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Cafetín Croché XV

Cafetín Croché XV

En aquellos y ancestros lugares de tertulia, la bebida por excelencia era el café pero también se podía beber, según el tiempo que hiciera antes de entrar en ellos: ponche, agua de cebada o de canela, limonada, naranjada y sorbetes, horchata o chocolate. El alcohol era para los pudientes que no eran muchos los que frecuentaban estos cafés. En Croché se puede beber agua por lo que nadie te desprecia o un mojito, caipiriña o un cóctel de los de antes, hábilmente agitado en su coctelera plateada, por Julio el abuelo, único superviviente de aquellos pioneros del Cafetín.

Aquí en Croché ya entran los pudientes y los que no los son a tomar alcohol, pero también limonadas, batidos artesanos- como el de avellana, el de fresa o el kosakito con champán, limones y vodka ruso-; helados como de la Abuela con leche merengada o de limón con piñones y miel, que son una delicia; de avellanas o de uvas pasas con Ron; aguardientes y licores hechos en casa como el de tiramisú, de peras, uvas pasas o de cerezas en aguardiente. Si, como buen cafetero, lo que deseas es un café, la carta los tiene de todos los colores y países: irlandés, escocés, jamaicano, hawaiano o vienés que bien los puedes acompañar con licores seleccionados por la casa, como el de avellanas, melón, mandarina o de canela.

En muchos de los cafés de antes, en las tardes noches de verano o cuando la primavera sacaba a la calle las sillas y las mesas esperando que los claveles y geranios salieran de su letargo, se podía cenar hasta altas horas de la madrugada esperando la salida de los teatros o de los grandes acontecimientos. En Fornos, el Suizo, el Negresco o el Acuarium se servían cenas hasta el amanecer; las cenas del Gijón eran famosas por bajo coste y ambiente agradable y muchos otros cafés ofrecían sus especialidades para aguantar la noche canicular, pues ya se sabe que Madrid tenía seis meses de invierno y seis de infierno.

Las tardes-noches de verano en el Croché, el callejón cambia su fisonomía. Sentado en su terraza te hace olvidar los problemas cotidianos. Consigue, que si lees el periódico, al mediodía, las malas noticias no te parezcan tan malas y las buenas te parezcan espléndidas. Por la tarde-noche el callejón de San Lorenzo se convierte en una estrecha plaza Mayor, ágora tertuliana, con tres terrazas que invitan a la relajación y al buen yantar. Por allí, a esas horas, pasan los que no van a ningún lado; los que van pero se quedan; los que esperan a cenar en Charolés; los que van a Barataria o los que van simplemente a su casa.

 

Terraza del Crché

No se parece a ninguna de las terrazas conocidas. No tiene perspectiva ni toldos para el sol, pero con un poco de imaginación parece que estás en el Paseo de Recoletos, en la plaza Mayor de Madrid, en la Place Vendôme o en la de San Marcos. Todo es imaginación buscando el fresco en las noches de julio y agosto como la sed busca el botijo, maravilloso invento de algún alfarero que sabía de esto.

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(continuará)

Cafetín Croché XIV

Cafetín Croché XIV

Un día me encontré en la puerta del Cafetín Croché al pintor Manolo Viola que se había instalado el San Lorenzo en 1.968, después de vivir en la calle de Ríos Rosas en la casa que vivió Camilo José Cela y creo que Cesar González-Ruano, y que se hizo gurriato hasta que sus pinceles callaron en 1.987. Yo le tenía aprecio y hablábamos de arte, de pintura, de Santa Teresa y de toros,-dos de sus grandes aficiones- y siempre me he preguntado el ¡porqué!, ya que ni sus ideas políticas eran las mías, ni sus destellos anarquistas y fuera de lugar como en aquel Primero de Mayo en una manifestación en la puerta del Hotel Miranda, a los pocos años de morir Franco, no eran los de una persona dialogante. Pero eso es agua pasada y no hay rencor.

Viola, de voz quebrada, rota de hablar, era juguetón con los retoques finales de sus cuadros, pintor de gallos y de tinieblas que remataba de rojos, verdes y amarillos intensos, quizás para romper la amargura de sus fondos. Viola iba a muchas tertulias en Madrid y se dejaba ver por los cafés tertulianos. En uno de ellos, el Café Gijón, cuna del movimiento artístico de El Paso con Miralles, Saura y el propio Manolo Viola, ágora de la bohemia mas recalcitrante de la España literaria y poética de principios del siglo XX, le escribió Joaquín Parejo-Díaz unas coplas que tituló “Coplas que no salieron en el NO-DO”, la siguiente:

 El pintor español Manuel Viola
El día que Umbral llegó al  Café Gijón/ a la hora de glorias y de alcobas
Un Louis Amstrong le llamó a media voz.

Es el pintor Viola/ Que invita a compartir conversación

Para arreglar el mundo en media hora.

viola2Pero Viola no entraba en Croché y ese día en el que yo le invitaba a tomar un vino, me dijo:

-Yo no entro en el Croché, porque se parece mucho a  mis cuadros  y yo no entro en mis pinturas.

Se marchó y me dejó pensativo e intentando descifrar aquel jeroglífico que me acaba de trasladar.

Recuerdo una partida de mus en la zona abovedada del Cafetín, entre cuatro buenos amigos, que acabó como el Rosario de la Aurora. La culpa no fue del mus ni de los buenos amigos: fue de la cosecha del Rioja que se bebió en la cena y del hielo de las copas que debió sentar mal a alguno.

A Croché no se va generalmente a comer. Tampoco a pasear; se va a estar. Pero estar no significa no comer ni beber y para ello tiene preparada una Carta que parece que va dirigida directamente al buzón de los mas exigentes. Aquí no se va a comer un cocido, ni a beber un Rioja del 70. Para eso y para la merluza, el estofado, las pochas con boletus, el chuletón o los carabineros a la plancha ya tiene a su hermano el Charolés. Aquí se va a picar, no como el barilarguero en la plaza de toros, pero sí a picar simplemente, sin castoreño, ni vara, ni toros ni ná.

Y como se dice en la carta, aquí se puede “picar a cualquier hora”. Cuando los cuchillos afilados del frío escurialense no te permiten hacerlo en la terraza sentados en el albero del callejón, lo haremos dentro, también a cualquier hora y siempre a las diez y diez del reloj de la barra. En verano y en esos días azules y soleados de la limpia primavera sanlorentina, la terraza es el sitio ideal para que sobre su albero, bien regado, florezcan las plantas de nuestras mejores tertulias, acompañadas, siempre, de algo de picar . Si te decides, porque el tiempo así lo pide, unas sopas de ajo elevarán tu ánimo hasta las mas altas cotas de tu existencia, trasformando en vitalidad tu estado mustio y destemplado. Si el ajo no te va bien y no tienes reuma- el ajo cura casi todo- una cata de caldo de cocido puede embriagarte casi como una bebida alcohólica y trasportarte a los lares de la abuela que hacía los caldos como Dios manda. Luego puedes probar el queso brie rebozado o una chistorras de Arbizu ( Navarra ) y terminar con una buen postre de leche frita a la llama de Machaquito (ese anisete con el que se bautiza el café mañanero y que es gloria bendita).

También puedes empezar con unas tostadas de changurro de bonito y unos boquerones Victorianos en vinagre. Seguir con una albóndigas de ternera que te harán olvidar las fiebres y enfermedades vacunas- tan en boga hoy en día-. Si te queda todavía algo de hambruna, después de mojar pan en su espesa y bien ligada salsa, pruebas la tarta del Cafetín, hecha en casa con frambuesas, que algún pastelero famoso envidiaría.

Pero yo prefiero empezar por las habitas finas de Alcaudete con jamón, unas croquetas de bacalao y terminar con la cata de callos a la madrileña, que mejoran los que he tomado en Madrid en restaurantes de varios tenedores y estrellas de guías gastronómicas, para finalizar con un postre de Flan de Chocolate que suelo acompañar de nata montada, y todo ello regado con Marqués de Riscal de la reserva numerada del 97. Y si alguna vez decides pasar por allí a picar no te olvides de los mejillones con bechamel o del Tomate al Perrin´s con queso manchego; de las tostadas de Roquefort; de pisto y bonito; de ensalada Imperial o de salmón ahumado. Y si te gustan los calamares no te olvides de pedir unos Calamaritos guisados de la jefa Elisa.

 

Cafetín Croché XIII

 

Cafetín Croché XIII

Interior_tienda_Lhardy-2009

Espejo de Lhardy

El Croché mira hacia dentro, no tiene ventanales para mirar hacia fuera; busca su propio ser, sin tener que ver pasar a nadie, ni que nadie te mire al pasar. Tiene, eso si, puertas y ventanas que sólo tamizan la luz y cuyos cristales están decorados con el nombre del Croché u otros motivos grabados imitando a la técnica del ácido, ácido fluorhídrico que es el único que ataca al vidrio. Proceso antiguo y complicado, debiendo recubrir con betún la parte que no queremos dibujar, la que queda libre. En Madrid existieron maestros importantes de la técnica del vidrio, como Ángel Jiménez Ochoa, nacido en el vecino pueblo de Guadarrama y talleres especializados en este noble arte decorativo tan en boga en tiendas, cafés y tabernas de finales del XIX y principios del XX. Gremio de artistas que se va perdiendo con las modernas técnicas de grabado del vidrio.

El Croché es de esos cafés en los que nunca pasa nada pero que en cualquier momento puede pasar algo imprevisto o al menos te imaginas que algo va a ocurrir. Es, como se decía del Gijón, el lugar que menos se liga del mundo, pero como la esperanza es lo último que se pierde…. Es un espacio acogedor pero inacabado en el tiempo. El Cafetín Croché tiene por derecho propio, el título y la condición del café intemporal, del café matritense, del café de estancias prolongadas, de tertulias, de amoríos o de citas clandestinas, del café de premios y de juegos de la oca o del parchís y en donde las conversaciones fluyen sin molestar, como de música de fondo se tratara, pero que no la escuchas, aunque notes su presencia y que siempre está ahí para acompañarte en tu propia soledad. Y aquí sentado sobre sus divanes rectos, empalados y algo tristes por el tono marrón oscuro de su terciopelo, he pasado revista y he recordado sentado algunas anécdotas que ocurrieron en este Cafetín.

jineteParece que todavía estoy viendo entrar a un personaje inefable al que llamaban “mi caballo murió”, hombre a unas gafas pegado, perfectamente pertrechado de ropa para cabalgar por los prados, laderas y hasta montañas escurialenses, con botas altas casi espejos azogados en negro, por su limpieza y pulcritud y de empaque algo anticuado.

-¡Qué! Fulano, ¿vienes de montar?

-No he podido pues mi caballo está enfermo.

A los dos o tres días y casi siempre con mala intención, alguien le preguntaba:

–  ¿Por donde has montado hoy?.

-Fui a la Herrería para montar pero el caballo tenía una pata algo estropeada y además ha pasado una mala noche.

Nunca se le vio sobre ningún penco y si se apura algo mas, cuando se subía a un burro, si es que alguna vez lo hizo, seguro que lo tiró del jergón al ver a tal guisa montado sobre su lomo. De ahí su mote de “mi caballo murió”.

(continuará con Viola)

 

 

Cafetín Croché XII

Cafetín Croché XII

En las paredes de esta zona, una colección de billetes antiguos, junto a un billete de 1.937 del Consejo Municipal del Escorial de la Sierra de 50 céntimos, moneda que circuló por estos parajes durante la Guerra Civil, y que está firmada por Piris y Carrizo, parecen querer que esas dos Españas se hagan amigas y se olviden de una vez para siempre de odios y rencillas. Una barquillera de latón, quizás recordando a la buena de Doña Crescencia, barquillera de honor de San Lorenzo, que nos deleitaba, con sus barquillos y cucuruchos de pipas, delicias de paseantes, primero en la Plaza de los Jardincillos y luego en Floridablanca. Barquillera que nos recuerda niñeces de parisien o de rubios barquillos cilíndricos de dos o tres vueltas; rueda de la fortuna- si no te tocaba el clavo- siempre cual zurrón al hombro del barquillero castizo y chulapón, siempre presente en paseos, parques y verbenas que vociferando ¡barquillos; parisien! daban un colorido chulesco a los ambientes madrileños con su palpusa de cuadros, el safo al cuello y su chopín gris sobre la babusa blanca. Esta barquillera de antaño hace guardia junto a una gramola antigua, muda también como las radios de madera.

Es una zona diferente que se busca al entrar al Cafetín y cuando se descubre, los ojos de las parejas se hacen cómplices y asienten sin mover un músculo. La mesa del fondo de este espacio, solitaria en muchos momentos, sería la ideal para que Ramón Gómez de la Serna escribiera en ella, pues a él le gustaba escribir hasta las primeras luces del día en su buhardilla y luego trasladarse mas tarde a un café solitario y no con el ambiente de tertulias ruidosas como el Gijón.

En toda esta decoración del Cafetín Croché, echo algo de menos. Echo de menos al cerillero de todo café que se precie, vendedor de humo o de números de la suerte, de postales a turistas o confidente de alguna cita, y que debe estar apostado como perro guardián cerca de la puerta de todo café o como en este caso, aunque sólo sea cafetín. En el sitio en que creo debería estar el buen cerillero, existe un Tablón de anuncios que si te decides a leerlos puedes quedar extasiado con lo que allí se expresa, se solicita o se anuncia y bien puede servir para iniciar una Antología del Anuncio de Tablón. Allí he leído el 29.03.01: Escuela de Arte Matisse:  “Curso de tango argentino impartido por FabianaBassa” ; Maribel Corral : “Naturópata- Osteópata. Especialista en terapias manuales”; Uno de teatro : Nos gusta el teatro y queremos montar “ Fools for Love” de San Shepard. Necesitamos dos actores; Tertulia en la Sierra : “Busco personas con buena formación. Ideas progresistas. Carácter innovador. Creatividad e iniciativa.”; “Lector animador. Ancianos, enfermos… cualquier edad. Julián Diaz Cantarero”. Una tarjeta que dice : “ Maripi Serrano: Blusas y bañoBrasil”. Otra anunciando un gabinete de Psicólogos; una tarjeta de un abogado con poco trabajo, me figuro; un anuncio de muebles y dos fotos de magos anunciándose. Arriba una NOTA : “ Las tertulias y anuncios expuestos en este tablón se renovarán los días 1 de cada mes”. Después de leerlo no he echado en falta al cerillero; es magnífico.

Del Croché me gusta casi todo. Me gusta su luz tenue que emana de las lámparas bronceadas Art-Deco del techo y de las lamparitas de las mesas con cristales de colores; la luz de las velas al anochecer, la que se filtra por las ventanas tamizada por labores de croché, suave y sin resol pues trasladan fielmente la penumbra del callejón de San Lorenzo. Me gusta su atmósfera tranquila, a veces inquietante, revolera o revoltosa, pero que va calando en el cuerpo como fina lluvia del norte. Me gusta el ruido de las cucharillas al remover el café napolitano, el del timbal de los dados en el cubilete o el seco chasquido de la ficha de dominó al colocarla sobre el tapete blanco de mármol.

Me gusta casi todo del Croché. Me gusta que sea un espacio medible por ojos geométricos. Un espacio asequible y sin distancias que distorsionen la vista, el oído o el olfato. Me gusta que no tenga demasiados espejos- tiene uno pero queda disimulado por fotografías de asistentes a las tertulias- pues la imagen en un espejo no es efímera, siempre te reconoce y guarda tu imagen en el recuerdo. Si vuelves te verás en él. No le provoques pues te sacará lo que fuiste. No seas inconsciente. Te recordará tu juventud hoy ajada, y te enseñará todas y cada una de las arrugas o surcos del arado de la vida en tu cara. Es traidor pues te delata tus miserias cuando te miras en él. Dos espejos, uno frente al otro, te llevan al infinito como en un túnel del tiempo, y al final te ves como flor marchita. Es cruel. Te mira cuando pasas de él. Los espejos no te quieren pues te sacan todos tus defectos. Por eso Manolo tuvo el acierto de poner pocos espejos en el Croché. No quería que sus clientes vieran el paso del tiempo que en Croché no existe, pero que sí era motivo decorativo, recurrente e impertinente en los cafés de antes como los que existían en Candelas, o los de la Fontana de Oro; el espejo de Lhardy con un gran marco de talla en madera dorada que mira y se deja mirar desde el fondo del local y en el que se han fotografiado varias generaciones de la selecta sociedad madrileña; los del Café Gijón o del Universal, el llamado café  de los espejos” por la gran cantidad que tenía colgados de sus paredes. Sólo puso uno para no tener que decir, como Cesar González-Ruano “estoy solo entre un laberinto de espejos, como el niño perdido en un bosque poblado de fantasmas geométricos”.

 

Cafetín Croché XI

 Cafetín Croché XI

Capítulo V

El Croché por dentro

En aquel Madrid de los siglos XVIII y XIX existieron cafés suntuosos con una decoración muy barroca, como el Café de la Iberia situado en la Carrera de San Jerónimo frente a Lhardy; con estrechos aposentos tertulianos como el Levante que estaba decorado con magníficas ilustraciones de Alenza; existieron cafés pequeños y con patio acristalado como el Lorencini, uno de los mas antiguos de Madrid y situado en la Puerta del Sol entre las calles Carretas y Espoz y Mina cuyo interior fue decorado por Ribelles; los había distribuidos en dos o tres recintos distintos como el de La Fontana de Oro que tenía la zona del café y otro recinto al fondo, formando ángulo, en el que se hacían las reuniones políticas, que mantenía las vigas de madera al descubierto y arcaico y trasnochado con una decoración exigua. Aquí las mesas eran de pino pintadas de color caoba con un tablero, también de pino pero en este caso pintado de blanco a imitación de mármol. Los había decorados con gran profusión de espejos, como el Universal o con 16 huecos a la calle y “71 veladores de cristal, 80 mesas de mármol de Italia, 600 sillas tapizadas y las mesas de billar de caoba maciza, con las bandas en palosanto y palorrosa y  sobre sus muros 10 relojes”. Este café, el Imperial, ocupaba los bajos y parte de la entreplanta del Hotel París y daba a las calles Alcalá y Carrera de San Jerónimo. Locales espaciosos como el Café de Madrid, que era un patio cubierto y con salida, después de atravesar un corredor, a la Carrera de San Jerónimo.

Antiguo Café del Levante       La-Fontana-de-Oro

                                                                                                                       La Fontana de Oro actual

El cafetín Croché es más personal en su decoración que otros muchos cafés de ésta y de otras épocas. Consta de tres estancias, mejor dicho de cuatro, lo que ocurre es que en la parte de la cocina nunca he entrado o no me han dejado entrar. En cada una de ellas la decoración asemeja a un pequeño y personal rastrillo con una unidad de criterio aunque diferencial en sus modos de tratar aquello que allí se va a realizar. Su decoración huele a rancio abolengo de lo antiguo, al olor familiar de la naftalina de un armario ropero. El ocre color de sus paredes se debe de adivinar ya que está casi tapado por colecciones, en serie fotográfica, de postales y fotos antiguas, ya amarillentas recordando aquel otoño que fue, tarjetas ya oxidadas de tono amarillento o gris plomizo que perdieron su color original; fotos de amores recortados sobre fondos falsos como la vida misma; de cuadros en los que se guardan colecciones de vitolas de cajas de cuchillas de afeitar, de papel de liar cigarrillos o de postales escurialenses de las de antes, todas de la  colección particular del Cafetín y que desde su propia estafeta se puede enviar a un amigo. Junto al rincón maravilloso, de entrando a mano izquierda, desde donde se divisa sin ser casi visto, cuelga una colección de bastones que para él la quisiera el gran Antonio Gala y que aunque tienen un artilugio para impedir su guinde, yo conseguí con algo de maña y astucia, sacar uno y no me lo llevé porque no soy un chorizo, pero eso sí, alerté de la fragilidad del invento. Y junto a ellos una colección de boquillas de cristal muy de los años veinte. Cartelería romántica de Moët Chandón, de anuncios estomacales cómo el de Saiz de Carlos o el famoso de los Chocolates Matías López cuya fábrica estaba en El Escorial de Abajo, pueblos éstos, el de Arriba y el de Abajo, que son como dos hermanos permanentemente cabreados a pesar de estar unidos por la cuesta de la Estación.

Todos estos objetos nos parecen inverosímiles en estos tiempos y se nos hace difícil creer que hubieran existido alguna vez, pero aunque ya no se ven ni se usan, sí es verdad que existieron dando un uso discreto y silencioso a los que los utilizaron. Aquí en Croché, viven muchos objetos que se nutren de su pasado, que fueron desahuciados y como dijo Cesar González-Ruano “triste condición la suya si ya ni siquiera pueden ofrecerte por todo lo que ya no valían”, y que en su inutilidad cuelgan de las paredes, paredes llenas de miles de palabras que fueron recogiendo en sus veinte años de vida y que se quedaron pegadas como moscas a la miel.

Sabia y acertada decisión. A pesar de que el magnífico gregueriano Gómez de la Serna dijo que “de una bella espalda descotada nació la televisión”, sus  dueños  dijeron NO a la espalda descotada, es decir a la televisión y ello a pesar de que a un año vista, se celebraban los Mundiales de Fútbol en España. SÍ dijeron, en cambio, a las radios de madera, algo caducas y ya secas de voz que decoran el Croché, que solo transmiten recuerdos y son mudas testigo de las muchas tertulias familiares o de amigos que aquí se desarrollan y de radionovelas amorosas que se representan bajo ellas en las mesas de mármol del café.

Antes de bajar a la cripta del Croché, se pasa por la zona de tertulias de amigos que van a charlar o juegan a los distintos entretenimientos de los que consta el Cafetín o esas tertulias de dos que juguetean y se besan ante la atenta mirada de cartón de un monaguillo que con su hucha entre las manos, parece querer pedir algo pero es respetuoso y no lo hace pues le pusieron allí de vigilante y guarda de amoríos. La zona cambia su decoración. Parece el cuarto de estar de una casa donde vive mucha gente, con paredes de labores de croché colgadas de barras de latón a modo de blancas cortinas de hilo con angelotes, sofacitos para dos y seis veladores redondos mas pequeños que los de fuera, como queriendo dejar mas espacio al amor puro que allí se profesan jóvenes y no tan jóvenes novicias y seminaristas del amor eterno.

Charlando en un café / ajenos al murmullo de otras mesas / al trajín de las tazas, a la entrada de tipos que dejan los abrigos junto a ellos. / Con los ojos clavados uno en otro / una chispa airosa en la sonrisa / un resplandor muy dulce / en las nubes de una combustión:/ ningún amor se entiende desde fuera, / ninguno.

( de Luis Muñoz del libro “ Manzanas amarillas” )

(continuará)

Cafetín Croché X

Barra del Croché

Cafetín Croché X

 

A las cuatro de la tarde y hasta las siete o las ocho, el Croché cambia su decorado. Comienzan a entrar los cafetalistas a pedir su café. Se vuelve un poco negro como el cielo amenazando tormenta, negro del café y de olor intenso a puchero- hoy cafetera- olor que se palpa y se puede rasgar con la cucharilla. Algunos cafés que se sirven en las mesas, llevan en su taza un manto blanco como si los fueran a cristianar en la pila bautismal. Es la hora en la que el Croché es alfil, reina, o caballo; es la hora que es damero o fichas de colores, cubilete y tacos de jamón de marfil con la numeración escrita en el lomo. Es tertulia bullanguera y amigable de temas prosaicos  y casi siempre muy terrenales.

Cuando se acercan las diez de la noche, cirios y velones se encienden para competir con las estrellas del cielo de la noche escurialense. A esa hora se enciende el cielo del Croché para acompañar a los luceros y alguien a mi lado comenta lo bonito que es hacer el amor a la luz de las velas. A esa hora, la barra del Croché parece un altar mundano con sus velas encendidas, mientras dentro, un monaguillo de cartón, pasa el cepillo a las parejas que rezan juntas su rosario de amor y por las radios mudas, un gregoriano moderno ameniza la celebración.

Y en este ambiente relajante, los fines de semana, las mesas del Cafetín se llenan de familias completas que tapean juntos y en buena armonía porque, ya se sabe, que la familia que tapea unida permanece unida. Es la hora de muchos que vienen a pasar sus horas de asueto semanal a San Lorenzo y que tienen como habitual tomar la penúltima copa en el Croché, quizás para comentar los partidos de fútbol con Luis o con Julio, que son del Real Madrid o con Iván que es del Atlético, o esperar mesa en El Charolés. Es la hora del que va o viene de ver buen teatro o de algún concierto en el Coliseo Carlos III; del alemán afincado en San Lorenzo o de la alemana que decidió quedarse a vivir aquí con su hijo y que ha hecho de este pueblo, su casa. Es la hora en la que el Cafetín se llena de gente guapa de aquí o de allá y que se cita en este café para iniciar la noche, para quedar en jugar al tenis o simplemente para disfrutar de un rato de tertulia; de grupos de mujeres que tertulian en grupo y hablan de teatro.

La barra en un café de los de antes no tenía sentido. La tertulia era sentada y alrededor de las mesas para calentar, así, el frío mármol de los veladores con las arengas políticas, recitales o lecturas de los poetas bohemios que lo transformaban en cálido, caliente y amoroso como una buena pañosa de invierno. Pero la barra se impuso, a pesar que desde las mesas, en amigable tertulia, las cosas se ven de otra manera, sin prisas que apremien. Y en la barra se fueron haciendo tertulias, menos cafeteras y mas alcohólicas ante la atenta mirada del barman, jefe de barra, fabricante de ilusiones alcohólicas de nombres ingleses. La barra es confesionario de los solitarios, individualistas o misántropos pero también es y ha sido lugar de tertulia, tertulia en posición de cuerpo presente, pero al fin y al cabo tertulias.

La barra hoy día, se constituye en atalaya, mirador o balconada a la que asomas tu curiosidad y desde donde vigilas a los demás creyendo que no te ven y que por mucho que disimules al final siempre te dirán al salir:

-Adiós Fulano, ¡que ya no saludas a nadie

En la barra, pasas revista disimulada a los divanes aterciopelados en los que se habla de amores olvidados, primerizos o todavía acalorados, en los que se fabrican los sueños mas peregrinos o se proyecta un viaje; en los que las parejas hablan para no callarse y parecer dos desconocidos sentados en un autobús con la mirada perdida en sus propios pensamientos sin importarles lo que pasa a su alrededor. Y así también es la barra del Croché.

A partir de las doce de la noche se produce una animación, siempre inesperada, que viene de aquí o de allá y recala a pasear en Croché o a dejarse ver que también es fórmula para que hablen de ti. A esta hora no hay brujas pero si aparece el buscón que busca algún bocado que llevarse a la boca después de haber mal cenado; el inspector de ambiente que no gasta nada mas que en miradas, algunas libidinosas y otras de curiosidad, pero que siempre inspecciona y no toma nada a no ser que alguien le invite. Alguna pareja que espera que pase la hora de las brujas para empezar a vivir de forma intensa la noche. Esos cuatro- dos parejas- que han ido porque  allí se juega y no saben que en este casinillo sólo se juega a la oca, parchís o a la tres en raya. Esa pareja que sólo quiere el silloncito de dentro para poder besarse y que sólo les vean los que hacen lo mismo, es decir nadie. Algunas tertulias que se han prolongado un poco porque mañana no tienen que ir temprano al Ayuntamiento o al Patrimonio a acompañar a turistas por las entrañas de Palacio.

Y a todas horas, Manolo Miguez, figura estilizada de Botero, hace su particular paseillo, que lo realiza como nadie, saliendo y entrando al callejón con su mejor estilo torero, ya que para esto de la hostelería y la restauración hay que ser muy torero y saber parar, mandar, picar, banderillear y dar la estocada en el momento adecuado y en el sitio justo. Manolo ha pasado por todo el escalafón del toreo gastronómico o de la hostelería en general. Fue maletilla en el coso de San Pancracio, plaza muy popular en Madrid, novillero en El Horizontal, cuando Tomasín, el de las patatas fritas, se hizo con esta plaza; y peón de brega en Los Robles, plaza hoy desaparecida en la capital de España. Fue maestro compartiendo cartel en el Charolés y después se quedó como único espada, para unos años mas tarde y en la actualidad toreando un mano a mano con Mari Cruz, su encantadora mujer, también torera, con arte literario y poesía en sus lances, en el Croché. Aquí tomó, Manolo, la alternativa hace veinte años y sigue estando en el primer puesto del escalafón. Sigue desplegando su capa para dar una revolera o una media verónica, que borda, en el momento adecuado. Saber torear  de muleta y su sitio siempre está en la cara del toro. Sabe bajar la mano y de vez en cuando pone un par de banderillas “que quita el sentío” con maestría, tacto y buen hacer. Ha toreado toros azabaches, colorados, berrendos, jaboneros o mulatos; botineros, calceteros o meanos, que de todo hay en estas plazas. Ha toreado por gaoneras, por chicuelinas y verónicas; al natural y con la derecha. A veces se recrea haciendo un estatuario o dando un trincherazo para poner después al toro en suerte. No suele hacer faenas de aliño, sino para cortar las dos orejas y el rabo que lo prepara magníficamente en su “ casa de comidas”. Y todo ello acompañado por su magnífica cuadrilla: Julio, el Abuelo, su peón de confianza y mozo de espadas que lleva veinte años con él; Juan Carlos; Luis; Iván y Manolo.

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Cafetín Croché IX

 

Cafetín Croché IX

Pero escribir en un café tiene algún inconveniente. El camarero o guerrita de turno, con su fino olfato, mira mal al escritor de café que todavía tiene las cuartillas como el blanco satén. Sabe que al menos durante varias horas, se transformará en decoración del local, con un café largo sobre la mesa, o corto y manchado, café a lo italiano, americano o napolitano que nunca a lo español, o con un café cortado- que es el más tímido y retraído de la letanía de cafés que puedes pedir- y además, quizás con un vaso de agua, eso sí, con hielo, para que los posos del café no se adhieran a las paredes de las tuberías.

Pero él sabe, que por estar ahí y ser un cliente aunque sea literato, tiene derecho a pedir un palillo, el periódico del día, otro vaso de agua, pero con hielo, monedas de cambio para el teléfono, servilletas de papel, azúcar o la cursilada actual de la sacarina-que tiene nombre de cantante de los 70-.También pasará al aseo y utilizará el agua, jabón y el papel higiénico y, antes de salir, se peinará y lavará las manos. Y todo ello por 250 pesetas. ¡Que ruina la del cafetero!

Hoy día no se puede escribir en un café. Los teléfonos móviles, esos pequeños monstruos tecnológicos, con sus sonidos desagradables consiguen que no puedas concentrarte y piropear a las musas porque las conversaciones de los que junto a ti hablan de negocios, de fútbol o de problemas con los niños espantan a las musas y se van de tu vera, justo en el momento que las tenías convencidas.

 

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 Capítulo IV

LAS HORAS DEL CAFETÍN

El Croché se despierta tarde. Le gusta apurar los posos de la noche y claro, por las mañanas se le pegan las sábanas de la holganza. Allí, ya florecida la mañana, a la hora que las manecillas rezan el “Ángelus” y ambas se confunden muy juntas en un diario acto de amor, allí a esa hora, todavía con el limpio perfume a local recién inaugurado, comienzan a entrar los primeros cafeteros, lectores de periódicos, rito que comparten tras comprar el diario en el quiosco de la Plaza de Benavente o en la librería Quesada. Se dan los buenos días como el torero desea suerte a su cuadrilla y compañeros de cartel, para que las noticias no desvanezcan los sueños preparados en la maleta de un nuevo día.

Unos leen el periódico de forma ordenada; otros de atrás hacia delante como queriendo recordar y no mirar al futuro y otros lo airean para enfriar un poco el ambiente de tantas guerras, terrorismo o mujeres maltratadas como vomita la letra impresa sobre el papel, ya sucio, del periódico matutino. Algunos, más taurinos, lo despliegan convirtiéndolo en capote para dar un lance torero a la actualidad, mientras que los menos, lo mantienen doblado como leyendo un breviario en la soledad del confesionario. A esta hora el Croché es sala de lectura para leer hoy lo que ocurrió ayer. Es café con leche ordeñada hace varias albas y traída en cántaras de cartón por la lechera de turno.

Después de la hora de la lectura de los periódicos, hacia las dos del mediodía, el vino empieza a poblar la barra aunque nunca sólo, siempre muy bien acompañado por alguna cazuela de garbanzos que como cuentas de un rosario van cayendo uno a uno; cazuelas de macarrones, de arroz, de cachelos con codillo o de puré de patatas con torreznos, lo que aquí se llama “un uno” y que siempre suele ser antesala del primer sorbo de vino. Luego si te tomas otro vino, se cantará a la cocina: “dame un dos” y así sucesivamente, se va recorriendo la escala numérica en función de tu capacidad para alambicar la uva del buen vino del Marqués de Riscal, que allí te sirven en grandes y acristaladas botellas que se me parecen a las recias piernas de una mujer con medias de malla.

El ambiente es muy distinto a esta hora, si el frío se ha instalado en San Lorenzo por haberse dejado herméticamente abiertas las puertas y ventanas serranas, acuchillando los pulmones o si el otro Lorenzo impone su voluntad y como un microondas te cuece en minutos todo lo que pongas a su alcance. Pero, no sólo con la estación del ferrocarril climático, cambia de ambiente sino en función de ser un día entre semana o víspera de festivo. En invierno y entre semana, las dos de la tarde, es la hora del industrial, del hombre del pueblo que tomará sus dosis de uva antes de ir a comer; es la hora del parado, correiglesias que ha pasado ya a rezar por seis o siete y viene bendecido con otros tantos vasos de agua bendita. Los miércoles, es la hora que Alvaro aprovechaba el aperitivo para hablar con su pequeño nieto de lo divino y lo humano. Esperemos que pueda seguir haciéndolo. Es la hora del turista sin autobús, pues a los que vienen en uno de los muchos que por aquí se acercan, los despachan nada mas salir del Monasterio y vuelven rápidos y jugándose la vida por la carretera de Guadarrama para llegar hechos migas– si antes no se los han comido las palomas- a la Estación de Autobuses. Estos turistas sin autobús, generalmente en parejas, que conociendo las exquisiteces del Croché, han venido bien informados a comer algo antes de ir al Charolés. Es hora de los Herranz que llegaban en autobús, casi hasta la puerta; del que viene de montar a caballo o de vender la fruta en el mercado a las amas de casa, que luego se encuentran aquí tomando un vino o un caldito, y comentan lo cara que está la vida en este pueblo; la hora de Polo que después de cortar el pelo se tomaba su vinito o la de Gabi, siempre, en verano, vestido de primera comunión.

El aperitivo en verano, era la hora ideal para que, dos días antes de la Romería, se negociara aquí, la subasta con Amparito Hernández:

– Te doy cinco mil pesetas, pero me reservas el cucurucho de pipas.         

 – Yo te doy diez mil si me guardas el jamón.

(continuará)

 

 

 

                            

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Cafetín Croché VIII

Cafe Gijon

Café Gijón

 

Cafetín Croché VIII    

Cuando escribes en un café, no gastas un duro en comprar pensamientos. Éstos vienen gratis pues los tienes dentro y te fluyen con sólo apretar dos neuronas, que es como si te apretaras una espinilla de la cara.

Allí montas tu trabajadero, como lo llamaba Tomás Borrás, y cual incipiente escritor de bolígrafo y papel reciclado, te dispones a dar rienda suelta a tus emociones. Antes, para ser un escritor de café que se valorase, tenías que solicitar el servicio gratuito del recado de escribir y hacerlo con plumilla que rascaba el papel, tinta guarrindonga, casi de calamar, embotellada en pequeños frascos o tinteros y un papel secante para cuando la tinta sudara en el papel. Según definición oficial  de un escritor cafetero y que habitualmente solicitaba recado de escribir en el Gijón o en el Teide, Cesar González Ruano, constaba de un tinterillo con tapón de corcho; un manguillero con su pluma arañante, y una carpeta de hule negro, donde alguna vez hay un papel secante, además de un pliego y un sobre”

recado de escribir moderno                                          Recado antiguo

Recado de escribir moderno                                                    Recado de escribir antiguo

Respecto a este instrumental literario, Antonio Martínez Sarrión, escribió una magnífica anécdota que se recoge en libro “El Café Gijón” dentro de la Antología, y que me atrevo a transcribir, si él me lo permite, que seguro que lo hará: “…. cuando un camarero de pelo canoso aferrando en una mano la bandeja de metal y con el puño de la otra apoyado en la cadera, me espetó : “¿qué va a ser?”. Desde mi entrada y aun antes, tenía pensada la consumición a solicitar: un café con leche en vaso y otro de agua. Pero por sus pasos, sin sobresaltos cada cosa a su tiempo. Antes debía cumplimentar los ritos de todo escritor que se respetase por joven, desconocido o provinciano que fuere. Tales ritos los conocía bien: lo primero era solicitar el instrumental, como el cirujano, enguantado, con mascarilla y gorro, pide el bisturí a la enfermera. De modo que, intentando una desenvoltura imposible y sin llegarme la voz al cuello de la camisa le dije al mozo tragando saliva: “Por favor, ¿me puede usted traer recado de escribir?”.

Aquel hombre tardó varios segundos en reaccionar….Se concedió, a modo no se si de “glissando” o de afinamiento antes de atacar el “tutti”, unos instantes mas, durante los cuales resopló y se aclaró la garganta de flemas. E inmediatamente con lo que se me hizo un vozarrón capaz de competir ventajosamente con las bíblicas trompetas ante los muros de Jericó, me dijo “ si, si, entiendo… Entonces… ¿sólo o con leche?.

Tomás Borras, en sus “Historillas de Madrid” relata de forma magnífica, como don Pedro Muñoz Seca, instalaba su “trabajadero” en una mesa junto al ventanal del Café Inglés, nombre poco apropiado para un establecimiento cafetero en la calle Sevilla: “Al llegar a Madrid don Pedro Muñoz Seca, ingenio al que ya he puesto otros ribetes, la llamada del café le llevó a montar su trabajadero en un mármol del Inglés, calle de Sevilla; trabajadero de mesa a una ventana, pues la parte superior de la cristalera se abría para la mesa detrás de una talanquera, al aire libre y dentro del local. Don Pedro provisto del “ABC” y “El Imparcial”  (sostenido en el Inglés con su café con leche y media tostada de desayuno) arribaba tempranito a su isla rodeada de toreros, y entre comentarios de faenas en altisonancia y cante por lo bajini, a mano el manojo de cuartillas y “el recado de escribir”, uno de tantos servicios gratuitos de los Cafés, comenzaba con la frase consabida, “Acto primero”, el edificio de humo de sus ilusiones”.

Escribir en un café es dejar morir lo superfluo y concentrarse en lo trascendente que es aquello que en ese momento estás llevando a las cuartillas. Es darse un paseo por tus emociones, recorriendo sus calles y parándote, cuando quieres, en los escaparates que más impresiones te produzca. Es en definitiva vivir en soledad compartida. Escribir en un café es mudar tu piel cual serpiente en  primavera, para ponerte un traje mas acorde con la estación mental que estas viviendo. Es despojarte de mucho y recoger lo que te interesa.

 

 

 

Cafetín Coroché VII

(Cafetín Croché VII)

En la soledad compartida del escritor de café, se amontonan sensaciones, unas queriendo entrar mientras otras, al salir, dejan su asiento en el alma, el alma de las sensaciones, más prosaica y menos inmaterial que la otra. En esa situación era dichoso pues podía, ¡que no es dichoso el que quiere sino el que puede! Y en esa dicha ves a la gente y no la escuchas aunque la tengas muy cerca. Oyes sólo tu voz interior que te anima a seguir por un camino no definido a priori e el tiempo, pues ahí no existe el tiempo. El tiempo lo paras cuando quieres y no es necesario que las manecillas del reloj de detengan.

Delante de ti y sobre el blanco mármol, como si fueras a jugar una partida de dominó contigo mismo, un café y un agua de néctar de endrinas bien espuchadas, pasé muchas horas, trasladando al papel mis vivencias o aquellas que fueron contadas por los que me precedieron, y me quedaba extasiado a veces, mirando el techo. Como decía RAMON, » el mejor destino que hay es el de supervisor de nubes acostado en una hamaca y mirando al cielo». Aquí dentro no hay amaca ni cielo pero sí unas magníficas lámparas y tulipas muy de los años veinte que para mí eran como mi cielo particular, un cielo bronceado por la tenue luz que irradiaba y que me transformaba y transportaba por los caminos de nuevas sensaciones.cafe-barbieri_4539771

(Café Barbieri)

Pero no todo era tranquilidad. A veces entraba el típico «inspector de ambiente», «salta mesas» donde los haya y donde le aguanten, «saltimbanqui adiposos» que te estropea tu estado de éxtasis y que al final se posa en tu mesa. Te dice tres vaciedades y te corta la inspiración y hasta la respiración para no ser demasiado grosero en contestarle y justo en esos momentos en los que estás llamando a las musas para que no sean tan holgazanas y te hagan caso. Yo reconozco que lo fui,  cuando un día de agosto que estaba inspirado para el duro trabajo de escribir para los demás, y junto a uno de esos braseros de frío acondicionado, un conocido «posa mesas» quiso sentarse en la que yo estaba a punto de llegar a un acuerdo con mi musa. Al preguntarme que hacía, le dije con cara algo turbada y de pocos amigos, que escribiendo sobre arquitectura. (Entonces preparaba un libro sobre la Arquitectura del Seguro).

-Pues me siento contigo- contestó él. Y con la cara descompuesta y para no ser demasiado desagradable, le dije que esperaba a unas personas.

-Pues espero a que lleguen- insistió. Y yo con un cabreo sordo pues quería estar solo, me inventé otra excusa, cerré mis apuntes y me marché.

Cuando escribes en un café, no gastas un duro en comprar pensamientos. Éstos vienen gratis pues los tienes dentro y te fluyen con sólo apretar dos neuronas, que es como si te apretaras una espinilla de la cara.

 

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Cafetín Croché VI

 

Entrar en El Croché, es oir como se para el tiempo. Las agujas dejan de recorrer la esfera del reloj y se mantienen firmes, sin moverse, como soldados presentando armas en una parada militar y las manecillas, en su estática posición, deciden no pasear por el calendario romano de las 12 horas del reloj. Sea la hora que sea, se entra a las diez y diez y aunque pase el tiempo y te encuentres cansado de tanta felicidad, siempre se sale a la misma hora: las diez y diez. Un reloj antiguo, en el frente de la barra, así lo corrobora. Siempre son las diez y diez; está parado el tiempo. He encontrado un hermano casi gemelo de este reloj, en la histórica taberna de Antonio Sánchez, en la calle Mesón de Paredes 13, muy cerca del Rastro. Taberna bicentenaria del que fue pintor, torero y tabernero y en donde chatear se considera un rito y no una costumbre. (Del libro «Las tiendas de Madrid»).

Taberna de ANtonio Sánchez

Croché es sinónimo de paciencia. Labores casi talladas con hilo y ganchos especiales, para ir encadenando como avemarías en un rosario de lino blanco, obras de arte que luego dejarán su impronta en los cabeceros y brazos de sofás, en la decoración de las mesas de muchas casas que lo saben valorar, en mantillas de estar por casa o como en este caso, decorando la barra del cafetín Croché. Magnífica obra de arte de 8 metros de larga que decora la barra y es guardada como las grandes obras de arte bajo un cristal. Elaborada por las manos de Maruja Martín, que se me antojan como las de Miguel Ángel, que cincelara sobre hilo una primera obra fechada en 1.893 y posteriormente renovada varias veces.

En la vida de Madrid existen muchos placeres mundanos, limpios y no muy caros que yo he experimentado y se los recomiendo: tomar un caldo en Lhardy con dos barquitas de riñones al jerez a la hora del aperitivo; comprar turrón de yema para Navidad en Casa Mira; pasear por la Plaza de Oriente y tomara una copa en el Café del Oriente, construido sobre lo que fue el Convento de San Gil, del siglo XVI y del que se conservan ruinas de la sala capitular en los sótanos del Café o merendar en la Botillería de al lado; degustar el coktail de champán de Embassy o una torrija en Semana Santa; afeitarse en una barbería y que el barbero te llene la cara de blanca nieve mientras lees el periódico del día; tomar una taza de chocolate con churros, como hace años en San Ginés, espaguetis en Le Bistroquet de la calle de Segovia al salir de las discotecas a altas horas de la madrugada; unos huevos estrellados en Casa Lucio o pasear, sin prisas, por el Madrid de los Austrias; comprar sellos en la Plaza Mayor o una gorra en Casa Yustas; ver una corrida en las Ventas cuando San Isidro nos visita, no sin antes pasar por el burladero del Bar del nueve y comentar con los amigos. Entre todos ellos me quedo con el de sentarse ante el velador de un café, arropado por el terciopelo caliente de un banco corrido y escribir, escribir algo, lo que sea, tal como yo hice, hace algún tiempo, en las tardes estivales de un agosto escurialense en el Cafetín Croché.