Un paseo por la nostalgia

Necesitaba dar un paseo por la nostalgia. Había subido al pueblo de Arriba y la tristeza me invadía poco a poco. No se veía a nadie conocido. Las mujeres venían o iban al Mercado y algunas, las menos, entraban en La Carpetana. Los carteles de SE VENDE o SE ALQUILA decoraban todas las fachadas cosa que no me llamó demasiado la atención, dada la crisis actual, aunque si me causaba mayor tristeza. El aire me bloqueaba y no había sitio para aparcar así que decidí dar un paseo por la nostalgia.

Aparqué junto al Bar Abantos y ante la falta de noticias comencé a dar un paseo como si tuviera muchos años menos, recuerdos de mis años de juventud que tengo grabados en mi memoria. Dar un paseo por los recuerdos que he decidido mantener y no perder nunca: “si no olvidas nunca, si guardas tus recuerdos, ellos te salvarán” como dijo una actriz de cuyo nombre no puedo acordarme.

Así volví a ver a las señoras que en el bar Abantos hacían punto desde por la mañana con un café en la mesa y escuchar los gritos de las niñas del Colegio de las Concepcionistas a la hora del recreo. Saludé a los Herranz que estaban al pie del cañón en sus talleres allí mismo situados. A medida que recorría la calle Leandro Rubio y bajaba hacia la calle Floridablanca los recuerdos iban saltando delante de mí. Me asomé al jardín romántico del Hotel Escorial para ver la tertulia de mayores que se formaba, desde horas tempranas, sentados en sillas de mimbre y jugando a la canasta. Continué mi paseo y tras echar la mirada a la casa de mis abuelos en Coronel de Diego, me topé con el carro de helados de los Valencianos que tirado por la moto conducida por Lázaro, le trasladaban a la puerta de la Lonja. Tropecé con uno de los raíles del nonato tranvía mientras me dirigía hacia el quiosco del Hotel Jardín donde paré a tomar un helado. Desde allí veía la pequeña tienda de Patatas fritas Tomasín pero no paré pues acababa de desayunar y tomarme el helado. ¡Qué buenas las patatas Tomasín!

Como tenía tiempo, paré a llamar por teléfono en el Locutorio de la Telefónica junto a la pequeña tienda de las patatas fritas. Siempre me hacía ilusión entrar a llamar como antes lo hacíamos en el primitivo de la Casa de Oficios. Saludé al dueño (cuyo nombre no recuerdo) de la Mantequería o cómo se llamaban antes, la tienda de Comestibles, que hacía esquina con la calle Ramón y Cajal. Compré una gaseosa en la Fábrica de Hielo y Gaseosa de los hermanos Ventura detrás del Ayuntamiento.

En este momento abría sus puertas el bar Manjarín. Casa Dimas llevaba varias horas abierto igual que Pimentel al que todavía no habían llegado Antonio Arribas, Polilla, Pedro Martín, Enrique Andrés ni Gaby Sabau  ni tantos otros fieles “pimentelistas”. Junto al Pimentel, Cañamón echaba, sonriendo, una bronca a un camarero de su Mont Blanc.

Volví a iniciar mi paseo por Florida y paré a preguntar en la pequeña oficina de los Autobuses Herranz sobre el horario a Madrid, mientras uno de sus autocares esperaba llenar sus asientos de vecinos y veraneantes  hacia la capital. Colele vigilaba la escalera que desemboca en la Lonja, escalera por la que baja más gente que la que sube, mientras el guardia Lucas saludaba a todo el que pasaba a su lado.

Paré a tomar un botellín en el quiosco de Antonio Pacheco y me quedé un rato hablando con Julio que había llegado a ayudar a su padre. Como todos los días compré un cucurucho de pipas y hablé con Doña Crescencia en su quiosco de la Barquillera mientras me dirigía al Hotel Miranda. En el Cine Lope de Vega daban una de vaqueros.

Era la hora del aperitivo y allí, en la esquina de la barra, estaban Juan Cos, Nano Cebrián, Fernando Martínez-Avial y alguno más que todos los días pasábamos por allí al mediodía. Enrique el Mula nos atendía con cariño. Los Camins, los Alonso, los Ramírez, los Guerra, los Cofiño hacían tertulia como todos los días. Amelia Pérez Tabernero tomaba un café en la terraza mientras Julio Cos en la puerta de la botica, siempre sonriente, saludaba a cuántos pasaban por delante. Pasteles en La Violeta Imperial. Visita al que llamábamos paredón suplente bajo el Regina, donde comíamos pipas sentados en la acera. Visita a la Bolera del Parque  para acabar en Terreros que ensayaba la Banda de Carabineros  en el quiosco de música.

Nota: Sé que he mezclado fechas, lugares y personas pero estos recuerdos son los que iban apareciendo ante mí en este paseo por la nostalgia.

4 pensamientos en “Un paseo por la nostalgia

  1. jose carlos

    la dueña de la mantequería que citas en tu último escrito,se llamaba «la martina»que atendía con gran delantal blanco impoluto.
    román propietario de la violeta,ya jubilado,me ha contado que está escribiendo un libro sobre la historia de la violeta y con las recetas de sus pasteles más famosos,entre ellas la de las bizcotelas.también me contó que tiene una de las colecciones más importantes de España de botellas- miniaturas de bebidas.

  2. jesus Autor

    No me refiero a la mantequería de la Martina, madre de Ruiz Abascal que por cierto acaba de fallecer. Esta estaba enfrente del mercado. A la que me refiero fue a una que existió en Floridablanca en el local donde estaba El Plantel y no recuerdo el nombre.

  3. josé carlos

    tenias razón.la martina estaba enfrente del mercado.

    la tienda «MANTEQUERÍA»era de un tal RUFINO.

  4. josé carlos

    efectivamente,no era del tal rufino,que tuvo una al lado de la martina,frente al mercado.

    según mis investigaciones,se llamaba PARRONDO,ESTE NOMBRE SI ME SUENA.vendía buenas cosas,entre ellas una mortadela,que recuerdo mamá compraba en esta tienda.me confirman que efectivamente era famosa por la mortadela.

    este nombre sí me encaja

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