El Jardín de Felipe II o Paseo de Terreros
Víspera de la Romería. Mucha gente en la calle, algunos con el sueño de la leventada del Rosario de la Aurora todavía pegado. Había subido a San Lorenzo dispuesto a hacer un recorrido de mis Romerías gracias a sus carteles expuestos en la Casa de la Cultura una exposición que recogía todos los carteles que desde 1.945 hasta el actual de 2.018 han sido.
Como el aperitivo no me esperaba decido bajar a Terreros, hoy Jardín de Felipe II a dar mi paseo matinal para no defraudar a mi doctora que se ha empeñado en que adelgace. Y allí empiezo a entrar en un estado de tristeza “casi catatónico”, que sólo lo podía compartir, ante la falta de personal, con la escultura de Felipe II. Su cara de aburrido y el estado mohoso y sucio de su vestimenta pétrea, sentado todo el día sin ver a nadie me traslada, al mirarle, a un estado de tristeza sólo comparable con pasar una tarde en casa jugando a la canasta. De vez en cuando el Rey Prudente mira al pinsapo que emerge por encima de techo del Auditorio que los ecologistas exigieron conservar pero con la incoherencia de no protestar por la gran cantidad de maderas nobles que se utilizaron en el interior de la obra. La razón de mi tristeza no es más que estar en un espacio vacío como es el Jardín de Terreros, con la sola presencia de una ex ministra de Felipe González, muy querida en El Escorial cuyas montañas bien conoce y que en este caso pasea andando de forma rápida para cultivar su estado físico, que por cierto es magnífico. Lo demás vacío. Ni gente, ni perros ni mayores jugando a la petanca o haciendo gimnasia en los aparatos que, en una zona del Jardín existe para estos usos. El Jardín está triste, ¿Qué tendrá el Jardín?
A la vista de la poca vida que pueda animar a mis ojos me refugio en mis recuerdos y en un recorrido por los elementos arquitectónicos que conforman el espacio. La tristeza anímica que me produce ese espacio vacío se torna en alegría cuando empecé a sacar mis recuerdos del invernadero y empezaron a fluir las alegrías pasadas.
Recuerdos muchos. Música en su Kiosco ya desaparecido hace muchos años; bolera de hormigón; las Fiestas patronales tenían allí su centro de feriantes y atracciones; concursos de albañilería, donde los buenos maestros que El Escorial trajo al mundo, hacían maravillas con el ladrillo; verbenas populares y un restaurante, Menchis, en una carpa con buena comida y buen precio que daba mucha vida a Terreros. “Recordé muchas noches con amigos sentados en la piedra y apoyado en la verja que separa el magnífico mirador, inventando lo que hoy llaman el botellón y mientras algunos jugaba a los enamorados con la luna de agosto como testigo”. Esto que escribí hace algunos años sobre este mismo tema me ha vuelto a la memoria al hacer recuento de mis recuerdos de este espacio.
Hoy nada de todo esto ha conseguido sobrevivir a los tiempos. Se realiza un proyecto por Víctor López Cotelo “dentro del denominado “Plan de remodelación de espacios libres urbanos entorno del Monasterio del Escorial”. Se trataba de recuperarlo como zona de esparcimiento y paseo próximo al Monasterio aprovechando la necesidad de aportar una cubrición digna al aparcamiento subterráneo recientemente construido”. Es una pena, pero para mí es un espacio que parece no terminado, una zona no acorde con lo que le rodea y menos ahora como gran vestíbulo de entrada, al “Gallardonazo” o Auditorio de San Lorenzo. Limitado por la Segunda Casa de Infantes-Euroforum, un pabellón de uso cultural y administrativo o casi en ruina, por la fachada posterior del Hotel Victoria y lo que era la preciosa vista de la “vega” de San Lorenzo hoy perdida por las construcciones y el Auditorio.
Sólo los jueves parece que renace y se convierte en mercadillo que aquí se mantiene desde hace años. Algo habría que hacer con este espacio para darle la vida que en algunos momentos tuvo.





