Al ver la procesión y cabalgata de San Antón donde algunos han olvidado que estamos en la Sierra de Guadarrama y no en la Feria de Sevilla, he recordado a un personaje inefable, veraneante en San Lorenzo, al que parece que estoy viendo y al que llamaban “mi caballo murió”, hombre a unas gafas pegado, perfectamente pertrechado de ropa para cabalgar por los prados, laderas y hasta montañas escurialenses, de empaque algo anticuado y con botas altas que por su limpieza y pulcritud parecían espejos azogados en negro.
– Qué, ¿vienes de montar? Le preguntaba algún conocido.
– No, no he podido pues mi caballo está enfermo.
A los dos o tres días y casi siempre con mala intención, al verle vestido de tal guisa, alguien le pregunta:
– ¿Por donde has montado hoy?
– Fui a la Herrería para montar pero el caballo tenía una pata algo estropeada y además ha pasado una mala noche.
Y así un día tras otro las excusas eran cada vez menos creíbles y se llegó a la conclusión, después confirmada, que no tenía caballo ni nada que se le pareciese.
Nunca se le vio sobre ningún penco y si se apura algo más, cuando se subía a un burro, si es que alguna vez lo hizo, seguro que lo tiró del jergón al ver a tal personaje montado sobre su lomo. De ahí su mote de “mi caballo murió”.
Por razones totalmente distintas, pensando en el tema que iba a escribir, recordé a otro personaje muy conocido y del que podríamos contar muchas historias. Un día me encontré en la puerta del Cafetín Croché al pintor Manolo Viola que se había instalado en San Lorenzo en 1.958, después de vivir en la calle de Ríos Rosas en la casa que vivió Camilo José Cela y creo que Cesar González-Ruano, y que se hizo gurriato hasta que sus pinceles callaron en 1.987. Yo le tenía aprecio y hablábamos de arte, de pintura, de Santa Teresa y de toros,-dos de sus grandes aficiones- y siempre me he preguntado ¿porqué?, ya que ni sus ideas políticas eran las mías, ni sus destellos anarquistas y fuera de lugar como en aquel Primero de Mayo en una manifestación en la puerta del Hotel Miranda, a los pocos años de morir Franco, no eran los de una persona dialogante. Pero eso es agua pasada y no hay rencor.
Viola, de voz quebrada, rota de hablar, era juguetón con los retoques finales de sus cuadros, pintor de gallos y de tinieblas que remataba de rojos, verdes y amarillos intensos, quizás para romper la amargura de sus fondos. Viola iba a muchas tertulias en Madrid y se dejaba ver por los cafés tertulianos. En uno de ellos, el Café Gijón, cuna del movimiento artístico de El Paso con Miralles, Saura y el propio Manolo Viola, ágora de la bohemia más recalcitrante de la España literaria y poética de principios del siglo XX, le escribió Joaquín Parejo-Díaz unas coplas que tituló “Coplas que no salieron en el NO-DO”:
El día que Umbral llegó al Café Gijón
A la busca de glorias y de alcobas
Un Louis Amstrong le llamó a media voz.
Es el pintor Viola
Que invita a compartir conversación
Para arreglar el mundo en media hora.
Pero Viola no entraba en Croché y ese día en el que yo le invitaba a tomar un vino, me dijo:
–Yo no entro en el Croché, porque se parece mucho a
mis cuadros y yo no entro en mis pinturas.
Se marchó y me dejó pensativo e intentando descifrar aquel jeroglífico que me acaba de trasladar.
Personajes como los descritos hay muchos en San Lorenzo y en La Villa, aunque de ésta conozco menos, y a medida que los vaya recordando se los iré presentando pues son muchas sus historias y merece la pena conocerlas.
