Los enigmas de la Silla de Felipe II

En un artículo anterior que titulé  “Felipe II no subió a la Silla” (ver el blog.- Escorial.- agosto 2.009)  recordaba las excursiones veraniegas a esa silla tallada en piedra granítica en el maravillosos paraje del Canto Gordo en la Herrería escurialense. La leyenda asegura que hasta allí subía Felipe II a revisar las obras de la Real Fábrica del Monasterio. Recordaba las meriendas en este magnífico espacio de piedra berroqueña para luego bajar a la Cueva de las Zorras y marchar después, al anochecer, a pasear por Floridablanca.

Comentaba también lo bonito de esta leyenda y que algunos autores quieren “destruir”. Henry Kamen en su libro “El enigma de El Escorial”  asegura que no está tan claro que tal lugar hubiese existido en la época de la construcción del Monasterio. “Para empezar, el rey no podía subir a ninguna montaña-aclara Kamen- porque casi no podía caminar. Yo tengo mis dudas sobre la existencia de esa silla. Lo cual no quita para reconocer que la atención del Rey por el detalle fuese incesante. Pasaba horas hablando de sus planes con los arquitectos y celebraban reuniones frecuentes en los lugares de las obras. El dinero y los esfuerzos consagrados al proyecto fueron impresionantes. Miles de obreros fueron empleados durante décadas”.

Reflejaba en este artículo,  mi opinión diciendo que “me importa un bledo que la silla no fuera tallada en la piedra granítica para que el Rey viera la evolución de su gran obra; que fuera posterior a la terminación del Monasterio o que algún cantero que le gustaba el sitio para subir con sus hijos a merendar, se construyera la famosa silla para ver el paisaje. Lo cierto es que siempre me creeré la leyenda ya que, lo que desde allí se divisa, es un paisaje de película”.

Al poco tiempo de publicar mi artículo en la “Gaceta Escurialense”, Vicente M. Rosado publicaba otro sobre el mismo tema titulado “Felipe II si subió a la Silla” artículo cariñoso en el que salía en mi ayuda para no perder la ilusión de que la leyenda, urbana o no, fuera realidad.

Con su permiso transcribo sus explicaciones sobre el documento existente en el archivo General de Simancas, fechado el 27 de febrero de 1.565, años después de iniciarse las obras al que se acompaña un croquis de trazo tosco y rápido titulado “Traza muy sencilla de la Dehesa de la Herrería para proceder a su ordenación y que sirva de mayor ornato a los alrededores del monasterio, en ella se señalan las tierras que están a un lado y a otro de un río, el ejido común, zonas de apeos, tierras de particulares, el monasterio, etc.” En dicho croquis se halla perfectamente definido “en donde S.M sube a la vista”, y se encuentra perfectamente ubicado en la actual Silla de Felipe II. Y termina diciendo que podemos estar tranquilos y seguir disfrutando de la existencia de nuestra querida Silla de Felipe II.

Poco tiempo después, en la Revista “Apuntes de la Sierra” Jonhatan Gil Muñoz publicaba un artículo titulado “La Enigmática historia de la Silla de Felipe II” en la que desarrolla la hipótesis que viene de la mano de la arqueóloga Alicia M. Canto. Para ella la Silla no sería otra cosa que un altar utilizado por el pueblo prerromano de los vetones para la práctica de ritos y sacrificios a los dioses. Para afirmarlo se basa la arqueóloga en una serie de coincidencias con otros altares de este tipo que ella misma ha investigado.

Pero no todo acaba aquí. En un artículo de Ana L. Escudero publicado en El País el arqueólogo Jesús Jiménez Guijarro asegura que Felipe II jamás se sentó en la Silla de Canto Gordo de la Herrería. La actual silla, asegura, sería una réplica del siglo XIX y que la auténtica estaría ubicada en las dehesas de Campillo y Monesterio (en la Villa), en una peña sacra vetona. Basa su hipótesis en unas inscripciones que dejan constancia de que Felipe II estuvo allí en 1.579 o 1.580. Haciendo este arqueólogo un proyecto de investigación, se topó en 1.996 con un paraje extraño y hermoso: la peña del Canto Castrejón. En mitad de las fincas del Campillo y Monesterio descubrió una inmensa mole de granito con escalones tallados, desde donde se domina todo el territorio y se contempla el Monasterio.

Justifica su teoría y la documenta, en que Canto Castrejón es una peña  sacra vetona (un pueblo celta del siglo V antes de Cristo de las que tan sólo hay una docena en toda la Península Ibérica). Asegura que la silla de la Herrería es más reciente que la de Canto Castrejón justificándolo por la diferencia morfológica y por la mayor pátina que tiene la de Canto Gordo de la Herrería. Además la inscripción que figura en el rellano del primer tramo de escalones “1.867” y otra de difícil lectura parecen apoyar esta teoría.

“Todos estos datos parecen hacer encajar la silla de Felipe II en un contexto mucho más moderno de lo que se ha pretendido y siempre en detrimento de la genuina silla del Monarca Prudente” asegura Jiménez.

Seguro que seguiremos leyendo teorías más o menos enigmáticas y bien documentadas pero me quedo con la primera. Para mí seguirá siendo la Silla del Canto Gordo de la Herrería el “trono” granítico desde el que Felipe II contemplaba con sus arquitectos y ayudantes las obras de la Real Fábrica del Monasterio.

Un pensamiento en “Los enigmas de la Silla de Felipe II

  1. Jesús

    Leyenda o no la realidad arqueológica es la que es y aún así es más interesante y bella que la que nos quieren hacer creer de lo del rey y sus posaderas.

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