Escenas escurialenses

En los terrenos  “que olían a chocolate”, en ese jardín en el que seis inmensos cedros hacen guardia desde hace muchísimos años, ahí en ese jardín, he visto en una mañana soleada del pasado y raro mes de marzo, una imagen que me ha llamado la atención y me ha hecho reflexionar. He visto como la vida es un cúmulo de contradicciones. Veía dos imágenes casi pegadas, situadas una al lado de la otra. Mientras en una imagen la vida fluía a borbotones, en la otra parecía haberse parado. Comprendí que la vida debería ser así. Mientras unos caminan deprisa con la rapidez de la juventud, otros intentan pararla para que pase más despacio.

Aunque no era primavera el sol parecía entrenarse para cuando llegue el verano y pegaba con fuerza. Ver sentados en sus sillas y hamacas a los mayores tomando el sol, recordaba la cubierta de un crucero, donde los mayores descansan, a veces cubiertos hasta las cejas, uno al lado del otro como en una fila de edad, mirando al mar o a los paseantes por la cubierta.

En la otra imagen, en el local de al lado, gente más joven corría sobre una cinta sinfín o en una bicicleta haciendo kilómetros para intentar llegar a ninguna parte. Otros intentaban quitar kilos para que cuando pasen unos años volver a recuperarlos. Parecía que unos corrían porque el tiempo se les iba a acabar y los otros esperaban sentados para que el tiempo no se les terminara.

Unos en el Centro de Día muy bien atendidos por sus simpáticas y profesionales cuidadoras esperan al sol sin correr hacia su final pues quieren llegar lo más tarde posible. No tienen ninguna prisa por llegar. Los otros más jóvenes corren en el Gimnasio de al lado con prisa como si la vida se les fuera a acabar. Son dos escenas contrapuestas pero tremendamente reales que he visto aquí en El Escorial.

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