El cementerio de los gorriones

 

Salía de pagar el IBI del Ayuntamiento de la Leal Villa del Escorial, es decir salía algo triste y con cara de marmolillo, pero contento de haber cumplido con mis obligaciones de pago de los impuestos municipales, cuando un gorrión comía unas migas de pan a la puerta del bar El Salón. Al pasar junto a él me miró y comenzó a volar aleteando su plumaje pardo hacia el Parque donde posó sus reales. Le seguí y me quedé disfrutando de sus juegos y ronroneos con una pájara, de plumaje algo más claro con manchas rojizas y negras, que apareció por allí. Ni los niños que jugaban a su alrededor le incomodaban en sus enredos amorosos.

Mientras me divertía con sus juegos, recordé algo que leí no hace mucho y que aunque lo titulaban como “Madrid curioso” no se si se puede considerar curiosidad, anécdota, cuento, fábula o leyenda urbana pero es una bonita historia que me hizo pensar. Contaba Mª Isabel Gea en la revista “Madrid Histórico” que la estatua de Felipe III que preside la Plaza Mayor de Madrid, estatua ecuestre esculpida en 1.616, de cuyo caballo dijo Ramón Gómez de la Serna que “siempre nos parece embarazado de un potranco de bronce”, fue trasladada por Mesoneros Romanos a la Plaza Mayor en 1.848 después de pasar más de 200 años en el jardín renacentista del palacio de los Vargas en la Casa de Campo.

Contaba Isabel que el 14 de abril de 1.931 día que se proclamó la II República, ante la alegría de los republicanos que lo festejaban, una persona metió una bomba por la boca del caballo que explotó en miles de pedazos. Las reacciones fueron muy distintas y sobre todo cuando junto a los pedazos de la estatua de Felipe III aparecieron un montón de huesecillos que incomodaron a los que celebraban el nacimiento de tan malhadado período de nuestra Historia. Nadie de los que allí estaban se explicaba tan macabro hallazgo y pocos fueron los que se acercaron a comprobar a quienes podían pertenecer aquellos pequeños huesos. La explicación no tardó en llegar. Los huesecillos pertenecían a pájaros y todos se preguntaban que podrían hacer dentro del caballo de bronce esos huesos de gorriones.

El caballo había sido fundido en bronce con la boca abierta, los gorriones se acercaban al borde y algunos se introducían en su interior, pero dadas las estrechas dimensiones y el poco espacio para mover las alas, no podían remontar el vuelo para salir y morían dentro del vientre del caballo de bronce, que se convertía así en un cementerio de gorriones.

Juan Cristóbal fue el escultor encargado de rehacer la figura del Rey ecuestre y al caballo de la nueva estatua le cerró la boca, que la tenía muy grande, para evitar situaciones como la anteriormente descrita. Algunos, con el castizo humor madrileño, llamaron al caballo “el bocazas de Felipe III”.

Esta historia, algo triste, me hizo pensar en que la solución que el escultor dio al caballo de la estatua al cerrarle la boca, es la que, si la trasladamos a situaciones reales de la vida diaria, deberíamos hacer con mucha gente con la que por desgracia tenemos que convivir. Es decir cerrarles la boca, al menos durante una temporada.

El número de bocazas aquí o allá es inmenso. En política los tenemos de todos los colores y pelajes. Si repasamos los periódicos, a diario cerraríamos la boca, por bocazas, a dos o tres políticos. (Yo tengo mi favorito y se llama Pepiño) ¿A cuántas personas en los bares de nuestro pueblo le haríamos lo que al caballo de Felipe III? La pena es que por educación no lo podemos hacer pero ganas no nos faltan. Y seguro que  cerraríamos la boca a algún forofo del equipo contrario mientras vemos un partido de fútbol; a mí, al menos, se me ocurren varios nombres pero también por educación los callaré.

Después de hacer una lista de bocazas políticos y no políticos y como me aburría, decidí ir al parque a ver si el gorrión, por fin, había ligado con la pájara.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *