Nunca entendí la explosión patriótica que se desencadenó, provocada por el Campeonato Mundial de Fútbol y que tuvo su éxtasis con el gol de Iniesta en la final contra Holanda. Besos y abrazos con gente desconocida como si celebráramos el Fin de año en la Puerta del Sol; coches con banderas españolas y balcones engalanados con los colores rojo y gualda en Bilbao, Barcelona o pueblos de Navarra gestionados por los pro-etarras.
Reconozco que fue algo extraordinario, algo que no había sucedido nunca pero que sólo sirvió para que unos y otros nos reconciliáramos durante algunas horas y sintiéramos la patria como algo sagrado.
Viene la copa de oro y se desencadena un fervor popular, casi religioso que a veces me recordaba el salto de la verja en la aldea de Almonte para tocar a la Virgen del Rocío o las peregrinaciones para ver el brazo incorrupto de Santa Teresa. Se inician las procesiones de los protagonistas que son recibidos por los Reyes nada menos que en el Palacio de Oriente y por el Presidente del Gobierno en La Moncloa, cuyo jardín parecía una fiesta de cumpleaños de niños. Sólo faltaron los payasos y los globos. ¿De quienes eran tantos niños? A Zapatero se le hacía el “culo pepsicola” cuando Casillas le dejó que tocara la Copa del Mundo. En su mente retorcida, debería pensar que los males de nuestra querida España se habían terminado por ser los campeones del mundo, sin darse cuenta que somos los mejores del Mundo en fútbol, además de en otros muchos deportes, pero que en otras muchas cosas somos de los peores de Europa.
El sentimiento español estaba dormido hasta que la selección española lo ha despertado. La bandera española ha salido del armario. ¡Lo que hace el fútbol! De la indiferencia hacia la enseña nacional, al uso exhaustivo en todo tipo de prendas. ¡Lo que ha hecho el fútbol!
Había necesidad de explotar y resucitar valores e ideales olvidados en los momentos difíciles en los que se produjo la victoria y que, no lo olvidemos, no se han modificado en la actualidad.
Pero esta explosión de nacionalismo español, de valores patrios, de mirarse e imitar a un grupo de deportistas para compartir con ellos su obediencia al jefe, su espíritu colectivo, su trabajo e imitar sus muchas virtudes, se ha perdido enseguida especialmente en otros capítulos de nuestra actualidad.
¿Donde están los valores e ideales patrióticos y las banderas en la calle ante el problema creado por Marruecos y la situación complicada para Ceuta y Melilla, ciudades españolas mucho antes de nacer el Reino de Marruecos? El lío empezó el 23 de julio cuando cinco jóvenes marroquíes parece ser que de nacionalidad belga y según el abogado, pijos en sus vestimentas, denunciaron a una policía española de Melilla por una supuesta agresión e insultos y se negaron a obedecer sus órdenes. Como es natural las versiones de ambas partes son contradictorias.
A raíz de este incidente se pide la liberalización de estas ciudades por el autodenominado “Comité para la Liberalización de Ceuta y Melilla” y se inicia una campaña difamatoria contra la policía y el cierre de la frontera para el paso de mercancías en el paso de Beni-Enzar desabasteciendo los mercados de Melilla. Todos callados. ¿Que hace el Gobierno sin enviar alimentos y medicamentos para que no pase un día con los mercados vacíos o las farmacias desabastecidas? ¿Porqué tanta complacencia con Marruecos? Al fin y al cabo sólo afecta a dos pequeñas Comunidades situadas junto al Reino de Marruecos y no a un Campeonato Mundial de fútbol donde no participaron ningún jugador de estas dos ciudades españolas. Parece como si al Presidente Zapatero no quisiera mantener a Ceuta y Melilla como españolas y cederlas a la morería del Sultán marroquí. Quizás en su Memoria Histórica, le recuerde de donde salieron las tropas nacionales en la Guerra Civil o que son dos comunidades que votan a la derecha.
Donde está el sentimiento patriótico ante tantos desmanes. No se puede pedir una explosión patriótica como la del Mundial ni salir con banderas en los coches, pero merecería la pena algunos gestos ante las provocaciones alhuitas. Se me ocurren muchos.
Rubalcaba va a Rabat sin pasar por Ceuta y Melilla para apoyar a “sus” policías a los que están insultando, vapuleando y vejando. Moratinos silente y callado, veraneando en casa de su suegra en Francia, ya que Ceuta y Melilla no son Cuba, ni Venezuela ni los países árabes a los que tanto quiere. Y la ministra Aído de vacaciones y su Ministerio de Igualdad han tardado una semana en sacar un simple comunicado condenando los carteles humillantes atacando a las mujeres policías. Las agentes están en el punto de mira de los activistas alhuitas que las culpan de los incidentes y no aceptan la autoridad de una mujer y menos que les den órdenes. Ahora se anuncia la visita del Rey a Marruecos. El letrado que defiende a los cinco jóvenes que crearon el problema diplomático, es Javier Guisasola, habitual de las tramas económico-financieras y que posee cuadros de Goya, una compañía de jets, que colecciona armas y que tiene un despacho en la milla de oro, en la calle Serrano, de 400 metros. El caro abogado llegó a Melilla en un jet privado de su propiedad pero pagado por el cliente, que asegura no saber quien le ha contratado y de allí en un Falcon oficial trasladado a Rabat. El propio abogado dice en “El Mundo”, que “pedí una suma importante y me la pagaron por adelantado”. Afirma que el cliente debe ser “alguien importante porque la policía se cuadra a mi paso y me escolta a todas partes”. Mientras, la Agencia de Cooperación para el Desarrollo dependiente del Ministerio de Asuntos Exteriores, ha concedido a Marruecos un millón de euros para desarrollo, como aparece en el BOE. ¿Que está pasando? ¿Por qué se contrata al penalista español más caro para defender a cinco jóvenes marroquíes? ¿Quién y desde donde se manejan los hilos de este, llamemos, nuevo altercado con Marruecos?
