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Cafetín Croché V

baner

Cafetín Croché:

Su entorno.

En el entorno inigualable de San Lorenzo de El Escorial, pueblo serrano por excelencia, cincuentón en distancia desde Madrid pero con muchos años a sus espaldas – su primer asentamiento data de 1.760- y muy cerca de ese rascacielos que quiso construir el Rey Felipe II y le salió un Monasterio tumbado sobre las piedras graníticas de la Lonja; junto a ese Monasterio, que se inició en el año de gracia de 1.562, doscientos  años antes de que se iniciaran por Carlos III los primeros asentamientos en San Lorenzo, a media legua de la aldea de El Escorial y en medio de un paraje majestuoso entre pinos, robles y fresnos entre los que discurría el agua y multitud de animales para satisfacer las apetencias cazadoras de la Corte, allí Felipe II quiso hacer la maravilla del Monasterio- Panteón, Iglesia, Convento y Residencia- del Rey Prudente. Monasterio que siempre viste igual, de cuarzo, feldespato y mica y que sólo se pone sus galas de fiesta en algunos días especiales y en las noches agosteñas, cuando se encienden la luz de los grandes mecheros, es como si se encendieran miles de cigarrillos a la vez. En este espléndido marco, vió la luz hace 20 años, el 21 de julio, un mes después de que el verano naciera a la vida de aquel año de 1.981, un reducto de frescor, de poesía, de tranquilidad tertuliana y de magia, que se llamó y se llama El Cafetín Croché.

El año 1.981 fue un año para olvidar casi todo menos el nacimiento del Cafetín Croché. El mundo parecía haberse vuelto loco: Ronald Reagan y el Papa Juan Pablo II caen gravemente heridos por disparos de dos magnicidas. Anwar el Sadat muere acribillado a balazos durante un desfile militar. Pemán muere a los 83 años en Cadiz y Joseph Plá fallece a los  84. El 29 de enero dimite Adolfo Suárez, por causas que aún no se han aclarado. El 23 de febrero a las seis y veintidós de la tarde, 200 guardias civiles al mando del coronel Tejero, irrumpen en el hemiciclo, cuando se está celebrando la segunda votación de investidura de Leopoldo Calvo Sotelo, que después sería elegido presidente el 25 de febrero, dos días después del fallido golpe. Fue el año del aceite de colza que causaría miles de victimas, de la llegada del Guernica de Pablo Picasso a España y de nuestra entrada en la O.T.A.N.

En este año de 1.981 nació el Croché y lo hizo sin prepotencia, sin petulancia, de forma sencilla, sin querer darse importancia, como queriendo llegar a este mundo sin alharacas. Por eso no quiso ser Café, pues, petulante sería, intentar emular a aquellos viejos, destartalados y tertulianos cafés del siglo XVIII, XIX y principios del XX, y se quedó en Cafetín, utilizando un diminutivo para no molestar a la Historia; para que, como a los niños, se le vea crecer con salud y quizás cuando sea mayor podamos llamarle Café, pero ya se sabe, como te pongan un diminutivo, lo llevas toda tu vida. ¿Se inspiró Manolo en los aquellos Levante,Pombo, Comercial, Lorencini, Príncipe o en el Gijón, o simplemente hablando con su mujer, sabiendo lo que querían, parieron juntos y antes que a su propio hijo, lo que hoy es el Croché?

El cafetín Croché está cerca de la calle Floridablanca, primera calle del incipiente asentamiento de San Lorenzo  y que discurre paralela a la de la Lonja, anterior en el tiempo. La calle Florida como vulgarmente se la conoce, primero fue cañada ganadera, para pasar después a llamarse de los Doctores, de la Iglesia, tomando el nombre en 1.771 del Coliseo una vez que el Teatro vio la luz  y posteriormente en 1.782 al ser nombrado el Conde de Floridablanca, primer Gobernador de San Lorenzo, tomó su nombre que, rara avis, permanece hasta nuestros días. Aorta principal de San Lorenzo. Calle de aceras hermanastras ya que una es del padre Patrimonio y la otra del Ayuntamiento. Depende de la orilla en la que te encuentres, estás con uno u otro padre y eso no es bueno.

El Cafetín está muy cerca de la Plaza de D. Jacinto Benavente, antes llamada de los Jardincillos, siempre, no importa el tiempo que haga, con niños jugando, niños que antes eran gurriatos y hoy son marroquíes, polacos y algunos del pueblo. La Plaza es teatro bajo la fuente y terraza “parisina” en verano en un lateral del Real Coliseo del Carlos III, desde donde los cómicos de ahora, actores y comediantes, desde sus aposentos, pueden oler sus seis grandes magnolios o escuchar el limpio sonido del agua que mana de la fuente.

El Real Coliseo Carlos III es el teatro cubierto más antiguo que se conserva en España y que inició sus obras en 1.770 a las órdenes de Jaime Marquet. Carlos III fue proclamado Rey el 11 de septiembre de 1.759 y tuvo la obligación de ir a conocer el Real Sitio en cuyo entorno, ya que así lo quiso el Rey Felipe II, no existía nada mas que las dos Casas de Oficios que bordeaban el Monasterio y que dieron cobijo a la servidumbre real, y algunas casas frente a la capilla para los  profesores del colegio, primero, y los facultativos de medicina, después. En 1.793 gran parte de San Lorenzo, el asentamiento primitivo que rodea al Monasterio, estaba ya construido. El 18 de agosto de 1.770 según una Orden dada por Grimaldi, se inician las obras del Teatro con dinero de las rentas de correos. El 19 de mayo de 1.771 estaba prácticamente acabado. Posteriormente se inician las obras de las viviendas para los cómicos, y al mismo tiempo, los arcos que, atravesando la calle Floridablanca, unían el Coliseo con la Casa de Oficios, y que desaparecieron en 1.870.

El Real Coliseo pasó por muchas vicisitudes. Fue convertido, como la Casa de la Compaña, en acuartelamiento tanto de tropas francesas como aliadas, instalándose allí la zapatería, durante la Guerra de la Independencia y hasta 1.814. Luego fue Teatro Lope de Vega y cine hasta que Pedro Martín Gómez y su hermano José Luis crean la Sociedad para Fomento y Reconstrucción del Real Coliseo, sociedad que adquiere el teatro. Se inician en 1.974 los proyectos de reconstrucción por los arquitectos Mariano Bayón y José Luis Martín Gómez, terminándose las obras en abril de 1.979 y siendo inaugurado el 30 de abril de 1.979 por S.M. la Reina Sofía.

                                              Crispín 

Por encima de la plaza de los Jardincillos, se encuentra la Plaza de San Lorenzo, hermanada con la de Benavente por el cordón umbilical de una escalera de dos tramos, y una fuente que hace años la secó un alcalde, quizás para no gastar reales en limpiarla o para que no se ahogaran los niños. Crispín, personaje popular de la antigua comedia italiana, criado ingeniosos y audaz, socarrón y ladino, que solía vestir de negro y calzaba botas altas, con un espadín colgado de su ancho cinturón, -figura que aparece en varias obras de Benavente-, y el Marqués de Borja se hablan a menudo, con su voz de bronce, estáticos sobre sus pedestales de granito, porque no quieren perderse un solo álito de la vida que discurre a su alrededor. El Crispín de Jacinto Benavente, autor político y fecundo, realista, costumbrista y satírico de la burguesía española, tan unido al San Lorenzo ya que fue mantenedor de los Juegos Florales en 1.915, y el Marqués de Borja, que fue Intendente General de la Casa Real, hablarán, quizás, de la repoblación forestal de los montes del pueblo, que se realizó durante el mandato del Marqués de Borja o de “La noche del sábado” o de los “Intereses creados” que escribió D. Jacinto, de la “Malquerida” o del Premio Nöbel que le concedieron.

 

Cafetín Croché IV

 

Y del Café Gijón paseando por el paseo del Prado, llego a la plaza de Colón y hago un remanso de paz junto a la cascada de agua que cuelga de la estatua del navegante, erigida en 1.881 y que fue costeada por los títulos de España entre otros. Trasladada en 1.970 con la reforma de Arias Navarro, desde el centro de la plaza, a una esquina de los Jardines del Descubrimiento, reforma que desafortunadamente dejó caer la Casa de la Moneda junto a la Biblioteca Nacional y que nuestras nuevas generaciones no han conocido por lo que les parece un perfecto espacio abierto a tanta polución.

Llegar a Embassy es recordar aquel 1.939, cuando todavía los coches mecánicos casi no existían, y la Castellana era un verdadero Paseo rodeado de palacetes que hacían antesala al majestuoso del Prado, pero que años mas tarde, recogiendo el soplo municipal de la especulación, se ha llenado de oficinas. Pocos quedan ya, y los pocos que son, se nos aparecen como árboles melancólicos que echaron sus raíces centenarias y que ya no florecen ni revientan en primavera. Se acostaron en otoño para levantarse en invierno y esperar que la piqueta los entierre o que un arranque de respeto, los mantenga en su sitio.

Embassy es un local de los llamados “salón de té” del barrio de Salamanca. Local con ambiente de pastas de té, pasteles de repostería fina y ahora, hace algún tiempo, restaurante de varios tenedores o comida rápida para exquisitos. Aquí no pidas alitas de pollo, hamburguesas o costillas de cerdo. Nace donde hoy está la tienda de delicatessen en la esquina de la calle Ayala con la Castellana, como un pequeño salón y una barrita al fondo y que fue ampliado, con camareros incluidos, con los locales de Zoska y el diminuto Zoskilla. Siempre estuvo en sana competencia con el Café del Roma situado un poco mas arriba, en la esquina de la misma calle con Serrano.

Gente guapa en el aperitivo, merienda y cena, pero que se mezcla con señoras y también con señores -¿por qué no?-, con bastantes años en sus carcasas, mejorados por el lifftin o la silicona, pero al fin y al cabo otoñales con bastantes surcos escondidos gracias a las maniobras de un buen restaurador.

Embassy, a determinadas horas, es un geriátrico amoroso de jóvenes de 70, 80 y hasta 90 años que necesitan de un tratamiento diario contra la soledad, enfermedad maligna de estos tiempos y que acompañados de sus familiares y amigos, toman el té o  el café de la tarde con media tostada y algún pastel y pasan momentos agradables en su compañía o en la de los demás, para irse pronto a su uvi particular en la ambulancia de la hija o de las amigas. ¡Que felicidad!.

La hora del aperitivo es famosa por sus cócteles de champán o su copa de cava que es una buena y burbujeante disculpa para acompañar las tertulias de amigos, antes de ir a comer a casa. Por allí aparecen profesores taurinos de lances laborales, joyeros, príncipes rusos, condes, marqueses y artistas de teatro; faranduleros y plumillas de élite; gente de Palencia, personajes en ejercicio y parados famosos de toda la vida, ligones y ligonas, parejas y hasta de la guardia civil camuflados que hacen escolta a parlamentarias europeas, o políticos que lo son o que lo fueron. Diplomáticos y gente del P.P, del P.S.O.E o de I.U. que la buena mesa no está reñida con las ideas políticas, posan sus reales en este salón del barrio de Salamanca.

El café fue desapareciendo de nuestro Madrid tertuliano, para volver ahora en alguna medida a revitalizar, al menos en apariencia, lo que para Madrid fue un café de “la belle époque” del siglo XIX y principios del XX, esos cafés de pereza y holganza donde vivir y dejar languidecer las horas que no tedejan vivir en casa. Quedan, no sólo en la memoria de los que vivieron su atmósfera, hoy perdida, pero queda alguno, con mas de cien años en la mochila, en este decorado matritense, algo cambiados, eso sí, cansados ya de tanto aguante.

 Otros, por moda, nacen a la vida madrileña vestidos con ropa antigua, recién limpia de naftalina, para que Madrid no pierda nunca su identidad cafetera y tertuliana.

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Cafetín Croché III

Lhardy

Me dirijo hacia la Carrera de San Jerónimo para intentar recordar aquel año de 1.839 en el que, cerca de la Puerta del Sol, hervidero de cafés tertulianos, abría sus puertas una pastelería francesa, que después se convertiría en el restaurante de la élite madrileña de la época y del que diría Azorín : “no podemos imaginarMadrid sin Lhardy”. Benito Pérez Galdós dijo de Lhardy que empezó “poniendo corbata blanca a los bollos de la taona”. Emile Hugenin Lhardy, repostero y cocinero francés, pero de ascendencia suiza, rudo en sus maneras pero educado y fino en el trato, renunciaría al apellido paterno por razones no conocidas y funda este elegante local de la Carrera de San Jerónimo. Quizás se apoyó en el apellido de la madre para rememorar en Madrid, el famoso Café Hardy del Boulevard de les Italiens de París.

Era y es un local de dos plantas, no sólo intimista, por sus salones repletos de políticos y aristócratas que allí celebraban sus reuniones y tertulias, lejos de los avatares diarios de sus despachos privados, sino también innovador, trasladando las costumbres francesas, tan en boga en aquellos años de principios del XIX. Salones que recogieron muchos homenajes merecidos casi todos y a veces, no merecidos, según las malas lenguas, y que tenían nombres como el salón isabelino, el salón japonés – que permanece idéntico hasta con el mismo papel pintado de las paredes- o  el salón blanco , nombres todos ellos  recordando el estilo de su decoración. Fue el primero en montar mesas individuales para comer, instituyó el aperitivo – sírvase Vd. mismo- con canapés que se acompañaba de un buen vino de Jerez o de un consomé que guardaba su calor en un samovar de plata y que hoy todavía se mantiene, firme y erguido con su caldo caliente dentro, en un extremo de la barra del mostrador y una carta de buenos alimentos que, nobles, cortesanos y hasta la Reina Isabel II, o el Rey Alfonso XII que aparecían de incógnito por el local, degustaban en sus magníficos salones. Allí lo hicieron con el cocido madrileño o los callos, Espartero, Prim o Serrano y en alguna cena frugal, después de las representaciones teatrales, Doña María Guerrero o Don Jacinto Benavente, asiduos “lhardyanos” en las noches de representación o estreno de los teatros de la zona. Fue precisamente el padre de la actriz María Guerrero, el decorador

D. Rafael Guerrero, quien haría la última reforma diseñando una magnífica portada de madera de caoba que llamaba la atención en la Carrera de San Jerónimo y ya anunciaba el lujo que se encontrarían los elegantes clientes al entrar en Lhardy. Hoy se conserva intacta la fachada desde que en 1.880 se realizó la última reforma.

En mi recorrido por los cafés que hoy quedan de aquellos del XIX o principios del XX, que los otros ya murieron, recalo en el Gijón entre las calles Prim y Almirante, en el que aunque he entrado muchas veces, hoy, recién entrada la primavera, he querido hacerle una visita de cortesía a mi antigua amigo con 122 años como tiene el Gran Café Gijón. Hoy no se parece en nada a las otras veces, quizás porque entes entraba a otras horas. Son las cuatro y media de la tarde de un jueves soleado y primaveral y la terraza, oasis en el desierto madrileño en los días calurosos, está llena de ejecutivos, turistas y algún que otro nostálgico. Dentro, más ejecutivos, funcionarios de alto copete u oficinistas de buen sueldo, están todavía comiendo en sus mesas de mármol veteado y sentados en las sillas típicas de café vienés, de madera con asientos redondos, pero eso sí tapizados de rojo como los bancos corridos que parecen almidonados en terciopelo. Las tres ventanas- no es hora de las tertulias- ocupadas por gente desconocida. Un extranjero y su mujer, en la que normalmente ocupa la tertulias de Manolo Vicent, él con el pelo de nieve blanquísima y ella portadora de una juventud exultante.

 

Cafe Gijon                Cafe Gijon 2

Cuento hasta quince camareros con impoluta chaquetilla blanca, botonadura dorada y charreteras rojas en las hombreras. Encargados, jefes y maitres vigilan con su chaqueta azul y su pantalón de media etiqueta que todo esté en perfecto orden. No veo poetas, artistas, pintores, ni a Camilo José Cela ni a Umbral pero si veo como los tiempos cambian y oigo un ruido de platos y cucharillas que quieren entonar algún aria verdiana pero que están un poco desafinados y nada conjuntados. La terraza asentada sobre el paseo, se sirve desde dentro y es un placer ver a los camareros sorteando los caballos mecánicos con una habilidad que parecen patinadores en el paseo del Prado. La barra que es larga y parece un buque de madera con la proa hacia el paseo de Recoletos, está en estos momentos llena de cafetistas. En una mesa dos mariquitas buscan en el “segundamano” quizás su nido de amor o un pisito para una tía de Valladolid que va a venir a verlos.

 

 El CaféGijón era el sueño de su primer dueño, D. Gumersindo García- gijonés de pro-, que después de hacer las américas quiso instalarse en la capital de España, para dar él también respuesta a la moda cafeteril del Madrid del XIX, abriendo un local en el año 1.898 en el Paseo de Recoletos y que hoy ya ha caminado por tres siglos. Pasó, eso si, sudores fríos para sacar adelante un café de nuevos modos, alejado del centro neurálgico de los cafés tertulianos de Sol y sus alrededores mas próximos. Pero el café Gijón, poco a poco fue siendo conocido por su tranquilidad y por que por allí se acercaban nombres tan famosos como José Canalejas, Ramón y Cajal, Benito Pérez Galdós, Valle Inclán y los pintores, Romero de Torres y Anselmo Miguel Nieto. Habituales, también, fueron Vicente Pastor y los hermanos Machado.

 

Cuando se enciende la mecha de la Guerra Civil, en el año 1.936, el Café Gijón, también sufre lo de las dosEspañas y pone a unos contertulios frente a otros, antes buenos amigos y hoy enfrentados políticamente por odio, unos, y por envidia los demás. Las noticias de asesinatos y fusilamientos de unos y otros acompañados por el toque de silencio que se imponía en las tertulias, llevó al Gijón a languidecer y casi morir de inanición poética y literaria. La guerra no estaba para poesías y se fue llenando de milicianos con sus uniformes populistas, que no eran mas que un mono de trabajo azul o gris oscuro que había ascendido a traje de guerra.

 

 Los triunfadores, unos años después, lo convierten en el establecimiento de comidas de los militares del Cuartel del Ejército de Cibeles y el rojo y gualda empieza a inundar sus mesas, teñidas de morado republicano durante tres largos e interminables años. Y a partir de aquí el Gijón será el lugar de la concordia, de la vuelta al hermanamiento y de la reconciliación nacional para ser en los años cincuenta, el café cinco estrellas de los cafés bullangueros y tertulianos, quizás porque muchos de éstos habían desaparecido.

 

 Hasta los años sesenta aguantaron las tertulias del Gijón, hoy casi en la penumbra de su desaparición, que languidecen  y son sustituidas por jóvenes donjuanescos, que buscan y, como es natural, no encuentran, una doña Inés que llevarse a la boca.

 

 Miles de personajes famosos han pasado por el café Gijón; muchas son las tertulias que aquí nacieron y cientos las anécdotas que se han contado, siendo unas verdad y otras trasladadas del lugar imaginario donde no ocurrieron, al café del Paseo Recoletos. También se han escrito varios libros sobre el Gran Café, como “ElCafé Gijón” de Mariano Tudela, Julián Marcos y José Esteban; “La noche que llegué al Café Gijón” visión personal de Paco Umbral o aquel primer libro, que tantos problemas suscitó “Crónica del Café Gijón” de Marino Gómez Santos. Ante los insultos que decía que dedicaba en su libro a Juan Pérez Creus, este le envió el siguiente Epigrama:

De quién es el destino?/ de Marino / Con cara de piedra pómez / Gómez/ Quiere causarme quebrantos/ Santos./ Pues hoy, a tantos de tantos,/ con decisión absoluta/ me cago en la cagarruta/ de Marino Gómez Santos.

Por el Gijón pasaron todos los que de una forma o de otra han sido en la literatura, el arte, la pintura, la política generalmente de izquierdas, la tauromaquia, en el cine, la poesía, espías y hasta algún gafe. Así le escribía Pérez Creus a Zunzunegui:

Juan Antonio, el «Zunzu» viene. /circunspecto se mantiene/entre Madrid y Getafe. / Pero tiene/ cumplida fama de gafe.

El Gijón ha sido musa de inspiración para poetas, literatos, pintores y escritores de café. Unos, como Julián Marco, lo han comparado con un barco varado en el mar de Recoletos, en su orilla izquierda, que veía como se hundían otros más pequeños o hasta grandes gabarras y trasbordadores mientras él se mantenía a flote. Alguien lo llamó barco de piratas lleno de poetas. Rubén Caba descubrió que no era un café sino un tren detenido en los andenes del Paseo de Recoletos y que siempre estaba a punto de salir. Las butacas de las ventanillas estaban siempre ocupadas por los pasajeros más famosos que contemplaban con tedio ilustre, los arbolitos al pasar. Hasta como morada de los dioses, lo interpretaba Caballero Bonald, y reducto ocupado por los elegidos de las musas. Único café vivo lo definía Luis Antonio de Villena y Julio Llamazares, café varado como un barco en el centro de Madrid. Institución literaria y Casa de todos decía de él José Luis Castillo Puche y casa de citas (literarias por supuesto) utilizaba como comparación Matías Antolín. Todos y los miles que lo definieron tenían razón. El Café Gijón es eso y mucho más.

 

El café fue desapareciendo de nuestro Madrid tertuliano, para volver ahora en alguna medida a revitalizar, al menos en apariencia, lo que para Madrid fue un café de “la belle époque” del siglo XIX y principios del XX, esos cafés de pereza y holganza donde vivir y dejar languidecer las horas que no te dejan vivir en casa. Quedan, no sólo en la memoria de los que vivieron su atmósfera, hoy perdida, pero queda alguno, con mas de cien años en la mochila, en este decorado matritense, algo cambiados, eso sí, cansados ya de tanto aguante.

 

 

 

 

 

 

Cafetín Croché II

 

Capítulo II

Aquellos que lo fueron y todavía hoy son.

Madrid tiene un barrio, triángulo casi perfecto, en el que uno de sus lados mira a la calle de Atocha, el otro a la Carrera de San Jerónimo y el tercero lo forma la calle Medinaceli, y todos, como nacidos de la plaza de Benavente. Es el barrio de los Literatos, de las Musas o el Parnaso, en donde vio la luz, por primera vez, en  letras de molde, el primer Quijote y donde había que estar para estrenar una obra, pues allí vivían representantes de artistas, empresarios y autores todos mezclados en una amalgama traviesa y necesaria para poder sobrevivir en este Madrid del siglo XVII y XVIII. Aquí, en el XIX se mantiene su aire de farándula tertuliana, y aquí se ubican los principales cafés, librerías y locales variopintos y bohemios, guiados, como el faro a los barcos en la noches frías matritenses, por el Teatro Príncipe, hoy Teatro Español y su pedestal que es la Plaza de Santa Ana. Si en este barrio vivieron Lope, Quevedo o Tirso de Molina en el siglo XVII, aquí nacieron y vivieron Zorrilla, Echegaray, Esproceda o Jacinto Banavente en el siglo XIX y en los albores del XX. Era un Parnaso terrenal donde los poetas buscaban a sus musas y los literatos el pan nuestro de cada día.

He recorrido este barrio en búsqueda de los cafés de antaño y conocer los que hoy son. Subo la calle Prado, desde la plaza de Las Cortes y comienzo mi paseo entre tiendas de antigüedades, como la de Romero junto al edificio del Ateneo, estrecho edificio de 7 metros de fachada y una balconada que coronan los relieves de Velázquez, Alfonso X y Cervantes. Un edificio, al lado, quiere que el Ateneo no muera e intenta su ampliación, dirigida por el Arquitecto don Santiago González de dimensiones parecidas. Llego a la calle Ventura de la Vega en cuya esquina con la calle del Prado, todavía podemos leer: “Casa Soto. Grabador”. El bar Fin de siglo con fachada muy de tal; Vinos Casa Ramón con antiguos azulejos en su fachada y que todavía se llama “casa de comidas y licores”. El restaurante Luarqués te invita a sus cenas musicales; Los Gabrieles a su “cocina vasca y española”. Existe en esta calle un restaurante bilbaino, uno peruano, el Inti de Oro y otro argentinola Cabaña. No falta uno erótico llamado La almeja picante cuyo escaparate -mejor es no verlo-, anuncia sus “exquisitos platos” a base de grandes, desproporcionados y fuera de toda realidad, aparatos del amor.

El decorado de esta calle del Prado lo forman casas, todas ellas “aseguradas de incendios”, de tres o cuatro plantas, en cuyos bajos se asientan tiendas de antigüedades, librerías o un restaurante cubano el Tacomaro poco imbricado en el esquema mental que te haces cuando recorres este barrio. El Salón del Prado, café concierto, esquina a la calle Echegaray y junto al magnifico restaurador gastronómico que es el Cenador del Prado.

Dos esquinas, bien guardadas, por centinelas con uniformes de gala, casi recién estrenados, que son la Taberna del Príncipe, hoy de tapas, y un reciente Café-Bar llamado Miau donde estuvo hasta el pasado año una tienda o boutique de ropa de caballero, que tiene un ojo puesto en el teatro Español y otro a la  Plaza de Santa Ana. Las otras seis lentes dan a la calle del Príncipe.

En esta calle, en el número 23, se me aparece el Parnasillo del Príncipe que se dice fundado en 1.830, según reza una placa en la puerta del local y que se encuentra en la entrada de la calle Huertas. Portada azulejada, muy de la época, con medallones en relieve de Galdós, Espronceda, Oscar Wilde y Larra, que tanto criticó a los cafés y frente a la magnífica portada barroca de Pedro de Ribera en granito y ejecutada en 1.734 durante el reinado de Felipe V. Una puerta de caoba maciza, del tallista Laorga, da entrada lateral al edificio de la Cámara del Comercio y la Industria, tras la que se esconde la escalera de gala y que fue entrada de carruajes, que tiene su puerta principal por la calle Huertas. Palacio que pasó por varios propietarios y estilos, y que en 1.993 un sobrino de las últimas propietarias, las Saint Aubin, lo vendió a la Cámara Oficial de Industria de Madrid.

Entro en el local. Eran las cinco de la tarde, hora taurina y en su albero de tablas de madera antiguas que se me apetecen de la época, pocas personas, algunas mirando el fútbol en sus dos televisiones y otra leyendo poesía en la barra de antigua madera incrustada de placas de carros, bicicletas, de publicidad o las redondas de guardarropas. Una del Ayuntamiento de Madrid para un carro de mano, duerme junto a la de “Funestería Iberia” de la calle Ventura de la Vega y algunas extranjeras. Una me llama la atención y reza así: “Oreja del toro ABRILEÑO de B. Quirós concedida al diestro RAFAELILLO en Madrid el día 9 de Abril de 1.944”. En el aseo de caballeros, que no se si en el de señoras también, una máquina expendedora de preservativos, a cien pesetas la unidad. Aparador antiguo junto a la entrada y junto a él, relojes que andan con las horas de Madrid, New York, Moscú, Dublín y Sydney y hasta un reloj de“sombra” pues en su interior no luce el sol. Una gran mesa central con cristal que actúa de vitrina de los muchos billetes de banco de todos los países y un solo quinqué en el centro. Al fondo un altillo con cuatro mesas románticas y decorado su frente con 3 alegorías- en azulejos pintados- de Mayo, Julio y Octubre que vigilan una máquina de escribir muy antigua. Sillas de madera de la época, mostradores de madera también, para tomar una copa de pié y altos veladores rematan el hueco de la entrada. Ahora ya no se sirve horchata, café o limón granizado, se sirven “Guinness”, café irlandés y mucha marca extranjera. Camareras inglesas en camiseta blanca decorada con “San Patrik days 17 de marzo del 2.001”, es decir el día de autos en que yo me encontraba allí, que nos anuncia su llegada en los pechos de las camareras inglesas o quizás escocesas, que te atienden. ¿Qué pasará esta noche en este café-cervecería-pub inglés de la calle del Príncipe?. A pesar de las televisiones, la máquina de tabaco y la música de “alto nivel”, el local es agradable y hasta me parece que tiene duende. Pero no pidas un diario español; sólo hay en lengua inglesa. Un fresco pintado en el techo, te hace hasta parecer que te encuentras embelesado mirando al cielo.

Seguí por la acera de la izquierda o “rive gauche” de la plaza, para poder contemplar las portadas y reclamos de la Cervecería Alemana, que asienta sus reales en esta bellísima plaza desde 1.904, de amplia tradición tauriana, los Cabales, el  Nalurbier, la  Cervecería Santa Ana, el restaurante Platerías; la Moderna y el bar hawaiano Mauna Loca y cerrando la plaza el Hotel Reina Victoria.

Cervecería Alemana

Me decido a entrar en la Cervecería Alemana que tiene mucho de café, poco de cervecería y casi nada de alemana y que fue lugar donde se reunía una clientela importante de personas del arte, la escena, la política y sobre todo de los toros. Pintores, como Solana, políticos como Besteiro, literatos como Benavente y Valle Inclán, escritores de comedias como Jardiel Poncela, artistas como María Guerrero y famosos toreros tenían allí sus tertulias. Una foto recuerda a muchos de los tertulianos taurinos: Luis Miguel Dominguín, Rodolfo Gaona, Manuel Mejías- el Papa Negro- Antonio Bienvenida y los González Dominguín asiduos contertulios de la Cervecería Alemana. Aunque sigue siendo un lugar de tertulias, los jóvenes han ido ganando terreno y se instalan entre sus veladores rectangulares de mármol blanco y patas de hierro torneadas, bajo la atenta mirada de unos camareros, algo trasnochados y generalmente en estado de tristeza. Su decoración también es triste, como los camareros, algo vetusta y anticuada, pero manteniendo la identidad propia de aquellos tiempos, y el importante friso de madera que recorre todo el local pintado en un fuerte  color marrón, insiste, sin quererlo, en sumirlo en una mayor tristeza.

Y antes de seguir recorriendo la plaza en busca de cafés, recalo en la plaza del Angel, pequeña plazuela de forma rectangular que fue ampliada en el siglo XX con el derribo del Convento de San Felipe Neri, para asomarme al antiguo y algo destartalado Café Central en el número 10 de esta recoleta plaza, feliz ángel de la guarda de la contigua plaza de Santa Ana. El café tiene un público joven y como todo café que se precie, veladores antiguos de mármol blanco y hierro forjado rodeados de sillas y taburetes en la barra, de madera con asientos de rejilla. Hoy actúa Bobby Floyd y su trío de jazz. Al fondo dos salones, rodeados de tristeza pero perfectos para tertuliar, amar o escribir en la soledad de un café. Decoración de su interior ya caduca, con una portada de madera pintada de color ladrillo. A las seis de la tarde, tres camareras en pantalones vaqueros, jovencitas que no saben lo que fue el Café Central, atienden al variado público que llena el local.

Cafe CentralEn los bajos del Teatro Español, creo que en el lugar que ocupó el Café del Príncipe, primer café histórico inaugurado en Madrid y que recogió la famosa tertulia romántica “el Parnasillo”, se encuentra hoy el Café del Teatro, inaugurado siendo Alcalde Alvarez del Manzano, el 2 de diciembre de 1.994, que es un amplio local con veladores rectangulares de mármol y sillas cafeteras de madera. Cuatro grandes lámparas de hierro con quinqués de tulipas verdes, adornan el techo. Grandes columnas estucadas soportan el peso de tanto buen teatro como se desarrolla en este nuestro primer Teatro Nacional. Camareros y camareras con chalecos negros y corbata de pajarita atienden a un personal teatrero que espera su entrada al recinto.

El Cafetín Croché I

                                                  Cafetin Croché 1 

Lo intenté pero nadie me hizo caso. Con motivo del 20 aniversario del nacimiento del Cafetín Croché escribí, a modo de impresiones y anecdotario, unas reflexiones, que en mi deseo de publicar algo que se parezca a un libro, tuve que regalar las copias porque no lo conseguí. Ahora al cabo de algunos años he decidido publicarlo por mi cuenta y así lo haré en pequeñas entregas en este mi blog. Al que no le guste puede pasar a otro blog.

 

El Cafetín Croché

 

                                   XX Aniversario

                               (21.07.1.981 – 21.07.2.001)

                                 Por Jesús Sainz de los Terreros

                              Introducción

 Hubiera querido que alguien conocido me escribiera el Prólogo, pero ya se sabe que prologar un libro es complicado y que alguien importante lo escriba a un incipiente escritor, tarea ardua y casi imposible. Lo mejor es que lo escriba el propio autor y una vez terminado el libro pues “así puedes hacer mejor el discurso al cuerpo de la obra y dar noticia al lector del fin que se pretende con la misma”. Pero eso sería lo que académicamente se define como Prólogo por lo que al no tener a personalidad amiga que lo escriba y no ser académico de nada, he decidido llamarlo simplemente Introducción.

 He conocido algunos cafés históricos como el Central, el Comercial, el Gijón, Lhardy, la CafeteríaAlemana, el Roma o el de Viena…, pero no tengo edad para haber vivido los años locos de aquellos viejos, lúgubres, pomposos, húmedos o destartalados cafés de los siglos XVII, XVIII, XIX y principios del XX, cuna de la bohemia y las tertulias literarias y poéticas. Por eso he tenido que beber de las fuentes que emanan sapiencia del tema, unos porque los conocieron y  vivieron entre sus paredes, dejando lo mejor de si mismos y otros porque los han estudiado a fondo o dejaron su impronta en un artículo, libro, poesía, frase, o que simplemente los definieron magistralmente. Y beber de estas fuentes inagotables de agua clara me ha llevado a, desde el conocimiento de lo antiguo, llegar a las sensaciones de lo que hoy tenemos, para recalar en las experiencias y sentimientos que me trae el Cafetín Croché y que durante sus veinte años de existencia, yo he vivido. 

Ha sido un recorrido maravilloso por el corazón dormido de los cafés de antes y por los que aún quedan en ese viejo y amable Madrid, que me han servido para conocer mejor la historia de mi ciudad, pues aunque borrados del mapa cafetero madrileño, han sido y serán parte de nuestra historia literaria y poética; de los movimientos románticos y de conspiraciones políticas, anarquistas unos y movimientos revolucionarios o liberales contra el absolutismo los otros, pero siempre centros del arte de la tertulia donde se daba rienda suelta a la expresividad parlanchina y locuaz del madrileño.

Un día tuve la sensación de que alguien me hablaba y me decía que tenía que escribir mis vivencias de un café que conocía bien y en el que he pasado muchas horas de mi vida, unas escribiendo, otras tertuliando o viendo la magia de sus juegos nocturnos de los viernes, esa Noche de Brujas, que siempre me ha cautivado en el marco inigualable de la Cripta del Cafetín Croché. Y me lancé sin paracaídas pues es verdad que a veces y sin preguntar a nadie, tienes que dar rienda suelta a tus emociones, sentimientos e ilusiones pasadas y me puse a escribir, en unos momentos en los que se van a cumplir los veinte primeros años de la vida del Cafetín Croché. 

Veinte años son pocos para una larga vida y muchos en una vida corta. Un cumpleaños, cumplas los que cumplas, deberás celebrarlo siempre y sin esperar a lo que te depare el destino, pero sin soplar las velas pues es como si soplaras sobre todo aquello que has vivido, enviando los recuerdos y vivencias a la penumbra mas absoluta.

Por eso he querido celebrar los veinte años del Croché, escribiendo sin velas, a la luz de mis recuerdos, de las anécdotas vividas o de las sensaciones que me produce cuando entro, leo, escribo, tertulio o hablo con mis amigos los camareros; cuando Manolo se me acerca y me pregunta por mi familia y especialmente por mis hijos a los que adora; cuando asisto a las Noches de Magia o desciendo a la Cripta para asistir a una Tertulia Escurialense y a la salida hablar un momento- pues se deja ver poco- con la encantadora y con alma de poeta, Mari Cruz; o me siento en su terraza de albero para escuchar la noche sanlorentina o simplemente ver pasar a la gente.

Por estos veinte años y por los muchos que vendrán:

¡Felicidades! Cafetín Croché.

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Capítulo I

Aquellos Viejos cafés

Decía Ramón Gómez de la Serna, refiriéndose a los cafés de Madrid que “sobre todo son como el triunfo de la Cámara popular en la vida”. Y gran razón tenía. En unos acampó el liberalismo imperante; en otros su republicanismo exacerbado, para ser otros románticos, poéticos, cantantes ……

 ómez Caballero en su libro, “Madrid Cervantino o el barrio mas espiritual de Europa”, define al café como “ el ágora, la discusión, la crítica, el panfleto, el orador sobre la mesa, la conspiración, el origen del periodismo y del Parlamento, del pronunciamiento y del motín”

Cesar González Ruano, considera estos lugares de vehemencia locuaz y de expulsión de sentimientos, ideas o pasiones como “el reducto del nervio español”.

Eran lugares de reunión y esparcimiento donde los ciudadanos de todos los pelajes recurren a su verborrea fácil y a veces demagógica, para, como cronistas oficiales, expresar sus puntos de vista, casi siempre acaloradamente, sobre los movimientos políticos y sociales, las artes, las letras o cualquier tema de interés que en esos momentos estuviera viendo la luz, o ver como nacían entre velas y bujías, humo de melancolía y espejos patinados por el tiempo. Se hablaba de crisis, de guerra y también de paz o de la derrota de unos y la victoria de otros.

Conjuras, intrigas y pactos secretos germinan en la oscuridad de los primeros cafés como bien dijo Mariano Tudela en “Aquellas Tertulias de Madrid” en un ambiente de exiliados políticos, en los que se discutía de republicanismo o de monarquía, de un estado liberal o controlado, de gobiernos que caen o de gobiernos que nacen a la corrupción y que los verán caer, como las hojas en otoño.

Estos cafés, el café, lo describe magistralmente Cesar González Ruano : “ el café es donde se ama, se sueña y donde se muere. Quizá porque amar y soñar es irse muriendo un poco. Todo parece estar sumido en una niebla de lírica decadencia, en una pura pena de no saber por qué”.

Otra descripción que merece un cum laude la he encontrado, en mi deambular literario buscando en la capacidad de los demás para definir o describir lo que queremos decir, en la novela de Arturo Pérez Reverte “El profesor de esgrima” cuya acción se desarrolla en 1.866, en ese Madrid de lances de honor, generalmente por mujeres: “Mas que un café, el Progreso era un antónimo. Media docena de veladores de mármol desportillados, sillas centenarias, un suelo de madera que crujía bajo los pies, polvorientas cortinas y media luz; Fausto, el viejo encargado, dormitaba junto a la puerta de la cocina, desde la que llegaba el agradable aroma del café hirviendo en el puchero. Un gato escuálido y legañoso se deslizaba con aire taimado bajo las mesas, al acecho de hipotéticos ratones. En invierno el local olía constantemente a humedad y grandes manchas amarilleaban el papel de la pared. En ese marco, los clientes conservaban casi siempre puestas las ropas de abrigo, lo que suponía un manifiesto reproche a la decrépita estufa de hierro que solía rojear débilmente en un rincón.

En verano era diferente. El Café del Progreso suponía un oasis de penumbra y frescor en la canícula madrileña, como si conservase dentro de sus muros y tras los pesados cortinones el frío soberano que en él se aposentaba durante los días invernales”.

Describe la tertulia que allí se desarrollaba, con unos nombres que parecen sacados de la realidad tertuliana de la época:  Agapito Cárceles, don Lucas Rioseco, Jaime Astarloa – el profesor de esgrima-, entre otros contertulios, Marcelino Romero, profesor de piano en un colegio de señoritas y Antonio Carreño, funcionario de Abastos”.

El café era plaza pública como el ágora de las ciudades griegas, donde las gentes se relacionaban y formaban sus asambleas o tertulias. A Ramón Gómez de la Serna, el café le atrae “como una plaza pública, reservada, con asientos cómodos y bajo techado. Sobre todo en invierno, los cafés son las únicas plazas públicas en que se puede uno sentar en un cómodo banco público, sin dejar de estar guarnecido”. A él le gustaba escribir en los cafés solitarios-  que por ser solitarios fueron muriendo- y nunca junto a otro escritor porque decía “que se veía en los espejos como haciéndome muecas a mí mismo”.

Los cafés eran universidades, parlamentos, academias. Valle Inclán afirmó que “El Café de Levante ha ejercido mas influencia en la literatura y en el arte contemporáneo que dos o tres universidades y academias”.

“El café es el Consejo de Estado de los hombres, que nadie va a consultar y que dirían la palabra definitiva sobre cada asunto”según la greguería deRAMON.

Primero, antes de los cafés, fueron los lugares de paso llamadas alojerías desaparecidas hacia 1.838 y donde se degustaba un refresco llamado aloja (bebida grata y refrescante de miel y especies con propiedades curativas que introdujeron los sarracenos), para dejar paso después a las tabernas donde muchos comerciantes cerraban sus tratos -lo que hoy se llaman negocios- siempre regados con algún buen vino de la tierra y algunas exquisiteces.

Suceden a las tabernas como sitios de reunión, las botillerías, establecimientos de bebidas y refrescos. La de Venecia en calle del Prado, la de Ceferino en la calle León o la del Angel, en la plazuela del mismo nombre, junto a la de Santa Ana, todas ellas en el triángulo o barrio de las Musas. De entre ellas destaca por la importancia de los personajes que allí tertuliaban y especialmente por la instauración, muchos años después, en 1.912, de la tertulia de Ramón Gómez de la Serna, la de Pombo, Antiguo caféy Botillería de Pombo, el primer café que hubo en Madrid-según algunos autores- y quizás en España, ya que fue abierto en los años finales del siglo XVIII, que estaba situado en la entrada de la calle Carretas y la de Canosa en la Carrera de San Jerónimo, precursoras de los cafés, en los que la reunión se convertía en tertulia y ésta a veces en arengas permanentes y vociferantes, y donde los encuentros poéticos tuvieron su vida y su espacio, rodeados de aterciopelados sofás, sillas de madera y asiento de rejilla, veladores de mármol o cristal y, como en alguno, mesas de billar de caoba maciza y bandas de palosanto y palorrosa. 

Distintos autores polemizan sobre si el primer café, como dice el sociólogo Lorenzo Díaz, que ha estudiado este fenómeno social y trascendente para la vida  política, artística y literaria-teatral de Madrid, fue la Fonda de San Sebastián, primera en servir café en 1.776, o si lo fue el Antiguo Café y Botillería dePombo. Es difícil decir si el café fue antes que la tertulia o realmente, el huevo y la gallina nacieron a la vez y quizás de aquí la polémica. El invento del café nace en el último tercio del siglo XVIII y se considera invento de la “ilustración” borbónica.

En los primeros años del siglo XIX, las botillerías se van transformando en cafés, “puntos de reunión y discusión de las grandes novedades que ocurrían en Francia y de las importantes consecuencias que de ella fueron alcanzando a nuestro país”. En el libro “Guía de Madrid” escrito por Angel Fernández de los Ríos en 1.854 se da cuenta de los primeros cafés de principios de siglo. “Estaban por entonces concurridos, el café de Santo Domingo, esquina a la calle Ancha; el de San Antonio, en la calle del Pez, esquina a la Corredera, especie de Panteón de hombres del antiguo régimen; el de San Luis, pasadizo a la calle del Carmen, en el quedominaban los guardias de Corps; el de la Alegría, calle de la Abada, cuya muestra estaba pintada por Goya (sic); el de Levante, que también tuvo cierto tiempo una muestra artística, obra de Alenza, y varios otros, muy pocos, de los cuales sólo sobreviven el de la Red de San Luis, frente a la fuente; el de Pombo, calle de Carretas y el del Carmen”. Por entonces, en 1.860, Madrid contaba con 14 buenos hoteles, 40 posadas y mesones, 66 cafés de postín, 890 tabernas, 75 farmacias, 20 librerías famosas, 12 casas de baños y un número considerable de sastrerías, zapaterías, cordelerías, ultramarinos, carnicerías, lecherías…

Si con Isabel II y la Restauración llega a su esplendor el café madrileño, con la República se llega a su decadencia para encontrarse las dos Españas en los cafés del paseo de Recoletos. Madrid era tertuliano. Vivía en y para las tertulias, ya fueran de café o de botica, de botillería o de salones propios o ajenos, de sacristía o al raso en la Puerta del Sol, pero al fin y al cabo tertulias hoy literarias, mañana políticas, de diplomáticos en el Parnasillo o de anarquistas en el café del Vapor, para hablar del arte de los toros o para recitar poesías recién llegadas de las musas del Parnaso. Si en el siglo XVIII los más ilustrados eran ya tertulianos, no en el sentido que luego tomarían las tertulias cafeteras, pero sí en reuniones en lugares privados, en salones particulares o asociaciones políticas, en el siglo XIX,  si no se era tertuliano de alguna de las muchas tertulias existentes, no se era nadie en este Madrid literato, de musas y de poetas. Madrid paleta de pintores y cincel de escultores;  Madrid de Cervantes, de Lope, de Quevedo de Calderón o de Tirso que aquí viven y escriben sus obras inmortales.

Los cafés de Madrid han sido el hábitat natural de bohemios y faranduleros; de hombres de letras, médicos o poetas, literatos y juerguistas, diplomáticos y sablistas, misántropos y espontáneos de la tertulia, de los que eran o querían ser, de zurupetos y ambiguos. Políticos recalcitrantes, revolucionarios y libertadores trasnochados. También de espías, de pintorescos aristócratas y algún que otro parásito. De magnates y mangantes; de pintores hechos y de pintores deshechos; de toreros, creadores y artistas. Fueron locales en los que las comodidades mejoraban las de sus casas o buhardillas y por lo tanto las horas eran más agradecidas. Eran el salón de estar de los que no lo tenían; el Paseo del Prado de los sin carruaje nicaballos. Aquellos cafés tenían, como dice Julián Marcos en el libro “El Café Gijón”, “cuerpo y espíritu, cuerpo y memoria, decorados y luces, millones de palabras recubriendo las paredes, las barras, los sillones, las mesas, las sillas”.

Los cafés eran la disculpa para todo. Eran la pañosa en los crudos días de invierno, el clavel reventón en las primaveras, cuando los cafés se echaban a la calle, eran oasis refrescante en las tórridas noches de verano y si en otoño no había disculpa, se achacaba su presencia en el café, con la disertación de algún tertuliano famoso, de un amigo recién llegado o por la necesidad de vender tu obra. Eran en definitiva, desayuno, aperitivo, merienda y cena, de casi todos, fortaleza de trasnochadores y medicina de los enfermos de la bohemia, sagrado recinto que, aunque no se dieran cuenta, transformaban su guerra particular al convencionalismo, con hacer convencional la visita diaria a un convencional café.

El café espacio, podía ser como el café bebida. Podía ser amargo cuando amargura tenía la carta que estás escribiendo; dulce como la conversación de la amada junto a ti o el beso amoroso de tu pareja; frío o caliente según la temperatura de tu propio ser o del ambiente tertuliano escogido, pero siempre era compañía ante una espera, era lectura o lugar donde se practicaba el maravilloso don de la escritura, lugar donde poner en orden los recuerdos, era tertulia o era, simplemente, el estar con los demás y compartir algo con ellos.

Realizar un recorrido por los cafés matritenses, era dar un paseo por la literatura, la poesía, conocer los avatares políticos o entrar en conjuras, e intrigas, lances de honor, o darse un paseo por el periodismo del tiempo o por el Arte de Cúchares.

Si nos situamos en 1.830 o mejor en el primer tercio del siglo XIX,  y nos acercamos por el Café del Príncipe, café destartalado y sombrío, cercano al teatro Príncipe – hoy Teatro Español – pronto llamado El Parnasillo, que toma el nombre de la tertulia allí instituida, y por los cercanos el Morenillo, el Solito o el de Venecia, veríamos a Espronceda, Larra, los Madrazo o Villamil, a Bretón de los Herreros o Zorrilla y a Campoamor.

Conocer a Benavente, era entrar en el Gato Negro de la calle del Príncipe y ver allí junto a él a Valle Inclán o a un joven onubense, Juan Ramón Jiménez, que ya despuntaba por los cafés. También en su transcurrir entre atmósferas humeantes y políticas, se les puede ver en el Café Nueva Montaña en la Puerta del Sol junto a la Carrera de San Jerónimo.

Si nos acercábamos al Levante, podríamos hablar, conocer u oir como se expresaban con sus pinceles: Picasso o Romero Torres; Gutierrez Solana o Darío Regoyos; Rousiñol o Zuloaga, o escuchar a Azorín, los hermanos Machado, Penagos, Sancha, Baroja y Rubén Darío.

Para ver o escuchar la tertulia literaria de Ramón Gómez de la Serna, o sólo RAMON con mayúsculas, que lo demás le sobraba, había que visitar el Antiguo Café y Botillería de Pombo, allá en 1.912, en la calle Carretas, muy cerca del kilómetro cero que es el punto de medida de todas las Españas. También aseguran que por allí pasaron Prim, Sagasta o Pepe Botella, el Rey hermano de Napoleón Bonaparte o también José María Cossío, Manuel Azaña o Camón Aznar; a Gutiérrez Solana o a Gustavo Maeztu y a Bergamín, podríamos hablar con Valle Inclán. Para charlar con Ortega padre del filósofo, tendríamos que desplazarnos a la Granja del Henar, junto al Círculo de Bellas Artes y allí alguna noche, podríamos hablar con Valle Inclán. A algún jovel periodista prometedor como Cesar González Ruano habría que encontrarlo por estos primeros años del novecientos en la Glorieta del Bilbao, en el café Europeo. Por allí también pasaron Carlos Fernández Cuenca y si se encontraba en Madrid, Antonio Machado que se citaba con su hermano Manuel en este café.

Los cafés existieron por todo el perímetro matritense pero en algunas zonas se apiñaban, como el Puerta del Sol y sus aledaños. Quise ir a buscarlos pero se fueron de esta vida para dejar paso a la modernidad que ellos ya no eran. No fueron complacientes con ellos y los dejaron morir sin guardarlos en almonedas para que otros, quizás, un día los compraran para ponerlos en la vitrina de la Historia.

 En esa Puerta del Sol y entre aguadores, afiladores, manolas, rabaneras, horchateros -todos de Valencia como los afiladores de Orense o los serenos de Asturias-, entre vendedores de cangrejos, cántaros, canastillas y barreños; entre gritos de silleros, alpisteros o sarteneros, nacen los primeros Cafés.

 Puerta del Sol, con Castillo o sin él, con puerta o portillo, o con “ná de ná” dicho de forma castiza, mirando al oriente, o con el sol grabado en el nonato frontispicio del que algunos autores hablan que existió coronando el castillo. Puerta del Sol, antes de tierra polvorienta, empedrada después y rajada mas tarde por los raíles de tranvías de caballos o eléctricos, para dejar paso ahora a una colcha de betún negro que tapa las sábanas de piedra de antaño. Puerta del Sol de buñoleros, aguadores de cebá, vendedores vociferantes, rameras, puretas, mendigos, desafiantes bohemios…

Puerta sin puerta, abierta a los de aquí y a los foráneos veranistas, iluminada por lamparillas petrolíferas, que parecían lunas mohínas en cuarto menguante, para ser después alfonsinas gaseosas, pirulís de fluor y ahora, también alfonsinas de iluminación de Endesa, Iberdrola o Hidroeléctrica, que no lo sé. Donde se podía comer por cuatro reales en sus numerosas tabernas.

En esta Puerta del Sol nacen los tranvías de caballos y mecánicos, el telégrafo, el teléfono la iluminación o el metropolitano y también los cafés mas famosos que el tiempo, utilizando su goma de borrar, ha hecho desaparecer del papel histórico que representaron, y no dejar ni la muestra. Dice Tomás Borrás “que en 1.939había desaparecido 75 cafés históricos” Quizás el mas antiguo y prestigioso para algunos autores, el Lorencini en la esquina de la calle Espoz y Mina que inmortalizó Galdós en su “Fontana de Oro” y cuyo interior, no de grandes dimensiones, estaba decorado por Ribelles. La Fontana de Oro, el Café Imperial, llamado tiempo después el Café de la Montaña y que fué inaugurado en 1.864 y llamado “el de las 16 puertas” que era el número de huecos que tenía a la calle, el Café deLevante frente a la Iglesia del Buen Suceso y que fue trasladado años mas tarde, al número 5 de la Puerta del Sol, el Café Lisboa, el Universal, el Café Oriental o el Colonial, Puerto Rico o la cervecería Candelas primer establecimiento servido por señoritas y por lo tanto de ambiente picaresco. En muchos casos, en estos cafés, las tardes eran amenizadas por música de profesores, orquesta generalmente de dos: un pianista y un violinista algo caducos pero al fin y al cabo músicos excelentes.

 

 

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La noche tenebrosa

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Ayer fue una noche pasada por rayos y centellas, noche en la que caían cubos de agua desde los oscuros y tenebrosos rincones del cielo sin que nos hubieran pedido permiso para armar tanto ruido. Me desperté con el primer bombazo, bombazo que me recordó al que a la misma hora, las 6 de la mañana, anuncia el inicio del Rosario de la Aurora de nuestra Romería tal y como ocurrirá este año el próximo 14 de septiembre. Me asomé a la terraza y todo lo que podía ver, Abantos , las Machotas, Valmayor…,era como si la noche de los Fuegos artificiales en las Fiestas sanlorentinas se había adelantado unos días y los rayos de colores lanzados desde tierra iluminaran el cielo con los más variados reflejos y colores. Parece como si el verano recién entrado se hubiera marchado de vacaciones dejándonos agua, rayos, pedrisco e inundaciones. Aunque no es carnaval, el verano se había disfrazado de invierno acompañado de un descenso de las temperaturas y un olor distinto al que estamos acostumbrados en estos días, cambiando en 24 horas los aromas respirados en nuestros dos pueblos. Las Machotas se llenaban de luz y la visión del Monasterio iluminado por los rayos era digna de admirar y disfrutar desde mi terraza.

Ya levantado pensé el por qué me extrañaba esta tormenta si yo he pasado media vida en El Escorial donde la tormenta veraniega era lo más normal de los veraneos escurialenses. Recuerdo aquellas  tormentas llenas de rayos que caían en los pararrayos del Monasterio y en las que el agua discurría como pequeños ríos por la falda de Abantos, Floridablanca y la Cuesta de la Estación. Aquellas tormentas donde lo primero que ocurría era dejar sin luz a los dos pueblos y no poder hacer nada hasta que pudieran solucionar la avería. Y recordé la que viví con 16 o 17 años, allá por 1.960-61,  en uno de los primeros guateques veraniegos en casa, creo, de Mariví Antolín (q.e.p.d) gran y querida amiga. Eran las 8 de la tarde y bailábamos en la terraza de su casa en la calle del Rey, frente al bar Cobeñas. Los truenos anunciaban tormenta y enseguida comenzaron a caer unas gotas de agua gordas como castañas que nos hizo refugiar dentro de la casa. Los rayos caían en el Monasterio como un iluminado aquelarre.  Como la cosa se ponía fea y ante la falta de teléfono en la casa y falta de móviles entre nosotros como en la actualidad,  tuvimos que pedir permiso al piso de más abajo para llamar a nuestros padres. La tormenta iba creciendo y era imposible salir y llegar en condiciones a mi casa en El Plantel. Sobre las 10,30 de la noche se pudo salir y aun lloviendo llegué calado y cansado de correr a mi casa en la calle Coronel de Diego. Gracias a la llamada no me regañaron mis padres por llegar tarde. Todavía oía caer agua desde la cama hasta que los nervios y el cansancio o quizás también algo de miedo, hizo que me quedara dormido.

A la mañana siguiente todo era un desastre. Parecía que había pasado un tornado. Los cielos habían  llorado con fuerza y los resultados se podían ver en las calles, domicilios y jardines. Los melones y la cerámica de los puestos callejeros que todos los veranos se instalaban en Floridablanca frente al Santuario, se podían encontrar en la vía del tren al bajar, transportados por el agua, como pequeños barcos a la deriva. Según pude comprobar, unos días más tarde, la marca que el agua dejó en las paredes de la Casa de la Reina, en su entrada por el callejón de Infantes junto a Mariquita Pérez, alcanzaba una altura de metro y medio.

 Como otras que he vivido, esta si que eran tormentas en El Escorial.

 

 

 

 

Le Corbusier en El Escorial

Le Coubusier en El Escorial          Le Corbusier y García Mercadal en El Monasterio

Había visto estas fotos que presento hace ya tiempo, pero las he recordado ahora que en Caixa Forum en Madrid se ha inaugurado una completa y magnífica exposición sobre Le Corbusier titulada “Un atlas de paisajes modernos”. Charles-Edouard Jeanneret como realmente se llamaba, fue uno de los artistas más influyentes y polémicos del movimiento moderno del siglo XX. Autodidacta genial, no pisó la universidad, lo que no le impediría ser uno de los exponentes máximos de la arquitectura y del urbanismo moderno. La exposición, que recomiendo a los amantes de la arquitectura, la pintura y de las artes en general, hace un recorrido de las muchas obras realizadas por Le Corbusier, desde que en 1.917 estableciera su estudio en París. De aquí salieron proyectos para medio mundo y realizó la remodelación de la fisonomía de distintas ciudades desde América del Sur hasta la India. Nada menos que trabajó en unos 400 proyectos arquitectónicos y construyó 75 edificios en todo el mundo.

No es momento de hacer un recorrido por sus obras, muchas criticadas y acusadas de haber concebido un estilo maquinista, aunque la realidad es que sus obras estaban ancladas en la naturaleza y el paisaje que supo plasmar en sus cuadros. Hablar de Le Corbusier sería hablar del arquitecto, del urbanista, diseñador de muebles, del pintor, del escultor o del escritor ya que dominó todas estas materias. Pero la realidad que me interesa recordar su viaje a España en 1.928 para dar dos conferencias en la Residencia de Estudiantes foco de grandes personalidades de las letras, las artes y el pensamiento de la época. Puso algunas condiciones entre las que figuraron, junto a una corrida de toros, acercarse al Escorial para contemplar la obra del Monasterio. Tras su visita a España resumió su viaje con la contundente frase de “que puedo enseñar yo de arte moderno a esta nación que ha creado El Escorial”. Su impresión del Monasterio de San Lorenzo fue tal que uno de sus míticos proyectos, El Mundaneum, está basado en la planta cuadrada de la obra del Rey Felipe II. El interés del arquitecto suizo por la arquitectura manierista y por su máximo representante Palladio, hizo que muchos de sus obras estén basados en esquemas de obras renacentistas. En el escrito publicado como “Le Corbusier y el Manierismo: antecedentes a la planta del Mundaneum”en La Ciudad de Dios (septiembre-diciembre 2.010) se trata de demostrar con total fiabilidad que el proyecto para el Mundaneum (1929) está basado en la planta del Monasterio del Escorial. Fue en 1.928 cuando Paul Otlet, precursor de las modernas enciclopedias informáticas, encargó a Le Corbusier el proyecto de un “Museo Mundial” donde se concentraría todo el mundo del conocimiento clasificado según la Clasificación Decimal Universal inventada por Paul Otlet. Proyectado en las afueras de Ginebra no llegaría a construirse.Podría pensarse en una casualidad pero el proyecto se presentó un año después del viaje que hizo en 1.928 a España invitado por el arquitecto Fernando García Mercadal, con quien aparece en las fotos. Mercadal fue un brillante arquitecto y viajero curioso. Fue el acompañante de Le Corbusier a Segovia, Toledo y El Escorial. Frente a la obra de la fachada del Jardín de los Frailes y la Galería de Convalecientes, alabaría su equlibrio entre vanos y macizos y pronunciaría su célebre frase “el Monasterio del Escorial es un rascacielos tumbado”.

El Día después

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Como en otros acontecimientos y momentos importantes de la historia de España, El Monasterio el Real de San Lorenzo del Escorial ha sido testigo de otro hecho histórico. La presencia de un Rey que abdica en su hijo y ambos presiden al día siguiente, el Capítulo de una Real Orden militar en la Lonja.  

El día 2 de junio de 2.014 será una fecha importante para guardar entre las más trascendentes en nuestra caja de vivencias y acontecimientos. En este día, S.M. el Rey Juan Carlos I comunica al Presidente del Gobierno su decisión de abdicar como Rey de España en su hijo Felipe de Borbón de acuerdo con la Constitución española. Al día siguiente el día 3 de junio, la Lonja del Monasterio ha sido el escenario de la ceremonia militar del Capítulo de la Real y Militar Orden de San Hermenegildo que celebra el 200 centenario de su fundación y que ha sido presidido por el Rey y el Príncipe. El Rey, al día siguiente de su abdicación, no ha dejado de cumplir sus compromisos y en especial con la Real Orden. Aunque su mente debía estar en otros lugares, su corazón y su presencia estaban, junto al futuro Rey Felipe VI, con los militares que celebraban el Capítulo de la Orden. Y eligieron El Escorial para presentarse juntos ante los militares y su pueblo. No olvidar que Don Juan, padre de S.M el Rey Juan Carlos, se encuentra en el pudridero del Panteón Real.

La Orden se creó en 1.814 para premiar conductas militares ejemplares y que dieron su vida por España. Finalizada la guerra de la independencia Fernando VII regresa definitivamente a España y encarga a su secretario de Estado traslade su idea de premiar a todos los que habían contribuido a la victoria. La primera propuesta fue la de utilizar la Orden de San Fernando reformada en algunos aspectos. El Consejo Supremo de Guerra decide separar los dos motivos castrenses- el valor y la constancia- y propone la creación de una nueva Orden que premiara la constancia y que se llamaría de San Hermenegildo.

¿Cuáles fueron las razones para poner la nueva Orden bajo la advocación del santo y para trasladar la sede de sus Capítulos al Monasterio del Escorial? Son una serie de circunstancias reunidas alrededor de la figura del rey santo como: ser rey español; firmeza en la fe; Felipe II fue muy devoto de este santo que hizo trasladar su reliquia al Real Monasterio del Escorial, reliquia que fue arrebatada por los franceses y posteriormente devuelta al Monasterio donde se encuentra hoy día. Pero parece que la  circunstancia determinante fue la admiración política y la devoción hacia su figura del Rey Fernando VII.

Como es natural en sus muchos años de existencia, la Orden ha pasado por dificultades y vicisitudes hasta su Reglamento actual. Según su historia en mayo de 1.951 se publica el Cuarto Reglamento que recoge lo legislado con anterioridad e incluyendo el ingreso de todos los Cuerpos de los Ejércitos de Tierra, Mar y Aire en la Orden. La Asamblea Permanente se ubicó en el Consejo Supremo de Justicia Militar, siendo el Presidente de la misma el Gran Canciller de la Orden; se mantuvo la obligación de celebrar un Capítulo cada dos años. A partir de 1.961 se reinicia la casi perdida tradición del Capítulo, celebrándose desde entonces de manera bienal; se recuperaron las tradiciones, se creó el Estandarte de la Orden, se nombró la comisión Ejecutiva y se designó al Real Monasterio de San Lorenzo del Escorial como sede del Capítulo.

La Orden es una de las más antiguas de España con la de Carlos III, la de San Fernando y la de Isabel la Católica; sólo admite a españoles y celebra Capítulos bienales en el Real Monasterio de San Lorenzo del Escorial. Es la orden que más iniciativas legislativas ha promovido y la que menos ha modificado ni su objeto ni sus insignias.

Los tejados del Monasterio

Maqueta del Monasterio

Los tejados de pizarra

Si nos fijamos en los tejados de los edificios escurialenses vemos que casi la totalidad están terminados en piezas de pizarra, material rocoso que habilidosos pizarreros colocan sobre un armazón de madera, sobre la que se fijan unas láminas de plomo y a éstas se grapan pequeñas piezas de pizarra.

Parece que Felipe II gustaba de este material rocoso para cubrir los tejados ya que “eran buenos porque no pesan como el plomo, sirven para la nieve sin ser calurosos en verano, y son lúcidos, bellos y dan severidad a los edificios”. Conocidas las techumbres con pizarras en sus viajes por Flandes y Alemania las introdujo en España como seña de identidad de la arquitectura de su dinastía. Así lo cuenta Alfonso de Ceballos-Escalera, Cronista de Armas de Castilla y León, en un interesante documento que no recuerdo como ha llegado a mis manos, titulado “Las Reales Minas de Pizarra de Bernardos” mina segoviana de la que salieron las miles de piezas de pizarra que conformarían los tejados y chapiteles del Monasterio de San Lorenzo el Real.

Aunque el empizarrado era una técnica complicada por su dificultad constructiva y no existían pizarreros hábiles ni grandes minas, hubo que buscar las explotaciones lo más cercanas a las obras reales y traer a pizarreros flamencos algunos de los cuales trabajaron en las obras del Monasterio escurialense. Los tres pizarreros de las obras reales residieron primeramente en Segovia, aunque pasaron luego a tener habitación en el Real Sitio de San Lorenzo.

El interés del Rey por la pizarra para la cubrición de sus obras, le llevó a abrir hacia 1.560 una cantera en el lugar de Bernardos, aldea de Segovia, que proporcionara las grandes cantidades de pizarra necesarias para sus obras, para lo que trajo a varios minadores franceses. La mina se hundiría para tras los trabajos de reforma volver a abrirla. Más tarde se solicitaría licencia para una nueva mina y en otro lugar cercano, Carbonero el Mayor, una pequeña mina surtiría también de pizarra a las obras reales produciendo roces con los pizarreros de Bernardos.

La lista de las miles de piezas que se sacaron de estas minas para obras del siglo XVII sería interminable. “En 1.653, el Rey ordenaba acelerar la cubierta del Monasterio de San Lorenzo el Real, a cuyo efecto la Junta de Obras y Bosques ordenaba al veedor de Segovia que diese al administrador de las canteras de Bernardos las instrucciones precisas al efecto”. Años después, en 1.673, a causa de un grave incendio, hubo que enviar grandes cantidades de pizarra segoviana para la reconstrucción de los tejados y chapiteles desaparecidos en el incendio. Durante el siglo XVIII miles de piezas de pizarra salieron de estas minas de Bernardos para ejecutar obras de iglesias, palacios y conventos que iban aumentando con la terminación de las obras del nuevo palacio de San Ildefonso o el Palacio de Felipe V. También en 1.722 salían de las minas segovianas 10.000 piezas para las obras del palacio y casas de oficios de San Lorenzo el Real así como en 1.725 otras 10.000 para el Monasterio. De estas minas saldrían las piezas de pizarra que cubrió la Casa de la Villa del Ayuntamiento madrileño.

Conocer el número de ventanas que existen en el Monasterio no es difícil. Se pueden contar o leer en algún libro para decir que son 2.673. Lo que sería algo más complicado sería contar  las pizarras que se utilizaron y que cubren los tejados y las torres de la obra escurialense.

Un paseo por el Barrio de Abantos

 

Pasear por el Barrio de Abantos, que nació con el precioso nombre de Barrio de los Reyes, es dar un paseo por la arquitectura, la música y la cultura. Los muchos hoteles que en él existen son todo un catálogo de la arquitectura de lo que se llamó una urbanización de lujo, nombre que se la dio en los primeros pasos de su planeamiento con la permuta de terrenos entre el Patrimonio Real y el Ayuntamiento de San Lorenzo que buscaba un ensanche por la zona del Romeral. Aunque el barrio presenta una homogeneidad en sus construcciones no hay duda que existe una gran variedad constructiva con distintos estilos arquitectónicos. Tendencia regionalista; con reminiscencia historicista;  mezclando elementos de arquitectura clásica; neoherreriano o de un llamado estilo escurialense “con sus fachadas de mampostería o encaladas, cubiertas abuhardilladas de pizarra recercados pétreos en huecos y encadenado de sillares en las esquinas”. Grandes arquitectos como Pedro Muguruza, José Antonio Ridruejo, Carlos Arniches, Pedro Muguruza, Chueca Goita, Gutiérrez Soto…. han proyectado edificios en esta urbanización de la falda del Monte Abantos. Otros muchos arquitectos han construido sus propias viviendas en esta zona.

Si recorremos las calles del Barrio, algunas nos van sonando a música, a buena música; en otras, se escucha la poesía y por otras aparece la literatura la que nos han dejado grandes autores. Podemos pasear por la calle Concha Espina aquella mujer nacida en Santander, casada con Ramón de la Serna, mujer ilustrada y una de las más reconocidas escritoras de principios del siglo XX. Madre y abuela de importantes personajes de nuestro periodismo, diplomacia y de las artes.

Por la calle Guillermo Fernández Shaw la poesía se une a los libretos de teatro y de zarzuela escritos por este abogado y periodista que escribió junto a Federico Romero títulos inolvidables como La Canción del Olvido, Doña Francisquita, La rosa del azafrán, La Chulapona o la Lola se va a los puertos. Terminada su relación con Romero escribió otros libretos con su hermano Rafael. Como poeta también fue traductor de otros grandes poetas extranjeros.

Pasear escuchando el lenguaje chulesco del ambiente castizo madrileño es pasear por la calle de Carlos Arniches comediógrafo nacido en Alicante y que dedicó su genio a escribir sainetes y comedias de los ambientes populares de Madrid.

Termino mi paseo en la calle Maestro Alonso que nació en Granada en 1.887 y veraneó en este precioso barrio donde compuso muchas de sus zarzuelas, operetas y revistas. Paseo escuchando en mi recuerdo el chotis El Pichi o el pasacalle Los Nardos magistralmente interpretadas por Celia Gámez. Entre las primeras La Calesera y La bejarana. Operetas como Las Leandras, La Picarona o Doña Mariquita de mi corazón y un sin número del género de  revista tan en boga en esos años. Veraneaba en San Lorenzo en el número 26 de la calle que lleva su nombre y en su casa “Carmen” que construyó en recuerdo de la tipología de la vivienda urbana de su Granada natal. En su fachada una placa nos recuerda a ese hombre jovial y simpático que al decir de Gaby Sabau, gran amigo de la familia, se hacía querer. La placa con el rostro del maestro modelado por el escultor Palma, fue descubierta en 1.948 un año después de su muerte por su joven hija Pilar y siendo Alcalde, Salvador Almela.

El maestro Alonso compuso la música del himno a la Virgen de Gracia al que puso letra Guillermo Fernández Shaw quedando así hermanados por su devoción a la Virgen y or el barrio donde veraneaban y compusieron quizás sus mejores obras.

Carmen.- La casa del Maestro Alonso (2)

«Carmen» vivienda que fue del Maestro Alonso