Cafetín Croché VI

 

Entrar en El Croché, es oir como se para el tiempo. Las agujas dejan de recorrer la esfera del reloj y se mantienen firmes, sin moverse, como soldados presentando armas en una parada militar y las manecillas, en su estática posición, deciden no pasear por el calendario romano de las 12 horas del reloj. Sea la hora que sea, se entra a las diez y diez y aunque pase el tiempo y te encuentres cansado de tanta felicidad, siempre se sale a la misma hora: las diez y diez. Un reloj antiguo, en el frente de la barra, así lo corrobora. Siempre son las diez y diez; está parado el tiempo. He encontrado un hermano casi gemelo de este reloj, en la histórica taberna de Antonio Sánchez, en la calle Mesón de Paredes 13, muy cerca del Rastro. Taberna bicentenaria del que fue pintor, torero y tabernero y en donde chatear se considera un rito y no una costumbre. (Del libro «Las tiendas de Madrid»).

Taberna de ANtonio Sánchez

Croché es sinónimo de paciencia. Labores casi talladas con hilo y ganchos especiales, para ir encadenando como avemarías en un rosario de lino blanco, obras de arte que luego dejarán su impronta en los cabeceros y brazos de sofás, en la decoración de las mesas de muchas casas que lo saben valorar, en mantillas de estar por casa o como en este caso, decorando la barra del cafetín Croché. Magnífica obra de arte de 8 metros de larga que decora la barra y es guardada como las grandes obras de arte bajo un cristal. Elaborada por las manos de Maruja Martín, que se me antojan como las de Miguel Ángel, que cincelara sobre hilo una primera obra fechada en 1.893 y posteriormente renovada varias veces.

En la vida de Madrid existen muchos placeres mundanos, limpios y no muy caros que yo he experimentado y se los recomiendo: tomar un caldo en Lhardy con dos barquitas de riñones al jerez a la hora del aperitivo; comprar turrón de yema para Navidad en Casa Mira; pasear por la Plaza de Oriente y tomara una copa en el Café del Oriente, construido sobre lo que fue el Convento de San Gil, del siglo XVI y del que se conservan ruinas de la sala capitular en los sótanos del Café o merendar en la Botillería de al lado; degustar el coktail de champán de Embassy o una torrija en Semana Santa; afeitarse en una barbería y que el barbero te llene la cara de blanca nieve mientras lees el periódico del día; tomar una taza de chocolate con churros, como hace años en San Ginés, espaguetis en Le Bistroquet de la calle de Segovia al salir de las discotecas a altas horas de la madrugada; unos huevos estrellados en Casa Lucio o pasear, sin prisas, por el Madrid de los Austrias; comprar sellos en la Plaza Mayor o una gorra en Casa Yustas; ver una corrida en las Ventas cuando San Isidro nos visita, no sin antes pasar por el burladero del Bar del nueve y comentar con los amigos. Entre todos ellos me quedo con el de sentarse ante el velador de un café, arropado por el terciopelo caliente de un banco corrido y escribir, escribir algo, lo que sea, tal como yo hice, hace algún tiempo, en las tardes estivales de un agosto escurialense en el Cafetín Croché.

 

 

 

 

 

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