La calle poco a poco se iba quedado vacía y recobrando su fisonomía habitual. Era domingo y el Rastro había revendido lo viejo, lo usado y hasta lo antiguo. Caminaba de vuelta a casa cuando vi como un viejo chamarilero recogía su puesto de cosas viejas entre las que vi el cuadro de una mujer. Su cara bellísima de limpias facciones, trasmitía ternura y hasta tranquilidad de espíritu. Un niño tiraba de la falda como queriendo que le cogiera y le pusiera en su regazo. El cuadro no tenía firma y al ver mi interés por él, el hombre de larga barba y muchos años en su piel me dijo:
-Se lo vendo por 6.000 pesetas.
-¿Cómo dice?- Le contesté.
-Bueno, 5.500 y ni una menos.
El cuadro medía unos 60 centímetros de alto y tenía un marco negro bastante feo, quizás modernista o art decó como queriendo no desentonar con el traje de la dama. La mirada de la mujer me embaucaba y seducía, mientras el pequeño hombre barbudo seguía recogiendo su puesto mascullando palabrería que no llegaba a comprender.
– Lo quiere o no- me dijo algo enfadado y mirándome fijamente a los ojos.
– Sí me gusta, pero sólo tengo 3.000 pesetas.
– Lo siento- me contestó- pero 4.000 o lo retiro.
– Ya le he dicho que sólo tengo 3.000 y no le engaño.
El señor algo molesto, se dio la vuelta y siguió recogiendo sus trastos viejos. Aunque creyera que yo le estaba regateando hasta esa cifra, la verdad es que si hubiera tenido las 4.000 pesetas me lo hubiera llevado pues me cautivaba la mirada y la belleza de la señora del cuadro.
– Déme las 3.000 pesetas y lléveselo me gritó desde lejos. Volví por mis pasos, le entregué el dinero y envuelto en papel de periódico me dio el cuadro mientras refunfuñaba entre sus pocos dientes.
Continué mi camino y algo cansado cogí un taxi que nos llevó al cuadro y a mí hasta casa.
Algunos días después lo llevé a un amigo restaurador para que lo limpiara pues el paso del tiempo había dejado sus huellas en el lienzo y algunas zonas del traje de la mujer estaban desaparecidas. Tras dos meses, ya que es un hombre de mucho trabajo, me llamó para decirme que lo había pasado por rayos X y que aparecía un dibujo de algo parecido a una virgen bajo la pintura de aquella mujer con el niño y que al ser el pigmento utilizado de poca calidad, opinaba que al limpiarlo parte de la pintura iba a desaparecer. Quedamos en su estudio y me enseñó las radiografías. Tras las explicaciones técnicas del experto tomamos la decisión de limpiar y ver la pintura que había debajo. Me quedaría sin ver la cara de aquella mujer pero me picaba la curiosidad para ver aquello que me anunciaba que había debajo. Tras un tiempo prudencial me llamó para informarme que el dibujo a color que había aparecido era un boceto precioso de Mariano Benlliure que utilizó, me figuro que en compañía de otros bocetos, para esculpir la figura de una Virgen. No entendía como un precioso boceto de la Virgen había sido pintado encima con una figura que aunque me atraía, su técnica no era precisamente la de un maestro.
Quedamos nuevamente en su taller y comprobé como aquella figura de la Virgen con el niño era, sin duda, la Virgen de Gracia pues yo la había visto muchas veces. Conocía que Benlliure había realizado una nueva imagen una vez destrozada la anterior por los rojos en la Guerra Civil. Era un boceto precioso como lo es la imagen de la Virgen de Gracia y quedé encantado con la decisión tomada.
Toda mi alegría acabó cuando desperté de aquel maravilloso sueño y las imágenes se borraron una a una mientras me levantaba de la cama. Algo aturdido todavía por la desilusión que me había llevado, decidí que siempre que fuera al Rastro me acordaría del sueño y de la imagen de la Virgen.
Aquella mañana de domingo decidí volver y mientras caminaba por aquellos destartalados puestos donde todo se vende, seguía dando vueltas al sueño y lo real que parecen las imágenes cuando sueñas. Empecé a recorrer el Rastro como hacía siempre desde la Ribera de Curtidores hasta la plaza de Cascorro. La pequeña tienda del chamarilero del sueño estaba allí pero el abuelo había dejado paso a un joven con una buena melena aunque limpio y aseado. Me acerqué y pregunté por el viejo. El joven me contestó que él era su nieto y que su abuelo había muerto hace muchos años. Sin descubrirle mi intención, le pregunté si tendría un cuadro con las características del que había visto en el sueño y que le expliqué detalladamente. Tras un rato en la trastienda salió para decirme que no tenía ningún cuadro de esas características.
Entonces me referí al boceto de la Virgen que apareció bajo el cuadro de aquella mujer de mirada dulce que embaucaba y seducía.
La mujer que aparecía en mis sueños con el niño retratada en el cuadro, estaba allí, sentada junto a la puerta de la pequeña tienda con un niño de pocos años sentado en su regazo. No sé si estaba influenciado por lo que había soñado o aquella mujer era realmente la del cuadro. Sin preguntar nada deduje que era la mujer de aquel joven chamarilero al que esperaba para marchar a casa.
Tras un largo rato de espera me presentó el cuadro con un boceto de la Virgen pero no estaba firmado por el escultor Mariano Benlliure. A pesar de ello, era un dibujo hermosísimo de la Virgen de Gracia realizado en aguada a color y con una perfección en los detalles del traje, el niño y la corona que lo hacían de gran calidad pictórica.
Tras negociar el precio con el joven chamarilero me lo llevé a casa, donde está en sitio preferente, por sólo mil pesetas.
El domingo la Virgen de Gracia volverá en carreta de bueyes a su Ermita de la Herrería como lo ha hecho desde el año 1.946 que fue llevada en andas por los devotos que un buen día, D. Teodosio junto a un grupo de personas, decidieron restaurar la tradición perdida.
Como todos los años miraré el cuadro, recordaré mi sueño y rezaré a la Virgen de Gracia por todos los romeros y especialmente por los que ya no están con nosotros.
