Lo escribió mi padre (I)

“El día 13 de julio de 1.936,  desapareció de su casa Calvo Sotelo y al mediodía apareció asesinado. Había sido amenazado por La Pasionaria en el Congreso.  Este hecho ocasionó graves perturbaciones políticas cuya gravedad llegó al mismo Palacio Presidencial, según impresión de un miembro del Gabinete Diplomático del Presidente de la República, comunicada personalmente ese día. Todos los días se hablaba de movimientos revolucionarios de derecha o de izquierda y de pronunciamientos militares.

Al hablar por teléfono con mi mujer, a las tres de la tarde, se lo comuniqué,  siendo la primera noticia llegada al Escorial. Vino ella a Madrid. Pasamos el 14 y el 15 y este día nos marchamos por la tarde al Escorial en donde se encontraban ya veraneando nuestras dos familias. Pasé el día de Nuestra Señora del Carmen y regresé solo a Madrid el viernes por la mañana.

En el Escorial el nerviosismo y la excitación en la tarde del sábado y todo el domingo fue el natural en momentos tan críticos, unido a  la falta de conocimiento exacto de la situación. Las emisoras emitías sin descanso dando noticias del Gobierno.

El citado domingo, no hubo incidente alguno, e incluso se celebraron las misas en todas las iglesias del pueblo sin dificultad. Por unos automovilistas que habían estado pasando el domingo en Ávila, llegó la noticia de que esta capital también estaba sublevada y se hablaba de que una columna, procedente de Salamanca, pasaría por Guadarrama en la madrugada del domingo al lunes, camino de Madrid. Supe, por mi peluquero, que la noche en Madrid  había transcurrido de la misma forma que el sábado, pero oyéndose en diversos puntos algunos tiroteos. Las comunicaciones ferroviarias con Ávila fueron cortadas y se organizó un único tren para que pudieran regresar a Madrid todos los turistas que habían llegado a El Escorial para pasar el día.

Entre los que teníamos ocupaciones se trató de la conveniencia de ir a Madrid el lunes. Aunque todos éramos partidarios, por la tarde se cambió de opinión vistas las dificultades de transporte desde El Escorial, cortadas las comunicaciones ferroviarias y sin saber si haría su viaje el autobús de línea.

Y así terminó el domingo, víspera del comienzo de la guerra civil ya que fue el lunes el día que, en realidad, se rompió el fuego entre ambos bandos.

En la mañana del lunes veinte de julio, se ocuparon por fuerzas de carabineros, en el reducido número que se encontraba en El Escorial, los edificios públicos, teléfonos, ayuntamiento, etc. El autobús salió repleto de gente con gran retraso y todavía se quedó gente para un segundo viaje que anunciaban iba a realizar a consecuencia de haberse suspendido las comunicaciones ferroviarias. No me moví de El Escorial como muchos habíamos pensado hacerlo el día anterior, para esperar acontecimientos que no tardaron en llegar. Supe que el Alcalde había requisado todos los automóviles. Muchos propietarios de los mismos los llevaron al Ayuntamiento, pero la mayoría, por simpatía y por merecer más seguridad, al patio del Colegio de Carabineros, siendo los de mi familia los primeros. Estando metiendo los automóviles regresaron los que habían marchado a Madrid en el autobús, pues no pudieron pasar de San Antonio de la Florida, por haberlos puesto dificultades y caer alguna granada en la carretera, de una batalla empeñada en el Cuartel de la Montaña, cuyo resultado ignoraban. También regresaron sin haber llegado a Madrid, alguna familia que había hecho el viaje en automóvil particular.

Ya se conocía que se había sublevado Ávila, por el testimonio de unos veraneantes que habían estado el día anterior en dicha población y por la tarde oímos las estaciones de radio de Segovia y Burgos, poblaciones que con Pamplona, Vitoria y otras se habían unido al movimiento del General Franco.

Desde este día veinte hasta el doce de agosto se siguió desde El Escorial todos los acontecimientos sin que surgieran incidentes de importancia.

Llegaban noticias de Madrid por algunos que solían ir a sus ocupaciones. No eran muy a propósito para animar a los que no pensábamos venir. Detenciones en número enorme, fusilamientos, fracaso del movimiento revolucionario de derechas en la capital, funcionamiento de una checa en Bellas Artes, incendio de algunas Iglesias, etc. Sin embargo en El Escorial seguía el culto católico hasta el día de Santiago, último en el que se celebró misa, cerrándose la Parroquia cuando por la mañana se encontraba llena de fieles.

Se detuvo a algunos derechistas del pueblo, pero ninguno de la Colonia veraniega; se fue llenando el pueblo de milicias; se ocupó el pueblo y alrededores, militarmente, en los primeros días del movimiento durante unas horas, recogiéndose todo el mundo en sus casas esperando un combate con una columna que venía por Robledo de Chavela, según decían; se realizaron por policías de Madrid algunos pocos registros. La vida seguía normal en El Escorial, dentro de la anormalidad que las circunstancias imponían. El Alcalde procuraba que no se molestase a la Colonia veraniega y no ocurrió incidente alguno.

El día 12 de agosto evolucionaron por El Escorial unos aviones, al parecer de nuevo tipo, que bombardearon algunos puntos estratégicos. No le dio nadie gran importancia al incidente, pero a las seis de la mañana, aproximadamente, me despierta, si mal no recuerdo, mi cuñado Eduardo para decirme que iban a registrar el hotel de mis suegros. Nos vestimos mi mujer y yo y no tardaron en entrar unos soldados. Mi preocupación era que despertaran al peque, que dormía apaciblemente. En honor a la verdad tanto en ese cuarto como en los demás hicieron un registro superficial y sin atropello alguno. Pero desde ese momento empezaban las persecuciones que hasta ahora he sufrido, pero que me han servido para dar gracias a Dios por los beneficios inmensos obtenidos dentro de las, en verdad, pequeñas adversidades, si se comparan con los sufridos por otros, con menos motivo.

Nos habíamos reunido todos los de la casa en el hall del hotel de El Escorial. Allí estaban los cinco o seis soldados y uno o dos milicianos que habían llegado para realizar el registro. Dijeron que todos los hombres y los muchachos de la casa teníamos que acompañarles al Ayuntamiento para justificar la personalidad tan solo. Al salir del jardín vimos, no lejos, un grupo de veraneantes de la barriada que los iban reuniendo otro grupo de soldados y milicianos, marchando poco después todos por el camino contrario al Ayuntamiento”.  (Continuará)

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