no podían hacerlo de otra forma, como Manuel Alcántara, Federico Muelas y otros muchos jóvenes poetas. Después en la “Bombonera” dulce sobrenombre para el Teatro Lara y en representaciones mañaneras, José María Pemán, José Hierro o José García Nieto hacían las delicias de los que les iban a escuchar en esas mañanas madrileñas.

Buenos días septiembre

Buenos días Septiembre

Virgen-de-Gracia-del-Escorial

 

Escribo esta líneas cuando agosto, ya casi en la tercera edad, empieza a decaer. Quería ser el primero en dar los buenos días a septiembre.

Buenos días septiembre, el mes donde se huele a uva recién vendimiada. Es el mes en el que San Miguel no pasará de largo sin dejarnos el veranillo reluciente y caluroso y donde los higos sabrán a miel. Primero la nuez y la castaña después. Es el mes en el que muchos vecinos apalean los castaños  para desnudarlos de su preciado fruto y el mes, si el sol no se esconde, en el que madurará el membrillo. El mes que abrirá las puertas al otoño y es el mes de Arturo, Raquel, Consuelo, Diego, Emiliano, Dulce o Jenaro, Mercedes y Tecla. Todos ellos aparecen con Miguel en el santoral del mes. Pero para mí es el mes de Nuestra Señora de la Herrería y el de Nuestra Señora la Virgen de Gracia. Dos advocaciones para una misma Madre.

Buenos días septiembre. Ya huele a los dorados atardeceres que en nuestros pueblos escurialenses se gozan con mayor intensidad. Ya huele a fresno, castaño, jara, tomillo y romero de nuestros prados, campiñas y bosques. Huele a Rosario de la Aurora, a esa hora en la que las calles silenciosas esperan el despertar del día y en la que los colores de la paleta del cielo comienzan a cubrir el horizonte. Es la hora en la que algún cohete rompe el silencio como queriendo despertar a los dormidos gorriones para ser testigos de lo que va a ocurrir. Es la hora del sonido gris de las campanas que anuncian que hay que acompañar a la Virgen mientras se reza el Ave María, una y mil veces repetida. Se acompaña y se reza a la Virgen hasta su Ermita.

A las diez se forma el cortejo. Antes hay que engalanarse y vestirse de serrano. Ellas lo tienen más difícil. Zapatos negros; medias y enaguas blancas; falda serrana, delantal con adornos; blusa y mantón bordado; flores y lazos en el pelo y abalorios y alfiler para cerrar el mantón. Ellos sin tantos complementos pero con la indispensable boina negra. Un poeta dijo:

Ponte el traje de serrana/ para lucirlo ese día/ que quiero que en mi carreta/ vayas a la Romería.

Carretas serranas que lo fueron de bueyes, inician su “peregrinación”, que eso debería ser la Romería, que se hace acompañando devotamente a la Virgen a su Ermita o Santuario el día de su festividad.

Al llegar a los prados se desborda la alegría. Se huele a comida campera; se escucha la dulzaina y el tambor; se baila el Rondón y las gargantas secas del polvo del camino necesitan lubricarse con un vino peleón.

Dijo una vez una niña:

¡Madre por qué no me dejas que vaya  a la Romería!

Ya sé bailar el Rondón

Pues lo he ensayado a hurtadillas

Y bailarlo ante la Virgen

De verdad me gustaría

¡Madre por qué no me dejas que vaya a la Romería!

Romería 2

 

La vuelta, lenta, cansada pero sin dejar los cánticos y los bailes serranos. Unos vuelven rezando otros bailando y cantando acompañando a la Virgen a su morada de invierno. Les espera la Salve para cerrar la jornada y que nos hará recordar a los romeros que no están y que conseguirá que alguna lágrima salga y recorra la mejilla al oir  “Viva la Virgen de la Herrería” “Viva la Virgen de Gracia”

Buenos días septiembre.

(Notas del Pregón de 1965 por Luis Martínez Fort)

 

 

Cafetín Croché XVI

Tertulia de Pombo

Capítulo VI

Las Tertulias, los Premios y la Magia

El Croché, como todo café que se precie, tiene su zona abovedada en el sótano, cueva granítica, a la que se accede por una  escalera decorada al estilo de todo el Cafetín. Muchos cafés, especialmente los ubicados en el centro de Madrid, tuvieron su sótano, cripta o zona abovedada que era utilizada como refugio de esa guerra diaria que tenían que librar los poetas bohemios, los jóvenes creadores que querían abrirse camino o los literatos consagrados que también tenían que luchar a diario para poder mantenerse. Sótanos a veces destartalados y llenos de humo que era el compañero fiel en las tertulias que allí se realizaban.

Cualquier referencia literaria a los cafés y a las tertulias de Madrid tiene que recalar en la que Ramón Gómez de la Serna instituyera como gran maestro de ceremonias, en lo que se llamó la Sagrada Cripta del Antiguo Café y Botillería de Pombo en 1.912, uno de los primeros centros de reunión cafeteril de Madrid que fue abierto a finales del siglo XVIII en la calle Carretas y que lo eligió RAMON por estar a tiro de piedra de su Puerta del Sol, puerta de todos, pero mucho mas de él que la supo describir magníficamente en sus libros. ¡Cuántos paseos, por esta plaza, daría RAMON en su vida madrileña para saber tanto de la Puerta del Sol!. “Policlínica de los sábados” la llamaba, porque era sólo la noche de los sábados cuando allí se celebraban las señeras tertulias. Eran poéticas o literarias pero nunca políticas, que dejaba para otros cafés los juegos dialécticos revolucionarios, como en el del Sol, o las tertulias conspiradoras de políticos exaltados como las de la Fontana de Oro.

En esta tertulia, al celebrarse los sábados por la noche, sin prisas para entrar en el sobre y sabiendo que las mujeres- de los que las tuvieran- esperarían pacientemente dormidas a que las primeras horas del alba, con los primeros rayos del sol llamando al cristal de las ventanas, llegara el pombiano de turno, marido infiel de los sábados que había cambiado a su mujer por otra llamada poesía, generalmente mas joven que ella. Ya se sabe que los cafeteros de pro y especialmente los de la Botillería del Pombo, no solían conocer las mañanas, pues estaban reñidos con la luz y el sol mañanero, y se acostaban tarde o muy temprano, según se mire, para empezar a vivir por la tarde, antesala de la noche que alargaban hasta el amanecer, después de dar un paseo por la Puerta del Sol.

Agustín de Foxá describe así una noche en la tertulia de Pombo en su novela “Madrid de corte a checa”“La botillería de Pombo estaba adornada como en el siglo XVIII. Unos grandes espejos polvorientos, unos bronces recargados y las mesas pintadas de verde. Café, puro, chocolates y bolados de canónigos para después de la estocada de Costillares o la merienda del bautizo en San Andrés. Allí podía representarse “Elcafé”, de Moratín, o discutir las disparatadas escenas de “El gran cerco de Viena”.

Encima de la mesa de la tertulia del “Ramonismo” figuraba un cuadro agrio de Solana, chorreando en verdes eléctricos, con carnes oscuras de desenterrados, luces de vinagre o madrugada, alcohol y tisis.”

Las tertulias eran algo muy serio y tenían sus reglas, no escritas pero sí respetadas, a las que asistía siempre un personal fijo que eran quienes marcaban el ritmo de la reunión. Luego se iban añadiendo los aspirantes a tertulianos que deberían pasar por el tamiz de su aceptación y selección. No existía la mujer tertuliana, ya que aquellas tertulias eran misóginas y se prohibía entrar a las mujeres aunque, como es natural siempre se hablaba de ellas. Eran abiertas, no cerradas ni siquiera a los pelmas, ni a los espontáneos ni a los intrusos. Mas tarde dejarán la misoginia aparcada y permitirían la entrada a la mujeres y hasta su participación en las tertulias.

 (continuará)

 

Cafetín Croché XV

Cafetín Croché XV

En aquellos y ancestros lugares de tertulia, la bebida por excelencia era el café pero también se podía beber, según el tiempo que hiciera antes de entrar en ellos: ponche, agua de cebada o de canela, limonada, naranjada y sorbetes, horchata o chocolate. El alcohol era para los pudientes que no eran muchos los que frecuentaban estos cafés. En Croché se puede beber agua por lo que nadie te desprecia o un mojito, caipiriña o un cóctel de los de antes, hábilmente agitado en su coctelera plateada, por Julio el abuelo, único superviviente de aquellos pioneros del Cafetín.

Aquí en Croché ya entran los pudientes y los que no los son a tomar alcohol, pero también limonadas, batidos artesanos- como el de avellana, el de fresa o el kosakito con champán, limones y vodka ruso-; helados como de la Abuela con leche merengada o de limón con piñones y miel, que son una delicia; de avellanas o de uvas pasas con Ron; aguardientes y licores hechos en casa como el de tiramisú, de peras, uvas pasas o de cerezas en aguardiente. Si, como buen cafetero, lo que deseas es un café, la carta los tiene de todos los colores y países: irlandés, escocés, jamaicano, hawaiano o vienés que bien los puedes acompañar con licores seleccionados por la casa, como el de avellanas, melón, mandarina o de canela.

En muchos de los cafés de antes, en las tardes noches de verano o cuando la primavera sacaba a la calle las sillas y las mesas esperando que los claveles y geranios salieran de su letargo, se podía cenar hasta altas horas de la madrugada esperando la salida de los teatros o de los grandes acontecimientos. En Fornos, el Suizo, el Negresco o el Acuarium se servían cenas hasta el amanecer; las cenas del Gijón eran famosas por bajo coste y ambiente agradable y muchos otros cafés ofrecían sus especialidades para aguantar la noche canicular, pues ya se sabe que Madrid tenía seis meses de invierno y seis de infierno.

Las tardes-noches de verano en el Croché, el callejón cambia su fisonomía. Sentado en su terraza te hace olvidar los problemas cotidianos. Consigue, que si lees el periódico, al mediodía, las malas noticias no te parezcan tan malas y las buenas te parezcan espléndidas. Por la tarde-noche el callejón de San Lorenzo se convierte en una estrecha plaza Mayor, ágora tertuliana, con tres terrazas que invitan a la relajación y al buen yantar. Por allí, a esas horas, pasan los que no van a ningún lado; los que van pero se quedan; los que esperan a cenar en Charolés; los que van a Barataria o los que van simplemente a su casa.

 

Terraza del Crché

No se parece a ninguna de las terrazas conocidas. No tiene perspectiva ni toldos para el sol, pero con un poco de imaginación parece que estás en el Paseo de Recoletos, en la plaza Mayor de Madrid, en la Place Vendôme o en la de San Marcos. Todo es imaginación buscando el fresco en las noches de julio y agosto como la sed busca el botijo, maravilloso invento de algún alfarero que sabía de esto.

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(continuará)

Cafetín Croché XIV

Cafetín Croché XIV

Un día me encontré en la puerta del Cafetín Croché al pintor Manolo Viola que se había instalado el San Lorenzo en 1.968, después de vivir en la calle de Ríos Rosas en la casa que vivió Camilo José Cela y creo que Cesar González-Ruano, y que se hizo gurriato hasta que sus pinceles callaron en 1.987. Yo le tenía aprecio y hablábamos de arte, de pintura, de Santa Teresa y de toros,-dos de sus grandes aficiones- y siempre me he preguntado el ¡porqué!, ya que ni sus ideas políticas eran las mías, ni sus destellos anarquistas y fuera de lugar como en aquel Primero de Mayo en una manifestación en la puerta del Hotel Miranda, a los pocos años de morir Franco, no eran los de una persona dialogante. Pero eso es agua pasada y no hay rencor.

Viola, de voz quebrada, rota de hablar, era juguetón con los retoques finales de sus cuadros, pintor de gallos y de tinieblas que remataba de rojos, verdes y amarillos intensos, quizás para romper la amargura de sus fondos. Viola iba a muchas tertulias en Madrid y se dejaba ver por los cafés tertulianos. En uno de ellos, el Café Gijón, cuna del movimiento artístico de El Paso con Miralles, Saura y el propio Manolo Viola, ágora de la bohemia mas recalcitrante de la España literaria y poética de principios del siglo XX, le escribió Joaquín Parejo-Díaz unas coplas que tituló “Coplas que no salieron en el NO-DO”, la siguiente:

 El pintor español Manuel Viola
El día que Umbral llegó al  Café Gijón/ a la hora de glorias y de alcobas
Un Louis Amstrong le llamó a media voz.

Es el pintor Viola/ Que invita a compartir conversación

Para arreglar el mundo en media hora.

viola2Pero Viola no entraba en Croché y ese día en el que yo le invitaba a tomar un vino, me dijo:

-Yo no entro en el Croché, porque se parece mucho a  mis cuadros  y yo no entro en mis pinturas.

Se marchó y me dejó pensativo e intentando descifrar aquel jeroglífico que me acaba de trasladar.

Recuerdo una partida de mus en la zona abovedada del Cafetín, entre cuatro buenos amigos, que acabó como el Rosario de la Aurora. La culpa no fue del mus ni de los buenos amigos: fue de la cosecha del Rioja que se bebió en la cena y del hielo de las copas que debió sentar mal a alguno.

A Croché no se va generalmente a comer. Tampoco a pasear; se va a estar. Pero estar no significa no comer ni beber y para ello tiene preparada una Carta que parece que va dirigida directamente al buzón de los mas exigentes. Aquí no se va a comer un cocido, ni a beber un Rioja del 70. Para eso y para la merluza, el estofado, las pochas con boletus, el chuletón o los carabineros a la plancha ya tiene a su hermano el Charolés. Aquí se va a picar, no como el barilarguero en la plaza de toros, pero sí a picar simplemente, sin castoreño, ni vara, ni toros ni ná.

Y como se dice en la carta, aquí se puede “picar a cualquier hora”. Cuando los cuchillos afilados del frío escurialense no te permiten hacerlo en la terraza sentados en el albero del callejón, lo haremos dentro, también a cualquier hora y siempre a las diez y diez del reloj de la barra. En verano y en esos días azules y soleados de la limpia primavera sanlorentina, la terraza es el sitio ideal para que sobre su albero, bien regado, florezcan las plantas de nuestras mejores tertulias, acompañadas, siempre, de algo de picar . Si te decides, porque el tiempo así lo pide, unas sopas de ajo elevarán tu ánimo hasta las mas altas cotas de tu existencia, trasformando en vitalidad tu estado mustio y destemplado. Si el ajo no te va bien y no tienes reuma- el ajo cura casi todo- una cata de caldo de cocido puede embriagarte casi como una bebida alcohólica y trasportarte a los lares de la abuela que hacía los caldos como Dios manda. Luego puedes probar el queso brie rebozado o una chistorras de Arbizu ( Navarra ) y terminar con una buen postre de leche frita a la llama de Machaquito (ese anisete con el que se bautiza el café mañanero y que es gloria bendita).

También puedes empezar con unas tostadas de changurro de bonito y unos boquerones Victorianos en vinagre. Seguir con una albóndigas de ternera que te harán olvidar las fiebres y enfermedades vacunas- tan en boga hoy en día-. Si te queda todavía algo de hambruna, después de mojar pan en su espesa y bien ligada salsa, pruebas la tarta del Cafetín, hecha en casa con frambuesas, que algún pastelero famoso envidiaría.

Pero yo prefiero empezar por las habitas finas de Alcaudete con jamón, unas croquetas de bacalao y terminar con la cata de callos a la madrileña, que mejoran los que he tomado en Madrid en restaurantes de varios tenedores y estrellas de guías gastronómicas, para finalizar con un postre de Flan de Chocolate que suelo acompañar de nata montada, y todo ello regado con Marqués de Riscal de la reserva numerada del 97. Y si alguna vez decides pasar por allí a picar no te olvides de los mejillones con bechamel o del Tomate al Perrin´s con queso manchego; de las tostadas de Roquefort; de pisto y bonito; de ensalada Imperial o de salmón ahumado. Y si te gustan los calamares no te olvides de pedir unos Calamaritos guisados de la jefa Elisa.

 

Cafetín Croché XIII

 

Cafetín Croché XIII

Interior_tienda_Lhardy-2009

Espejo de Lhardy

El Croché mira hacia dentro, no tiene ventanales para mirar hacia fuera; busca su propio ser, sin tener que ver pasar a nadie, ni que nadie te mire al pasar. Tiene, eso si, puertas y ventanas que sólo tamizan la luz y cuyos cristales están decorados con el nombre del Croché u otros motivos grabados imitando a la técnica del ácido, ácido fluorhídrico que es el único que ataca al vidrio. Proceso antiguo y complicado, debiendo recubrir con betún la parte que no queremos dibujar, la que queda libre. En Madrid existieron maestros importantes de la técnica del vidrio, como Ángel Jiménez Ochoa, nacido en el vecino pueblo de Guadarrama y talleres especializados en este noble arte decorativo tan en boga en tiendas, cafés y tabernas de finales del XIX y principios del XX. Gremio de artistas que se va perdiendo con las modernas técnicas de grabado del vidrio.

El Croché es de esos cafés en los que nunca pasa nada pero que en cualquier momento puede pasar algo imprevisto o al menos te imaginas que algo va a ocurrir. Es, como se decía del Gijón, el lugar que menos se liga del mundo, pero como la esperanza es lo último que se pierde…. Es un espacio acogedor pero inacabado en el tiempo. El Cafetín Croché tiene por derecho propio, el título y la condición del café intemporal, del café matritense, del café de estancias prolongadas, de tertulias, de amoríos o de citas clandestinas, del café de premios y de juegos de la oca o del parchís y en donde las conversaciones fluyen sin molestar, como de música de fondo se tratara, pero que no la escuchas, aunque notes su presencia y que siempre está ahí para acompañarte en tu propia soledad. Y aquí sentado sobre sus divanes rectos, empalados y algo tristes por el tono marrón oscuro de su terciopelo, he pasado revista y he recordado sentado algunas anécdotas que ocurrieron en este Cafetín.

jineteParece que todavía estoy viendo entrar a un personaje inefable al que llamaban “mi caballo murió”, hombre a unas gafas pegado, perfectamente pertrechado de ropa para cabalgar por los prados, laderas y hasta montañas escurialenses, con botas altas casi espejos azogados en negro, por su limpieza y pulcritud y de empaque algo anticuado.

-¡Qué! Fulano, ¿vienes de montar?

-No he podido pues mi caballo está enfermo.

A los dos o tres días y casi siempre con mala intención, alguien le preguntaba:

–  ¿Por donde has montado hoy?.

-Fui a la Herrería para montar pero el caballo tenía una pata algo estropeada y además ha pasado una mala noche.

Nunca se le vio sobre ningún penco y si se apura algo mas, cuando se subía a un burro, si es que alguna vez lo hizo, seguro que lo tiró del jergón al ver a tal guisa montado sobre su lomo. De ahí su mote de “mi caballo murió”.

(continuará con Viola)

 

 

Cafetín Croché XII

Cafetín Croché XII

En las paredes de esta zona, una colección de billetes antiguos, junto a un billete de 1.937 del Consejo Municipal del Escorial de la Sierra de 50 céntimos, moneda que circuló por estos parajes durante la Guerra Civil, y que está firmada por Piris y Carrizo, parecen querer que esas dos Españas se hagan amigas y se olviden de una vez para siempre de odios y rencillas. Una barquillera de latón, quizás recordando a la buena de Doña Crescencia, barquillera de honor de San Lorenzo, que nos deleitaba, con sus barquillos y cucuruchos de pipas, delicias de paseantes, primero en la Plaza de los Jardincillos y luego en Floridablanca. Barquillera que nos recuerda niñeces de parisien o de rubios barquillos cilíndricos de dos o tres vueltas; rueda de la fortuna- si no te tocaba el clavo- siempre cual zurrón al hombro del barquillero castizo y chulapón, siempre presente en paseos, parques y verbenas que vociferando ¡barquillos; parisien! daban un colorido chulesco a los ambientes madrileños con su palpusa de cuadros, el safo al cuello y su chopín gris sobre la babusa blanca. Esta barquillera de antaño hace guardia junto a una gramola antigua, muda también como las radios de madera.

Es una zona diferente que se busca al entrar al Cafetín y cuando se descubre, los ojos de las parejas se hacen cómplices y asienten sin mover un músculo. La mesa del fondo de este espacio, solitaria en muchos momentos, sería la ideal para que Ramón Gómez de la Serna escribiera en ella, pues a él le gustaba escribir hasta las primeras luces del día en su buhardilla y luego trasladarse mas tarde a un café solitario y no con el ambiente de tertulias ruidosas como el Gijón.

En toda esta decoración del Cafetín Croché, echo algo de menos. Echo de menos al cerillero de todo café que se precie, vendedor de humo o de números de la suerte, de postales a turistas o confidente de alguna cita, y que debe estar apostado como perro guardián cerca de la puerta de todo café o como en este caso, aunque sólo sea cafetín. En el sitio en que creo debería estar el buen cerillero, existe un Tablón de anuncios que si te decides a leerlos puedes quedar extasiado con lo que allí se expresa, se solicita o se anuncia y bien puede servir para iniciar una Antología del Anuncio de Tablón. Allí he leído el 29.03.01: Escuela de Arte Matisse:  “Curso de tango argentino impartido por FabianaBassa” ; Maribel Corral : “Naturópata- Osteópata. Especialista en terapias manuales”; Uno de teatro : Nos gusta el teatro y queremos montar “ Fools for Love” de San Shepard. Necesitamos dos actores; Tertulia en la Sierra : “Busco personas con buena formación. Ideas progresistas. Carácter innovador. Creatividad e iniciativa.”; “Lector animador. Ancianos, enfermos… cualquier edad. Julián Diaz Cantarero”. Una tarjeta que dice : “ Maripi Serrano: Blusas y bañoBrasil”. Otra anunciando un gabinete de Psicólogos; una tarjeta de un abogado con poco trabajo, me figuro; un anuncio de muebles y dos fotos de magos anunciándose. Arriba una NOTA : “ Las tertulias y anuncios expuestos en este tablón se renovarán los días 1 de cada mes”. Después de leerlo no he echado en falta al cerillero; es magnífico.

Del Croché me gusta casi todo. Me gusta su luz tenue que emana de las lámparas bronceadas Art-Deco del techo y de las lamparitas de las mesas con cristales de colores; la luz de las velas al anochecer, la que se filtra por las ventanas tamizada por labores de croché, suave y sin resol pues trasladan fielmente la penumbra del callejón de San Lorenzo. Me gusta su atmósfera tranquila, a veces inquietante, revolera o revoltosa, pero que va calando en el cuerpo como fina lluvia del norte. Me gusta el ruido de las cucharillas al remover el café napolitano, el del timbal de los dados en el cubilete o el seco chasquido de la ficha de dominó al colocarla sobre el tapete blanco de mármol.

Me gusta casi todo del Croché. Me gusta que sea un espacio medible por ojos geométricos. Un espacio asequible y sin distancias que distorsionen la vista, el oído o el olfato. Me gusta que no tenga demasiados espejos- tiene uno pero queda disimulado por fotografías de asistentes a las tertulias- pues la imagen en un espejo no es efímera, siempre te reconoce y guarda tu imagen en el recuerdo. Si vuelves te verás en él. No le provoques pues te sacará lo que fuiste. No seas inconsciente. Te recordará tu juventud hoy ajada, y te enseñará todas y cada una de las arrugas o surcos del arado de la vida en tu cara. Es traidor pues te delata tus miserias cuando te miras en él. Dos espejos, uno frente al otro, te llevan al infinito como en un túnel del tiempo, y al final te ves como flor marchita. Es cruel. Te mira cuando pasas de él. Los espejos no te quieren pues te sacan todos tus defectos. Por eso Manolo tuvo el acierto de poner pocos espejos en el Croché. No quería que sus clientes vieran el paso del tiempo que en Croché no existe, pero que sí era motivo decorativo, recurrente e impertinente en los cafés de antes como los que existían en Candelas, o los de la Fontana de Oro; el espejo de Lhardy con un gran marco de talla en madera dorada que mira y se deja mirar desde el fondo del local y en el que se han fotografiado varias generaciones de la selecta sociedad madrileña; los del Café Gijón o del Universal, el llamado café  de los espejos” por la gran cantidad que tenía colgados de sus paredes. Sólo puso uno para no tener que decir, como Cesar González-Ruano “estoy solo entre un laberinto de espejos, como el niño perdido en un bosque poblado de fantasmas geométricos”.

 

Cafetín Croché XI

 Cafetín Croché XI

Capítulo V

El Croché por dentro

En aquel Madrid de los siglos XVIII y XIX existieron cafés suntuosos con una decoración muy barroca, como el Café de la Iberia situado en la Carrera de San Jerónimo frente a Lhardy; con estrechos aposentos tertulianos como el Levante que estaba decorado con magníficas ilustraciones de Alenza; existieron cafés pequeños y con patio acristalado como el Lorencini, uno de los mas antiguos de Madrid y situado en la Puerta del Sol entre las calles Carretas y Espoz y Mina cuyo interior fue decorado por Ribelles; los había distribuidos en dos o tres recintos distintos como el de La Fontana de Oro que tenía la zona del café y otro recinto al fondo, formando ángulo, en el que se hacían las reuniones políticas, que mantenía las vigas de madera al descubierto y arcaico y trasnochado con una decoración exigua. Aquí las mesas eran de pino pintadas de color caoba con un tablero, también de pino pero en este caso pintado de blanco a imitación de mármol. Los había decorados con gran profusión de espejos, como el Universal o con 16 huecos a la calle y “71 veladores de cristal, 80 mesas de mármol de Italia, 600 sillas tapizadas y las mesas de billar de caoba maciza, con las bandas en palosanto y palorrosa y  sobre sus muros 10 relojes”. Este café, el Imperial, ocupaba los bajos y parte de la entreplanta del Hotel París y daba a las calles Alcalá y Carrera de San Jerónimo. Locales espaciosos como el Café de Madrid, que era un patio cubierto y con salida, después de atravesar un corredor, a la Carrera de San Jerónimo.

Antiguo Café del Levante       La-Fontana-de-Oro

                                                                                                                       La Fontana de Oro actual

El cafetín Croché es más personal en su decoración que otros muchos cafés de ésta y de otras épocas. Consta de tres estancias, mejor dicho de cuatro, lo que ocurre es que en la parte de la cocina nunca he entrado o no me han dejado entrar. En cada una de ellas la decoración asemeja a un pequeño y personal rastrillo con una unidad de criterio aunque diferencial en sus modos de tratar aquello que allí se va a realizar. Su decoración huele a rancio abolengo de lo antiguo, al olor familiar de la naftalina de un armario ropero. El ocre color de sus paredes se debe de adivinar ya que está casi tapado por colecciones, en serie fotográfica, de postales y fotos antiguas, ya amarillentas recordando aquel otoño que fue, tarjetas ya oxidadas de tono amarillento o gris plomizo que perdieron su color original; fotos de amores recortados sobre fondos falsos como la vida misma; de cuadros en los que se guardan colecciones de vitolas de cajas de cuchillas de afeitar, de papel de liar cigarrillos o de postales escurialenses de las de antes, todas de la  colección particular del Cafetín y que desde su propia estafeta se puede enviar a un amigo. Junto al rincón maravilloso, de entrando a mano izquierda, desde donde se divisa sin ser casi visto, cuelga una colección de bastones que para él la quisiera el gran Antonio Gala y que aunque tienen un artilugio para impedir su guinde, yo conseguí con algo de maña y astucia, sacar uno y no me lo llevé porque no soy un chorizo, pero eso sí, alerté de la fragilidad del invento. Y junto a ellos una colección de boquillas de cristal muy de los años veinte. Cartelería romántica de Moët Chandón, de anuncios estomacales cómo el de Saiz de Carlos o el famoso de los Chocolates Matías López cuya fábrica estaba en El Escorial de Abajo, pueblos éstos, el de Arriba y el de Abajo, que son como dos hermanos permanentemente cabreados a pesar de estar unidos por la cuesta de la Estación.

Todos estos objetos nos parecen inverosímiles en estos tiempos y se nos hace difícil creer que hubieran existido alguna vez, pero aunque ya no se ven ni se usan, sí es verdad que existieron dando un uso discreto y silencioso a los que los utilizaron. Aquí en Croché, viven muchos objetos que se nutren de su pasado, que fueron desahuciados y como dijo Cesar González-Ruano “triste condición la suya si ya ni siquiera pueden ofrecerte por todo lo que ya no valían”, y que en su inutilidad cuelgan de las paredes, paredes llenas de miles de palabras que fueron recogiendo en sus veinte años de vida y que se quedaron pegadas como moscas a la miel.

Sabia y acertada decisión. A pesar de que el magnífico gregueriano Gómez de la Serna dijo que “de una bella espalda descotada nació la televisión”, sus  dueños  dijeron NO a la espalda descotada, es decir a la televisión y ello a pesar de que a un año vista, se celebraban los Mundiales de Fútbol en España. SÍ dijeron, en cambio, a las radios de madera, algo caducas y ya secas de voz que decoran el Croché, que solo transmiten recuerdos y son mudas testigo de las muchas tertulias familiares o de amigos que aquí se desarrollan y de radionovelas amorosas que se representan bajo ellas en las mesas de mármol del café.

Antes de bajar a la cripta del Croché, se pasa por la zona de tertulias de amigos que van a charlar o juegan a los distintos entretenimientos de los que consta el Cafetín o esas tertulias de dos que juguetean y se besan ante la atenta mirada de cartón de un monaguillo que con su hucha entre las manos, parece querer pedir algo pero es respetuoso y no lo hace pues le pusieron allí de vigilante y guarda de amoríos. La zona cambia su decoración. Parece el cuarto de estar de una casa donde vive mucha gente, con paredes de labores de croché colgadas de barras de latón a modo de blancas cortinas de hilo con angelotes, sofacitos para dos y seis veladores redondos mas pequeños que los de fuera, como queriendo dejar mas espacio al amor puro que allí se profesan jóvenes y no tan jóvenes novicias y seminaristas del amor eterno.

Charlando en un café / ajenos al murmullo de otras mesas / al trajín de las tazas, a la entrada de tipos que dejan los abrigos junto a ellos. / Con los ojos clavados uno en otro / una chispa airosa en la sonrisa / un resplandor muy dulce / en las nubes de una combustión:/ ningún amor se entiende desde fuera, / ninguno.

( de Luis Muñoz del libro “ Manzanas amarillas” )

(continuará)