El Cafetín Croché.- 11 (continuación)

El Cafetín Croché.- 11 (continuación)

Entrar en El Croché, es oir como se para el tiempo. Las agujas dejan de recorrer la esfera del reloj y se mantienen firmes, sin moverse, como soldados presentado armas en una parada militar, y las manecillas, en su estática posición, deciden no pasear por el calendario romano de las 12 horas del reloj. Sea la hora que sea, se entra a las diez y diez y aunque pase el tiempo y te encuentres cansado de tanta felicidad, siempre se sale a la misma hora; las diez y diez. Un reloj antiguo, en el frente de la barra, así lo corrobora. Siempre son las diez y diez; está parado en el tiempo.

He encontrado un hermano, casi gemelo, de este reloj, en la histórica taberna de Antonio Sánchez, en la calle Mesón de Paredes 13, muy cerca del Rastro. Taberna bicentenaria del que fue pintor, torero y tabernero y en donde chatear se considera un rito y no una costumbre. ( del libro “Las tiendas de Madrid”).

Croché es sinónimo de paciencia. Labores casi talladas con hilo y ganchos especiales, para ir encadenando como avemarías en un rosario de lino blanco, obras de arte que luego dejarán su impronta en los cabeceros y brazos de sofás, en la decoración de las mesas de muchas casas que lo saben valorar, en mantillas de estar por casa o como en este caso, decorando la barra del Cafetín Croché. Magnífica obra de arte de 8 metros que decora la barra y es guardada como las grandes obras de arte, bajo un cristal. Elaborada por las manos de Maruja Martín, que se me antojan como las de un Miguel Ángel, que cincelara sobre hilo una primera obra fechada en 1.983 y posteriormente renovada varias veces.

En la vida de Madrid existen muchos placeres mundanos, limpios y no muy caros que yo he experimentado y se los recomiendo: tomar un caldo en Lhardy con dos barquitas de riñones al jerez a la hora del aperitivo; comprar turrón de yema para la Navidad en Casa Mira; pasear por la Plaza de Oriente y tomar una copa en el Café del Oriente, construido sobre lo que fue el Convento de San Gil, del siglo XVI y del que se conserva la sala capitular en los sótanos del Café, o merendar en la Botillería de al lado;  degustar el coktail de champán de Embasy o una torrija en Semana Santa; afeitarse en un barbero que te llene la cara de blanca nieve, aunque sea verano, mientras lees el “ABC” de ahora o el “Imparcial” o la “Gaceta” de antes; tomar una taza de chocolate con churros, como hace años en San Ginés, espaguetis en Le Bistroquet de la calle de Segovia al salir de las discotecas a altas horas de la madrugada; unos huevos estrellados en Casa Lucio o pasear sin prisas por el Madrid de los Austrias; comprar sellos en la Plaza Mayor o una gorra en Casa Yustas;  ver una corrida en la Ventas, cuando San Isidro nos visita, no sin antes pasar por el burladero del “Bar del nueve” y comentar con los amigos. Entre todos ellos me quedo con el del sentarse ante el velador de un café, arropado por el terciopelo caliente de un banco corrido y escribir, escribir algo, lo que sea, tal como yo hice, hace algún tiempo, en las tardes estivales de un agosto escurialense, en el Cafetín Croché.

En la soledad compartida del escritor de café, se amontonan sensaciones, unas queriendo entrar mientras otras, al salir, dejan su asiento en el alma, en el alma de las sensaciones, más prosaica y menos inmaterial que la otra. En esa situación era dichoso pues podía, ¡que no es dichoso el que quiere sino el que puede! Y en esa dicha ves a la gente y no la escuchas aunque la tengas muy cerca. Oyes sólo tu voz interior que te anima a seguir por un camino no definido a priori en el tiempo, pues ahí no existe el tiempo. El tiempo lo paras cuando quieres y no es necesario que las manecillas del reloj se detengan.

Delante de ti y sobre el blanco mármol, como si fueras a jugar una partida de dominó contigo mismo, un café y un agua de néctar de endrinas bien espuchadas, pasé muchas horas, trasladando al papel mis vivencias o aquellas que fueron contadas por los que me precedieron, y me quedaba, extasiado a veces,  mirando al techo. Como decía RAMON,  “el mejor destino que hay  es el de supervisor de nubes acostado en una hamaca y mirando al cielo”. Aquí dentro no hay hamaca ni cielo pero sí unas magníficas lámparas de bronce y tulipas muy de los “años veinte” que para mí eran como mi cielo particular, un cielo bronceado por  la tenue luz que irradiaban y que me transformaba y trasportaba por los caminos de nuevas sensaciones.

Pero no todo era tranquilidad. A veces entraba el típico “inspector de ambiente”, “salta mesas” donde los haya y donde le aguanten, “saltimbanqui adiposo” que te estropea tu estado de éxtasis y que al final se posa en tu mesa. Te dice tres vaciedades y te corta la inspiración y hasta la respiración para no ser demasiado grosero, en esos momentos en los que llamas a las musas para que no sean tan holgazanas y te hagan caso. Yo reconozco que lo fuí, cuando un día de agosto que estaba inspirado para el duro trabajo de escribir para los demás, y junto a unos de esos modernos braseros de frío acondicionado, un conocido posa mesas quiso sentarse en la que yo estaba a punto de llegar a un acuerdo con mi musa. Al preguntarme que hacía, le dije con cara de pocos amigos, que escribiendo sobre arquitectura.

  • Pues me siento contigo- contestó él.

Y con cara descompuesta y para no ser demasiado grosero, le dije que estaba esperando a unas personas.

–   Bueno pues espero a que lleguen- me insistió.

Y claro está. Me inventé una excusa, me levanté y me fui.

Cuando escribes en un café, no gastas un duro en comprar pensamientos. Éstos vienen gratis pues los tienes dentro y te fluyen con sólo apretar dos neuronas, que es como si te apretaras una espinilla de la cara.

Allí montas tu trabajadero, como lo llamaba Tomás Borrás, y cual incipiente escritor de bolígrafo y papel reciclado, te dispones a dar rienda suelta a tus emociones. Antes, para ser un escritor de café que se valorase, tenías que solicitar el servicio gratuito del recado de escribir y hacerlo con plumilla que rascaba el papel, tinta guarrindonga, casi de calamar, embotellada en pequeños frascos o tinteros y un papel secante para cuando la tinta sudara en el papel. Según definición oficial  de un escritor cafetero y que habitualmente solicitaba recado de escribir en el Gijón o en el Teide, Cesar González Ruano, constaba de un tinterillo con tapón de corcho; un manguillero con su pluma arañante, y una carpeta de hule negro, donde alguna vez hay un papel secante, además de un pliego y un sobre”

(continuará)

 

 

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