Hoy toca dejar a un lado los temas escurialenses. Una persona, para mi muy querida, nos ha dejado. Le llamaban “El tabernero Real” ya que él mismo se gustaba llamar “tabernero” y no restaurador y pasó a servir sus exquisitas cenas y caterings en La Zarzuela y en las cacerías del Rey desde que era Príncipe en Las Jarillas. Con todo cariño le llamaba “me alegro mucho verte” que era el latiguillo con el que siempre me saludaba cuando nos encontrábamos en uno de sus múltiples bares o restaurantes.
Limpiabotas en el bar La Granja, luego mozo en el bar Neguri para pasar de encargado al Bar Suizo en Bilbao. Llega a Madrid en 1.954 a trabajar en el Bar Garby de Serrano para qué tres años más tarde iniciar, con un pequeño bar en Serrano, su andadura en hostelería. De aquí nacen dos más en la misma calle; después vendrán los de Rafael Salgado, Francisco de Sales, Paseo de la Habana, Hermanos Bécquer, La Masía en el recinto ferial de la Casa de Campo, el de Alcobendas donde tiene la sede, Barcelona en la Diagonal, Sevilla en la Plaza de Cuba y Valencia que desconozco si sigue existiendo. Dio un salto a América y raro es que no hubiera montado ninguno en su Bilbao natal. Todos y cada uno de los bares y restaurantes los recorría a menudo para conocer de primera mano su situación y saludar a los clientes a los que consideraba amigos. Así lo hacía también el día de Nochebuena recorriendo con su hija María José todos y cada uno de los establecimientos, para felicitar las Pascuas a sus empleados y clientes. No falló nunca. Ese trabajo, tesón, tenacidad y honradez le llevó a donde hoy están las cervecerías, bares y restaurantes “José Luis”.
Ha sido un trabajador infatigable hasta el último día. Aunque sus hijos le ayudaban y le siguen en el inmenso complejo hostelero, él siempre lo dirigió personalmente con mano de hierro y guante de seda para mantener un negocio que se inició, con un pequeño bar en la calle de Serrano, en 1.957. Hasta allí empezó a llegar gentes de profesiones diversas, la pijotería de Madrid y un mundo social que se daba cita en este pequeño bar del barrio de Salamanca que luego ampliaría con la Cervecería y el Bar Americano algo triste y aburrido.
Muchas son mis vivencias y anécdotas que podría contar de mis muchos años en los “José Luis” y de los que conservo amigos que se iniciaron como camareros y hoy son encargados en los distintos bares o en la compleja organización. Los partidos del Atleti de Bilbao eran para el bar “José Luis” de Serrano todo un acontecimiento pues desde el día antes la barra se llenaba de bilbaínos que venían año tras año a degustar los pinchos, beber y hacer amigos en Madrid. Yo he ido tantas veces a los “José Luis” de Serrano, donde teníamos la tertulia, que recuerdo un día que me dirigía a mi oficina en Núñez de Balboa a trabajar y el coche me llevó directamente al “José Luis” de Serrano y tuve que quedarme unos segundos pensativo de cómo, sin yo quererlo, acabé allí a las 9 de la mañana. Subconsciente cervecero lo llamaría yo.
Ha dado de comer a SS.MM los Reyes, a Jefes de Estado, a Don Juan de Borbón que tomaba sus Dry Martini antes de comer en Rafael Salgado, y a varias generaciones de políticos, empresarios, directivos y artistas. Sus caterings se han hecho famosos; la boda de la hija de Aznar en el Escorial fue servida por José Luis así como las de Julio Iglesias e Isabel Preyler o Raphael; cientos de exposiciones y decenas de cacerías de Franco, el Rey o las grandes monterías que se celebran en España. Su último sueño lo consiguió en Rueda al abrir una bodega, Mocén, llena de vino y cultura pues allí se guarda una espectacular colección de más de 700 obras de arte que fueron adquiridas como pago de sus caterings y una espectacular biblioteca. Gracias a José Luis, que llevó el restaurante del Pabellón de España en la Expo de Sevilla y a su hijo Cesar, que allí se iniciaba en los fogones, conseguí con mi mujer y mis hijos entrar a ver el impresionante documental en tres dimensiones del inmenso Cine instalado en el Pabellón, sin esperar cola. Así era José Luis: ayudaba a todo el que se lo pidiera. También gestionó durante algún tiempo el restaurante del Teatro Real y otros grandes acontecimientos celebrados en España.
Su don de gentes, su simpatía, sus relaciones públicas y sus pinchos fueron la clave de su éxito. Pinchos elaborados con elegancia y con una calidad desconocida hasta entonces: de merluza, chorizo cocido, morcilla, solomillo de cerdo y especialmente el pincho de tortilla, ese pincho tan español, que un “tabernero” de Bilbao supo darle un trato especial y muy valorado y que sigue haciéndose igual en todos sus establecimientos. Y no dejemos atrás su famosa y deliciosa tarta de limón, creo que con la de Embassy las mejores, al menos de Madrid.
Su familia, sus bares y sus clientes eran esa vida de 84 años que se apagado como sus fogones, cargada de anécdotas, hablillas o leyendas que me gustaría que, si las hubiera dejado escritas, su querida María José o sus cinco hijos, sacaran a la luz porque aseguro que sería un éxito editorial de primera magnitud.
Descanse en paz el tabernero y amigo José Luis Ruiz Solaguren.

