Cafetín Croché XIV

Cafetín Croché XIV

Un día me encontré en la puerta del Cafetín Croché al pintor Manolo Viola que se había instalado el San Lorenzo en 1.968, después de vivir en la calle de Ríos Rosas en la casa que vivió Camilo José Cela y creo que Cesar González-Ruano, y que se hizo gurriato hasta que sus pinceles callaron en 1.987. Yo le tenía aprecio y hablábamos de arte, de pintura, de Santa Teresa y de toros,-dos de sus grandes aficiones- y siempre me he preguntado el ¡porqué!, ya que ni sus ideas políticas eran las mías, ni sus destellos anarquistas y fuera de lugar como en aquel Primero de Mayo en una manifestación en la puerta del Hotel Miranda, a los pocos años de morir Franco, no eran los de una persona dialogante. Pero eso es agua pasada y no hay rencor.

Viola, de voz quebrada, rota de hablar, era juguetón con los retoques finales de sus cuadros, pintor de gallos y de tinieblas que remataba de rojos, verdes y amarillos intensos, quizás para romper la amargura de sus fondos. Viola iba a muchas tertulias en Madrid y se dejaba ver por los cafés tertulianos. En uno de ellos, el Café Gijón, cuna del movimiento artístico de El Paso con Miralles, Saura y el propio Manolo Viola, ágora de la bohemia mas recalcitrante de la España literaria y poética de principios del siglo XX, le escribió Joaquín Parejo-Díaz unas coplas que tituló “Coplas que no salieron en el NO-DO”, la siguiente:

 El pintor español Manuel Viola
El día que Umbral llegó al  Café Gijón/ a la hora de glorias y de alcobas
Un Louis Amstrong le llamó a media voz.

Es el pintor Viola/ Que invita a compartir conversación

Para arreglar el mundo en media hora.

viola2Pero Viola no entraba en Croché y ese día en el que yo le invitaba a tomar un vino, me dijo:

-Yo no entro en el Croché, porque se parece mucho a  mis cuadros  y yo no entro en mis pinturas.

Se marchó y me dejó pensativo e intentando descifrar aquel jeroglífico que me acaba de trasladar.

Recuerdo una partida de mus en la zona abovedada del Cafetín, entre cuatro buenos amigos, que acabó como el Rosario de la Aurora. La culpa no fue del mus ni de los buenos amigos: fue de la cosecha del Rioja que se bebió en la cena y del hielo de las copas que debió sentar mal a alguno.

A Croché no se va generalmente a comer. Tampoco a pasear; se va a estar. Pero estar no significa no comer ni beber y para ello tiene preparada una Carta que parece que va dirigida directamente al buzón de los mas exigentes. Aquí no se va a comer un cocido, ni a beber un Rioja del 70. Para eso y para la merluza, el estofado, las pochas con boletus, el chuletón o los carabineros a la plancha ya tiene a su hermano el Charolés. Aquí se va a picar, no como el barilarguero en la plaza de toros, pero sí a picar simplemente, sin castoreño, ni vara, ni toros ni ná.

Y como se dice en la carta, aquí se puede “picar a cualquier hora”. Cuando los cuchillos afilados del frío escurialense no te permiten hacerlo en la terraza sentados en el albero del callejón, lo haremos dentro, también a cualquier hora y siempre a las diez y diez del reloj de la barra. En verano y en esos días azules y soleados de la limpia primavera sanlorentina, la terraza es el sitio ideal para que sobre su albero, bien regado, florezcan las plantas de nuestras mejores tertulias, acompañadas, siempre, de algo de picar . Si te decides, porque el tiempo así lo pide, unas sopas de ajo elevarán tu ánimo hasta las mas altas cotas de tu existencia, trasformando en vitalidad tu estado mustio y destemplado. Si el ajo no te va bien y no tienes reuma- el ajo cura casi todo- una cata de caldo de cocido puede embriagarte casi como una bebida alcohólica y trasportarte a los lares de la abuela que hacía los caldos como Dios manda. Luego puedes probar el queso brie rebozado o una chistorras de Arbizu ( Navarra ) y terminar con una buen postre de leche frita a la llama de Machaquito (ese anisete con el que se bautiza el café mañanero y que es gloria bendita).

También puedes empezar con unas tostadas de changurro de bonito y unos boquerones Victorianos en vinagre. Seguir con una albóndigas de ternera que te harán olvidar las fiebres y enfermedades vacunas- tan en boga hoy en día-. Si te queda todavía algo de hambruna, después de mojar pan en su espesa y bien ligada salsa, pruebas la tarta del Cafetín, hecha en casa con frambuesas, que algún pastelero famoso envidiaría.

Pero yo prefiero empezar por las habitas finas de Alcaudete con jamón, unas croquetas de bacalao y terminar con la cata de callos a la madrileña, que mejoran los que he tomado en Madrid en restaurantes de varios tenedores y estrellas de guías gastronómicas, para finalizar con un postre de Flan de Chocolate que suelo acompañar de nata montada, y todo ello regado con Marqués de Riscal de la reserva numerada del 97. Y si alguna vez decides pasar por allí a picar no te olvides de los mejillones con bechamel o del Tomate al Perrin´s con queso manchego; de las tostadas de Roquefort; de pisto y bonito; de ensalada Imperial o de salmón ahumado. Y si te gustan los calamares no te olvides de pedir unos Calamaritos guisados de la jefa Elisa.

 

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