Archivo por meses: enero 2012

La Bolera del Parque

Hace unas semanas escribía sobre lo que fue y lo que hoy día es, el Parque de Florida y dejé para otra colaboración posterior, escribir sobre la bolera. Pocas veces he visto escrito un artículo o colaboración sobre lo que supuso para los vecinos y veraneantes de San Lorenzo, la bolera del Parque. Para los que no la conocieron la bolera era el centro de diversión de las tardes veraniegas donde se daban cita pandillas de veraneantes para jugar una partida de lo que se llamaba bolo americano, quizás para diferenciarlo del juego de bolos leonés o montañés.

Además de diversión para unos, fue trabajo, el primero quizás, de muchos chavales de San Lorenzo que como plantadores a mano de los bolos se ganaban sus perras para ayudar en casa en aquellos difíciles años. Eso sí   se jugaban un bolazo en las piernas o en la cabeza.

Los chicos que plantaban los bolos, y lo digo con todo mi cariño pues soy amigo de muchos, eran un poco “golfillos” como ellos mismos me lo han contado. Entre la pista 7 y 8 existía un pasillo de piedra que llegaba a los aseos y a la casa del encargado, a los que se entraba por una puerta de madera tipo “saloom” del oeste. Inventaron la forma de ver a las señoras en los aseos y especialmente a las camareras Marisa y Meli, que según decían estaban muy buenas. Para ello hicieron un agujero en el aseo de los chicos y así  poder expiarlas sin ser vistos. Entre ellos y muy jovencitos estaban personas hoy conocidas como Paco “Pasteles” y sus hermanos Miguel y Jesús; Félix Arranz; Jesús Alonso; Emiliano Cea; Alberto “ratita” el pintor; Santines y Josito tal y como aparecen en la fotografía. Ganaban más dinero en propinas que del escaso sueldo que tenían como plantadores. Según me contaron, después de una partida, una mesa de hombres, pues las mujeres jugaban en pistas separadas, les dio 300 pts. Nuestras propinas, mucho más modestas, se la enviábamos en un agujero de la bola de madera.

La bolera se construyó sólo con tres pistas, las que estaban junto a la tapia de Florida, para luego ir aumentando hacia el bar hasta llegar a ocho pistas todas ellas de cemento que había que arreglar todos los veranos por el mal trato que las dábamos.

Desde su inauguración dos fueron los encargados de la bolera durante el verano: el Sr. Almazán  hombre serio y que en invierno hacía la misma función en la bolera del Cine Carlos III en la calle Goya, propiedad de Enrique de los Santos y Rafael Ortiz, los mismos que tenían cedida la concesión del Parque. Al Sr. Almazán le sustituyó Jerónimo, hombre pequeño y con malas pulgas pues le hacíamos sufrir bastante aunque si había que prestarnos dinero, lo hacía con gusto.

Todos los veranos, durante las fiestas de San Lorenzo, había concurso de bolos, masculinos, femeninos y mixtos. José Luis Verdes, José Carlos Sáinz de los Terreros, Juan González de Cos, Santi de Pablo, los hermanos Gonzalo y Paco Castillo, Paquilín Villota, Alfonso Franco, Quique y Mundo Pérez Castel y en el bando femenino, Mari Carmen Abad eran los que partían el bacalao y se llevaban todas los trofeos de las fiestas.

Como centro de reunión, la bolera era el lugar donde quedábamos las pandillas y si teníamos dinero, jugar una partida que costaba 7 pts. En caso contrario nos sentábamos en las mesas del bar situadas detrás de los bancos y la valla de separación de las pistas y el que podía ligaba, comía pipas o hablaba del veraneo que se avecinaba. Recuerdo que jugando a los bolos, conocimos a una chica guapísima, Isabel, a la que llamábamos La Estampita, no me pregunten porqué, que vino con unas amigas a pasar un fin de semana y se quedó los tres meses de verano en San Lorenzo llegando a ser Dama Asesora de aquel verano. Allí con ella estaban Maca, Estrella, Almudena, Isabel y Pilusa y acabamos bailando en casa de José Miguel Contreras frente a la Herrería.

Existió otra bolera en el Paseo de los Terreros, paseo que no es mío ni de mi familia, que duró dos o tres años. Creo que sigue existiendo otra bajo el Regina, pero ninguna con el éxito que tuvo la del Parque.

Echo de menos una bolera como aquella, donde los jóvenes puedan pasar las tardes al aire libre, merendar bajo los pinos y pinsapos centenarios y hasta echo de menos ligar pero eso se me acabó hace mucho tiempo.

El Parque

 

Una pareja, creo que de argentinos, me preguntaba el otro día en San Lorenzo, que era ese espacio que veían desde la verja de la calle Floridablanca. Sinceramente no supe que contestarles y se me ocurrió decirles que era El Parque. La cara de extrañeza que pusieron fue un poema y ella me dijo con amabilidad, cortesía y un poco de guasa:

– Pero será pequeñito ¿no?

“Es el Parque un gran local descubierto, rodeado de frondosos árboles en tres de sus costados, y ocupada su parte central por una amplia pista de baile, a cuyo alrededor, en bancos y sillas, se coloca el público para presenciar las evoluciones de los danzantes y alrededor de la cual tiene lugar el paseo. Está provisto de un bar y adosado a él se encuentra el cine del mismo nombre. Es lugar de reunión de toda la colonia que diariamente confluye a él en las últimas horas de la tarde”. Así describían Álvaro Suárez Valdés y Carlos Sabau Bergamín, en su libro “El Escorial”, el precioso lugar llamado El Parque situado en el corazón del pueblo de San Lorenzo, junto a la Primera Casa de Oficios proyectada por Juan de Herrera “para oficios de boca y aposentos del Servicio Real” cuando los Reyes visitaban San Lorenzo y se instalaban en el Monasterio.

En otro tiempo, este amplio espacio, llamado el Jardín de las Monjas, y bautizado a principios de siglo como de Alfonso XIII, con grandes castaños, pinos y pinsapos, “fue mansión de ruleta y caballitos”. Desaparecido el juego fue el centro neurálgico de reunión de la Colonia y donde tenían lugar las grandes fiestas del verano escurialense y en especial la de proclamación de la Dama Regidora, dama de la colonia veraniega que regía los meses veraniegos y presidía junto a las Damas Asesoras, sus fastos y fiestas. Un espacio que fue cine de verano y que en sus muchos años de utilización para uso público, tenía una pista de baile rodeada de palcos, un escenario donde se celebraban representaciones de teatro, zarzuelas, magia y espectáculos infantiles; un bar restaurante con una magnífica terraza y hasta una bolera de cemento, una de las dos que existieron en San Lorenzo.

Era el Parque, por su gran capacidad, el espacio donde tenían lugar las grandes fiestas de la temporada veraniega, además de celebrarse grandes y animadas verbenas todos los sábados del verano. Su bar-restaurante, su terraza para merendar, la bolera, las tardes de juego de canasta de las señoras y las fiestas y verbenas, hacían de este espacio el centro neurálgico de los vecinos y de la colonia veraniega que llevaron a San Lorenzo a ser el centro de los veraneos de la sierra madrileña.

Hoy día el Parque es un espacio sucio y destartalado que se utiliza, cedido por el Patrimonio Nacional al Ayuntamiento, para las fiestas patronales, la construcción de carretas de la Romería, algún acto o fiesta municipal, para la Feria del marisco y poco más.

Este espacio, dejado hoy de la mano de Dios, con poco uso a excepción de algunas representaciones y bailes durante la Fiestas Patronales, debería convertirse en el centro vertebral del pueblo para uso y disfrute de sus vecinos y veraneantes. Un espacio multiusos donde se recuperen las fiestas veraniegas, las terrazas que existieron, el bar-restaurante y un escenario móvil para adaptarse a cualquier tipo de espectáculo. En el subsuelo, el Patrimonio debería de autorizar un aparcamiento para vehículos obra que se puede realizar, hoy día, sin tener que suprimir ningún árbol y sin modificar su aspecto exterior, remodelación que además de mejorar el estado de abandono y dejadez actual, servirá para esconder y dar servicio a la multitud de vehículos que hoy no pueden aparcar en las colapsadas calles del casco urbano.

Creo que ya es hora que el Ayuntamiento de San Lorenzo llegue a un acuerdo con su hermano rico, el Patrimonio Nacional, para la adecuación, remodelación y modificación de este espacio situado en pleno corazón del pueblo y que no ocurra como lo acontecido con el Batán, que lo han dejando morir, tal como lo denunciábamos en una colaboración anterior.

Dos personajes de San Lorenzo

 

Al ver la procesión y cabalgata de San Antón donde algunos han olvidado que estamos en la Sierra de Guadarrama y no en la Feria de Sevilla, he recordado a un personaje inefable, veraneante en San Lorenzo, al que parece que estoy viendo y al que llamaban “mi caballo murió”, hombre a unas gafas pegado, perfectamente pertrechado de ropa para cabalgar por los prados, laderas y hasta montañas escurialenses, de empaque algo anticuado y con botas altas que por su limpieza y pulcritud parecían espejos azogados en negro.

–   Qué, ¿vienes de montar? Le preguntaba algún conocido.

–         No, no he podido pues mi caballo está enfermo.

A los dos o tres días y casi siempre con mala intención, al verle vestido de tal guisa, alguien le pregunta:

     –   ¿Por donde has montado hoy?

–         Fui a la Herrería para montar pero el caballo tenía una pata algo estropeada y además ha pasado una mala noche.

Y así un día tras otro las excusas eran cada vez menos creíbles y se llegó a la conclusión, después confirmada, que no tenía caballo ni nada que se le pareciese.

Nunca se le vio sobre ningún penco y si se apura algo más, cuando se subía a un burro, si es que alguna vez lo hizo, seguro que lo tiró del jergón al ver a tal personaje montado sobre su lomo. De ahí su mote de “mi caballo murió”.

Por razones totalmente distintas, pensando en el tema que iba a escribir, recordé a otro personaje muy conocido y del que podríamos contar muchas historias. Un día me encontré en la puerta del Cafetín Croché al pintor Manolo Viola que se había instalado en San Lorenzo en 1.958, después de vivir en la calle de Ríos Rosas en la casa que vivió Camilo José Cela y creo que Cesar González-Ruano, y que se hizo gurriato hasta que sus pinceles callaron en 1.987. Yo le tenía aprecio y hablábamos de arte, de pintura, de Santa Teresa y de toros,-dos de sus grandes aficiones- y siempre me he preguntado ¿porqué?, ya que ni sus ideas políticas eran las mías, ni sus destellos anarquistas y fuera de lugar como en aquel Primero de Mayo en una manifestación en la puerta del Hotel Miranda, a los pocos años de morir Franco, no eran los de una persona dialogante. Pero eso es agua pasada y no hay rencor.

Viola, de voz quebrada, rota de hablar, era juguetón con los retoques finales de sus cuadros, pintor de gallos y de tinieblas que remataba de rojos, verdes y amarillos intensos, quizás para romper la amargura de sus fondos. Viola iba a muchas tertulias en Madrid y se dejaba ver por los cafés tertulianos. En uno de ellos, el Café Gijón, cuna del movimiento artístico de El Paso con Miralles, Saura y el propio Manolo Viola, ágora de la bohemia más recalcitrante de la España literaria y poética de principios del siglo XX, le escribió Joaquín Parejo-Díaz unas coplas que tituló “Coplas que no salieron en el NO-DO”:

                          El día que Umbral llegó al  Café Gijón
                          A la busca de glorias y de alcobas
                          Un Louis Amstrong le llamó a media voz.

                          Es el pintor Viola

                          Que invita a compartir conversación

                          Para arreglar el mundo en media hora.

Pero Viola no entraba en Croché y ese día en el que yo le invitaba a tomar un vino, me dijo:

    –Yo no entro en el Croché, porque se parece mucho a

     mis cuadros y yo no entro en mis pinturas.

Se marchó y me dejó pensativo e intentando descifrar aquel jeroglífico que me acaba de trasladar.

Personajes como los descritos hay muchos en San Lorenzo y en La Villa, aunque de ésta conozco menos, y a medida que los vaya recordando se los iré presentando pues son muchas sus historias y merece la pena conocerlas.

Las Cabalgatas

“Las Cabalgatas”

Leer a Ussía me hace reir y hasta llorar según el tema que trate. Hace unos días y con este título, escribía sobre la Cabalgata de Reyes y los problemas que causa a los madrileños que no van a la Cabalgata y pretenden llegar a sus casas sin conseguirlo. Cuenta la historia de lo que ocurrió a una pobre señora que quería llegar a su casa y pidió a un municipal que le dejara girar pues vivía  enfrente y no podía llegar. Sólo oyó “circule” sin obtener ayuda por parte del policía que según dicen están para ayudar y no para causar problemas. Según Ussía, la señora lloraba de rabia por tener que dar una vuelta a Madrid para poder llegar a su domicilio por no haber obtenido permiso para girar en un sitio por el que no circulaba nadie.

Sin decirlo se entiende que no está de acuerdo con el desarrollo y la composición de la Cabalgata, más parecida a una de Carnaval que a lo que, según la Historia, representa la llegada de los Reyes Magos a Belén.

Al leerlo recordé el artículo que yo escribí en 2.009 sobre el mismo tema y que recuerda, en muchos párrafos, al que el lunes 9 de enero Alfonso Ussía escribía en “La Razón”.

Debo confesar que ni me gusta la actual Cabalgata de Reyes ni estoy de acuerdo con los problemas que trae a los madrileños que vivimos en los alrededores de donde se desarrolla y que estamos hartos de aguantar tanta manifestación, carrera de bicis o maratones populares incluyendo desfiles y cabalgatas. Parecemos madrileños de segunda. Aguantar en esta zona de Madrid es para tener derecho a una reducción del IBI y del Impuesto de Circulación.

“La Cabalgata de Reyes”

(Diciembre de 2.009)

 

Por esas casualidades que suceden en la vida y sin yo quererlo ni proponérmelo, el pasado día 5 de enero me encontré esperando la salida de la Cabalgata de Reyes en los Nuevos Ministerios. La Castellana se había cortado en sus carriles centrales desde las 10 de la mañana lo mismo que otras muchas calles laterales para dar cabida a las carrozas en su larga espera. Como vivo junto al Bernabéu me tocan todo tipo de manifestaciones: cabalgatas, ciclismo, manifestaciones sindicales, maratones, fútbol y cualquier otra que se les ocurra, pediría que volviera al antiguo emplazamiento en el Paseo de Coches del Retiro y así no se molestaría tanto a los madrileños que ese día trabajan o van de compras.

Había estado en unos almacenes y a la salida una riada de padres que parecían pintores de brocha gorda con sus escaleras en la mano, acompañados de sus niños, su suegra y algunos amigos, se acercaban a ver la Cabalgata en la Castellana. Decidí adentrarme en mis pensamientos y recordar cuando de pequeño, iba con mis padres, arropado de ilusión, a la Plaza de Colón y me quedé, junto a los Nuevos Ministerios, apoyado en una barrera puesta por el Ayuntamiento esperando el inicio de la Cabalgata de los Reyes Magos. Esperé tranquilo la salida de sus Majestades y a los pocos momentos unos pechos de mujer se aparcaron en mi espalda y me empujaban contra la barrera para ver si me retiraba y le dejaba el sitio. Al ver que no hacía caso a su provocación se fue hacia otro lugar. En ese momento un niño hacía pis junto a mí y me mojaba los zapatos. Un paparazi que llegaba tarde le prohibieron pasar y juraba en arameo, a pesar de estar en una cabalgata cristiana y casi se lo llevan detenido.

Delante de mí dos escuadrones a caballo de la Guardia Civil con sus vistosos uniformes de gala, esperaban la salida de las carrozas reales para darles escolta. Como se retrasaba el inicio de la Cabalgata, los caballos se empezaron a poner nerviosos y hartos de esperar comenzaron uno a uno y casi acompasados a hacer sus necesidades sobre la calzada, mientras los señores de la limpieza que estaban detrás de ellos y que les acompañarían  durante todo el recorrido por la Castellana, no daban abasto a limpiar y recoger la porquería.

Se inicia la Cabalgata y las pocas carrozas que yo veía empezaron a andar y a tirar caramelos con la mala suerte que uno con el envoltorio de Caja Madrid me pegó en la cabeza y he pensado en cambiar de Banco por el daño que me hizo el caramelo.

Cada año que pasa esta cabalgata se parece más a la que se hace en Carnaval y a otras con Carliños Braun a la cabeza bailando samba y es que se han perdido las raíces cristianas y la verdadera misión de la adoración al Niño Jesús que cumplieron los Reyes Magos. Todo cambia pero a peor. Melchor, Gaspar y Baltasar, guiados por una estrella, ahora lo hacen con las luces progres de la asesora de las Artes, Alicia Moreno, que no es muy religiosa que digamos como ella misma ha reconocido. Llevaron regalos al Niño y se fueron sin ver a Herodes que les había pedido que le informaran. Hoy como no hay Herodes, los recibe Gallardón. No hay estrella, ni camellos, ni Niño al que adorar. Baltasar-el de la Cabalgata- no era de raza negra, estaba pintado, con la cantidad de hombres de esa raza que viven en Madrid y por si fuera poco el Rey Gaspar, me figuro que el de I.U- los tres son concejales del Ayuntamiento- llevaba un pañuelo palestino al cuello.

Hoy la cabalgata lleva saltimbanquis, titiriteros, bufones, equilibristas y payasos sobre zancos o haciendo malabares y cada vez se parece más a la Cabalgata de un circo. Las carrozas además de cursis, al menos las que yo vi con sus pájaros frutales acompañándolas, me recordaban a fallas valencianas aunque reconozco que eran muy coloristas y bien realizadas. En definitiva me quedo con la de la Villa del Escorial, más modesta y sencilla pero más auténtica, cristiana y real. Que no quiten la ilusión a los niños pero que no se falte a la verdad.

Dulces de sartén

Cuando abrieron la churrería “El abuelo Emilio” en la Muy Leal Villa,  busqué en el cajón de mis recuerdos y empecé a sacar todos aquellos que tenían alguna relación con tan deliciosos dulces de sartén. Recordé que los churros siempre me han acompañado y han sido compañeros en muchos momentos importantes de mi vida. En mi primera Comunión y luego en las de mis hijos junto a un chocolate, en la Mili los días de fiesta o junto a un chichón en los bares de la Herrería al terminar el Rosario de la Aurora. Recordé también la Churrería de San Ginés situada en el estrecho y peculiar pasadizo entre la calle Arenal y la recoleta plaza de San Ginés. Allí existió una taberna-café, llamada la Taberna de Lázaro, frecuentada por periodistas, literatos, políticos como Sagasta o toreros como Lagartijo y Frascuelo entre otras muchas personas relacionadas con las letras y las artes. Hoy día, muy reformada, es la Churrería de San Ginés cuyo lado derecho linda con la Iglesia de San Ginés y en el rincón que da a la calle Arenal existe una librería de antiguo que presta una graciosa fisonomía al lugar. Por allí hemos pasado todo Madrid a tomar el chocolate y los churros, alargando la trasnochada o adelantando la madrugada, al salir del teatro, de la verbena o de una fiesta. Si además los acompañas de un chichón a las seis de la mañana, es gloria bendita.

Recordé también y con mucho cariño la antigua Churrería de Somolinos y a Miguel, ya jubilado, que es la tercera generación de churreros que pasaron por el Real Sitio y que hoy lee el Marca y pasea a su perro por el pueblo. Su padre, Miguel y su abuelo ya hacían churros para los gurriatos y veraneantes en la Plaza del Ayuntamiento. Fue hacia 1892 cuando el abuelo de Miguel se instaló en el pueblo. Luego sus hijos y nietos seguirían la tradición. Su madre Jesusa y su tía  Anita, bajita y delgada como un junco, pequeña y encantadora, atendían al público. Recuerdo sus manos aceitosas que montaban las medias o las docenas sobre unos juncos muy finos y cimbreantes con un delantal blanco limpísimo y siempre recién planchado que daba un ambiente de limpieza a pesar de la fritura de los churros y del olor a aceite. Recuerdo los sudores del churrero en verano en plena Plaza del Ayuntamiento y con un calor asfixiante. Metía la mano en el aceite para ver si estaba suficientemente caliente y bañaban la churrera que apretaba con el hombro. Buñuelos que parecían pañuelos de fina seda, churros clásicos y porras era los únicos manjares para la venta. Hornos con barro para que no saliera el calor y templete de madera pintada de verde que hoy está, como cenador, en el jardín de la casa del médico que curó a su madre.

Hacia 1.932 existió otra Churrería en San Lorenzo, la de Miguel Molina, en el lugar que hoy ocupa Los Valencianos en la calle peatonal Juan Leyva. Allí trabajó, mucho antes de hacerse cantero, mi amigo Bonifacio Cuena. El era uno de los chicos que repartía los churros y buñuelos en una cesta de mimbre por tres duros al mes, teniendo que ir, además, a la Granjilla a coger los juncos que servían para engarzar los churros. Después fue fichado por Somolinos que además de pagarle algo más le permitían comer los churros y buñuelos que quería.

Queda para el recuerdo la estampa de los profesionales del oficio que, con su churrera de cinc al hombro, dejaban caer tiras de masa cruda con movimientos sincopados. Su trabajo lo realizan ahora máquinas de acero inoxidable que baten la masa y la expulsan a través de dosificadores con la forma y el grosor adecuado.

Los churros gozaron de un rebrote de prestigio en la pasada década de los años sesenta, cuando las cafeterías, los salones de té y hoteles de lujo comenzaron a incluirlos en su oferta de cosas “para mojar”. Pero hoy día quedan muy pocos establecimientos que elaboren estos dulces de sartén, churros secos y crujientes con aceite limpio. Esperemos que la nueva churrería de La Villa sea una más en la lista de nuevas fábricas de estas exquisiteces que convierten al churro en un insólito y raro placer.