Cafetín Coroché VII

(Cafetín Croché VII)

En la soledad compartida del escritor de café, se amontonan sensaciones, unas queriendo entrar mientras otras, al salir, dejan su asiento en el alma, el alma de las sensaciones, más prosaica y menos inmaterial que la otra. En esa situación era dichoso pues podía, ¡que no es dichoso el que quiere sino el que puede! Y en esa dicha ves a la gente y no la escuchas aunque la tengas muy cerca. Oyes sólo tu voz interior que te anima a seguir por un camino no definido a priori e el tiempo, pues ahí no existe el tiempo. El tiempo lo paras cuando quieres y no es necesario que las manecillas del reloj de detengan.

Delante de ti y sobre el blanco mármol, como si fueras a jugar una partida de dominó contigo mismo, un café y un agua de néctar de endrinas bien espuchadas, pasé muchas horas, trasladando al papel mis vivencias o aquellas que fueron contadas por los que me precedieron, y me quedaba extasiado a veces, mirando el techo. Como decía RAMON, » el mejor destino que hay es el de supervisor de nubes acostado en una hamaca y mirando al cielo». Aquí dentro no hay amaca ni cielo pero sí unas magníficas lámparas y tulipas muy de los años veinte que para mí eran como mi cielo particular, un cielo bronceado por la tenue luz que irradiaba y que me transformaba y transportaba por los caminos de nuevas sensaciones.cafe-barbieri_4539771

(Café Barbieri)

Pero no todo era tranquilidad. A veces entraba el típico «inspector de ambiente», «salta mesas» donde los haya y donde le aguanten, «saltimbanqui adiposos» que te estropea tu estado de éxtasis y que al final se posa en tu mesa. Te dice tres vaciedades y te corta la inspiración y hasta la respiración para no ser demasiado grosero en contestarle y justo en esos momentos en los que estás llamando a las musas para que no sean tan holgazanas y te hagan caso. Yo reconozco que lo fui,  cuando un día de agosto que estaba inspirado para el duro trabajo de escribir para los demás, y junto a uno de esos braseros de frío acondicionado, un conocido «posa mesas» quiso sentarse en la que yo estaba a punto de llegar a un acuerdo con mi musa. Al preguntarme que hacía, le dije con cara algo turbada y de pocos amigos, que escribiendo sobre arquitectura. (Entonces preparaba un libro sobre la Arquitectura del Seguro).

-Pues me siento contigo- contestó él. Y con la cara descompuesta y para no ser demasiado desagradable, le dije que esperaba a unas personas.

-Pues espero a que lleguen- insistió. Y yo con un cabreo sordo pues quería estar solo, me inventé otra excusa, cerré mis apuntes y me marché.

Cuando escribes en un café, no gastas un duro en comprar pensamientos. Éstos vienen gratis pues los tienes dentro y te fluyen con sólo apretar dos neuronas, que es como si te apretaras una espinilla de la cara.

 

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