Cuando abrieron la churrería “El abuelo Emilio” en la Muy Leal Villa, busqué en el cajón de mis recuerdos y empecé a sacar todos aquellos que tenían alguna relación con tan deliciosos dulces de sartén. Recordé que los churros siempre me han acompañado y han sido compañeros en muchos momentos importantes de mi vida. En mi primera Comunión y luego en las de mis hijos junto a un chocolate, en la Mili los días de fiesta o junto a un chichón en los bares de la Herrería al terminar el Rosario de la Aurora. Recordé también la Churrería de San Ginés situada en el estrecho y peculiar pasadizo entre la calle Arenal y la recoleta plaza de San Ginés. Allí existió una taberna-café, llamada la Taberna de Lázaro, frecuentada por periodistas, literatos, políticos como Sagasta o toreros como Lagartijo y Frascuelo entre otras muchas personas relacionadas con las letras y las artes. Hoy día, muy reformada, es la Churrería de San Ginés cuyo lado derecho linda con la Iglesia de San Ginés y en el rincón que da a la calle Arenal existe una librería de antiguo que presta una graciosa fisonomía al lugar. Por allí hemos pasado todo Madrid a tomar el chocolate y los churros, alargando la trasnochada o adelantando la madrugada, al salir del teatro, de la verbena o de una fiesta. Si además los acompañas de un chichón a las seis de la mañana, es gloria bendita.
Recordé también y con mucho cariño la antigua Churrería de Somolinos y a Miguel, ya jubilado, que es la tercera generación de churreros que pasaron por el Real Sitio y que hoy lee el Marca y pasea a su perro por el pueblo. Su padre, Miguel y su abuelo ya hacían churros para los gurriatos y veraneantes en la Plaza del Ayuntamiento. Fue hacia 1892 cuando el abuelo de Miguel se instaló en el pueblo. Luego sus hijos y nietos seguirían la tradición. Su madre Jesusa y su tía Anita, bajita y delgada como un junco, pequeña y encantadora, atendían al público. Recuerdo sus manos aceitosas que montaban las medias o las docenas sobre unos juncos muy finos y cimbreantes con un delantal blanco limpísimo y siempre recién planchado que daba un ambiente de limpieza a pesar de la fritura de los churros y del olor a aceite. Recuerdo los sudores del churrero en verano en plena Plaza del Ayuntamiento y con un calor asfixiante. Metía la mano en el aceite para ver si estaba suficientemente caliente y bañaban la churrera que apretaba con el hombro. Buñuelos que parecían pañuelos de fina seda, churros clásicos y porras era los únicos manjares para la venta. Hornos con barro para que no saliera el calor y templete de madera pintada de verde que hoy está, como cenador, en el jardín de la casa del médico que curó a su madre.
Hacia 1.932 existió otra Churrería en San Lorenzo, la de Miguel Molina, en el lugar que hoy ocupa Los Valencianos en la calle peatonal Juan Leyva. Allí trabajó, mucho antes de hacerse cantero, mi amigo Bonifacio Cuena. El era uno de los chicos que repartía los churros y buñuelos en una cesta de mimbre por tres duros al mes, teniendo que ir, además, a la Granjilla a coger los juncos que servían para engarzar los churros. Después fue fichado por Somolinos que además de pagarle algo más le permitían comer los churros y buñuelos que quería.
Queda para el recuerdo la estampa de los profesionales del oficio que, con su churrera de cinc al hombro, dejaban caer tiras de masa cruda con movimientos sincopados. Su trabajo lo realizan ahora máquinas de acero inoxidable que baten la masa y la expulsan a través de dosificadores con la forma y el grosor adecuado.
Los churros gozaron de un rebrote de prestigio en la pasada década de los años sesenta, cuando las cafeterías, los salones de té y hoteles de lujo comenzaron a incluirlos en su oferta de cosas “para mojar”. Pero hoy día quedan muy pocos establecimientos que elaboren estos dulces de sartén, churros secos y crujientes con aceite limpio. Esperemos que la nueva churrería de La Villa sea una más en la lista de nuevas fábricas de estas exquisiteces que convierten al churro en un insólito y raro placer.
