Son las cuatro de la tarde y la nieve, hoy 16 de noviembre, ha hecho acto de presencia en El Escorial. Año de nieves, año de bienes. ¡Ojala sea verdad! Miro por la ventana y veo la figura del Monasterio escondida entre brumas y nieblas mientras la nieve cae cada vez con más fuerza. Mirar como cae la nieve es como mirar al fuego en la chimenea o al mar cuando rompe en la playa. Nunca lo hacen de la misma manera y cada mirada es distinta a la anterior, de ahí su fuerza. Son las cuatro y media y los copos son cada vez más gordos. Empieza a cuajar en los pinos del jardín de la urbanización. Ya no diviso el Cimborrio y el Monte Abantos que parecen borrados de un plumazo. Poco a poco el verde tapiz de la hierba del jardín se va vistiendo de blanco como si le fueran acicalando despacio, lentamente y sin prisas.
Julio Llamazares decía en su poema: “Nieva implacablemente sobre los páramos de mi memoria” y eso cada vez es más cierto, al menos en la mía. Cada vez tiene más páramos, aunque haciendo un esfuerzo, recuerdo con 11 años, la gran nevada del Escorial. Ahora son menos crueles y más feas. No cuajan y sólo ensucian pero a mí me gustan.
Gran nevada de 1.956
Son las cinco y esto es lo que veo desde la ventana
Veremos como amanecemos mañana.



